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Full text of "Jose Marmol Amalia. Tomo 2. XVI Edicion"

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AMAl .XA. 


CAPÍTULO XII. 


Do cómo se leen cosas que no están escritas. 

En la mañana siguiente á la noche en que ocurrieron los 
sucesos que acaban de conocerse, es decir, en la mañana 
del 6 de Agosto, la casa del dictador estaba invadida de una 
multitud de correos de la campaña que se sucedían sin in- 
terrupción. 

Á ninguno de ellos se le detenia en la cficina. El general 
Gorvalan tenia órden de hacer entrar á todos al despacho 
de Rcsas. Y el edecán de. Su -Excelencia, con la faja ala bar- 
riga, las charreteras'!', la espacia, y el espadin entre las 
piernas, iba y venía por el gran patio de la casa, cayéndose 
de sueño v de cansancio.' 

La fisonomía del dicta4or sombría estaba como la noche 
lóbrega de su alma. Él leiá'lóspartes desús autoridades de 
campaña, en que le anuriciaban el desembarco del general 
Lavalle, los hacendados que pasaban á encontrarlo con sus 
caballadas, etc., y daba las órdenes que creía convenientes 
para la campaña" para su acampamento general de Santos 
Lugares, y para la ciudad. Pero la desconfianza, esa víbora 
roedora en el corazón de los tiranos, infiltraba la incertidum- 
bre y el miedo en todas sus disposiciones, en todos los mi- 
nutos que rodaban sobre su vida. 

Expedia una órden para que el general Pacheco se reple- 
gase al sur, y média hora después hacia alcanzar al chas- 
que, y volaba una órden contraria. 

Ordenaba que Maza marcliase con su batallón á reforzar 
á Pacheco-, y diez minutos después ordenaba que Maza se dis- 
pusiese á marchar con toda la artillería á Santos Lugares. 

Nombraba jefes de dia para el comando interior de las 
fuerzas de la ciudad-, y cada nombramiento era borrado y 


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Q 


A5ÍAUA. 


sustituido veinte veces en el trascurso de un dia; lodo r 

era así. I 

Su pobre hija, que había pasado eii vela toda la noche, í 

se asomaba de cuando en cuando al gabinete de su padre, a 
ver si adivinaba en su fisonomía algún suceso feliz que lo 
despejase del mal humor que le dominaba después de tañías 
horas. i 

Viguá había asomado dos veces su deforme cabeza por la í 

' puerta del gabinete que daba al cuarto contiguo al angosto fj 

pasadizo que cortaba el muro, á la derecha del znguan de. ,{ 

la casa; y el bufón de Su Excelencia ÍKi!)ia conocido en la ! 

cara de los escribientes, que ese no era dia de farsas con el j 

amo; y se contentaba con estar sent ido en el suelo del pa- 
sadizo, comiéndose los granos de n;aíz que saltaban hasta ! 

él del gran mortero en que la mulata cocinera del dictador i 

machacaba el que había de servir para la mazamorra; que ' 

era de vez en cuando uno de los manjares exquisitos con I 

que regalaba el voraz apetito de su amo. 

Rosas escribía una carta, y los escribientes muchas otras, I ' 

cuando entró Gorvalan, y dijo : ’ ‘ 

— ¿Su Excelencia quiere recibir al señor Mandeville? 

— Sí, que entre. 

• Un minuto después el ministro de Su Majestad Británica j 

entró haciendo profundas reverencias al dictador de Buenos I ' 

Aires que, sin cuidarse de responder á ellas, se levantó y i 

le dijo : ! 

— - Venga por acá, pasando del gabinete á su alcoba. 

Sentóse Rosas en su cama, y Mandeville en una silla á su 
izquierda. !• 

— ¿La salud de Vuestra Excelencia está buena? le pre- i 

guntó el ministro. 

— No estoy para salud, señor Mandeville. 'í¡ 

— Sin embargo, es lo mas importante, contestó el diplo- i 

mático pasando la mano por la felpa de su sombrero. Í| 

— No, señor Mandeville, lo mas importante es que los ! 

gobiernos y sus ministros cumplan lo que prometen. í 

— Sin duda. j- 

— ¿Sin duda ? Pues su gobierno y usted, y usted y su gcL | 

bierno, no han hecho sino mentir y comprometer mi causa. í? 

— ¡Oh, Excelentísimo Señor, eso es muy fuertel Sí 

— Eso es lo que usted merece, señor Mandeville. | 


PARTE TERCERA. CAPITULO XII. '> 

— ¿Yo? 

— Sí, peñor, usted. Hace año y medio que me esta usted 
prometiendo, á nombre de su gobierno, mediar ó interve- 
nir en esta maldita cuestión de los franceses. Y es su go- 
bierno, ó usteil, el que me ha engañado. 

— Excelentísitno Señor, yo be mostrado á Vuestra Exce- 
lencia los oíici ;s originales de mi gobierno. 

— Entóneos será su gobierno el que lia mentido. Eo 
cierto es que ustedes no lian hecho un diablo por mi causa ; 
y que por culpa de los franceses hoy está Lavalle á veinte 
leguas de aquí, y toda la república en armas contra mi go- 
bierno. 

— jOli, es inaudita la conducta de los franceses! 

— No sea usted zonzo. Los franceses hacen lo que deben, 
porque están en guerra conmigo. Son ustedes los ingleses los 
que me han hecho traición. ¿Para qué son enemigos de los 
franceses? ¿ Para qué tienen tanto barco y tanta plata, si 
cuando llega el caso de proteger un amigo, les tienen 
•miedo? 

— Miedo no, Excelentísimo Señor; es que la convenien- 

cia de la paz europea, los principios del equilibrio conti- 
nental 

— ¡Qué equilibrio, ni qué diablos! Usted y sus paisanos 
pierden á menudo el equilibrio y nadie les dice nada. Trai- 
ción y nada mas que traición, porque todos son unos, ó 
quizá porque usted y todos sus paisanos son también uni- 
tarios como los franceses. 

— Eso no, eso no, Excelentísimo Señor. Yo soy un leal 
amigo de Vuecelencia y de su causa. Y la prueba de ello la- 
tiene Vuecelencia en mi conducta. 

— ¿En qué conducta, señor Mandeville? 

— En mi conducta de ahora mismo. 

— ¿Y qué hay ahora mismo? 

— Ahora mismo estoy acá para ofrecer á Vuecelencia mis 
Servicios personales en cuanto quisiera ocuparme. 

— ¿Y qué baria usted si llegase el caso en íjue yo me 
viese perdido? 

— Haria desembarcar fuerza de los buques de Su Majes- 
tad para venir á proteger la persona de Vuecelencia y su fa- 
milia. 

— |Bah! ¿Y usted cree que los treinta ó cuarenta ingle- 


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ses (|uc bajasen, habrían de ser respetados por el pueblo si 
se levantase contra mí? 

— Pero si no fueran respetados, las consecuencias serian 
terribles. 

— i Sí I ( y á mí me habría de importar mucho que los in- 
^deses bombardeasen la ciudad después que me hubiesen 
fusilado I Así no se protegen los amigos, señor Mande- 
ville. 

— Sin embargo 

— Sin embargo, si yo fuera ministro inglés, si fuera Man- 
deville, y usted Juan Manuel Rosas, lo que yo baria seria 
tener una ballenera á todas horas ala orilla del bajo de la 
casa en que viviera, para cuantío mi amigo Rosas llegase á 
ella, poder embarcarlo con facilidad. 

— Oh, bien, bien, así lo haré. 

— No, si yo no le digo que lo haga. Yo no necesito á us- 
tedes para nada. Yo digo lo que baria en lugar de usted. 

— Bien, Excelentísimo Señor. Los amigos de Vuecelencia 
velarán por su seguridad, niiéntras el genio y el valor de 
Vuecelencia velan por los destinos de este hermoso país, y 
de la causa tan justa que sostiene. ¿Vuecelencia ha tenido 
noticias de las provincias del interior? 

— ¿Y qué me importan las provincias, señor Mandeville? 

■— Sin embargo, los sucesos en ellas 

— Los sucesos en ellas no me importan un diablo. ¿Usted 
cree que si yo venzo á Lavalle y lo echo derrotado á las 
provincias, tengo mucho que temer de los unitarios que se 
han levantado allá? 

« — Que temer, no; ¡pero la prolongación de la guerra! 

— Es lo que me daria el triunfo, señor Mandeviile; con- 
tra mi sistema no hay mas peligros que los inmediatos á 
mi persona; pero los que están lejanos y duran mucho, eso 
me hacen bien, léjosde hacerme mal. 

— Vuecelencia es un genio. 

— Á lo menos valgo masque los diplomáticos de Europa. 
I Pobre de la federación si hubiera de ser defendida por hom- 
bres como ustedes 1 ¿ Usted sabe por (¡ué á los unitarios se 
los llevó el diablo? 

— Creo que sí. Excelentísimo Señor. 

— No, señor, no sabe. 

— Puede que esté equivocado. 


AMALIA. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XII. 5 

-^Sí, señor, lo está. Se los llevó el diablo porque se 
babiaa hecho franceses é ingleses. 

— lAIi, lijte guerras locales! 

— Las guerras nuestras, diga usted. 

— Pues, las guerras americanas. 

— No, las guerras argentinas. 

— Pues, las guerras argentinas. 

— Esas retiñieren hombres corno yo. 

— Indudablemente. 

— Si yo venzo á Lavalle aquí, me rio de todo el resto de 
la república. 

— ¿Vuestra Excelencia sabe que el general Paz ha mar- 
chado para Corrientes? 

— ¿No ve? ¿no ve si son zonzos los unitarios? 

— Cierto, el general Paz no hará nada. 

— No, no es que no hará nada. Puede hacer mucho. Son 
zonzos por otra cosa. Son zonzos porque uno se va por un 
lado, otro se va por otro, y están todos divididos y peleados, 
en vez de juntarse todos y venírseme encima como lo ha 
hecho Lavalle. 

— Es la providencia. Excelentísimo Señor. 

— Ü el diablo. Pero usted quiso decirme algo de las pro- 
vincias. 

Es verdad, Excelentísimo Señor. 

— ¿Y qué hay? 

— Vuestra Excelencia no puede perder su tiempo en esas 
cosas. 

■— ¿Pero en qué cosas, señor Mandeville? 

— ¿Vuestra Excelencia no ha tenido noticias de La-Ma- 
drkl, ni de Bi izuela? 

Son viejas las que tengo. 

— Yo he recibido algunas por Montevideo. 

— ¿Cuándo? 

— Anoche. 

— ¿Y viene usted á las doce del dia á decírmelo? 

— No, señor. Son las diez. 

— Bueno, las diez. 

— Yo siempre soy perezoso para lo que no dice relación 

con la prosperidad de Vuestra Excelencia. ^ 

— Luego, ¿son lualas las noticias? 

— Exageraciones de los unitarios. 


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|’> AMALIA. 

— ¿Y qué hay? Acabe usted, dijo Rosas con unaiiiquie- 
lud lualísiinamente disimulada en su semblante. 

— En mi correspondencia particular se me dice lo si- 
^miente, dijo Mandeville sacando unos papeles de su bol- 
sillo. 

— Pero antes ¿quiere Vuestra Excelencia que lea? agrego. 

— Lea, lea. 

El señor Mandeville leyó : 

« Á principios de Julio el general La-Madrid pisó el terri- 
torio de Córdoba. . 

» Una carta datada el 9 de Julio, en Córdoba, da el si- 
guiente resúmen de las operaciones del ejercito de los uni- 
tarios : 

.) Madrid viene á la cabeza de tres mil quinientos hom- 
bres y diez piezas de artillería. 

« El coronel Acha á la cabeza de nueve cientos catamar- 
(|ueños ha campado en la Loma Blanca^ estancia del íiiiado 
Reynafé, limítrofe con Catamarca. 

» El coronel Casanova se ha alzado con las milicias de 
Rio-Seco y el Chañar. 

.» El coronel Sosa, con los coraceros de Santa Catalina, ha 
hecho igual movimiento. » 

— Hasta aquí lo que hay en la carta relativo á las pro- 
vincias. . _ 

— No es poco. Pero están muy léjos, contestó Rosas, a 
quien en efecto los sucesos de las provincias inquietaban 
poco, por cuanto tenia ásus puertas un peligio mayoi en 
esos momentos. 

— ¡Oh, muy léjosl contestó el señor Mandeville. 

— ¿Y qué mas le escriben á usted? 

— Me adjuntan esta proclama de Brizuela. 

— Á ver, léala. 


¡Dios Y Libertad! 

Eí Gobernador y Capitán General de la Provincia de la 
Ríoja, Brigadier D. T. Brizuela á sus compatriotas. 

« ¡Hermanos y compatriotas! Las heróicas provincias de 
Tucuman, Salta, Jujuí y Catamarca, irritadas con la pre- 
sencia de los males que el tirano de Buenos Aires hace pesar 


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PAHTE TERCERA. CAPITULO XII. i 

sobre la república entera, y queriendo preservarla para siem- 
pre de las perfidias y asechanzas de aquel, han levantado su 
tremenda voz, y dicho : [Viva la libertad argentina 1 ¡muera 
el usurpador Rosas! Este grito tan análogo al corazón de 
ios riojanos fué la chispa eléctrica que los inflamó, y el 5 
del corriente mes de América, por el órgano de sus R R. res- 
pondieron y han jurado no permitir que los malvados osen 
poner su inmunda planta sobre el altar santo de la patria. 

» ¡Compatriotas! El usurpador 1). J. M. Rosas, allá en el 
sangriento elaborotorio de una alma depravada, tenia decre- 
tado el exterminio de la república : todas las provincias de- 
bían ser convertidas en hordas de salvajes habitantes del 
desierto. Los campeones de la libertad : los que dieron patria 
á tantos pueblos con su espada y su saber : los que hicie- 
ron clásica la tierra del sol, presentarían un espectáculo 
admirable al mundo viejo, por la perfidia del tirano 
Rosas (¡uedarian errantes y sin término; y donde sobran re- 
cursos á las fieras y á las aves de rapiña, nuestros valientes, 
sus esposas y sus hijos, no encontrarían un solo árbol que 
los consolase con su sombra. Entretanto, volved la vista 
hácia el tirano : él rie cuando la naturaleza y la humanidad 
lloran á su lado. Él duerme tranquilo cuando la injusticia 
Y el puñal alevoso le hacen la centinela ; él por lin se di- 
viertt; y entretiene creando escarapelas y divisas de la san- 
gre misma que hace verter. Esta pintura es horrible pero 
exacta. 

» ¡ Paisanos ! No permitamos que el sol de América, su Dios 
en otro tiempo, desde su alto cénit nos diga : « d *jád esa 
tierra que no debéis pisar, no merecéis que os alumbre : los 
sepulcros que há mas de trescientos años abristeis son 
mas dignos que vosotros de mi claridad y esplendor. » Ami- 
gos ; no, no es posible; hagamos por no merecer tan hu- 
millante como justa reconvención; principiemos por ser 
libres, abramos las puertas á lodos ios desgraciados, enju- 
guemos las lágrimas de tantas madres y esposas abandona- 
das á la horfandad y miseria, consolémoslas en su amargo 
llanto; pero enristremos nuestras lanzas contra los desnatu- 
rali.xados que intentan sofocaren nuestro corazón tan dulce 
sentimiento. No confiemos mas la suerte de nuestra patria 
á los caprichos y venganzas de un hombre solo , carguemos 
sobre nuestros propios hombros el peso arave de nuestros 


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I: 




8 


AMALIA. 


destinos. Nos falta mucho es verdad, pero sabed que la sin- 
ceridad y la buena fe son preferibles á las letras dolosas y 
á la íilosofía armada : premunidos conaíiuellas cualidades, 
arrojémonos á plantear el árbol santo de la libertad, garan- 
tida por una constitución, ante la cual el grande, el pequeño 
el fuerte, el débil queden asegurados en sus derechos y pro- 
piedades. 

» dales son los votos que animan á vuestro compatriota 
y amigo. 

» Tomas Buizuela. 

» Está conforme — Eksilvengoa. » 

— ¡ Bab, palabras bonitas de los unitarios I 

— j Oh, nada masl contestó el dócil minislro de la Gran 
Bretaña. 

— ¿Sabe algo mas? 

— La anarquía entre Rivera y los emigrados argentinos; 
entre Rivera y La valle; entre los amigos del gobierno dele- 
gado y Rivera, y entre todo el género humano continúa 
haciendo prodigios en la república vecina. 

— Ya lo sé, ¿y de Europa? 

— ¿ De Europa? 

— Sí, no hablo en griego. 

— Creo, Excelentísimo Señor, que la cuestión de Oriente 
se ha complicado mas, y que las oficiosidades del gobierno 
de mi Soberana darán una pronta y feliz solución á la in- 
justa cu(‘stion promovida por los franceses al gobierno de 
Vuecelencia. 

— Eso mismo me decia usted hace un año. 

— Pero ahora tengo datos positivos. 

— Los de siempre. 

— La cuestión de Oriente 

— No me hable mas de eso, señor Mandeville. 

— Bien, Excelentísimo Señor. 

— Que se los lleve el diablo á todos, es lo que yo deseo. 

— Los negocios están muy gravemente complicados. 

— Sí, está bueno, ¿y no sabe mas? 

— Por ahora nada mas. Excelentísimo Señor. Espero el 
paquete. 

— Entónces usted me dispensará, porque tengo quehacer, 
dijo Rosas levantándose. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XII. 9 

— Ni un minuto quiero que pierda Vuecelencia su pre- 
cioso tiempo. 

— Sí, señor Mandeville, tengo muclio que hacer, porque 
mis amigos no me saben ayudar en nada. 

Y llosas salió del cuarto llevando en pos de sí al señor 
Mandeville, mas débil y sumiso y humillado que el último 
lacayo de la federación de entónces. 

Mas por un efecto de distracción que por civilidad, llosas 
acompañó al ministro basta la puerta de su anti-gabinete, 
que daba al pasadizo, en cuya encontraron á Manuela dando 
órdenes á la mulata cocinera que continuaba en su faena 
del maíz. 

Se deshacía Mandeville en cortesías y cumplimientos á 
líi bija del restaurador, cuando Rosas, por una de esas sú- 
bitas inspiraciones de su caríicter, mitad tigre y mitad zorro, 
mitad trágico y mitad cómico, con los ojos y con las manos 
hacia violentas señas á su bija, que con trabajo pudo al lin 
comprender la pantomima de su padre. 

Pero la perplejidad quedó pintada en el semblante de la 
jóven cuando comprendió lo que se le ordenaba hacer; no 
sabiendo, ni lo que contestaba al señor Mandeville, ni si de- 
bía ó no ejecutar la voluntad de su padre. Una mirada de 
él, sin embargo, amilanó el espíritu domeñado de Manuela; 
y esta primera víctima de su padre tomó de manos de la 
mulata la maza con que machacaba el maíz, y, em*ojecido 
su semblante y trémulas sus manos, continuó en el mortero 
la Operación de la criada. 

— ¿Usted sabe para qué es ese maíz que pisa mi bija, 
señor Mandeville? 

— No, Excelentísimo Señor, respondió el ministro pasean 
do sus ojos abernativamente de Manuela á su padre, y de la 
cocinera á Viguá sentado al pié del mortero. 

— Eso es para hacer mazamorra, dijo Rosas. 

— i Ah ! 

— ¿Usted no ha comido mazamorra? 

— No, Excelentísimo Señor. 

— Pero esta muchacha no tiene fuerzas. Toda la mañana 
se la ha llevado en eso, y el maíz todavía está entero. Mírela, 
ya no puede de cansada. Yaya! levántese Su Reverencia, 
padre Viguá, y ayude un poco á Manuela, porque el señor 
Mandeville tiene las manos muy delicadas, y es ministro. 

1 . 


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10 


AMALIA. 


r Oh, no, Señor Gobernador! Yo ayudaré con mucho 

‘Tusto á la señorita Manuelila, dijo Mandeville acercándose 
al mortero y tomamlo la maza de manos de Manuela, qucá 
una seña de su padre se la entre^^ó sin vacilar, compren- 
diendo entónces la idea que habia tenido, y sonriendo de ella. 

K1 ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville 
se dobló los puños de batista de su camisa, y empezó á ma- 
Ldiacar el maíz á grandes golpes. ^ ^ 

— Así‘, nadie diría que es inglés, sino criollo; asi se pisa, 
¿vos, Manuela? Aprende, decia Rosas, saltándole el alma y 

la risa en el cuerpo. ^ 

— ¡Oh! es una ocupación muy fuerte para una señorita! 
exclamó el señor Mandeville, siempre machacando y ha- 
ciendo saltar una lluvia de fragmentos de maíz sobre el pa- 
dre Vi‘niá que se los devoraba con mucho gusto. ^ 

— Mas fuerte, señor Mandeville, mas fuerte. Si el maíz 
no se quiebra bien, la mazamorra sale muy duia. 

Y el ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de 
Su Majestad la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña 
é Irlanda, continuaba machacando el maíz para la maza- 
morra dei dictador argentino. 

— iTatita! .. ,, 

Rosas le tiró del vestido á su hija para que callase y pro- 
siguió : 

— Si se cansa, deje, no mas. . , -n 

— ¡Üli, no, señor Gobernador, no! le contestó Mandeville 
dando cada vez mas fuerte, y empezando á sudar por todos 

— ¿Á ver? Espérese un poquito, dijo Rosas acercándose 

al mortero y revolviendo los granos con su mano. Ya está 
bueno, prosiguió después de examinar el maíz, esto es sa- 
ber hacer las cosas. ^ i f 

Y á tiempo de concluir esas palabras. Doña Mana Joseia 

Ezcurra apareció en la escena. 

— ¿.Le parece bien á Vuecelencia? preguntó Mandeville 
desdoblándose sus puñitos de batista, después haber sa* 
ludado á la recien venida. 

— Muy bueno está, señor ministro. Manuela, acompaña 
al señor Mandeville, ó llévalo á la sala si quiere. Conque, 
hasta siempre, mi amigo. Estoy muy ocupado, como ustea 
sabe, pero yo siempre soy su amigo. 


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PARTE TERCERA. CAPITULO XIII. 


11 


^ — Tengo mucho honor en creerlo así, Excelentísimo Se- 
fior, y yo no olvidaré lo que Vuecelencia haria en mi lugar 
si yo estuviera en lugar de Vuecelencia, dijo el ministro 
marcando sus palabras para recordar á Rosas que tenia pre- 
sente su proyecto de la ballenera. 

— Haga usted lo que quiera. Buenos dias. 

Y Rosas se volvió á su gabinete acompañado de su cuñada, 
miéntras el señor Mandeville daba el brazo á Manuela y pa- 
saba con ella al gran salón de la casa. 

— Buenas noticias, le dijo Doña María Josefa al entrar. 

¿ De quién? 

— De aquella ánima que se nos Rabia escapado el 4 de 
Mayo. 

— ¿Lo han agarrado? preguntó Rosas resplandeciéndole 
los ojos. 

— No. 

-¿No? 

— Pero lo agarraremos. Guitiño es un bruto. 

— ^Pero dónde está? 

— Á sentarnos primero, dijo la vieja, pasando con Rosas 
del gabinete á la alcoba. 


CAPÍTULO XIÍI. 

Cómo sacamos en limpio que D. Cándido Rodríguez se parecía 
á D. Juan Manuel Rosas. 

En esa misma mañana en que su señoría el señor minis- 
tro plenipotenciario de Su Majestad Británica machacaba el 
maíz para la mazamorra de Rosas, nuestro antiguo amigo 
Don Cándido Rodríguez se paseaba en el largo zaguan de 
8u casa, cerca de la Plaza Nueva, metido entre su sobre- 
todo color pasa que lo Rabia acompañado en sus sustos del 
año de 1820; con un gorro blanco metido hasta las orejas; 
dos grandes hojas de naranjo pegadas con sebo en las sie- 
nes ; unos viejos zapatos de paño que le servían de pantu- 
tlas, y las manos en los bolsillos del sobretodo. 

Lo irregular de su paso, las ojeras que bordaban sus par- 


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r" 


12 AMALIA. 

pados, y las gesticula^ciones repentinas en su fisonomía- 
daban á entender que había pasado mala noche, y que se 
hallaba en momentos de un diálogo elocuente consigo 
mismo. 

Dos golpes dados á la puerta lo pararon súbitamente en 
sus paseos. 

Se acercó á ella, miró por la boca-llave antes de pregun 
tar quión era, y no viendo sino el pecho de una persona, 
se atrevió á interrogar con una voz notablemente trémula: 

— ¿Quién es? 

— Soy yo, mi querido maestro. 

— ¿Daniel? 

— Sí, Daniel; abra usted. 

— ¿ Que abra ? 

— Sí, con todos los santos del cielo, eso es lo que he 
dicho. 

— ¿Eres tú, en efecto, Daniel? 

— Creo que sí, hágame usted el favor de abrir y me 
verá. 

Oye : pon tu cara en línea recta, horizontal con el ojo 
de la llave, pero separado á una tercia ó média vara de él, 
para que yo pueda dirigir mi visual y conocerte. 

Daniel tuvo intención de dar una patada en la puerta y 
hacer saltar el picaporte, pero no pasó de intención y tuvo 
que hacer lo que su intransigible maestro le ordenaba. 

— I Allí eres tú, en efecto 1 dijo Don Cándido, y abrió la 
puerta. 

. — Sí, señor, yo soy; yo que tengo demasiada paciencia 
con usted. 

— Espera, detente, Daniel, no sigas mas adelante, exclamó 
Don Cándido tomando la mano á su discípulo. 

— ¿Qué diablos significa esto, señor Don Cándido? 
¿Por qué no puedo seguir mas adelante? 

— Porque quiero que entres aquí á este cuarto de Nico- 
lasa, respondió Don Cándido señalando la puerta de una 
habitación que daba al zaguan. 

— Ante todas cosas, ¿ ha sucedido algo? 

— Nada, pero ven al cuarto de Nicolasa. 

— ¿Es usted el que va á hablarme ahí? 

— Yo, vo mismo. 

— Malo. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XIII. 


13 


— Cosas muy serias. 

— Peor. 

— Ven, Daniel. 

— Con una condición. 

— Impon, ordena. 

— Que la conversación no pasará de dos ó tres mi- 
nutos. 

— Ven, Daniel. 

— ¿Acepta usted? 

— Acepto, ven. 

— Vamos allá. 

Y Daniel llevado por la mano de su antiguo maestro en- 
tró al cuarto de la provinciana sirvienta de él, y sentóse 
sobre una vieja silla de vaqueta. 

Don Cándido se paró á su lado y extendiendo el brazo 
le dijo : 

— Tómame el pulso, Daniel. 

-¿Yo? 

— Sí, tú.. 

— ¿Y qué diablo quiere usted que haga yo con su pulso? 
— Ver la liebre que me devora, que me consume, que 

me abrasa desde anoche. ¿Qué quieres hacer de mí, Da- 
niel? ¿Qué hombre es este que has metido en mi casa? 

— ¡Ahora salimos con esas! ¿No lo conoce usted ya? 
— Lo conocí de niño, como te conocí á ti y á tantos 

otros, cuando era infante, tierno, é inocente como todos los 
niños. ¿ Pero sé yo acaso cuál es su vida actual, cuales sus 
opiniones, cuáles sus compromisos ?¿ Puedo creer que es un 
inocente cuando me lo traes entre el lóbrego misterio de la 
noche, y cuando me ordenas que nadie lo vea y que á nadie 
hable de este asunto? ¿ Puedo creer que es un amigo del go- 
bierno cuando lo veo sin una sola de las divisas federales, y 
con una corbata blanca y celeste? ¿No debo deducir de todo 
esto, por una lógica concluyente, que aquí hay alguna in- 
» triga política, alguna conspiración, algún complot, alguna 
revolución en que yo estoy tomando parte sin saberlo y sin 
quererlo: yO, un hombre pacííico, tranquilo y .‘•.oscgado*, yo 
que por mi grave v circunspecta posición actual como se- 
cretario de Su Excelencia el señor ministro Arana, que es un 
hombre excelente como su señora y toda su respetabilí>ima 
familia y hasta sus criados, debo ser por fuerza, por necesi- 


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14 


AMALIA. 


dad, circunspecto y leal á mis deberes oficiales? ¿Te pa- 
rece? 

— Me parece que usted lia perdido el juicio, señor Don 
Gandido, y como yo no quiero perder el mió, ni perder mi 
tiempo, bueno será que demos porcomduida nuestra confe- 
rencia, y me permita usted pasar á ver á Gduardo. 

— ¿ Pero hasta cuándo va á estar en mi casa ? 

— Hasta que Dios quiera. 

— Pero eso no puede ser. 

— Eso será, sin embargo. 

— ¡ Daniel! 

— Señor Don Cándido, mi distinguido maestro, recapitu- 
lemos en dos palabras la posición de todos. 

— Sí, recapitulemos. 

— Oigame usti;d ; para escudarse de los peligros que la fe- 
deración le pudiera hacer correr á usted en la época actual, 
lo he colocado de secretario privado del señor Arana, ¿ no es 
cierto? 

— Exactamente. 

— Biim, pues; el señor Arana y todos sus secretarios, es 
muv probable que sean colgados de un dia á otro, no por 
órden de las autoridades, sino por órden del pueblo que 
puede levantarse contra Rosas de un momento á otro. 

— ¡Oh! exclamó Don Cándido, abriendo tamaños ojos. 

— Colgados, sí, señor, repitió Daniel. 

— ¿ Los secretarios también ? 

— También. 

— ¿Sin ser por equivocación? 

— Sin ser j)or equivocación. 

— ¡ Es espantoso ! 

— Los secretarios junto con el ministro. 

— De manera, que si dejo mi emjjieo de secretario, la 
Mashorca medegüella; y si no lo dejo, el pueblo me ahorca* 
y todavía, en cuahiuiera de los dos casos, me puede, suce- 
der una desgracia por equivocación. 

~ Exactamente, eso sí es lógica. 

— (Lógica de los infiernos, Daniel ; lógica que me va á 
costar la vida, por tu causa! 

— No, señor, no le costará á usted nada, si usted hace 
cuanto yo ((uiero. 

— - ¿Y qué he de hacer? habla. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XlH. 


15 


— Voy á ponerle ;i usted el dilema en otro sentido . es- 
tamos en el momento de crisis; en ella, ó Rosas ha de triun- 
far de Laval!e,ó La valle de Rosas, ¿no es así. 

— Cierto, así es. ^ .. 

— Rien pues : en el primer caso, usted tiene en Don 1 c- 
lipe \rana un apoyo para continuar en su prós[KíTa foi- 
tima; y en el scjíundo, usted tiene en Eduardo la 3 
jera para cortar la soga del pueblo. 

— ¿En Eduardo? . . 

— Sí, y no hay mas que hablar sobre esto, ni repetirlo. 

— De modo que , . 1 « 

— De modo que usted tiene que guardar a Eduardo en su 

casa hasta que yo determine. 

— Pero . 

— Otro hombre ménos generoso que yo, complana o 

creto de usted, diciéndole : Señor Don Cándido, muy buena 
está la órden del ejército de Lavalle que me ha dado usted 
anoche copiada de su puño y letra, y á la menor indiscre- 
ción suya, ese documento irá á manos de Rosas, señor Don 
Cándido 

— 1 Basta, basta, Daniel 1 , j o 

Bien basta. ¿Entónces estamos de acuerdo r 

— De acuerdo, i Oh Dios mió, yo estoy como Rosas; soy 
igual á él en organización, está visto ! exclamó Don Cándido 
paseándose precipitadamente por el cuarto de Nicolasa, y 
apretándose contra las sienes los parches de naranjo. 

— ¿Que usted es igual á Rosas en organización ? 

— Sí, Daniel, idéntico. 

— I Diablo! ¿ Me hace usted el favor de explicarme eso, 
señor Don Cándido? Porque si es asi, entre Eduiirdo y yo po- 
dríamos liacer ahora mismo un gran servicio a la liuma- 

— Sí, Daniel, igual, igual, dijo Don Cándido, sin com 
prender la burla de Daniel. 

-E!i‘"qui"'lengo mitlo, Daniel; miedo de cuanto me 
roílPT. 

— ¡Holal ¿Y usted sabe que el señor gobernador tiene 

“ - Sí lo s 6 AVer á la oración mientras yo escribia, es de- 
cir, iiiiéiitras' sacaba copias de los documentos que te en- 


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señé mas tarde; porque siguiendo tus órdenes, saco siem- 
pre una copia de mas, el señor ministro conversaba muy 
quedito con el señor Garrigós, y ¿sabes lo que le decia? 

— Si usted no me lo dice, no creo que podré adivinarlo. 
— Le decia que el señor gobernador había hecho poner 
á bordo de la Acteon cuatro cajones de onzas; y que estaba 
viendo el momento en que Su Excelencia se embarcaba por- 
que tiene miedo de la situación que le rodea, 

— Mola ! 

— Esas son las palabras textuales del señor ministro. 

— ¡Diablo! 

-- Y eso es lo mismo que siento yo : miedo de la situa- 
ción que me rodea, 

— ¿También, eh? 

— También, sí. Y es por eso que he dicho que me pa- 
rezco a Su Excelencia, porque es muy explicativo, muv elo- 
cuente, muy terminante, el que en unos mismos momentos 
el y yo sintamos unas mismas impresiones. 

Gándid^o^^^’ ^íiQiel pensando en las palabras de Don 

— Y ese fenómeno no íendria lugar si él y yo no tuvié- 
semos organizaciones idénticas, iguales, igualmente impre- 
sionables. 

— ¿ Conque, cuatro cajones de onzas, 4 bordo de la 
Acteon ? 

— Cuatro cajones. 

— ¿Y que tiene miedo? 

— Miedo, eso fué lo que dijo. 

— ¿Y el seiior Arana, no dijo alguna cosa relativa á él? 
-- Uaro está que dijo, porque el señor ministro tiene una 

lógica tan concluyente como la mia : « Es preciso fiue pen 
^sernos también en nosotros, amigo mió, le dijo á Garri^^ós. 
Nosotros no hemos hecho mal á nadie ; al contrario, lie- 
mos hecho todo el bien que hemos podido ; pero será bueno 
que tratemos de embarcarnos inmediatamente que el señor 
gobernador lo haga. » Y esto es lógico, Daniel ; así como yo 
digo, que si siento que el ministro se embarca, me embarco 
yo, aunque sea por el Riachuelo, y para ir á la isla de Gasa- 
jema. 

— ¿Y Garrigós dijo algo? 

— Fué de distinta opinión. 







PARTE TERCERA. CAPÍTULO XIV. 


n 


— ¿ Opinaba el quedarse? . . 

— No : trató de demostrar á Don Felipe, al señor minis- 
tro quise decir, que lo mas prudente era no esperar á que el 
gobernador se embarcase, en el caso que la situación se 
lucra haciendo mas peligrosa. Pero á lo último continua- 
ron hablando tan despacio que no pude oir mas. 

— Sin embargo, es preciso que otra vez tenga usted loC 
oídos mas abiertos. . 

— ¿Estás incomodado, mi querido y estimado Daniel? 

— No, señor, no. Pero así como yo lleno a usted de ga- 
rantías presentes y futuras, quiero de usted circunspección 
y servicios activos. 

— Cuanto yo pueda, Daniel. ¿Pero crees que corro peli- 
gro actualmente? 

— Ninguno. 

— ¿Eduardo estará muchos dias aquí? 

— ¿Tiene usted una completa coníianza en Nicolasar 

— Como de mí mismo. Odia á toda esta gente desde que 
le mataron á su hijo, á su bueno, á su leal, á su tierno hijo; 

, y desde que ha sospechado que Eduardo está escondido, le 
sirve con mas prolijidad que á mí, con mas esmero, con mas 
puntualidad, con 

■— Vamos á ver á Eduardo, señor Don Cándido. 

— Vamos, mi querido y estimado Daniel; está en mi ga- 
binete. 




CAPÍTULO KIV. 


Los dos amigos. 


— Vamos, pero hasta la puerta del gabinete solamente, 
porque vo soy el médico del alma de ese hoinbie, y sabe us^ 
ted que los médicos tienen siempre que hablar solos con sus 
enfermos. 

— [Ah, Daniel! 

— ¿Qué hay, señor? 

— Nada, entra ; pasa adelante ; yo me voy á la sala, dijo 


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Don Cándido al entrar Daniel al lugar clasificado de gabinete, 
y volviendo sobre sus pasos. 


— Buen dia, mi querido Eduardo, dijo Daniel á su amigo 
sentado en la vieja poltrona de Don Cándido, delante de su 
mesa de escribir. 


— Bien podias haberme tenido hasta mañana en esta mal- 
dita cárcel sin saber una palabra de nadie, dijo Eduardo. 


— jAli! ¿ empezamos por reconvenciones? 

— Me parece que tengo razón : son las diez de la mañana. 

— Cierto, las diez. 

— Y bien ¿qué es de Amalia? 

— Muy buena está, gracias á Dios, pero no gracias á ti, 
que haces todo Jo posible por que lo pase mal. 


— Tú, sí; y allí está la prueba, dijo Danicd señalando ocho 
ó diez [)liegos de pap(!Í dispersos sobre la mesa, encada uno 
de los cuales habia el nombre de Amalia veinte ó treinta ve- 
ces escrito á la ancho, á lo largo, al sesgo, de todos modos, 
y con infinitas formas de letra. 

— j Ah ! exclamó Eduardo poniéndose colorado y jun- 
tando todos los papeles. 

— Tú te entretenías en esto, mi querido Eduardo, y nada 
mas natural ; pero en tu situación es preciso que á lo con- 
veniente ceda el lugar lo natural ; y como conviene que na- 
die sepa que tienes tanto amor á ese nombre, bueno será 
ha: er esto, dijo Daniel tomando los papeles de mano de 
Eduardo, enrollándolos y tirándolos á una vieja chimenea 
(|ue se encendía quince ó veinte dias en cada invierno en el 
gabinete de Don Cándido, para secar la humedad de las 
paredes, según él decia, porque el fuego continuo le hacia 
mal ; encendida ese dia por consideraciones á su huésped 
por fuerza. 

— Bi;m, te concedo que tienes razón, Daniel, pero yo 
quiero volverme á Barrácas ahora mismo. 

— Comprendo que lo quieras. 

— Y lo haré. 

— No, no lo harás. 

— ¿ Y quién me lo impedirá? 


— ¡ Oh ! caballero, eso es abusar demasiado de la amis- 
tad. 



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.'. :‘ . ■/ ." ' V .J 




PARTE TERCERA. CAPITULO XIV. 


Í9 


— Si usted lo cree así, señor Belgraiic, nada mas sencillo 
entóneos. 

— ¿ Cómo? 

— Uuu usted puede irse á Barracas cuando quiera, pero 
lebo prevenirle que cuando usted llegue, se encoiiliará solo 

la casa, por([ue mi prima no estará en ella. 

— ¡Por Dios! Daniel, por Dios! ¡no mortifiques mas mi 
situación ! Yo no sé lo que digo. 

— ¡ Vaya ! al cabo has dicho una cosa racional, y ahora que 
has empezado á tener razón, oye todo lo que hay. 

Y Daniel refirió sucintamente á Eduardo todas las ocur- 
rencias de la noche anterior, como también la invasión del 
general Lavalle. 

— Cierto, cierto. ¡Yo no puedo ya habitar en Barracas sin 
comprometerla ! dijo Eduardo poniendo el codo sobre la 
mesa y reclinada su frente en la palma de su mano. - 

— Eso es hablar con juicio, Eduardo. Hoy no hay otro 
medio de salvar á Amalia que poniéndote léjos de la mano 
de Rosas, porque aun cuando yo pudiera salvarla délos 
insultos de la Mashorca, ó de una medida torpe del tirano, yo 
no tendría poder para libertarla de los rigores de su projiia 
Organización, si te acaeciera una desgracia. Amalia está 
apasionada. Su naturaleza sensible y su imaginación exal- 
tada la llevarían al último extremo de la vida, ó del infor- 
tunio, si llegase hasta su corazón una sola gota de tu san- 
gre. 

— ¿Y qué hago, Daniel, qué hago? 

— Desistir de la idea de verla por algunos dias. 

— Imposible. 

— La pierdes entóneos. 

— ¿Yo? 

— Tú. 

-- ¡Oh! no puedo, no ! 

— No la amas, entóneos. 

— 1 Que no la amo I Oh ! sí, sí; no la amo como ella se me- 
rece ser amada, porque pura Amalia se necesita un Dios, y 
soy un hombre; ella se merece el amor del cielo y de la 
tierra, y yo no puedo darla sino el amor de mi alma. \ Ah! 
Daniel, desde anoche me parece que me falta la luz, porque 
sus ojos no la derraman sobre los mios; me parece que me 
taita el aire de im existencia, porque no lo aspiro en sus 


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20 


AMALIA 


alientos. iQue no la amo! Ohl Dios mió, Dios mió! exclamó 
Eduardo ocultando su frente entre sus manos. 

(Jn momento de silencio se estableció entre los jóvenes. 
Daniel respetaba en ese momento esa noble pasión del amor, 
obra de Dios para las almas generosas y grandes, que él 
sentia también aunque sin la exaltación de su amigo; por- 
que ni el amor por su Florencia tenia obstáculos que le 
irritasen, ni su espíritu estaba ajeno á otras nobles y graneles 
impresiones que le distraían; ni él tenia tampoco la orga- 
nización reconcentrada de Eduardo, en la cual, por esa des- 
graciada condición, las pasiones, la felicidad y la desgracia 
obraban sus efectos con mas poder. 

— Pero no ; esto es ser demasiado débil. ¿ Qué es lo que 
decias que debo hacer, Daniel ? dijo Eduardo sacudiendo su 
cabeza, echando atras las hebras de sus cabellos de ébano 
que-caian sobre sus sienes pálidas, y mirando tranquila- 
mente á su amigo, 

— No ver á Amalia en algunos dias. 

— Bien. 

— Si los sucesos políticos alcanzan pronto el fin que les 
deseamos, entónces todo está ganado en tus negocios. 

— Sí, cierto. 

— Si, por el contrario, los sucesos no alcanzan ese íin, es 
necesario entónces que emigres. 

— ¿ Solo? 

— No, no irás solo. 

— ¿Irá Amalia? ¿Crees que quiera seguirme? 

— Sí, lo creo perfectamente. Pero ademas de Amalia irán 
otras personas de tu relación, 

— i Ohl Sí, vamos al extranjero, Daniel , el aire de la 
patria mata á sus hijos hoy. nos sofoca. 

— No importa, es necesario respirarlo como se pueda 
hasta haber perdido toda esperanza. 

— ¿ Pero, y si los sucesos se demoran mucho tiempo? 

— No es posible. 

— Nada mas fácil de suceder. sin embargo. Un contra- 

tiempo cualquiera puede detener las operaciones de Lavalle, 
y entónces 

— Entónces todo se habrá perdido ; porque la demora es 
la ruina para Lavalle, en el estado actual de las cosas. 

— Pero, no, amigo inio, no estará perdido; y porque no 


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PARTE TERCERA. CAPITULO XIV. 


21 


estará, estaremos todos los dias esperando que al siguiente 
entre Lavalle. 

Lo esperarán otros, pero yo no, Eduardo. El personal 
del ejército libertador es iníiniramente inferior en número 
al de Rosas. Y los recursos de este son’ en relación de mil á 
uno, comparados con los de nuestro bravo general. En fa- 
vor de este, pueS;no bay mas que la impresión moral que 
ha causado su inesperada presencia en la provincia, y los 
antecedentes casi romancescos de su valor personal, y del 
entusiasmo de sus jóvenes soldados. Pero si el momento de 
esa impresión se pierde, todas las probabilidades estarán en- 
tóneos en contra de la cruzada. 

— Pero bien, supongamos el caso de una prolongación de 
tiempo en la guerra, ¿ cómo vivir entónces separado de Ama- 
lia tanto tiempo, Daniel? 

— Si llegara ese caso, la verías, pero no en Barracas. 

¿ Puedo entrar un momento, mis queridos y estimados 
discípulos? dijo Don Cándido, asomando la borlita de su 
gorro blanco por la puerta del gabinete, que entreabrió. 

— Adelante, mi querido y estimado maestro, dijo Daniel. 

— Hay una novedad, Daniel, una ocurrencia, una cosa 

— ¿Usted me hará el favor de decírmela de una vez, 
señor Don Cándido? 

— Es el caso que yo me paseaba en el zaguan, porque 

cuando tengo un poro de dolor de cabeza como al presente, 
me hace bien el pasearme, como también el ponerme unos 
parches de hojas de naranjo. Porque habéis de saber, hijos 
mios, quelas hojas de naranjo con sebo tienen sobre mi or- 
ganización la virtud específica 

— De mejorar á usted y enfermará los otros. ¿Qué es lo 
que hay? preguntó el impaciente Daniel. 

— A eso camino. 

^ ¡Pero llegue usted de una vez, con todos los santos! 

Ya llego, genio de pólvora; ya llego. Me paseaba en el 
zaguan, decia, cuando sentí que álguien se paró á la puerta. 
Me acerqué indeciso, vacilante, dudosp. Pregunté íiuién era. 
Me convencí de la identidad de la persona que me respondió, 
y entónces abrí: ¿quién te parece que era, Daniel? 

— No sé, pero me alegraría de que hubiese sido el diablo, 
señor Don Cándido, dijo Daniel dominando su impaciencia 
como era su costumbre. 


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22 



AMALIA. 


— No, no era el diablo, porque ese parece que no se des- 
prende de mi levita hace tiempo. Era Fermín, tu leal, tu 
íiel, lu.... 

— ¿Fermín está ahí? 

— Sí. Está en el zaguan, dice que quiere hablarte. 

— i Acabara usted, con mil bombas! exclamó Daniel sa- 
liendo apresurad;imente del gabinete. 

— ¡ Quó genio ! So lia de perder, se ha de estrellar contra el 
destino. Oye tu, Eduardo;tii que pareces mas circunspecto, 
aun cuando después que saliste de la escuela en que eras 
quieto, tranquilo, estudioso, no he tenido la satisfacción de 
tratarle; es necesario que tengas mucha cautela en lasitua- 
cion actual. Díme: ¿ por quó no entras hoy mismo á estu- 
diar con los jesuítas y te entregas á la carrera eclesiástica? 

— ¿Señor, me hace usted el favor de dejarme el alma en 
paz? 

— ¡ Ay, malol ¿También eres tú como tu amigo? ¿Y qué 
pretendéis, jóvenes extraviados en la carrera tortuosa, en la 
pendiente rápida en que os habéis lanzado? 

— Pretendemos que nos deje usted solos un momento, 
señor Don Cándido, dijo Daniel que entraba al gabineté á 
tiempo que su respetable maestro de primeras letras em- 
pezaba la interrumpida frase de su valiente apóslrofe. 

— ¿Nos amenaza algún peligro, fianiel? preguntó D. Cán- 
dido, mirando tímidamente á su discípulo. 

—Ninguno absolutamente. Son asuntos miosyde Eduardo. 

— Pero es que nosotros tres estamos hoy formando un 
solo cuerpo indivisible. 

— No importa, lo dividiremos momentáneamente. Hága- 
nos usted el favor de dejarnos solos. 

— Quedad, dijo Don Cándido extendiendo su mano en el 
aire en dirección á los dos jóvenes, y saliendo pausada- 
mente del gabinete. 

— El negocio se vuelve mas serio, Eduardo. 

— ¿Qué hay? 

— Algo de Amalia. 

— ¡ Oh I 

— Sí, de Amalia. Acaba de recibir aviso de que dentro de 
una hora la policía la hará una visita domiciliaria, y me lo 
manda decir con Ferinin, á quien yo habia mandado á 
barrácas ántes de venir á verte. 



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PARTK TERCERA. CAPITULO XIV. 


— ¿Y quó hacemos, Daniel? ¡ Pero, oh, cómo pregunto qué 

hacemos! Daniel, me voyá Barracas. 

— Eduardo, no es tiempo de hacer locuras. Yo amo mu- 
cho á mi prima para premi tir á nadie el que arroje sobre el la 
la desgracia, dijo Daniel con un tono y una mirada tan seria 
que hicieron una fuerte impresión en el animo de Eduardo. 

— Pero yo soy la causa de los insultos á que esa señora 
se ve expuesta, y soy yo, caballero, quien deba protegerla, 
contestó Eduardo con sequedad. 

Eduardo, no hagamos locuras, repitió Daniel, vol- 
viendo á la dulzura natural con que trataba á su amigo, no 
hagamos locuras. Si se tratase de defenderla de un hombre, 
de dos hombres, de mas que fuesen, con la espaila en la 
mano, yo te dejarla muy tranquilo el placer de entretenerte 
con ellos. Pero es del tirano y de todos sus secuaces de 
quienes debemos defenderla; y para con ellos tu valor es 
impotente: tu presencia les daria mayores armas contra 
Amalia, y no conseguirlas libertar, ni tu cabeza, ni la tran- 
quilidad de mi prima. 

— Tienes razón. 

Déjame obrar. Yo voy á Barracas en el acto; y ¿i la 
fuerza yo opondré la astucia, y trataré de extraviar el ins- 
tinto de la bestia con la inteligencia del hombre. 

— Bien, anda, anda pronto. 

— Tardaré diez minutos en llegar á mi casaá tomar nii 
caballo, y en un cuarto de hora estaré en Barracas. 

— Bien : ¿y volverás? 

— Esta noche. 

— Díla 

— Que te conservas para ella. 

— Díla lo que quieras, Daniel, dijo Eduardo, dándose 
vuelta, por.[ue sin duda en sus ojos habia algo que queria 
ocultar á la mirada de su amigo. Jamas un hombre apasio- 
nado como Eduardo, con su valor y su generosidad, puede 
haberse encontrado en situación mas difícil : veia en peli- 
gro á la bien amada de su alma, en peligro por él, y no po- 
día defenderla, sin agravar su desgracia. 

Guando volvió de su primer paseo en la habitación, ya no 
lialló á Daniel en el gabinete. 

Eran las once de la mañana, y Don Cándido empezó á 
vestirse par¿ ir ala secretaría orivada del señor Don Felipe. 


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24 


AMALIA. 


CAPITULO XV. 


Amalia en presencia de la policía. 

Daniel llegó á su casa, montó en su soberbio alazan, 
partió á gran galope para Barracas, tomando las peores calles 
de la ciudad para no encontrar obstáculos de tránsito que lo 
detuviesen, pues los del terreno los salvaba siempre sin 
dificultad el superior caballo que montaba-, pero lodo era 
inútil, porque iba á llegar tarde á la quinta. 

Guando á las nueve de la mañana Daniel habia dejado á 
su prima, para dirigirse á la ciudad, habia dado órden á 
Fermin que lo esperase en Barrácas, previniéndole las casas 
en que lo encontraria en caso que ocurriese alguna novedad. 

Una ocurrió en efecto. Poco rato después de su partida 
llegó á la quinta una carta para Amalia, en que se le anun- 
ciaba una visita de la policía; y la jóven mandó dar aviso 
á Daniel de este suceso, por cuanto ella desconíiaba de su 
prudencia en presencia del insulto que iba á hacerse á su 
casa. 

Pasó inmediatamente al cuarto que ocupaba Eduardo. 
Tomó de sobre una mesa algunas traducciones del inglés en 
que solia entretenerse el jóven; y convencida de que no 
habia un solo objeto que pudiese revelar en ese aposento 
lo que probablemente venia á buscar la policía, volvió á la 
sala, echó los papeles á la chimenea, y se paseaba con esa 
inquietud natural á los que esperan de un momento á otro 
ser actores en una escena desagradable, cuando sintió parar 
varios caballos á la puerta de la quinta. Y esto sucedió cinco 
ó seis minutos después de la partida de Fermin; much 
antes, pues, do lo que Amalia creía. 

Mujer, sola, rodeada de peligros que se extendían desdo 
ella hasta el ser amado de su corazón, la naturaleza se ex- 
presó en ella con sinceridad : pálida y débil se echó en un 
sillón, haciendo esfuerzos, sin embargo, para sobreponerse 
á sí misma. 

Don Bernardo Victorica, un comisario de policía, y Nicolás 
Marino se presentaron en la sala introducidos por Pedro. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XV. 


25 


Victorica, ese hombre aborrecido y teaiido de todos los 
que eii Buenos Aires no participaban déla degradación de la 
época, era, sin embargo, menos malo de lo que generalmente 
se creía. Y sin lallar jamas á la severidad que le prescribían 
las órdenes del dictador, se portaba, toda vez que podía ha- 
cerlo sin comprometerse, con cierta civilidad, con una espe- 
cie de semi-tolerancia, que hubiera sido un delito á los 
ojos de Rosas, pero que era empleada por el jefe de policía, 
especialmente cuando tenia que ejercer sus funciones sobre 
personas á quienes creia comprometidas por alguna delación 
interesada, ó por el excesivo rigorismo del gobierno*. 

Con el sombrero en la mano, y después de hacer una pro- 
funda reverencia, dijo á Amalia : 

— Señora, soy el jefe de policía : tengo que cumplir el 
penoso deber de hacer un escrupuloso registro en esta casa : 
es una órden expresa del señor gobernador. 

— ¿Y estos otros señores vienen también á registrar mi 
casa? preguntó Amalia señalando hacia Marino v al comi- 
sario de policía. 

El señor, no, contestó Victorica indicando á Marino, este 
otro señor es un comisario de policía. 

— ¿Y puedo saber á quién, ó qué se viene á buscar á mi 
casa, de órden del señor gobernador? 

— Dentro de un momento se lo diré íi usted, respondió 
Victorica, con una lisonomía muy seria, pues que él y sus 

* Cuando en 1839 recibí, en la cárcel y en los grillos de Rosas, 
el bautismo cívico, destinado por él á todos los argenliiios que se 
negaban á prostituirse en el lupanar de sangre y vicios en que se 
revolcaban sus amigos, Don Bernardo Victorica uso para conmigo) 
ciertas atenciones que estaban absolutamente prohibidas. 

Solo, sumido en un calabozo donde apénas entraba la luz del dia 
por una pequeña claraboya, yo no olvidaré nunca el placer que 
sentí cuando el jefe de policía consintió en que se me piTmitiese 
hacer traer algunas velas y algunos libros. Y fué sobre la llama de 
esas velas, que carbonicé algunos palitos de yerba mate jiara es- 
cribir con ellos, sobre las paredes de mi calabozo, los primeros 
versos contra Rosas, y los primeros juramentos de mi alma de diez 
y nueve años, de hacer contra el tirano y por la libertad de mi 
patria lodo cuanto be hecho y sigo haciendo, en el largo período 
de mi destierro. 

Mármol . 


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I': I 


-26 AMALIA. 

compañeros estaban de pié, sin haber reciljido de Amalia 
la mínima indicación de sentarse. 

Ella tiró del cordon de la campanilla, y dijo á Luisa que 
apareció al momento : 

— Acompaña á este señor, y ábrele todas las puertas que 
te indiíjue. 

Yictorica hizo un saludo á Amalia, y siguió á Luisa por 
las piezas interiores. 

Acompañado del comisario pasó al gabinete de lectura, y 
luego al suntuoso aposento de la jóven. El jefe de polieía 
no era hombre de lan delicado gusto, que pudiese lijarse 
en todos l is primores que encerraba aquel adoralorio secreto 
donde habia penetrado mas de una vez la mirada enamorada 
de Eduardo, al través de las tenues neblinas de batista y 
tul que cubrían los cristales. Pero entretanto, Yictorica 
tenia muy buenos ojos para no ver que cuanto allí habia, 
estaba descubriendo el poco amor de los dueños de aquella 
casa á la santa causa de la federación. 

Tapices, colgaduras, porcelanas, todo se presentaba á los 
ojos del jefe de policía con los colores blanco y celeste; 
blanco y azul; celeste, ó azul solamente. Y las pobladas 
cejas del intransigible federal empezaban á juntarse y en- 
durecerse. 

— Bien puede ser que aquí no haya nadie oculto, como 
me lo asegura Mariño; pero á lo ménos no será porque en 
esta casa no haya unitarios, se decia á sí mismo. 

Pasó luego al tocador de Amalia, y sus ojos quedaron 
deslumbrados con la magnificencia que se le presentaba. ‘ 

— Á ver, niña, abre esos roperos, dijoá Luisa. 

— Y ¿qué va usted á ver en los roperos de la señora? pre- 
guntó la pequeña Luisa, alzando su linda cabeza y mirando 
cara á cara á Yictorica. 

— I Hola ! Abre esos roperos te he dicho. 

— ¡Pues es curiosidad 1 Vaya, ya están abiertos, dijo Luisa 
abriendo las puertas de los guardaropas con una prontitud 
y una acción de enojo, que hubiera hecho son.'^sdr á otro 
cualquiera que no fuese el adusto personaje que la miraba. 

— Bien, ciérralos. 

—¿Quiere usted ver si hay álguien escondido en los bebe- 
deros de los pájaros ? dijo Luisa señalando las jaulas doradas 
de los jilgueros 


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nina, la dijo viéndola que se quedaba en el to- 


PAUTE TERCERA CAPITULO XV. - • 

— xNiña, eres muy atrevida, pero tu edad me hace peí- 
onarte. k ver, abre esta puerta. 

— ¿Esta? 

— Sí. 

— Esta puerta da á mi aposento. 

— Bien, ábrela.' 

— No hay nadie en él. 

— No importa, ábrela. 

— 6 Yo? no, señor, no la abro. Ábrala usted, ya que no 
cree en mi [)alabra. 

v^ictorica miró largo rato á aquella criatura de diez ú once 
años í[ue osaba hablarle de ese modo, y ea seguida le- 
vantó el picaporte de la puerta, y entró al dormitorio de 
Luisa. 

— Ven, 
cador. 

— li-é si manda usted á este señor que vaya también con 
nosotros, ^ dijo Luisa señalando al comisario que se entretenía 
en examinar los pebeteros de (»ro. 

El comisario echó sobre ella una mirada aterradora, que 
no consiguió, sin embargo, aterrar á la intrépida Luisa, y 
volviendo el pebetero á la rinconera, volvió á seguir los 
pasos de Victorica. 

— Señor, no me revuelva usted mi cama. Después no se, 
vaya usted á enojar si le quiero enseñar el bebedero de los 
pajaritos, dijo á Victorica al verlo levantando la colcha de 
la cama y mirando bajo de ella. 

— ¿Adónde da esta puerta ? 

— Al palio. 

— Abrela. 

— Tire usted no mas, está abierta. 

Una vez en el patio, Victorica hizo una seña al comisario, 
que por la verja de (ierro se dirigió á la quinta; y él y Luisa 
se dirigieron á aquella parte del edificio en que estaban las 
habitaciones de Eduardo, y el comedor. 

— ¿(luiún hamtaen este cuarto? pregue tó Victor;:‘a exa- 
minando el de Eduardo. 

— El señor Don Daniel cuando viene á quedarse, contestó 

uisa sin la mínima turbación. 

— Y ¿cuántas veces po: semana sucede eso? 

— La señora me ha mandado aue le enseñe á usted la casa, 


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28 


AMALIA. 




i ^¡i 




y no que le dé cuenta de lo que pasa en ella. Puede usted 
preguntárselo á la señora. 

Victorica se mordió los labios no sabiendo qué hacer con 
aquella muchacha, y pasóá otra habitación, y por último al 
comedor sin haber encontrado cosa alguna que le diese in- 
dicios de lo que buscaba. 

Durante se ejecutaba esta pesquisa policial, en el modo y 
lorrna ailoptada por la dictadura, una escena bien diferente, 
pero no menos interesante, tenia lugar en la sala. 

Luego que Victorica y el comisario pasaron á las pie- 
zas interiores, Amalia, sin levantar los ojos á honrar con su 
mirada la íisonomía de ^lariño,le dijo : 

— Puede usted sentarse, si tiene la iniencion de esperar 
al sefior Victorica. 

Amalia no estaba rosada, estaba punzó en aquel mo- 
mento. Y Marino, por el contrario, estaba pálido y descom- 
puesto en presencia de aquella mujer cuya belleza fascinaba, 
y cuyas maneras inqieriosas y aristocráticas, podemos de- 
cir, ímpoi.ian. 

— Mi intención, dijo Marino, sentándose á algunos pasos 
de Arnalia, mi intención ha sido la de prestar á usted un 
servicio, señora, un gran servicio en estas circunstancias. 

— ¡Mil gracias! contestó Amalia con sequedad. 

— ¿ lia recibido usted mi carta esta mañana? 

— líe recibido un papel firmado por Nicolás Mariño, que 
supongo será usted. 

— Bien,contestó el comandante de serenos, dominando 
la impresión que le causó la desdeñosa respuesta de la jó- 
ven. En esa carta, en ese papel, como usted lo llama, me 
apresuré á participar á usted lo que iba á ocurrir. 

— ¿Y puedo sai)er con qué objeto se tomó usted esa in- 
comodidad, señor? 

— Con el objeto de que tomase usted las medidas que su 
seguridad le aconsejase. 

— Es usted demasiado bueno para conmigo; pero dema- 
siado malo para con sus amigos políticos, pues que les hace 
usted traición. 

— ¡Traición 1 

— Me parece que sí. 

— Eso es muy fuerte, señora. 

— Sin embargo, ese es el nombre. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XV. 29 

— Yo trato de hacer siempre todo el bien que puedo. 

Ademas, yo sabia que desde anoche no podia haber nin- 
gún hombre en esta casa, después de la visita de Guiliño. 
Doña María Josela Ezcurra, sin embargo, que tiene un em- 
peño especial en perseguir esta casa, mientras yo lo tengo en 
protegerla, fue esta mañana á dar parte al señor gobernador 
de que aquí se ocultaba una persona que se buscada há mu- 
cho tiempo por la autoridad. Su Excelencia mandó llamar 
al señor Victorica, le dió la órden que está cumpliendo, y 
yo que tuve la suerte de saber lo que ocurria. No perdí un 
instante en comunicárselo á usted, decidiéndome también á 
acompañar al señor Victorica, por si tenia la suerte de po- 
der librar á usted de algún compromiso. Esta es mi con- 
ducta, señora ; y si hago una traición á mis amigos, la causa 
por que así procedo me justifica plenamente. Esa causa es 
santa-, nace de una simpatía instantánea que sentí por us- 
ted desde que tuve la dicha de conocerla. Desde entónces 
mi vida entera está consagrada á buscar los nn3dio3 de 
acercarme á esta casa; y mi posición, mi fortuna, mi in- 
íluencia 

— Su posición y su influencia de usted no impedirán que 
yo le deje solo, cuando no comprenda que su presencia me 
fastidia, dijo Amalia parándose, separando la silla en que 
estaba sentada, y pasando al gabinete de lectura, y de este 
á su alcoba, donde sentóse en su sola, radiante de belleza y 
de orgullo. 

— ¡Ah, yo me vengaré, perra unitaria I exclamó Mariño 
pálido de rabia. 

Pocos momentos hacia que la altanera tucumana estaba 
sola en su aposento por no sufrir las impertinencias de Ma- 
riño, cuando Victorica, que volvia con Luisa, por el mismo 
camino que habia andado ya, se encontró de nuevo con 
Amalia. 

— Señora, la dijo, he cumplido ya la primera parte délas 
órdenes recibidas; y felizmente para usted, podré decir á 
Su Excelencia, que no he encontrado en esta casa la per- 
sona que he venido á buscar. 

— ¿Y puedo saber qué persona es esa, señor jefe de 
policía? ¿Puedo saber por qué se me hace el insulto de re- 
gistrar mi casa? 

— ¿ Quiere us», decir á esta niña que se retire? 


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so 


AMALIA, 


Amalia hizo una seña á Luisa, que se retiró, no sin tor- 
cerle los ojos á Viclorica. 

— Señora, debo tomar á usted una declaración, pero de- 
seo evitar con usted las íbrmaUdades de estilo, y que sea 
mas bien una conferencia leal y franca. 

— Hable usted, señor. 

— ¿Conoce usted ti Don Eduardo Belgrano? 

— Sí, lo conozco. 

— ¿Desde (jue tiempo? 

— Hará dos ó tres semanas, contestó Amalia, rosada 
como una fresca rosa, y Bajando la cabeza, avergonzada de 
tener (|ue mentir por la primera vez de su vida. 

— Sin embargo, hace mas tiemjio que lo han visto en 
esta casa. 

Ya he contestado á usted, señor. 

— ¿Padria usted probar que Don Eduardo Belgrano no 
ha estado oculto en esta casa, desde el mes de Mayo hasta 
el presente? 

— No me emi)eñaria en probar semejante cosa. 

— ¿ Luego es cierto? 

— No he dicho tal. 

— Pero, en íin, usted dice que no probaria que no estuvo. 

— Porque es usted, señor, quien debe probar lo con- 
trario. 

—-¿Y sabe usted dónde se encuentra actualmente? 

— ¿Ouién? 

— Belgrano. 

— No lo sé, señor; pero si lo supiera no lo diria, con- 
testó Amalia alzando la cabeza, contenta y altiva porque se 
le presentaba la ocasión de decir la verdad. 

— ¿Ignora usted que estoy cumpliendo una órden del 
señor gobernador? dijo Victorica empezando á arrepentirse 
de su indulgencia con Amalia. 

— Ya me lo ha dicho usted. 

— Enlónces debe usted guardar mas respeto en las con- 
testaciones, señora. 

— Caballero, yo sé bien el respeto que debo á los de- 
mas, como sé también el que los demas me deben á mí 
misma. Y si el señor gobernador, ó el señor Viclorica finie- 
ren delatores, no es en esta casa, por cierto, donde podrán 
hallaros. 


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PARTE TERCERA. CAPITULO XV. 


31 


— Usted lio delata á los demas, pero se delata á sí 
mismo. 

¿Cómo? 

— Que usted se olvida que está hablando con el jefe de 
policía, y está revelándole muy francamente su exaltación 
de unitaria. 

— [Ah, señor, yo no baria gran cosa en serlo en un país 
donde hay tantos miles de unitarios! 

— Por desgracia de la patria y de ellos mismos, dijo Vic- 
torica levantándose sañudo, pero llegará el dia en que no 
haya tantos; yo se lo juro á usted. 

— Ó en que haya mas. 

— [Señera 1 exclamó Yictorica mirando con ojos amenazan- 
tes á Amalia. 

— ¿Qué hay, caballero? 

-- Que usted abusa de su sexo. 

— Gomo usted de su posición. 

— ¿No teme usted de sus palabras, señora? 

— No, señor. En Buenos Aires solo los hombres temen; 
pero las señoras sabemos defender una dignidad que ellos 
han olvidado. 

— Cierto, son peores las mujeres, dijo Victorica para sí 
mismo. Á ver, concluyamos, continuó, dirigiéndose á Ama- 
lia, tenga usted la bondad de abrir esa papidera. 

— ¿Para qué, señor? 

— Tengo que cumplir ese último requisito, abra usted 

— ¿Pero, qué requisito? 

— Tengo órden de inspeccionar sus papeles. 

— Oh, esto es demasiado, señor, usted ha venido en bus 
ca de un hombre á mi casa; ese hombre no está, y debo 
decir á usted que nada mas consentiré que se haga en ella- 
Victorica se sonrió y dijo : 

— Abra usted, señora, abra usted por bien. 

— No. 

— ¿No abre usted ? 

— No, no. 

Victorica se dirigiaála papelera cuya llave estaba puesta, 
cuando Mariño que habia oido el interrogatorio desde el 
gabinete, se precipitó en ei aposento, para ver si con un 
golpe teatral comiuislaba el corazón de la altanera Amalia. 

— iMi querido amigo, dijo á Victorica, yo salgo garante 


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€ . 


02 AMALIA. 

de que en los papeles de esta señora no hay ninguno que 
comprometa á nuestra causa; ni diario, ni carta de los in- 
mundos unitarios. 

Yictnrica retiraba su mano dé la llave de la papelera, y 
ya Marino creia conquistado el dereclio á la gratitud de 
aquel corazón rebelde á sus ternuras, cuando Amalia se 
precipitó á la papelera, la abrió estrepitosamente, tiró cua- 
tro pequeñas gavetas que contenian algunas cartas, alha- 
jas y dinero, y con una expresión marcada de despecho, 
se volvió á Victorica, dando la espalda á Mariño, y le 
dijo : 

— lié ahí cuanto encierra esta papelera, registradlo 
todo. 

Mariño se mordió los labios hasta sacarse sangre. 

Victorica paseó sus miradas por los objetos que le des- 
cubrió Amalia, y sin tocar ninguno, dijo : 

— He concluido, señora. 

Amalia le contestó apenas con un movimiento de cabeza, 
y volvió al sofá, pues sentia que después del violenfo es- 
fuerzo que acababa de hacer, una especie de vértigo le anu- 
blaba la vista. 

Victorica y Mariño hicieron una profunda reverencia y 
salieron por el gabinete á encontrar al comisario que los 
estaba esperando. 

Y fué en el momento en que todos montaban á caballo, 
que Daniel bajó del suyo, y después de un cortés saludo i 
Victorica y Mariño entró á la casa de suprima, diciéndose 
á sí mismo : 

— Malo. Empiezo á llegar tarde, y es mal agüero. 

Ásu vez, Mariño decia á Victorica : 

— Este lo debe sabor todo. Este es unitario, á pesar de 
6U padre y de todo lo que hace. 

— Sí, es necesario poner los ojos sobre él. 

— Y el puñal, agregó Mariño, y tomaron el galope para 
la ciudad. 


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PARTE TERCERA. CAPÍTULO XVI. 


33 


CAPÍTULO KVI. 


Todos comprometidos 


Una hora después el soberbio alazan que había llegado a 
la quinta á gran galope, volvía paso á paso en dirección a la 
ciudad, llevando á su dueño, no con la cabeza erguidla y los 
ojos vivísimos como una hora antes, sino con la cabeza in- 
clinada al pecho y casi cerrados sus hermosos ojos. Al 
verlo así, cualquiera diría que era un jóven indolente, cuya 
organización voluptuosa salía á gozar de los rayos 
dadores del sol de Agosto en aquel rigoroso invierno de IS-iü, 
prefiriendo el paseo á caballo, para no poner sus delica- 
dos piés sobre las húmedas arenas de Barracas. 

Pero lo cierto era que Daniel no se acordaba si estaba eii 
invierno ó en verano, ni gozaban solazamiento alguno sus 
sííntidos, ni su espíritu. 

Dominado por sus propias ideas, Daniel iba en abstrac- 
ción completa de cuanto le rodeaba; meditando sobre cuanto 
medio le sugería su fecunda imaginación para ver de encon- 
trar aquel que le hiciese señor de la difícil situación en que 
se hallaban las personas cuya suerte le estaba, casi exclu- 
sivamente, coníiada. Situación que le mortificaba tanto mas, 
cuanto que por ella se veia distraído á cada momento de 
los sucesos públicos á que quería consagrar toda la acti- 
vidad de su espíritu. 

Ademas, Daniel era supersticioso como su prima, ó me- 
jor dicho mas supersticioso que ella, por cuanto era mas 
exaltada su imaginación y mas profundas sus convicciones 
sobre el fatalismo de las cosas. Y una inquietud vaga se 
había apoderado de su espíritu desde el momento en í[ue 
vio que no habia llegado á tiempo para encontrarse en la 
visita domiciliaria de Victorica, de quien él se proponía sa- 
car un inmenso partido en favor de Amalia. 

Sin embargo, él se habia manifestado contento á su primj^ 
inspirándola toda cuanta confianza sobre la suerte de Eduardo 
podía dar tranquilidad á su corazón. Habia también con- 
venido con ella, en que si los sucesos se prolongaban mas 


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AMALIA. 


M 



AMALIA. 

lie ocho dias, se le buscaria alguna pequeña y solitaria casa 
sobre la costado San Isidro, ó cualquier otro punto distante 
donde poder vivir retirada, sin desalojar su casa de Bar- 
racas ; facilitándose de este modo la felicidad de ver á 
liduardo, y la de poder embarcarse en un momento dado. 
\ poi últiíno, habla cono uido por hacerla reir, como era 
su costumbre cuando él sufría ocultarlo á los demas. 

Así, meditando, aceptando y desechando ideas, llegó, al 
lin, á la barranca del general Brown, y enlilando ia calle 
de la Reconquista llegó á la casa de su Florencia, á respi- 
rar un poco do esencia de amor y de ventura en los alíen- 
los de aquella llor purísima del cielo, caida sobre la tierra 
argentina para ser velada por el amor, en la noche frígida 
de las desgracias de ese pueblo infeliz. 

Pero ese dia era fatal. 

Al entrar a la sala halló la señora Dupasquier desma- 
yada en un sillón, y á Florencia sentada en un brazo de él, 
suspendiendo con su brazo izquiei-do la cabeza de su 
madre, y humedeciendo sus sienes con agua de Colonia. 

— ¡ Daniel, ven ! exclamó la jóven, 

¿Ptu’o» qué hay. Dios mió? preguntó Daniel acercán- 
dose á ui]uella pintura del dolor y del amor lllial. 

Despacio, uo bables fuerte. Es su desmayo. 

Daniel se arrodilló delante del sillón, y tomóla mano pá- 
lida y fria de madama Dupasquier. 

No es nada, volverá en sí, dijo después de haber ob- 
servado el pulso déla señora. 

— Sí, empieza á traspirar. Entra á la alcoba, alcanza 
una capa ó un pañuelo, cualquiera cosa, Daniel. 

El joven obedeció, y después de cubrir él mismo á su 
futuiu. madre*, y de arrodillarse delante de ella con su Flo- 
rencia, cada uno teniéndola una mano, fijos sus ojos en 
if[uellos cuya primer mirada esperaban con impaciencia 
Daniel se atrevió á preguntar á su Florencia, con palabras 
dichas casi al oído : 

¿I eio, cjué ha habido? Este desmayo no le da sino 
después de algún disgusto. 

— Lo ha habido. 

— ¿Hoy? 

— Ahora mismo, ¿lías encontrado á Victorica? 

— i\0. 


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PARTíí TERGIillA. CAPÍTULO XVI, 


85 




— Acaba do salir de aquí. 

■"-¿De aquí? 

— Sí. Ha venido con un comisario y dos soldados, y b;i 
i'egistrado toda la casa. 

— ¿Pero á quién buscaba? 

— No lo ha dicho, pero creo que á Eduardo, porque ha 
querido hacer sobre él algunas preguntas á mamá. 

-¿Y? 

— Mamá se negó á responderle. 

•— Bien. 

— Se negó también á abrir la puerta de un cuarto inte- 
rior que casualmente se hallaba cerrada, y Victorica la liizo 
echar aliajo. 

— ¿Pero, por qué no se abrió esa puerta? 

— Porque mamá dijo desde el principio á Victorica, ([u' 
no se qneria pr> star á conducirlo al interior de su casa; 
que él obrase como quisiese, pues que tenia la Tuerza 
para hacerlo. Mamá se ha sostenido con un valor y una 
dignidad propia de cdla. Pero luego que ha quedado sola 
me ha hablado mucho de nuestro casamiento, me ha di- 
cho que es necesario salir del país y para siemjire. En mis 
brazos la he sentido sufrir, y la he sentido desmayarse. 

Mírala : parece que vuelve Sí... sí; y Florencia levantóse 

súbitamente, tomó la cabeza de su madre y llenó dejjosos 
aquellos ojos que acababan de derramar sobre ella ía pri- 
mera mirada. 

Madama Dupasquier habia vu«ilto de su desmayo. 

Esa mujer, tipo [)errecto de lo mas delicado, de lo mas 
culto de la sociedad bonaerense, reunia en sí to lo el or- 
gullo, toda la altivez, todo el espíritu de las nobles descen- 
dientes de los héroes de nuestra independencia que, enor- 
gullecidas por su origen, fueron siempre intransigibles 
con todo lo que no era gloria, talento ó nobleza en ía re- 
pública; de esas mujeres que sufrían masque los hombres 
por la humillación que la dictadura hacia sufrir al país; 
y que mas que los hombres tenian valor para afrontar los 
enojos del tirano y de la plebe armada é insolentada por él. 

Las páginas de sangre del gobierno de Rosas revelan las 
víctimas de su tiranía, que han caido al puñal ó al plomo 
de los asesinos imblicos. Al lado de los nombres de Rosas, 
de Maza, de Oribe, de todos esos famosos verdugos del 


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36 


AMAMA. 


pueblo argentino, se escribe continuamente el martirologio 
de los que se negaron á la ruina y á la degradación de su 
patria. Pero solo Dios puede haber escrito en las páginas 
santas del libro eterno de su justicia la vasta nomenclatura 
de los que han muerto al indujo de los rigores de esos ban- 
didos, ejercido sobre la organización y la moral. ¡Solo Dios 
sabe cuántas madres han ido á la tumba por las huellas 
ensangrentadas de sus hijos; cuántas esposas han ido al 
cielo á buscar el compañero de su existencia, arrebatado 
de ella por el plomo de Rosas, ó por el cuchillo voraz de 
aquel mendigo de poder, que, arrojado de su patria, fué 
á vender su mano y su almaá un tirano extranjero, para 
saciar en la sangre de pueblos inocentes su instinto innato 
á los delitos, y cuya cabeza sabrá marcar la posteridad con 
el sello indeleble de su rej)robacion y de su desprecio! 

I Solo Dios, sí, sabe cuántas nobles mujeres argentinas han 
bajado al sepulcro paso á paso, llevadas por la mano de 
esa época de sangre, y de impresiones rudas sobre su co- 
razón sensible! 

— Daniel, dijo madama Dupasquier, es preciso salir del 
país; usted y Eduardo, mañana, hoy si es posible. Amalia, 
yo y mi hija los seguiremos pronto. 

— Bien, bien, señora. Ahora no hablemos de eso. Necesita 
usted reposo. 

— ¿Y cree ush'd posible tenerlo en este país? ¿No creé 
usted que en cada minuto tiemblo por su seguridad? Ade- 
mas, una vez que se han lijado las sospechas de Rosas so- 
bre mi casa, ya está sentenciada á continuos insultos; y 
cada persona que entre á ella espiada y perseguida también. 

— Dentro de ocho dias quizá estaremos libres de esta 
situación. 

— No, Daniel, no. La mirada de Dios se ha separado de 
nuestra patria, y no tenemos que prever sino desgracias. 
No quiero, ni que Amalia pise esta casa. 

— Amalia acaba de sufrirla misma visita que usted, 

— ¿También? 

— Sí; hace dos horas. 

¡Ah, esta es Doña María Josefa, mamá ! 

La señora Diijrasíiuier hizo un gesto como si le hubiesen 
nombrado el mas repugnante objeto de la tierra. 

Daniel hizo entónces la relación de cuanto había ocurrido 




PARTE TERCERA. CAPITULO XVI. 

en la quinta de Barracas desde las diez de la noche anterior. 

— Pero en todo esto, agregó, no hay ningún peligro real 
todavía. Nadie podrá dar con Eduardo, yo respondo de ello.^ 
Voy á trabajar en sentido de prevenir el ánimo de Victo- 
rica contra ías delaciones falsas que ha recibido Rosas de 
su cuñada; con la intención de dejar desairada la dili- 
gencia de la policía. De ese modo, doy seguridad á x\malia 
y á esta casa. Y en cuanto á mí, no tengo nada absoluta- 
mente que temer, dijo Daniel, queriendo inspirará su amada 
y á su madre una conlianza de que él empezaba á carecer. 

— Mamá, dijo Florencia, pues que ya no hay motivo 
para que Amalia no venga, yo querida mandarla buscar á 
que nos acompañase á comer ; Daniel lo hará también, y así 
pasaremos juntos todo el dia. 

— Si, sí, dijo Daniel. Quisiera que todos estuviésemos 
juntos, y que no nos separásemos nunca. 

Una especie de presentimiento terrible empezaba á opri- 
mir el corazón de Daniel. 

— Bien, hazlo, le contestó madama Dupnsquier. 
Florencia salió volando, le escribió cuatro líneas á Ama- 
lia, y dió órdeii de poner el coche para mandar traer á su 
amiga. 

Florencia volvia á la sala por las piezas interiores, cuando 
llamaban en la puerta exterior de la sala. 

Todos se inmutaron. 

Daniel se levantó, abrió, y dijo : 

— Es Ferrnin. 

— ¿Qué hay? le preguntó á su criado sin permitirle entrar 
á la sala, porque no oyeran las señoras, si ocurría algo des- 
agradable en ese dia en que todo parecía conspirarse contra 
todos. 

— Ahí está el señor Don Cándido, respondió Fermín. 

— ¿Dónde? 

— En el zaguan. 

Daniel se puso de un salto al lado de su maestro. 

— ¿Qué hay de Eduardo? le preguntó con ia voz, con los 
ojos y con la fisonomía. 

— Nada. 

Daniel respiró. 

— Nada, prosiguió Don Cándido, está bueno, tranquilo, 
sosegado; pero hay de ti. 



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— De mí? 

•— Sí; de li, jóven imprudente, que te precipitas en un..... 

— lili un iníierno, está bien. ¿Pero, qué liay? 

— Oye. 

— Pronto. 

— Despacio, oye : Victorica habló con Marino. 

— bien. 

— Mariño habló con Belaustegui. 

— Adelante. 

— Belaustegui habló con Arana. 

-- Adelante. 

— Y yo, oí á Belaustegui y á Arana. 

— ¿Y de ahí? 

— De ahí resulta que Belaustegui le ha dicho á Arana 
que Mariño lo ha dicho á él, que Victorica le ha dicho en la 
policía, que ha dicho al comisario de tu sección, que desde 
esta noche vigile tu casa, y te haga seguir, porque liav sos- 
pechas terribles sobre ti. 

— I Hola 1 Muy bien, y ¿ qué mas ? 

— [Qué mas! ¿Te parece poco el enorme, el monstruoso 

peligro que está pesando sobre tu frente, y, naturalmente, 
sobre la mia, desde que todos saben nuestras estrechas, ín- 
timas y íiliales relaciones? ¿ Quieres? 

— Quiero que rae espere usted aquí un momento, con 
eso seguimos esta conversación en el coche que pára en este 
momento á la puerta, en el tránsito hasta mi casa. 

— ¿ Yo á tu casa, insensato ? 

— Espere usted, mi querido amigo, dijo Daniel dejándole 
en el zaguan. 

— Fermín, monta en mi caballo y véte á casa, dijo á su 
criado que lo esperaba en el patio. 

— ¿Qué hay? preguntaron madre é hija al entrar Daniel 
á la sala. 

-—Nada. Noticias de Eduardo. Está impaciente. Está loco 
por salirse de su escondite y volar á Barrácas. Pero yo 
parto á casa á escribirle y ponerlo en juicio. 

— Sí, no vaya usted en persona, dijo madama Dupasquier. 

— Daniel, prométamelo usted, dijo Florencia parándose 
delante de su amado. 

— Lo prometo, dijo Daniel sonriendo y oprimiendo las 
manos de su Florencia. 


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PAHTK TERCERA. CAPITULO XVI. 3VÍ 

— ¿Se va usted ya? 

— Sí, y me voy en el coche que está pronto para ir á 
buscar á Amalia, porque acabo de mandar mi < aballo. 

— ¿ Y vuelve usted? 

— Á las tres. 

•— Bien, á las tres, dijo Florencia apretando fuertemente 
entre sus manitas de azucena la mano ([ue debía recibir 
mas tarde ante el pié del altar. 

Daniel besó la de madama Dupasquier, y salió de la sala 
aparentando un contentamiento que desgraciadamente em- 
pezaba á alejarse de su corazón. 

— ¿Sabes, Daniel, una cosa? dijo Don Cándido que se 
paseaba en el zaguaii esperándole. 

— Después, di'spues. Vamos al coche. 

Daniel salió lan precipitadamente de la casa, que al ba- 
jar de la puerta dió un fuerte bombrazo sobre un hombre 
grueso, que á paso mesurado y con la cabeza muy erguida 
y el soml)rero echado á la nuca, pasaba casualmente en 
aquel momento. 

— Dispense usted, caballero, dijo Daniel sin mirarle ala 
cara, acercándose á la portezuela del coche, abriéndola é 
mismo y diciendo al cochero : 

— Á mi casa. 

— ¡ Hombre, esta voz! dijo el personaje del sombrero 

á la nuca, parándose y mirando á Daniel que subía al estribo. 

— ■ Caballero, me hace usted el favor de oirme una pala- 
bra, prosiguió el desconocido, dirigiéndose á Daniel. 

— - Las que usted quiera, señar mió, dijo el jóven con un 
pié en el estribo y otro en tierra, dándose vuelia hacia 
aquel hombre cuya cara no habia visto todavía ; miéntras 
Don Cándido, pálido como un cadáver, se escurrió hasta el 
coche por entre las piernas de Daniel, y se acurrucó en un 
úngulode los asientos, íingiendo limpiarse el rostro con 
un pañuelo, pero evidentemente enmascarándose. 

— ¿ Me conoce usted? 

¡Ah! me parece que es el señor cura Cáete con quien 
he tenido la desgracia de tropezar, contestó Daniel con la 
mayor naturalidad. 

— Y yo creo que he oido la voz de usted en alguna otra 
parle. Y aquel otro señor que está adentro del coche será..,. 
¿Cómo está usted, señor? 


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40 


AMALIA. 



Don Cándido hizo tres ó cuarto saludos con la cabeza sin 
desplegar los labios, y sin acabar de limpiarse el rostro con 
el pañuelo. 

— I Ah ! es mudo I prosiguió el fraile. 

— ¿Queria usted alguna cosa, señor Gaete? 

— Me gusta mucho oir la voz de usted, señor ¿quiere 

usted deciiTue ? 

— Que tengo que hacer, señor, dijo Daniel saltando al 
coche y haciendo una señal ai cochero, que hizo partir los 
caballos á trote largo en direcion á la plaza de la Victoria; 
mientras el reverendo cura Gaete se quedó sonriéndo, con 
una expresión de gozo infernal en su íisonomía, y mirando 
el número de la casa de madama Dupasquier. 



PAUTE CUARTA. 


capítulo 1 . 


El 16 de Agoslo. 


Once (lias después ele los acontecimienlcs anteriores, es 
decir, el 16 de Agosto, el destino de Buenos Aires estaba 
sobre un monte de sombras donde la vista humana se ex- 
traviaba y se asustaba ante su perspectiva. 

Eran apónas las cinco de la mañana de aquel dia. No se 
veia un solo astro sobre el íirmamento; y el oriente en- 
vuelto en el espeso manto de la noche, no queria levantar 
aun las ligeras puntas del velo nacarado del alba. 

Tres bultos, semejantes á otras tantas visiones de la ima- 
ginación de Hoffmann, parecian de cuando en cuando rari- 
ficarse sobre el muro y las ventanas que separaban las 
liabitaciones de lajóven viuda de Barracas del gran patio 
de la quinta, cortado por una verja de fierro, como se sabe, 
y cuya puerta estaba abierta en aquel momento, cosa que 
jamas habia acontecido á tales horas, después de la tristí- 
sima noche con que empezamos la exposición de esta his- 
toria. 

— Si no hay nadie. Aunque su merced se esté hasta ma- 
ñana, no ha de ver luz, ni á ninguno, dijo, sin el miste- 
rio que parecia requerir aquella hora, una voz chillona de 
mujer. 

— ¿Pero cuándo, dónde se han ido? exclamó con un 


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42 


AMALIA. 


acento de impaciencia y rabia la persona á quien se habia 
dirigido la mnjor. 

— Ya II* be dicho á su merced que se lian ido anteyer, y 
que han de estar por ahí no mas. Yo los vi salir. Doña Ama- 
lia montó en el coche llevando de cochero al viejo Pedro, y 
de lacayo al mulato que la servia. Junto con Doña Amalia 
subió la muchacha Luisa. Y después se bajó del coche 
Doña Amalia, abrió las piezas y volvió á salir y subir al co- 
che trayendo dos jaulas de pajaritos. Nada han llevado; y 
aquí no hay sino los negros viejos que están durmiendo 
?n Ja quinta. 

Restablecióse el silencio y uno de aquellos tres misterio- 
sos personajes volvió á correr de puerta en puerta, de ven- 
lana en vantana á ver si descubría alguna luz, si percibía 
algún ruido que le indicase la existencia de alguien en 
aquella mansión desierta y misteriosa. 

Pero todo era en vano : él no oia sino el eco de sus pro- 
pios pasos, y el murmullo de los grandes álamos de la 
quinta, mecidos por la recia brisa de aquella noche de in- 
vierno oscura y fria. 

Por un momento esa especie de fantasma alzó su mano 
en actitud de descargar un golpe sobre los cristales de una 
de las ventanas de la alcoba de Amalia, pero la bajó y vol- 
vió al lugar en que estaba su compañero, y la persona que 
les habia dado los informes que se conocen. 

— Señor comandante, sabe Usía ([ue la escolla marcha 
hoy muy temprano, y ya es la madrugada. 

Bien, teniente, vámonos. Usted me ha acompañado 
como un amigo, y no quiero incomodarlo mas. Vámonos y 
marche á su cuartel. 

-T- Sííñor de Mariño, mire su merced que lo que me ha 
dado lo he gastado lodo en la llave falsa, y no tengo nada 
que darles á los de casa. 

— Bien, mañane. 

— ¿ Pero, cómo mañana? 

— Vamos, toma y déjame en paz. 

— áY cuánto es esto? 

— Ño sé. Pero no debe ser poco. 

— Guando mas, cinco pesos, dijo la mujer de la llave 
falsa, marchando delante del co nandante Mariño, y teniente 
del escuadrón escolla; y pasando por la verja de íierro. 



43 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO I. 


cuya puerta cerró Marifio, guardándose luego la llave en 
el bolsillo. 

Un momento después esos dos personajes de la fede- 
ración dejaban á su colega por ella en la pulpería contigua 
á la casa de Amalia, satisfecha de ver, que aunque negra 
como era, prestaba servicios de importancia á la santa 
causa de pobres y ricos. Y comandante y teniente tomaban 
el galope para la ciudad; dirigiéndose, el primero á su 
cuartel de serenos, y el otro al de la escolta de Su Exce- 
lencia. 


Apénas allá en el horizonte del gran rio se vcia una li- 
gerísima claridad sobre las olas, como una leve sonrisa 
(le la esperanza entre la densa noche del infortunio. La ma- 
ñana venia. 

Todo, menos el hombre, iba á armonizarse allí con ese 
lazo etéreo entre la naturaleza y su creador, que se llama 
la luz. Los arrogantes potros de nuestra Pampa sacudirían 
en aquel momento su altanera cabeza, haciendo estremecer 
la soledad con su relincho salvaje. Nuestro indomable toro 
correrla, arqueando su potente cuello, á apagar su sed, nunca 
saciada, en las aguas casi heladas de nuestros arroyos. 
Nuestros pájaros meridionales, ménos brillantes que los del 
trópico, pero mas poderosos unos y mas tiernos otros, sal- 
tarian desde el nido á la copa de nuestros viejos ombúes, 
ó de nuestros erizados espinillos, á saludar los albores pri- 
mitivos del dia; y nuestras humildes margaiátas, perdidas 
entre el trébol y la alfalfa esmaltada con las gotas nevosas 
de la noche, empezarían á abrir sus blancas punzóes y 
amarillas hojas, por tener el gusto, como la virtud, de con- 
templarse á sí mismas á la luz del cielo, porque la luz de 
la tierra no alcanza, ni á las unas, ni á la otra. Toda la 
naturaleza, sí, ménos el hombre. ( Porque llegado era el mo- 
mento en que la luz del sol no servia en la infeliz Buenos 
Aires, sino para hacer mas visible la lóbrega y terrible noche 
de su vida, bajo cuyas sombras se revolvían en cáos las 
esperanzas y el desengaño, la virtud y el crimen, el sufri- 
miento y la desesperación! 


II. 



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AMALIA. 


U 


Ivl silencio era sepulcral en la ciudad. 

I'd monótono ruido de nuesiras pesadas carretas dirigién 
UpI *11 públicos, el paso del trabajador, el canto 

enírp^í aguador, el martilleo del pan 

Píiíip especiales y caracte- 

va Sríó *'* ''G'iireldia, hacia 

ya cudtio ó cinco que no se escuchaban. Era una ciudad 

desieita; un cementerio de vivos cuyas almas estaban unas 
fip. it ° ® <a esperanza aguardando el triunfo de Lava- 
lle, otias en el infierno del crimen esperando el de Rosas 

bolo en e camino de San José de Elóres, (|ue arranca de 
'Célebre camino, gloria déla federación, 
porteños, mandado construir por Rosas 
prrnHp‘’i^1 solo en él, decíamos, sonaba 

\í,n 1 n pisadas de algunos caballos. Era Don Juan 
Manuel Rosas que marchaba á encerrarse en su acampa- 
mento de Santos Lugares, en la madrugada del 16 de Agosto 
de 8-iü: saliendo de la ciudad oculto entre las sombras 
de la noche, calculando, sin embargo, el poder llegar de 
día a la presencia de sus soldados, á quienes por la primera 
vez de su vida iba á poder decirlos conipañevos. 

Su escolta tenia órden de marchar una hora después. 
p!=p \"Subre, nada mas dramático, nada mas inde- 

ciso y violento que el cuadro político que representaban los 
sucesos en ese momento, en todo el horizonte revolucionado 
de la república argentina. 

Era un duelo á muerte entre la libertad y el despotismo, 
entie la civilización y la barbarie; y estaban ya sobre el 
campo los dos rivales con la espada en mano, prontos á 
atravesarse el corazón, teniendo por testigos de su terrible 
combato á la humanidad y la posteridad. 

La mirada do todos estaba lija sobre la inmensa arena 
del combate ¿ en qué lugar? sobre la república entera. 

El general Paz marchaba á Corrientes, á ese Anteo de la 
libertad argentina, que ha estado cayendo v levantando, lu- 
chando brazo á brazo con Ja dictadura de Rosas, y que en- 
ténces victoreaba la libertad y recibía á la noble hechura 
de Belgrano. 

La-Madrid, ese mosquetero de Luis Xlll, resucitado en la 
repuhlica argentina en el siglo xix, bajaba sobre Córdoba 
a extender la poderosa liga del norte. 



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PARTE CUARTA. CAPÍTULO I. 


45 


Lavalle, nuestro caballero del siglo xi, nuestro Tancreclo, 
el Cruzado argentino, en lin, marchaba sobre la ciudad de 
Buenos Aires, al trente de sus tres mil legionarios, valien- 
tes como el acero, ardientes como la libertad, entusiatas 
como la poesía, y nobles como la causa santa por que aban- 
donaron la patria, dejando en ella la voluptuosidad y el 
lujo, para volver áella con la privación y la roida casaca 
del soldado. 

Ejército compuesto de la parte masculla y distinguida de 
la juventud argentina, comandado por lo mas selecto de 
nuestra milicia; ejército que representa en sí solo toda la 
poesía dramática y melancólica de la época. Soldados im- 
berbes que tomaban el fusil, no como una carrera, sino 
como un sacerdocio. Que partian á la guerra, hablando de 
los peligros y de la muerte, no con la poesía de la imagi- 
nación, sino con la expresión de su conciencia en estado 
do pureza; que hablaban del martirio como del homenaje 
debido á la sombra de nuestros viejos padres y ala liber- 
tad futura de la patria. 

Isla de la Libertad, Agosto 31 de 1839 

» Mi querida mamá : lie derramado lágrimas al leer su 
carta tan llena de amor maternal. Devuelvo á usted esos tier- 
nos sentimientos que me manifiesta, con todo mi corazón. 
Confío en que el cielo presidirá nuestros destinos y que yo 
tendré el gusto de abrazar á usted y á mis queridas herma- 
nas en el seno de nuestra patria adorada. Diez años han 
durado nuestros sufrimientos, y la esperanza de terminar- 
los me llena de ardor y entusiasmo. Deseche toda idea triste : 
Dios regla el destino del hombre. Si muero, le pido su per- 
don, y su olvido 

» Eduardo Alvauez » 

(Soldados así, como ese jóven de diez y nueve años, hijo 
de uno de nuestros viejos generales, que se despedia de su 
madre para ir á morir por la libertad de su patria, y que 
murió por ella en la jornada del Sauce Grande, después 
de haberse cubierto de gloria en el Yeruá y D. Cristóbal; 
. cayendo al espirar en los brazos de su hermano, envián- 
dole un beso á su madre y haciendo jurar á ese hermano que 



m l: 


46 AMALIA. 

TIO dejaría la espalda sino con la libertad argentina, ó con 
su muerte! II 

De parte de la tiranía, Echagüe en Enlre-Rlos, López en 
8anta-Ee, AUlao en Mendoza y llosas en Buenos A^ires, for- 
maban las cuatro columnas de resistencia al ataque^ de la 
libertad. 

En el exterior, por parte de la Francia solo habia la no- 
vedad del nombramiento del vicealmirante Baudin para el 
comando de una expedición militar al Plata, que parecía 
haberse resuelto con el lin de poner término á los asuntos 
pendientes. Y por parte del Estado Oriental, el general Rivera, 
entretenido en bailar y dar convites en su cuartel general 
en San José del Uruguay, divertido con versos del coman- 
dante Pacheco, contribuía con brindis á la cruzada argen- 
tina; bebiendo « Porque la república argentina anona- 
dando al tirano que la ensangrienta, siga nuestro ejemplo, 
y comprenda que la única base de la felicidad de los 
pueblos es la que se funda en leyes justas y análogas á 
sus necesidades; » en la de tener gobiernos morales, 'pre- 
visores y activos, le faltó decir al presidente Rivera. 

En cuanto al pueblo de Buenos Aires, él tenia una fiso- 
nomía especial en ese momento : la fisonomía especial de 
la angustia ; la íisonomía de la ansiedad. Cada minuto pesaba 
horriblemente sobre el espíritu. 

Lavalhí marchaba sobre la ciudad. 

Rosas delegaba el gobierno en 13. Felipe Arana, y salía á 
esperar á Lavalle, ó mas bien, huia de la ciudad á su acam- 
pamento de Santos Lugares, distante dos leguas. 

El batallón de Maza, el de Revelo, el iN ° 1° de caballería, 
los dos escuadrones de abastecedores, el escuadrón escolta, 
y algunas divisiones que anteriormente se encontraban allí, 
componían, en número de 5,000 hombres, el ejército de Ro- 
sas en Santos Lugares, especie de inmenso reducto zanjeado 
y artillado por todas partes. 

La ciudad era guardada de otro modo. 

En el fuerte estaba acuartelada la mitad del cuerpo de 
serenos; y de noche se reunían allí la plana mayor activa 
y la inactiva; los jueces de paz, los alcaldes y sus tenientes, 
componiendo un total de 400 á 500 hombres. 

En su cuartel del Retiro estaba el coronel Rolon con 250 
veteranos. 


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II 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO I. 


Al 


coronel Ramírez mandando 80 negros viejos é inválidos. 

Y el cuarto batallón de patricios estaba mandado acci- 
dentalmente por Don Pedro Ximeno. 

El coronel Vidal mandaba también alguna fuerza pe- 
queña. 

Los pocos ciudadanos que quedaban en Buenos Aires, no 
estaban organizados, ni alistados siquiera. 

El cuerpo de la Mashorca, compuesto de 80 a 100 facine- 
rosos, se distribuia desde las oraciones en partidas de 6 y 
de 8 hombres, que recorrían toda la noche la ciudad; sin 
hacer otra cosa hasta esos dias, sin embargo, que r(‘gistrar 
escrupulosamente á los que hallaban en la calle ; llevarlos á 
la presencia de Salomón si tenian armas, ó insultarlos gro- 
seramente si no iban con gran divisa ó con papeleta de 
socio popular restaurador. 

El inspector, general Pinedo, hacia los nombramientos de 
jefe de dia; cargo que recaía siempre en alguno de los ge- 
nerales que sin destino permanecian en la ciudad. 

y esos jefes, acompañados de algunos ayudante.s, recor- 
rían la ciudad toda la noche, visitando los cuarteles para 
ver si se observaban la.s órdenes expedidas. 

Pero época alguna de la federación hizo mas tolerantes 
á sus hijos, que estos dias que estamos describiendo; es 
decir, aquellos en que el general Lavalle marchaba aproxi- 
mándose á la ciudad. 

La Mashorca no hacia uso de sus armas, como hemos 
dicho. 

Los jefes de dia, en el curso de sus paseos nocturnos, 
solian llamar á alguna que otra puerta anatematizada desde 
mucho tiempo; y preguntaban con el mayor esmero : si 
algo se ofrecía, si había alguna novedad; ó aseguraban 
que no había nada que temer, etc. 

El gobernador delegado mandaba indirectamente ciertos 
avisos á ciertas casas sobre seguridades, sobre garantías no 
conocidas nunca. 

En los cuarteles, los acérrimos entusiastas en el tiempo 
de las parroquiales se demostraban mutuamente, con una 
lógica concluyente, lo terrible que era el no poder vivir en 

paz y tener que pelear con sus hermanos |Ah, Lavalle, 

Lavalle, por qué no mandasteis un escuadrón á gritar • 
¡Viva la patria! en la plaza de la Victoria ! 


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48 


AMALIA. 


Pero sigamos. 

De otro lado, las familias de los enemigos del tirano, es 
decir, las cuatro quintas partes de la sociedad culla y mo- 
ral, esperaban y temblaban, querían reir, y sentían el co- 
razón oprimido; La val le se acercaba, pero cada una de 
ellas tenia un hijo, un hermano, un esposo en las filas de 
los libertadores, y una bala enemiga podía abrirse paso 
por su pecho; Lavalle se acercaba, pero el puñal de la 
Mashorca estaba mas cerca de ellas que la espada de sus 
amigos. 

Encerradas en sus aposentos, las jóvenes tejían coronas, 
bordaban cintas, buscaban en el fondo de sus gavetas al- 
gún traje celeste, escondido por muchos años, para recibir 
á los libertadores; y las madres querían esconder dentro 
sí mismas á los hijos que les quedaban aun en Buenos 
Aires, para que no fuesen arrebatados de las calles por las 
levas de la Mashorca. 

Cada familia, cada individuo, era en fin la imagen viva 
y palpitante de la ansiedad, de la mas penosa y terrible 
incerlidumbre. 

Tal era el inmenso cuadro que apónas bosquejamos, aJ 
fin de la primera mitad de Agosto; tiempo también en que 
vamos á encontrarnos de nuevo con los personajes do esta 
historia. 

El corazón de los patriotas latía de temor y de espe- 
ranza. El de los héroes de las 'parroquiales de miedo y de 
miedo. 

Pero antes de cerrar este capítulo, vamos á explicar esa 
voz parroquiales, con que en este libro se ha determinado á 
menudo una época á que no se ha dado todavía un nom- 
bre especial. 




III. 

Ai ui'iochecer del 27 de Junio de 1839 fué asesinado en 
las antesalas de la cámara de representantes el presidente 
de ella Don Manuel Vicente Maza. 

Dejemos la palabra á los documentos, porque ellos de 
suyo han de reílejar sobre la conciencia del lector todo lo 
que hay de horrible y de repugnante en los hechos que 


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(v 


PARTE CUARTA. CArnui-0 I. 

tijamos como antecedentes de esa bacanal pública, C[ue se 
llamó fiestas de las parroquias. 

<* En Buenos Aires, á 27 de Junio de 1839, á las seis 
media de la noche, se presentó en la casa habitación de 
señor vicepresidente 1® de la honorable sala, ciudadano 
general Don Agustín Pinedo, el ordenanza de dicha sala 
Anastasio Ramírez, y anunció al referido vicejU’esidente 
que acababa de ser violentamente muerto el señor presi- 
dente de la honorable sala Dr. D. Manuel \ Ícente Maza, 
cuyo cadáver había encontrado el exponente en la sala de 
la presidmicia.j) 

La comisión permanente se reunió. Se hizo el reconoci- 
miento facultativo del cadáver; y encontraron en él dos he- 
ridas hechas con cuchillo ó daga. 

La sala se reunió al dia siguiente ; ¿se reunió para deli- 
berar sobre el hecho inaudito que acababa de cometerse en 
su recinto? no : se reunió para oir un discurso del diputado 
Garrigós. Hé aquí un pequeño fragmento de esc discurso. 

« Se ha querido contrastar la acrisolada tidelidad de 

» nuestra tropa. Pero por todas partes, señores, ha encon- 
» trado el vicio la resistencia que le oRece la virtud. Estos 
» leales federales, que detestan al bando unitario, y mucho 
» mas aun á los traidores que desertan de la causa nacional 
» de la confederación argentina, volaron presurosos áparti- 
» cipar al gobierno aquel inicuo atentado, exhibiendo al 
» mismo tiempo comprobantes inequívocos de la certeza de 
» su aserto. Pues bien, señores, el autor principal de crimen 
» tan execrable era el hijo de nuestro presidente; y sin duda 
» alguna, datos muy exactos y antecedentes muy fundados 
» comi)robaban la connivencia del padre en el complot del 
'» hi jo : estos graves cargos, que gravitaban contra el ex pre- 
•>* skíente, desparramados en la población, cundieron con una 
rapidez eléctrica : los ciudadanos de todas clases miraron 
con horror tan inaudito crimen y se apresuraron entóneos 
» á dirigirse á esta honorable legislatura ejerciendo el dere- 
« cho de petición. Al efecto prepararon una solicitud con el 
« objeto de que se separase del elevado puesto de presidente 
» de la representación de la provincia, y aun del seno de la 
y) legislatura á un ciudadano, contra quien pesaban ^graves 
» ca%os Y contra quien la opinión pública se había ya mam- 
. fesfado del modo mas severo : y que por consiguiente de- 



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AMALIA. 

» hia quedar fuera del amparo de esta posición para que el 
» fallo de la ley se pronunciase contra su conducta. Aun no 
») fué esto todo, señores; pendiente esle paso, la anirnadver- 
)) sion pública se explicó mas palpablemente. La casa del 
» presidente fuó agredida la noche del jueves de un modo 
» que se conoció que el pueblo estaba en oposición á la pjr- 
»> mancncia del presidente en su puesto, que aun esa ma- 
» ñaña ocupó. Tales antecedentes decidieron al presideiite 
») á hacer su renuncia, no tan solo del cargo que ocupaba 
» en este recinto, sino también de la presidencia del tribu- 
» nal de justicia. Recien entónces se apercibió que debía 
» alejarse de esta tierra, y no ponerá prueba tan difícil la 
)) irritación del pueblo, y la justiíicacion del jefe ilustre del 

Estado que üucluaria entre el severo deber de la justicia, 
» y el cruel recuerdo de una antigua amistad » 

« En tal estado, señores, ¿qué cosa resta á la hono- 

» rabie sala, que dar cuenta de este trágico suceso al P. E. 
» acompañándole todos los antecedentes de la materia, para 
í) que en su vista dicte las medidas que su sabiduría le acon- 
» seje? >» 

Al dia siguiente, es decir, el dia28, en que tuvo lugar la 
sesión, el hijo del presidente de la sala, teniente coronel 
Don Ramón Maza, fué fusilado en la cárcel. 

El cadáver del anciano estaba en la puerta, en un carro 
de la basura; y allí se le reunió el cadáver de su hijo, y 
juntos fueron echados á la zanja del cementerio. 

Tras este horrendo asesinato del presidente de la legisla- 
tura y del tribunal de justicia, ¿qué aconteció en el pueblo 
de Rueños Aires? Aconteció que una voz unánime se levantó 
en derredor á Rosas, de todas las corporaciones y empleados 
públicos, dando el parabién al asesino. « En virtud del des- 
» cubrimiento del feroz, inicuo y salvaje plan de asesinato 
» premeditado por los parricidas, reos de lesa América, (rai- 
» dores Manuel Vicente y su hijo espúreo Ramón Maza, ven- 
» didos al inmundo oro francés, » decia uno. Otro le hacia 
coro, repitiendo : « Esté bien convencido Vuecelencia, que 
» el Dios de los ejércitos protege la causa de la justicia, po- 
» niendo en descubierto los planes infernales de los trai- 
• dores sobornados por un vil interes, como sucede con el 
» traidor sucio, inmundo y feroz, Manuel Vicente Maza y su 
» hijo bastardo. » 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO I. 

Las felicitaciones, vaciadas todas en el molde de las ante- 
riores, se desgranaban de la inmensa mazorca de la federa- 
I cion, y centenares de páginas no podían abrazar en sus 
millones de tipos todo el palabreo inmundo de esa época, y 
I fué preciso abrir válvulas en cada parroquia de la ciudad, 

; para que el entusiasmo popular no hiciese reventar el pecho 
de los federales; y de aquí las ílestas parroquiales, cuya ba- 
» canal debía celebrarse en los templos. 

Íí El asesino fué deificado, y el asesinato bendecido, no solo 

' en la ciudad, sino en la campaña. 

I Del día del delito, se decia en la cátedra del Espíritu Santo : 

1 « Yo no haré otra cosa en esta mi breve alocución, que 

1 » exhortaros con las palabras del profeta real á establecer 

1 » este dia hasta el cornijal del altar : Constituite diem so- 

» lemnem in condensis usque ad cornu altarís. Solemne 
» llamo este dia por el feliz descubrimiento de la trama 
» horrorosa contra la vida de nuestro Ilustre Restaurador 
» de las Leyes; solemne llamo á este dia, por el escar- 
» miento público, que la divina Providencia hizo de los 
I » enemigos de nuestra libertad é independencia... La divina 

j » Providencia... ella quiso que este público... á la verdad, 

I » Dios vela sobre los buenos y sobre los malos; sobre los 

I » buenos para darles á su tiempo el premio en el cielo, so- 

» bre los malos para darles á su tiempo el condigno cas- 
I » tigo. » 

El juez de paz de cada parroquia citaba á los vecinos, y 
previamente le sacaba á cada uno lo que podía, ó no podía 
dar, para la suscripción de la fiesta. Luego se nombraba la 
j comisión, se señalaba el dia, y se invitaba por los perió- 

I dicos. 

I La parroquia entera se vestía de federal y pero que 

( hablen los documentos. 

\ « La cuadra de la iglesia estaba toda adornada de olivo 

1 » y lindas banderas, las cuales fueron tomadas por los ve- 

» cinos y de golpe las rindieron al pasar el retrato, hin- 
» caní/o /a roí/¿//a, causando un espectáculo verdaderamente 
» imponente el repi<|ue de las campanas, cohetes de todas 
» clases y vivas del inmenso pueblo que había allí reunido ; 
» al llegar al atrio tomaron el señor juez de paz y el señor 
» maestre el ndrato, y entraron con él á la iglesia en cuya 
» puerta el señor cura y seis sacerdotes de sobrepelliz 




^2 AMALIA. 

» acompciñtU’on g1 retrato hasta cjiic se colocó en el lu^^ar 
» destinado, y como se retirase ia comitiva por no empe- 
» zarse la función de iglesia, se dejaron dos tenientes alcal- 

» des uno á cada lado del retrato haciéndole guardia 

» hasta que concluida la función tomó asiento el acompa- 
» iiamiento esperando al señorcura y demas sacerdotes que 
de sobrepelliz salieron á acompañar el retrato que fué 
» sacado hasta el atrio, donde lo recibió el señor juez de 1.^ 

» instancia, Don Lúeas González Peña 

» Gran porción de vecinos se reunió en la casa conti- 
» gua á la del juez de paz, donde fué servida con abundan- 
» cia carne con cuero; concluida la comida se formó del 
» contento general la mas federal y republicana danza en el 
» patio de la casa del señor juez dé paz, adoptando nuestra 
» alegre média caña por baile, la que era tocada por la 
» música restauradora : en esta danza aceptada únicamente 
» por todos, no quedó nadie sin bailar, pues todos entreve- 
» vados no se conoció distinción. La señorita Doña Manue- 
» lita de llosas, digna hija de nuestro Ilustre Restaurador, 

» y la respetable familia de S. E. dieron realce con su pre- 
» senda, etc. * » 

Los documentos de la época van mas adelante todavía ; 
mineros inagotables de la mas desesperante íilosofía sobre 
la debilidad de la raza humana cuando gravita sobre ella la 
pesada mano del despotismo, en cada página, en cada dia 
de esa época funesta, enseñan en progreso la degradación 
del pueblo sometido á Rosas. Las inspiraciones de este eran 
las que daban impulso á las acciones : obraban obedeciendo ; 
pero era tan perfectamente disfrazada la imposición, que, 
á los diez años, el escritor se halla en conllicto para saber 
dónde comenzaba esa imposición, y dónde terminaba Ja 
acción espontánea, en conciencias que el miedo Labia ner- 
vertido. 

La descripción de la íiesta de San Miguel, publicada en 
el número 4,891 de la Gaceta^ brilla todavía con mayor lujo 
de degradación, de prostitución, de escarnio. 

Mas todavía, la íiesta de la catedral que describe la Ga- 
ceta 4,866 : lié aquí un fragmento : 

Descripción de la fiesta de la parroquia de 3Ionserrat , publi- 
cada en el número 4.834 de la Gacela McrcantiL de 10 de Agosto 
de 1839. ® 


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tev>í 


PARTI*: CUARTA. CAPÍTULO I. 


53 


« En la entrada del templo se agolpaba un numeroso gen- 
•> tío, y saliendo á la puerta el senado del clero lué intro- 
•> (lucido al templo el retrato de su Excelencia por los mis- 
mos generales que lo habian recibido, etc. La función fue 
» celebrada con majestuosa solemnidad. Nuestro venerable 
» y digno compatriota, el ilustrisimo obispo diocesano de 
» i'uenos Aires, doctor Don Mariano Medrano, rodeado de 
» lodo el esplendor y pompa con que se ostenta el culto de 
» la iglesia católica en sus augustas fiestas, ofició en tan 
» importante acción de gracias. Una magnítica orquesta 
» acompañaba el canto de algunos profesores y aficionados. 

» Concluida la misa se entonó el TeDeum por el ilustrisimo 
» prelado, que se anunció al público por repiques de cam- 

* panas y una salva de artillería en los baluartes de la for- 
» taleza. En seguida fué reconducido el retrato de Su Exce- 
» leneia al carro. La caballería formó en columna, etc. 

« Luego que el señor inspector general dispuso la reti- 
» rada dcl retrato empezó la marcha en el mismo órden, 

» siguiendo la columna por el expresado arco principal, y 
» de este por la cálle de la Reconquista hasta la casa de 
» Su Excelencia. Al salir de la fortaleza el acompañamiento, 

» se empeñaron las señoras en conducir el retrato de Su 
» Excelencia, tirando del carro que alternativamente habian 
» tomado los generales y jefes de la comitiva al conducirlo 
» al templo. Las señoras mostraron el mas delicado y vivo 
» entusiasmo, y vimos con inmenso placer ú las distingui- 

• das señoras Doña etc., etc. * ;> . 

Gomo se ve, pues, estas célebres Restas tuvieron por ori- 
gen un crimen ; y dignas sucesoras de esa causa, ellas en 
sí mismas eran un crimen, y fueron mas tarde madre de 
mil crímenes. 

En el estado normal de las sociedades, en toda reunión 
pública, se trata de poner en competencia la cultura ó el ta- 
lento, la elegancia ó el lujo. 

En toda reunión pública, ó se trata de agradar, ó se trata 
de moralizar. 

En las famosas Restas parroquiales, todo era á la inversa, 
porque el ser moral de la sociedad estaba ya invertido. 

* El carro, f^eguii el documento que oslamos citando, tenia nueve 
varas de elevación, cinco de largo y ires de ancho 


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m 


5 i 


AMALIA. 


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I , 




Cada parroquial era un inmenso certamen do barharismo, 
de grosería, de vulgaridad y de inmoralidad, do patricidio 
y de herejía. 

Á la profanación del templo seguía la profanación del buen 
gusto, de las conveniencias, de las maneras, del lenguaje, 
y hasta de la mujer, en lo que llamaban el ambigú federal, 
cuya mesa se colocaba ora en la sacristía, á veces en algún 
corredor, bajo algún claustro, y alguna vez también en la 
casa del juez de paz de la parroquia. 

El primer asiento era reservado á Manuela, y como si esta 
pobre criatura fuese el conductor eléctrico que debiera lle - 
var á su padre los pensamientos de cuantos allí había, cada 
uno empleaba todo el poder de la oratoria especial de la 
época, para mostrarse á los ojos de la hija fuerte y potente 
defensor del padre. 

La oratoria de la época tenia su vigor, su brillo, su sello 
federal en la abundancia de los adjetivos mas extravagantes, 
mas cínicos, mas bárbaros. 

El enemigo debía ser inmundo, sucio, asqueroso, chan- 
cho, mulato, vendido, asesino, traidor, salvaje. Y el heroe 
de la federación, en boca de los aseados federales, para quie- 
nes el oro francés era inmundo, pero el oro argentino muy 
limpio y muy pulido, para dejar de robárselo á manos llenas, 
era ilustre, grande, héroe; como ilustres, grandes y héroes 
eran todos ellos en la prostitución y el vicio que allí repre- 
sentaban. 

En pos de la borrachera federal venia la danza federal. 
Y la jóven inocente y casta, llevada allí por el miedo ó la 
degradación de su padre; la esposa honrada, conducida 
muchas veces á esas orgías pestíferas con las lágrimas en 
los ojos, tenían luego que rozarse, ípie tocarse, que abra- 
zarse en la danza con lo mas degradado y criminal de la 
mashorca. 

Estas escenas fueron interrumpidas momentáneamente 
por la revolución del sur, en Octubre del mismo año de 1830, 
pero continuadas tan pronto como fué sofocado aquel he- 
róico movimiento. Y en ellas fué donde debía engendrarse 
la época de sangre que debía comenzar en 1840. Porque si 
la caneza de Zalarallan, de Gastelli y otros había dado ya 
Ocupación al cuchillo, todo eso no era sin embargo, sino los 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO II . OD 

preludios de las ejecuciones en masa que debían cometerse 
i luas tarde. 

i bl terror fué graduado, fria y sistemáticamente por el 

dictador. 

Las personerías. 

Los azotes. 

Los moños de cinta, pegados con brea en la cabeza de las 
señoras. 

Lsie y el otro asesinato, de tiempo en tiempo, fueron es- 
calones sucesivos por los que Rosas fué arrastrando el es- 
píritu individual y el espíritu público al abismo de la de- 
sesperación y del miedo, á cuyo fondo insondable debia 
empujarlos con mano de demonio en la San Bartolomé de 
1810. 

Así la sociedad á esta época se hallaba dividida en vícti- 
I mas y asesinos. Y estos últimos, que desde muy atras traían 

i ps títulos de tales; valientes con el puñal sobre la víctima 

I indefensa; héroes en la ostentación de su cinismo tembla- 

ban, sin embargo, cuando la pisada del ejército libertador 
I hacia vibrar la tierra de Buenos Aires, en la última quin- 

I cena de Agosto de 1840, á cuyos dias hemos llegado en 

i esta historia; miéntras que la parte oprimida del pueblo 

\ sufria también la incertidumbre penosa por el éxito próximo 

! de la cruzada. 

1 Y es para poder fijar con claridad la filosofía de esta 

’ conclusión, que la novela ha tenido que útoriar breve- 
mente los antecedentes que se han leido. 


( 

I 

I 

CAPÍTULO II. 

El gobernalor delegado. 

Pasado el zaguaii cjue l onducia del primero al segundo 
palio en la casa de Don Felipe Arana, calle de Represen- 
tantes n.® Iü3, se hallaba á mano izunierda una pieza cua- 
drada, con una gran mesa de escribir en el centro, otra 
uias pe(|ueña en uno de los ángulos, y un estante conte- 

I 

¡ 




56 AMALIA 


niendo muchas obras teológicas, las Partidas, un diccio- 
nario de la lengua, edición de i7(3'i; un grabado represen- 
tando á San Antonio; un botellón de agua; unas tazas de 
loza y un damero : nada mas tenia el estante del señor Don 
Felipe; pues acabamos de conocer el gabinete del señor 
ministro, ascendido al alto rango de gobernador delegado. 

En la pequeña mesa copiaba un largo oficio nuestro dis- 
tinguido amigo el señor Don Cándido Rodríguez. Y delante 
de la gran mesa en que figuraban gallardamente muchos 
legajos, muchos sobres do cartas y de oficios y un gran 
tintero de estaño, sentados estaban Don Felipe Arana y el 
ministro de S. M. 13., Caballero Enrique Mandeville, y nues- 
tro entrometido Daniel. 

— Pero si no ha habido declaración de guerra, señor 
Mandeville, decía el señor Don Felipe á tiempo que nos en- 
tramos con el lector á su gabinete. Y eso decía con sus ma- 
nos cruzadas sobre el estómago, como las tienen babitual- 
mente las señoras cuando se hallan en estado de espe- 
ranzas. 

— Así es, no ha habido declaración de guerra, contestó 
el señor Mandeville, jugando con la punta de sus rosados 
dedos. 

— Y usted ve, señor ministro, prosiguió Don Felipe, que 
según el derecho de gentes y la práctica de las naciones 
cultas y civilizadas^ no se puede hacer la guerra, sin que á 
ese acto preceda una declaración solemne y motivada. 

— ¡ Pues ! 

— Y como el derecho de gentes nos comprende á nosotros 
también, ¿digo bien, señor Bello? 

— Perfectamente, señor ministro. 

— Luego si nos comprende á nosotros el derecho de 
gentes, prosiguió Don Felipe, teníamos derecho á que la 
Francia nos declarase la guerra antes de mandar una expe- 
dición. Y puesto que no lo hace así, la Inglaterra debía 
estorbarle el envío de la antedicha expedición; porque 
conquistado el país por la Francia, la Inglaterra pierde to- 
dos sus privilegios en la confederación. Y es por esto que 
concluyo, repitiendo al señor ministro, á quien tengo ei 
honor de hablar, que la Inglaterra debe oponerse al trán- 
sito por mar de la susodicha expedición, que debe salir de 
Francia, ó estar ya en camino por el mar. 





;;, •;--T>K/inr»»r»»^f^*VV^ 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO II. 


51 


— Yo trasmitiré á mi gobierno las poderosas observa- 
ciones del señor gobernador delegado, contestó el señor 
Mundeville, cuyo espíritu, no estando avasallado poi Don 
Felipe como lo estaba por Rosas, podia medir á su antojo la 
diplomacia y la elocuencia del antiguo campanillero de la 
Hermandad del Rosario. 

~Si fuera dable que yo tomase parte en este asunto, yo 
diria al señor gobernador cuál es en mi Opinión la polí- 
tica que ha creido conveniente seguir en los negocios del 
Plata el gabinete de San James, dijo Daniel con un tono 
tan humilde y tan comedido que acabó de encantar á Don 
Felipe, que no deseaba otra cosa sino que alguien hablase 
cuando él tenia que hacerlo. 

^ — Las opiniones de un jóven tan aventajado como el se- 
ñor Bello deben ser oidas siempre. 

Mil gracias, señor Arana. 

^ El señor Mandeville lijó sus ojos en la fisonomía de aquel 
jóven cuyo nombre le era conocido: v se dispuso con toda 
su atención á escucharlo. 

~ Es muy probable que á la fecha en que estamos , el 
señor Palmerston esté en posesión de un documento muy 
grave de la actualidad : me refiero al protocolo de una 
conferencia tenida el 22 de Junio de este año entre la co- 
misión argentina y el señor Martigny. ¿El señor Mande- 
ville sabe algo de este documento? 

— Nada absolutamente, contestó el ministro inglés y 
dudo que mi gobierno lo tenga desde que no ha ido por 
mi conducto. 

— Entóneos me cabe la dicha de haber hecho las veces 
del señor ministro. 

— ¿ Es posible? 

— Sí, señor, el 22 de Junio se firmó ese documento, y 
el 26 marchaba para Lóndres, enviado por mí al vizconde 
Palmerston. Tiene hoy, pues, cincuenta y dos dias de 
viaje. 

— ¿Pero ese documento? dijo el señor Mandeville 

algo intrigado. 

— Hélo aquí, señor ministro. Leámoslo y después obser 
vemos, dijo Daniel sacando de su cartera un pliego de pa- 
pel muy fino en que leyó : 


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4MALIA. 



5S 


Protocolo 


De una conferencia entre el señor Bnchet Martlqmj, 
Cónsul General, Encargado de Negocios y IHcnipotcnvüi- 
rio de S. M. el Rey de los Franceses, y la Comisión Ar- 
gentina, establecida en Montevideo, con el objeto de fijar 
algunos hechos relativos á la cuestión pendiente en el 
Rio de la Plata, 


Los sucesos que han tenido lugar en eJ Rio de la Plata, 
desde el 28 de Marzo de 1838, en que las fuerzas navales 
de S. M. el Rey de los Franceses establecieron el bloqueo 
del litoral argentino, produjeron una alianza de hecho, en- 
tre los jefes de las expresadas fuerzas, y los agentes de 
S. M. por una parte, y las provincias y ciudadanos argen- 
tinos, armados contra su tirano, el actual gobernador de 
Buenos Aires, por la otra. 

Esta alianza se hizo mas estrecha, y adquirió alguna mas 
regularidad, desde que el señor general Lavalle, en Julio 
de” 1839, se puso de acuerdo con dichos j 'fes y agentes, 
para organizar en la isla de Martin García la primera fuerza 
argentina, destinada á obrar contra el gobernador de Bue- 
nos Aires ; y desde que el gobierno de la provincia de Cor- 
rientes abrió comunicaciones con ellos en Octubre del pro- 
pio año. 

Desde entóneos los señores agentes diplomáticos, y los je- 
fes délas fuerzas navales francesas, han prestado reiterados 
servicios ala causa de los argentinos, donde quiera que se 



han armado contra su tirano, y han recibiilo á su vez 
pruebas tle sinceras simpatías hacia la Francia, dondequiera 
que no ha dominado la iníluencia de aqu>*l. Todo esto habia 
estrechado mas cada dia la expresada alianza de hecho. 

Actualmente, los últimos periódicos de Francia, que aca- 
ban de recibirse en esta capital, han dado ñ conocer el 
discurso, pronunciado en la cámara de diputados el 27 de 
Abril úllimo, por el señor Thiers, presidente del consejo 
de ministros de S. M.*, y en el cual S. E. reconoció pú- 
blica y solemnemente, como aliados de la Francia, á las 
provincias y ciudadanos de la república argentina, armados 



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PAUTE CUARTA. CAPITULO II. 


59 


contra el tirano de Buenos Aires; dando así una especie de 
sanción á la alianza, que solo de hecho existia. 

Bsta circunstancia ha dado lugar á que las partes inte- 
resadas en el negocio creyesen, como realmente creen, 
llegado el momento de lijar algunos puntos, que den á la 
alianza toda la regularidad posible, y establezcan al mismo 
tiempo sus mas naturales consecuencias. 

Por este efecto, los abajo firmados, á saber : 

Por una parte, el señor Claudio Justo Enrique BucheL 
Martigny, Cónsul general, encargado de negocios, y minis- 
tro plenipotenciario de S. M. el Rey de los Franceses; 

Y por la otra los señores Dr. Don Julián Segundo de 
Agüero, ür. Don Juan José Cernadas, Don Gregorio Gómez, 
Dr. Don Ireneo Pórtela, Dr. Don Valentin \lsina, Dr. Don 
Florencio Varela, miembros que componen la comisión 
argentina, establecida en Montevideo, por especial delega- 
ción del señor general Lavalle, que como jefe de todas las 
fuerzas argentinas dirigidas contra el dictador Rosas, re- 
presenta de hecho los intereses y negocios de la provincia 
de Buenos Aires, cuya representación delegó en dicha co- 
misión. 

Se han reunido, lioy dia de la fecha, en la casa habita- 
ción del señor Buchet Martigny ; y después de dar á este 
negocio su mas séria atención, lian reconocido, de común 
acuerdo, ([ue es de la mayor importancia que la desave- 
nencia entre la Francia y Buenos Aires, íi que han dado 
lugar las crueldades, y actos arbitrarios ejercidos por el 
actual gobernador de esta provincia, contra diversos ciu- 
dadanos franceses, y el bloqueo que ha sido su conse- 
cuencia, cesen en el instante mismo en que haya desapare- 
cido la autoridad del dicho gobierno y haya sido reemplazada 
por otra, conforme á los deseos del país, como las circuns- 
tancias dan lugar á esperarlo. 

Y, creyendo necesario entenderse de antemano, respecto 
de los medios mejores que deben emplearse para obte- 
ner ese resultado de un modo igualmente honroso para 
ambos países, han discutido maduramente el negocio, y han 
convenido, por íin, en lo siguiente : 

Tan luego co no se haya instalado en Buenos Aires una 
nueva administración , en lugar del despotismo que allí 
domina actualmente, anunciará ella misma este suceso al 


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V 



60 AMALIA. 

señor Buchet Marlii?ny, instándole á trasladarse cerca de 
ella. El señor Buchet Martigny se prestará inmediatamente 
á esta invitación, y se presentará á la nueva administración 
en calidad de Cónsul general, encargado de negocios y ple- 
nipotenciario de Francia. 

Su primer acto, en respuesta á la nota que se le haya 
dirigido, será el de hacer á la nueva administración una 
declaración al (‘fecto siguiente : 

« El bloqueo establecido en el litoral de Buenos Aires, y 
» los actos hostiles que le han acompañado, jamas han sido 
1» dirigidos contra los ciudadanos de la re[)ública argen- 
» tina; lo que mas de una vez han mostrado las medidas 
» tomadas en íávor de los mismos ciudadanos argentinos, 
» por los agentes de S. M., y por los comandantes de las 
» fuerzas navales francesas en el Plata. Esos actos ningún 
» otro objeto han tenido que el de compeler al tirano, bajo 
» cuyo yugo geniia la república, á poner término á sus 
» crueldades contra los ciudadanos franceses, á conceder 
» justas indemnizaciones á aquellos que las habian ya su- 
» frido, y á respetar la cosa juzgada. Vivamente ha sentido 
» el gobierno del Rey verse obligado á echar mano de me- 
» didas, que debían producir grandes males para el pueblo 
» argentino; pues jamas ha creído que ese pueblo haya 
» tenido parte alguna en semejantes excesos ; ó los haya 
j» aprobado. 

» Hoy, pues, que ha desaparecido el monstruoso poder, 
» contra el cual se dirigían determinadamente las hostili- 
» dades de la Francia, y que el pueblo argentino ha reco- 
» brado el ejercicio de sus derechos y de su libertad, no 
» hay ya motivo alguno para que continúe la desavenencia 
» entre los dos países, ni el bloqueo á que habia dado lu- 
)» gar; contando positivamente el gobierno de S. M., y el 
» infrascrito, con la disposición del pueblo argentino , y 
» de la administración que acaba de establecerse en Bue- 
» nos Aires, á hacer justicia á la nación francesa, y acce- 

derá sus justas reclamaciones. 

En consecuencia, el señor Buchet Martigny va á apre- 
surarse á escribir al contraalmirante, comandante de 
» las fuerzas navales francesas en el Plata, jiara darle noti- 
» cia de los acontecimientos y para rogarle que declai’c 
» levantado el bloqueo del Biodela Plata, y dé las órdenes 




PARTE CUARTA. CAPITULO II. 


61 


» necesarias, á íin de que las fuerzas francesas, que se ha- 
»> lian en la isla de Martin García, se retiren-, y, al dejarla 
» entreguen al jefe militar, y á la guarnición que, á 
» efecto de relevarlas, mande el gobierno de Buenos Aires, 

> la artillería y todos los otros objetos, que existían en la 
»> isla, antes de su ocupación por los franceses. » 

En cambio de esta nota, la nueva administración de Bue- 
nos Aires trasmitirá al señor Buebet Martigny una decia- 
racion concebida, poco mas á ménos, en los términos 
Siguientes, la cual llevará fecba seis ú ocho dias después : 

« El gobierno provisorio de Buenos Aires, deseando cor- 
» responder á la generosidad de la declaración, (lue con 
» fecha... le ha sido hecha por el señor encargado de ne- 
»> godos y plenipotenciaro de la Francia, deseando también 
^ dar á esta nación una prueba de su amistad, y de su re- 
» conocimiento, por los dicaces servicios que en estas úl- 
timas ciivunstancias ha prestado á la causa argentina . 
» Considerando igualmente la justicia con que el gobierno 

> de S. M. el Rey de los Franceses ha reclamado indemniza- 
•» Clones, en favor de aquellos de sus nacionales, que hayan 
'• sido víctimas de actos crueles y arbitrarios del tirano de 
« Buenos Aires Don Juan Manuel Rosas : 


» Ha decretado lo que sigue : — 

» Art. l.o Hasta la conclusión de una convención de 
amistad, comercio y navegación, entre S. M. el Rey de los 
Franceses y la provincia de Buenos Aires, los ciudadanos 
franceses establecidos en el territorio de la provincia 
serán tratados, respecto de sus personas y propiedades, 
como lo son los de la nación mas favorecida. 

>' Art. 2.0 Se reconoce el principio de las indemniza- 
ciones, reclamadas por S. M. el Rey de los Franceses, en 
favor de aquellos de sus nacionales que hayan sufrido 
antes ó después de establecido el bloqueo, por medidas 
inicuas y arbitrarias del último gobernador de Buenos 
Aires Don Juan Manuel Rosas, ó sus delegados. 

» Invitará este gobierno al señor Buchet Martigny, á que 
' se entienda con él, para hacer determinar, en un i)lazo 
breve, el monto de esas indemnizaciones, por árbitros 


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AMALIA . 

« elegidos por ambas partes, en igual número; y que ea 
-> caso de empate, tendrán la facultad de asociarse un ter- 
» cero en discordia, nombrado por ellos á mayoría de 
» votos. 

» Se reconoce también el principio del crédito del señor 
» üespuy contra el gobierno de Buenos Aires. Los mismos 
» árbitros lijarán su monto por documentos auténticos. » 

El señor Martigny, en respuesta á la notificación que re- 
ciba de esta resolución, dará las gracias al gobierno de 
Buenos Aires, por este testimonio de amistad y de justicia, 
y lo aceptará en nombre tlel gobierno de S. M. 

Los señores miembros de la comisión argentina, recono- 
cidos á los -servicios que la Francia ha hecho á su repú- 
blica, en la lucha que sostiene contra su tirano, se com- 
prometen del modo mas formal, tanto en su nombre, como 
en el del general Lavalle, de quien son delegados, á emplear 
todos sus esfuerzos y usar de toda su innuencia, para que 
el nuevo gobierno de Buenos Aires, legalmente constituido, 
concluya sin demora, con el encargado de negocios y pleni- 
potenciario de Francia, una convención de amistad, comercio 
y navegación, en los mismos términos de la que se firmó 
en Montevideo el 8 de Abril de 1836, entre la Francia y la 
República Oriental del Uruguay; lo que será también una 
nueva prueba de la n.oderacion é intenciones de la Francia; 
pues que nada mas pide, ni desea de la re])ública argen- 
tina, sino lo mismo que propuso, en medio de la paz y la 
amistad, al Estado Oriental del Uruguay. 

Terminado así el objeto de la presente conferencia, se 
formó este protocolo, que quedará secreto, y que (irmaron 
todos los miembros de ella, en dos (‘jeinplares, en francés 
el uno, y el otro en castellano, en Montevideo á 22 de Junio 
de I8i0. 



Buchet Maíitiony. 
Julián S. Dií Agueuo. 
Juan J. Geuxadas. 
Gregorio Gómez. 
Valentín Alslna. 
íreneo Pühtela. 
Florencia Yauela. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO II. 


63 


El señor Mandeville estaba absorto. 

Por la cabeza de Arana no pasó sino la idea que la do- 
minaba siempre, y bajo su inspiración elijo : 

— ¿Pero qué dirá el señor gobernador cuando sepa ([ue 
ese documento ha existido en manos de usted por tanto 
tiempo, sin él saberlo? 

— El señor gobernador conoce ese documento desde el 
mismo dia en que llegó á mis manos. 

— lAb! 

— Sí, señor Arana; lo conoce porque era de mi deber 
enseñárselo, primero, para probarle mi celo por nuestra 
causa; y segundo, para que no declinase de su lieróica re- 
sistencia contra las pretensiones francesas. 

— Es un prodigio este jóven, dijo Don Felipe mirando á 
Mandeville; miéntras Don Cándido se persignaba, creyendo 
que Daniel habia hecho pacto con el diablo, y que él se en- 
contraba en la asociación. 

Bien pues, continuó Daniel, á primera vista esta alianza 
deberia inspirar recelos al gabinete británico, sobre la in- 
íluencia comercial que adquirirla la Francia en estos países, 
en el caso de que los unitarios triunfasen. Pero estos hacen 
desaparecer esos temores con una política ([ue no deja de 
ser hábil y conducente. Ellos hacen entender que las con- 
cesiones hechas á la Francia no son una especialidad, sino 
un programa general que establecen paralo futuro en sus 
relaciones políticas y comerciales para con los demas Esta- 
dos. Que su sistema de órden y de garantías se extenderá á 
todos los extranjeros que residan en la república. Anuncian 
la libre navegación de los rios interiores. Proclaman la 
emigración europea como una necesidad de estos países; y 
distraen los intereses políticos, con las perspectivas comer- 
ciales que ofrecen en ellos una vez que triunfe su partido. 

— I Traición es todo esol exclamó Don Felipe que no en- 
tendía una palabra de cuanto acababa de oir. 

— Prosiga usted, dijo Mandeville, interesado profunda- 
mente en las palabras de Daniel. 

En presencia de tal programa, prosiguió el jóven, el 
ministerio inglés toma en cuenta, de una parte los incon- 
venientes de una hostilidad directa á la Francia en su cues- 
tión en el Plata; y por otra las ventajas que puede reser- 
varse para lo futuro, con solo que la Inglaterra se mantenga 


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AMALIA. 


1 . 


neutral en una cuestión cuyo resultado puede ser el triunfo 
de un partido que establece un programa político, todo él 
de ventajas al comercio, al capital y á la emigración euro- 
pea, y cuya amistad quiza convendrá mas tarde adquirirse 
a todo trance para equilibrar la inOuencia que la FrancS 
haya establecido en sus relaciones anteriores. 

— I Pero es una picardía I exclamó el señor Don Feline 
.,im traición, un ataque á la independencia y soberanía na! 

- Por supuesto que lo es, dijo Daniel, es una completa 
picardía de los unitarios. Pero eso no obsta á que puSan 
alucinarse con ella en Inglaterra; y toda nuestra espmanza 
en es e caso, se funda en la habilidad de usted, señor Arana’ 
para hacer entender al señor Mandeville, todo lo que tiene 

de traidor a los ínteres americanos y europeos el nenVá 
miento de los unitarios. ^ europeos ei pensa- 

~ pues.... yo he de hablar con el señor 

Mandeville. 

- Sí, hemos de hablar, contestó el ministro inglés cam- 
biando una mirada signiíicativa con Daniel, en quien haWa 
descubierto lodo cuanto á Don Felipe le faltaba 

-¿Y me podria usted facilitar una copia de ese docu- 
mento? continuó Mandeville dirigiéndose á Daniel 

- Desgraciadamente no puedo, contestó el jóven ha- 
ciendo al mismo tiempo una seña de alirmativa á Mande- 
nlle, que fué comprendida en el acto. 

- No puedo, prosiguió Daniel, porque le entregué una 
tapia de el al señor gobernador, que se manifestó muy dis- 
gustado do que su ministro de Relaciones exteriores no su 
píese nada de esto negocio. 

- i Pero si nada sabia! exclamó Don Felipe abriendo h 
maños ojos. 

- De eso se trata; de que no supiera usted nada ; y si 
usted le habla alguna vez de este asunto, conocerá cuán 
disgustado esta Su Excelencia por aquella ignorancia 

- Oh, yo no hablo jamas al señor gobernador, sino de 
lo& asuntos que él me promueve. 

- En eso se conoce el talento de usted. Señor .\rana 

palabra ° guardaré bien de decirle una 

- Bien lieclio. 






PARTE CUARTA. CAPITULO II. 


65 


— ¿No le parece á usted, señor Mandeville? 

— Soy de la misma opinión del señor Bello. 

^ ¡Olí! nosotros todos nos entendemos perfectamerite 
'lijo Arana arrellanándose en la silla. 

-7- ¿Y poil riamos entendernos sobre el asunto que me I14 
iniiilo á saludar á Vuestra Excelencia? preguntó- Mande^ 
vil le. 

— ¿Sobre la reclamación del súbdito inglés? 

— Justamente. 

— Sí, podríamos, pero 

■^¿Bero qué, señor? es un asunto muy fácil. 

Pero como el sí'ñor gobernador no está 

— Pero Vuestra Excelencia es el gobernador delegado, y 

e:i un asunto tan sencillo 

puedo sin consultarlo. 

i ero si esto no es de política; es un asunto civil ; se 
rata de volver á un súbdito de Su Majestad una propiedad 
que le ha tomado un juez de paz. 

Lo consultaré. 

— ¡Válgame Dios! 

— Lo consultaré.* 

llaga el señor Arana lo que quiera. 

— Lo consultaré en primera oportunidad. 

— Bien, señor, dijo Mandevillo levantándose y tomando el 

sombrero. ^ 

— ¿Se va usted ya? 

— Sí, señor ministro. 

— ¿Y usted también, señor Bello? 

— A pí'sar mió. 

— ¿Pero volverá usted á verme? 

— A cada momento, siempre que no incomode al señor 
sobornador delegado. 

¡ Incomodarme! por el contrario, tengo muchas cosas 
que consultar con usted. 

— Siempre estoy pronto y contento de ser Loarais áa 
ese modo. 

— ¡Vaya pues! vayan con Dios! 

Y el señor Mandevillo y Daniel salieron juntos riéndose 
y compadeciendo ambos interiormente aquel pobre hombre 
n miado ministro y gobernador delegado. 

¿Quiere usted que tomemos ud vaso de vino en mi 


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m 






(>0 


AMALIA. 


cusa, señor Bello? preguntó el ministro inglés al llegar al 
coche. 

— Con mucho gusto, contestó Daniel, y los dos subieron 
al carruaje, á tiempo que doblaban la calle, en dirección á 
lo de Arana, Victorica por una vereda, y el cura Cáete por 
otra. 

Llegados que fueron aquellos á la hermosa quinta del 
ministro británico, la conversación giró de nuevo. sobre el 
documento que acaban de conocer nuestros lectores. 

Es i pieza histórica tiene en sí misma el sello de dos ver- 
dades innegables, que mas tarde serán tema de largas me- 
ditaciones en el historiador de estos países, como le ser- 
virá también de comprobante para jusliíicar la lealtad y la 
moral de los emigrados argentinos, tantas veces acusados 
de vender y sacriticar los intereses y los derechos de su 
país, en sus relaciones con el extranjero. 

Estudiando eso documento, no se puede ménos que com- 
padecer ese santo infortunio de la emigración, de cuyos 
tristes efectos no es el ménos notable, ni el ménos desgra- 
ciado, el alucinamiento á que da ocasión, aun en los espí- 
ritus mas serios. 

Parece increíble que hombres de la altura de Agüero y 
de Varóla llegasen á creer, que el protocolo que (irmaban 
en 22 de Junio de 1840 pudiera nunca servir á uno de los 
dos objetos que se proponian con ese paso, y que sin duda 
era el más importante para ellos. 

Con una candidez pasmosa, la comisión argentina creyó 
arribar con ese convenio al logro de una obligación per- 
fecta, de una alianza formal entre la Francia y los enemi- 
gos de Rosas. 

La íirma déla comisión argentina, los compromisos que 
ella hubiese contraido, podrían haber sido, sin duda, aten- 
dibles y respetados por el nuevo gobierno que sucediese al 
de Rosas en Buenos Aires. Pero si la Francia se negaba á 
respetar la alianza de hecho, sellada con las libaciones de 
la sangre, ¿cómo esperar que respetase un compromiso 
extraolicial, contraido con un agente suyo, por una entidad 
moral, que no representaba absolutamente nada, ni en de- 
recho público, ni en poder, ni en consecuencias ulteriores, 
una vez que fuese vencido por Rosas el partido armado 
que esa entidad representaba? ¿don qué carácter, dónde, 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO II. 


61 


ni cómo, se reclamaria de la Francia el cumplimiento de 
los deberes que la alianza imponía, si la Francia (portaba 
la cuestión, como la cortó, ó daba á su política en el 1 lata 
cualquiera otro sesgo que le conviniese? 

Entretanto, si el general Lavalle triunfaba de Ro^as, la 
revolución no po-iia dejar de llevarlo al puesto del gobieino, 
y la comisión argentina, por la calidad de sus mieinbros, 
debia hallarse también en las altas regiones del poder ; y 
las promesas del 22 de Junio, si bien no eran de una 
gacion perfecta para Buenos Aires, lo eran para aquellos 
que las ürmaron, y que, colocados en actitud de llenarlas, 
no hubieran querido ni podido prescindir de cuinplirla>. 
Viniendo íi resultar, que aquel convenio era todo una rea- 
lidad para la Francia, y todo una ilusión para la comisión 
argentina. 

Pero esta tuvo también otro objeto en aquel paso,. y si 
por ventura no entró en sus consejos, debemos felicitarnos, 
sin embargo, de que aparezca como tal. 

La alianza con el extranjero era el caballo de batalla de 
Don Juan Manuel Rosas, y de su partido, para estigmatizar 
á sus contrarios : y mucho tiempo después de aquel á que 
está circunscrita esta obra, ba continuado siendo el tema 
favorito de las mas punzantes recriminaciones, de las mas 
infundadas y arbitrarias sospechas. 

Pero en materias tan graves, en que la historia no está 
menos interesada que el honor de los individuos y los 
partidos, no se discute sino sobre los hechos- y los docu- 
mentos. 

Para acusar á Rosas y la parte activa de su partido, á 
cada momenlo les hacemos su proceso con las piezas oficia- 
les de ellos mismos, y con la exposición de hechos que han 
estado bajo el imperio de los ojos ó que existen daguerreo- 
tipados en la memoria de cien mil testigos. 

Para acusar á la emigración argentina, de haber sacriti- 
cado uno solo de los derechos permanentes de su país, de 
haber pospuesto una sola de sus conveniencias presentes ó 
futuras, en política ó en comercio, en territorio ú obliga- 
ciones de cualíjuier género*, para acusar á uno solo de los 
miembros espectables de esa emigración, de haber reci- 
bido del extranjero un solo peso, una sola ventaja, una sola 
promesa á cambio de la mínima condescendencia, no han 


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68 


AMALIA. 


de hallar un solo documenlo ni un solo testigo, los mas en- 
carnizados perseguidores de esa emigración. Y si hallasen 
algún documento, ha de ser de la naturaleza v de los tér- 
minos del que aquí se conoce. 

Cuanto allí se le ofrecia á la Francia, no era una línea 
mas que lo que ella habia exigido desde el comenzamiento 
del bloqueo. Pero so le ofrecia mucho ménos que lo que 
liosas dehia darle mas tarde en la convención de 29 de Oc- 
tubre, después de haber hecho sufrir y humillar al país 
por el largo período del primer bloqueo. 


CAPÍTULO 111. 


De cómo era y no era gobernador delegado Don Felipe. 

Por mas que apresuró sus pasos el cura Cáete para en- 
trar á casa de Arana antes que el jefe de policía, no pudo 
desgraciadamente conseguirlo; y este último atravesó el 
patio y llegó al gabinete del gobernador delegado, miéntras 
el cura de la Piedad, que tenia sus motivos para no querer 
. hablar con Arana delante de Victorica, entró al salón á 
hacer sus cumplimientos federales á la señora Doña Pas- 
cuala Arana, señora sencilla y buena, que no entendía una 
palabra de las cosas públicas y que era federal porque su 
mando lo era. ^ 

— ¿Qué novedades hay, señor Victorica? preguntó Arana 
al jefe de policía después de haberse ambos cambiado los 
cumplimientos de estilo, y de haber hecho señas á Don 
Candido para que continuase escribiendo; pues nuestro 
amigo había dejado pluma y silla y se deshacía en cortesías 
á Victorica. 

— Ninguna en la ciudad, señor Don Felipe, contestó Vic- 
torica sacando y armando un cigarrillo de papel, cuidán- 
dose poco de los respetos debidos al Excelentísimo Señor 
(jobernador delegado. 

— Y ¿í(ué le parece á usted Lavalle? 

— ¿Á mí? 


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PARTE CUARTA. CAPITULO lll. 

— ;Pues l ¿Qué le parace á usted como vienepara adelante ? 

~ Lo extraño Soria que fuese para atras, señor Don Felipe. 

— ¿Pero que no ve ese hombre de Dios, que va á com- 
mover todo el país? 

~ Á eso ha venido. 

— ¿Pero qué mal le hemos hecho? ¿No ha vivido tran- 
quilo en la Banda Oriental sin que jamas hayamos ido a 
incomodarlo? ¿Cree usted que una obra como la suya tenga 
perdón de Dios? 

— No séi señor Don Felipe; pero en todo caso yo prefe- 
riría que no lo tuviese de los hombres, porque Dios esta 
muy lejos, y Lavalle está muy cerca. 

— Sí, mas cerca de lo que debiera estar. ¿Conoce usted 
el diario de las marchas que ha hecho ya? 

No, señor. 

— Áver, señor Don Cándido, ¿sacó usted copia del dia- 
rio de marchas? 

— Ya está lista, Excelentísimo Señor Gobernador dele- 
gado, contestó el secretario privado haciendo una pro- 
funda reverencio, 

— Léalo usted. 

Don Cándido se echó para atras en su silla, alzó un pa- 
pel á la altura de sus ojos, y leyó : 

« Marcha del ejército de los traidores inmundos unita- 
rios desde el dia 11 del corriente. 

» Dia ll. Marchó todo el ejército hácia los Arrecifes, y 
llegámos á la estancia de Dávila á las tres y média de la 
tarde, donde campamos y carneó el ejército. 

» Dia 12. Á las ocho y cuarto de la mañana empezamos 
á marchar, y campamos á las doce y cuarto de la misma 
en la estancia de Sosa. Á las cuatro de la tarde, hora en 
que se acabó de carnear y comer, marchamos hasta las ocho 
de la noche que campamos. Este dia y los anteriores se 
pi’cscntarori cerca de ciento cincuenta personas de aquellos 
lugares para unirse voluntariamenie al ejército. 

» Dia 13. Á las nueve y média de la mañana marcha- 
mos y campamos en la estancia de Pérez Millan, donde 
carneó el ejército. Este dia se unió Sotelo al ejército con 
ciento cuarenta vecinos de Arrecifes, que venían á servir en 
el mismo. 

» Dia U. Á las cinco de la tarde marchamos, y carapa- 


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1 ''^ = 




! 


nios á las siete y média de la noche en otra estancia de 
Pérez Mi lian. 

— ¿Usted ve ese hombre lo que está haciendo? dijo Don 
Felipe, (lirif;iéndose á Victoricay cruzando sus manos sobre 
el estómago, como era su costumbre. 

— Sí, señor, veo con placer que no marcha tan recto 
ni tan pronto como le convendría 

— Pero marcha, y el dia ménos pensado se viene basta 
la ciudad. 

— Y ¿qué hemos de hacer ? contestó Victorica riéndose 
interiormente del miedo que percibia en Don Felipe. 

— ¿Qué hemos de hacer? Hace tres noches que no duermo, 
señor Victorica, y, en ios momentos que concilio el sueño, 
suspiro mucho, según me dice Pascualita. 

— Estará usted enfermo, señor Don Felipe. 

— De cuerpo no, gracias á Dios, porque yo hago una vida 
muy arreglada; pero estoy enfermo del ánimo. 

— I Ah, del ánimo 1 

— ¡Pues ! Estas cosas no son para mí. Es verdad que yo 
no he hecho mal á nadie. 

— No dicen eso los unitarios. 

— Es decir, yo no he mandado fusilará ninguno, vSéque 

si son justos me dejarian vivir en paz. Porque yo lo que 
quiero es vivir cristianamente educando á mis hijos, y aca- 
bar la obra sobre la Virgen del rosario que comencé en 
180i, y que después mis ocupaciones no me han dejado 
concluir. Así es, que siLavalle es justo, no tendrá por qué 
ensañarse conmigo, y 

— Dispense usted, señor Don Felipe, pero me parece que 
está usted ofendiendo al Ilustre Restaurador y á todos los 
defensores de la federación. 

-¿Yo? 

— Me parece que sí. 

— ¿Qué dice usted, señor Don Bernardo? 

— Digo que es ofender al Restaurador y á los federales, 
el suponer que el cabecilla Lavalle pueda triunfar. 

Y ¿quién dice que no puede triunfar? 

— Lo dice Su Excelencia el Restaurador délas Leyes. 

— ¡Ah, lo dice! 

— Y no me parece que debe desmentirlo el gobernador 
delegado. 


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PAnTli GUATITA. CAriTULO III. 


11 


— (Qué desmentirlo, hombre de Dios! Al contrario, si yo 

sé muy bien que Lavalle va á encontrar su tumba, biaque 
me ponia en el caso solamente 

— ¿De que triunfase? 

— Ah, eso es otra cosa, dijo Victorica que realmente se 
estaba divirtiendo, aun cuando su seco y bilioso tempera- 
mento no se prestaba fácilmente á esas comedias. 

— Eso os, eso os*, así es como se entienden los hombres. 

— Y si fuera posible que nos entendiéramos también so- 
bre algunos asuntos de servicio, babria llemado el objeto 
de esta visita. 

— Hable usted, señor Don Bernardo. 

— El comisario de la tercera sección est*á gravemente 
enfermo, y necesito s*aber si puede desempeñar interina- 
mente su cargo el comisario de la segunda. 

— ¿Qué m*as, señor Victorica ? 

— La Sociedad popular d(?spacha patrullas armadas todas 
las noches, sin conocimiento de la policía. 

— Apunte usted todo eso, señor don Gandido. 

— En el momento, Excelentísimo Señor Gobernador dele- 
gado, contestó el secretario. 

— Esas patrullas no toman el santo en la policía, y to- 
das las noches hay conlUctos entre ellas y las que salen 
del departamento. 

— Anote usted esa circunstancia, señor Don G*ándído. 
— Inmediatamente, señor Excelentísimo. 

— Una de las patrullas de la Socied*ad popular ha ar- 
restado anoche dos vigilantes de policía, porque no lleva- 
ban papeletas de socios n^stauradores. 

— Que no se olvide esto, señor Don G*ándido. 

— De ningún modo, respetable y Excelentísimo Señor. 
— Cuatro panaderos se han presentado á mi oficina, 
anunciando que no podrán continuar la elaboración del 
pan, si no se les permite reducir su peso por cuanto están 
pagando sueldos crecidísimos á peones extianjeros, porque 
os hijos del país han sido llevados de leva. 

— Oue hagan e p*an mas grande, y multa si no tia- 

bajan. „ .. 

- La señora Doña María Josefa Escurra solicita que se 
baga un nuevo registro en una casa que ya fue visitada 


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72 


AMALIA. 


en Barrácas, y cuya dueña no está allí hace algunos 

— ¿Lo pide por órden del señor Gobernador? 

— No, señor. Por órden suya. 

— Déjese, entónces, de hacer registros. ¡Qué gana de 
iudisponerse con todo el mundo I Basta de compromisos, 
que demasiados tenemos, señor Don Bernardo. No siendo 
por órden del señor Gobernador, no haga usted nada. 

— Sin embargo, hay sospechas sobre un pariente de la 
dueña de esa casa. 

— ¿ Quién es el pariente? 

— Don Daniel Bello. 

— ¡ Jesús 1 ¿Qué está usted diciendo? 

— Yo las tengo. 

— No diga usted disparates. Yo respondo por él como 
por la Virgen del rosario. No sabe usted, ni Doña María Jo- 
sefa todo lo que la federación debe á ese jóven. Intriga, ca- 
lumnia. Nada, nada contra Bello, si no es por órden 'del 
señor Gobernador. 

— Yo haré lo que el señor Arana me ordene, pues que 

no tengo órdenes especiales de Su Excelencia, pero no per- 
deré de vista á ese mozo. ^ 

— ¿Hay mas? 

— Nada mas. 

— ¿Está usted despachado entónces? 

— Aun no, señor Don Felipe. 

— ¿Y qué mas hay ? 

— Hay el qne no me ha contestado usted, ni me ha au- 
torizado para lo de las patrullas, ni para contener los 
avances de la Sociedad popular que pone presos á Jos em- 
pleados de la policía. 

— Consultaré. 

— ¿ Pero no es usted el gobernador delegado. 

— Lo soy. 

— ¿Y entónces? 

— No importa, lo consultaré con el señor Gobernador. 

— Pero el señor gobernador no está hoy para ocuparse 
de asuntos de servicio interior. 

— No importa; lo consultaré. 

— ¡ Válgame Dios, señor Don Felipe ! ¡ Si usted es el gober- 
nador delegado, y no sé que lo que pido esté fuera de sus 
atribuciones ! 




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PARTE CUARTA. CAPITULO III. 


^3 


— Sí, hombre, sí, soy el gobernador delegado; pero es 
por forma, ¿entiende usted? 

— Creo que entiendo, contestó Victorica, que bien lo sa- 

bia, pero que hubo pensado poder sacar algo que lo garan- 
tiese de la Masborca. . i 

— Por forma, continuó Don Felipe, para que los unita- 
rios no digan que marchamos sin las formas, pero nada 
mas. 

-Ya. 

— Esto es para entre nosotros ¿eb? 

— Sin embargo, el secreto lo saben todos. 

— ¿Qué secreto? 

— El de la forma. 

— Y 

— Y se rien malignamente los unitarios. 

— ¡Traidores 1 

— Y dicen que usted es y no es gobernador delegado. 

— [Vendidos 1 

— Y dicen también que tiene usted miedo. 

-¿Yo? 

— Sí, eso dicen. 

— ¿Pero miedo de quién? 

— Del señor Gobernador, si hace usted algo que no le 
agrade; y de La valle, si hace algo del gusto del señor Go- 
bernador. 

— Eso dicen ¿eb? 

— Eso. 

— ¿Y usted qué hace, señor jefe de policía? 

-¿Yo? 

— Sí, usted. 

— Nada. 

— Pues mal becbo, porque esos difamadores debían estar 
en la cárcel. 

¿ Pero no me decia usted hace poco, que hartos com - 

promisos teníamos, para andar persiguiendo á otros? 

— Sí, pero no á los que nos difaman. 

— No baga usted caso. 

— Créame usted que estoy deseando dejar el ministerio, 
señor Don Bernardo. 

— Se lo creo; y pasar á vivir á su estancia, ¿ no es eso? 
— ' iQué estancia, hombre, si está arruinada 1 

li. 5 


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1 - 


AMALIA. 

— Pues no dicen eso los unitarios. 

— iOuél ¿ iiablan hasta de mi estancia? 

— üe las estancias. 

— ¡ Jesús, señor! ¿Yo estancias? 

— Y que están muy pobladas ; y que todo eso ha sido mal 
adquirido; y que todas se las han de quitar á usted, por haber 
sido compradas con londos del Estado; ;qué sé yo cuántas 
cosas dicen ? 

— Pero es preciso que vayan á la cárcel. 

— ¿Quiénes? 

— Los que eso dicen. 

— ¿Pero si lo dicen en Montevideo, señor Arana? 

— I Ah, en Montevideo I 

— Pues. 

— ¡Traidores! 

— Por supuesto. 

~ Vea usted : hasta un crucifijo de plata que me recaló el 
padre guardián de San Francisco después de la entrada de 
los ingléseos, es decir, después que se fueron, se lo he tenido 
que dar al almacenero lléjas, á cuenta del gasto que le hago. 

“■ Yíi. 

— Esas son mis estancias | traidores ! 

¿De manera ([ue no me autoriza usted para contener los 
avances de la Sociedad popular? 

— No tengo mi cabeza para esas cosas. Otro dia, consul- 
taré. 

— Bien; yo le escribiré al señor Gobernador, dijo VictO' 

rica levantándose, bien decidido á no escribir de eso una pa- 
labra á Rosas; queria asustar mas al pobre Don Felipe de 
quien acababa de vengarse á su satisíáccíon. * 

— ¿Se va usted? 

— Sí, señor. 

— ¿De modo que ya va usted autorizado? 

— ¡ Autorizado ! ¿ para qué ? 

— Para lo del pan. 

— ¡ Ah, no me acordaba ! 

— Que lo hagan grande. 

— ¿Aunque pierdan los panaderos? 

— Aunque pierdan. 

•— Muy bien. 

\ de harina de flor, como lo trabajan las monjas. 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO III. 


15 


lí 




! 


— Buenos dias, señor Don Felipe. 

— Dios se los dé buenos, señor Victorica. Consúlteme 
todo cuanto ocurra. 

— ¡Oh! no dejaréde hacerlo. ¡Es usted el gobernador de- 
legado 1 

• — Aunque rabien los unitarios. Lo soy; sí, señor, lo soy. 
— Buenos dias. 

Y Victorica salió echando á los diablos al gobernador de- 

• legado. 

Entre las muchas preciosidades curiosas que oírece á la 
crítica el sistema de Don Juan Manuel Rosas, ó mas bien, su 
época, es la laboriosa íiccion de todos cuantos representa- 
ban un papel en el inmenso escenario de la política. Cada 
personaje era un actor teatral : rey á los ojos de los espec- 
tadores, y pobre diablo ante la realidad de las cosas. 

Un ministro de Estado, un jefe de olicina, un diputado, un 
juez, un generalen jíífe, todo eran, ménos ministro de Estado, 
juez, diputado, ó general; pero hadan maravillosamente su 
papel de tales. Es á decir : hadan su papel para los de mas; 
pero ante ios mismos no habia uno que no supiese que 
su corona era de cartón dorado, y su cesáreo manto de fra- 
nela. 

Lujosos, porque jamas la plata les faltaba, al golpear la 
puerta de un magnate de Rosas, ya se tocaba en efecto á la 
casa de un ministro, de un general, de un alto magis- 
trado, etc. 

Se llegaba á la presencia del magnate, y ya la cara estaba 
diciendo á uno con quién hablaba. 

Un ministro, un favorecido del héroe, debia ser por fuerza 
un hombre serio, grave, adusto, representante fiel de la mas 
séria de la causas. 

Como todos se vestían de diablo, el color de llamas de 
que estaban cubiertos, dábales cierto aire mas imponente, 
que luego sus términos llenos de mesuras y de reticencias 
acababan por solemnizar. 

^béntras se trataba de lugares comunes, todo era flores 
para ellos. Por aquí ó por allí, la conversación babia de ro- 
dar por fuerza sobre Su Excelencia y Maimelita, con ((uienes 
indefeclibleinente se habia hablado el diaántes, ó hadados 
dias cuando mas. 

Cada palabra de los labios federales era á los ojos del 


L 


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AMALIA. 

que la vertía, una especie de onza do oro, con el busto del* 
Restaurador, que debía recogérsela y metérsela en el bolsillo 
el que estaba escuchando sus relaciones con la sacra fami- 
lia, por lo cual debía estar admirando el poder y lainlluen- 
cia del personaje, ministro, ó juez, ó diputado, etc. 

Pero la mano de la providencia estaba allí cerquita, y en 
cuanto la conversación caia sobre algún asunto especial ciue 
debía girar entre las atribuciones oficiales del personaie, lo 
Jaba entóneos de chicotazos en la conciencia, haciéndole 
avergonzarse de sí mismo, ó haciéndole comprender aue 
era un pobre gusano que pisaba Rosas; un pobre cómico 
que representaba un papel, que no servia sino para hacerle 
comprender que estaba vestido de jergas oropeladas 

Ninguno de ellos se atrevía á confesar su situación, á de- 
cir que de su rango no conservaban sino el título v que 
toda jurisdicción, toda acción, pertenecía al autor de' la co- 
media que representaba, pero no ü la pobre compañía con- 
tratada por veinte años, sin mas regalías que su sueldo suS 
vestidos de príncipes y reyes, y un beneíicio de vez en 
cuando, con la obligación de no enojarse cuando la poste- 
ridad los apedrease. ^ 


CAPÍTULO IV. 

De cúmo Don Felipe Arana explicaba los fenómenos del magnelismo. 

No bien atravesó el patio el señor jefe de policía, cuando 
el cura Gaele que lo vió por entre los cristales de la puerta 
del salón, se despidió de las señoras y se fué derecho al 'Ga- 
binete del ministro gobernador, que por un principio de re- 
publicanismo recibia íi todo el que se entraba hasta él sin 
ceremonias ni edecanes. ’ 

La cabeza de Medusa, ó la aparición del alma de su na 
dre, no habrían producido en nuestro Don Cándido Rodrí 
guez la impresión que la cara del cura Gaete; pues su esní- 
iitu, tan abrumado de impresiones desgraciadas después de 
algún liempo, sufrió una revolución tal, que estuvo el hom- 
bre por dar vuelta á la silla y ponerse de espalda al gober- 
nador y al cura de la Piedad. ® 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO IV. 


7 "] 


Poro entro el caos de ideas que sur^úó en su cabeza, de 
aquella malhadada aparición, adoptó poi fin la do bajar la 
trente hasta tocar con el papel, y escribir con una ra[)idoz 
asombiosa; aunque, en obsequio de la verdad, es necesario 
decir que no escribia, sino que rasgueaba sobre el pajiL*!. 

^ Uon Felipe Arana era amigo de todos los hombres de 
Iglesia; pero con el cura Gaete existia en Don Felipe otro 
vinculo no menos atrayente, ó quizá mas atrayente que el 
e a amistad y todos cuantos ligan los corazones huma- 
nos, por cuanto ese vínculo era el miedo; un miedo abru- 
mador (jue sentía, tanto por la lengua difamadora de Gaete, 
cuanto por sus íntimas relaciones con la Mashorca. 

Asi luó í[ue al verlo entrar salió á su encucmtro con las 
Ob .manos estiradas, cual si fuese á tropezar con él, mas 
ijien que a saludarle. Pues que por un resultado necesario 
e sibtema de Rosas, sus mejores servidores estuvieron 
siempre temblando recíprocamente unos de otros; y todos 
juntos, del mismo hombre á quien servian y sostenían, 
co t.'^ 1^^ milagro, padre, qué milagro! exclamó Don Felipe 
sentándose á su lado; jiero desgraciadamente el cura Gaete 
vino a quedar frente á frente con Don Cándido. 

— Vengo á dos cosas. 

— Hable, padre. Sabe que yo soy uno de sus mas anti- 
guos amigos. 

bso lo hemos de ver hoy. 

Hable, bable no mas. 

— La primera cosa á que vengo, es á felicitarlo. 

racias, muchas gracias. [Qué quiere usted, todos de- 
emos prestarnos á lo que manda el señor Gobernador! 

. , Al íin, nosotros nos quedamos aquí miéntras 

61 va á darles de firme á esos traidores. 

— ¿ Y fa segunda cosa, padre? 

— - ba segundo es una órden que quiero me dé usted 
para que prendan á unos impíos unitarios que me han 
ofendido. 

— illola! 

— Y á toda la federación. 

— ¿Sí? 

— Y hasta el mismo Restaurador. 

— ¿También? 

— A todos. 



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! 1 




18 AMALIA. 

— ¡Qué insolencia! 

— lio estado inas de diez veces á ver al Gobernador án- 
tes de irse, pero no he podido liablarle. 

— I lia estado tan ocupado estos últimos dias! 

— Pero Viclorica no está ocupado, y sin embargo, no 
ha querido prender á los que le he diclio, porque dice que 
no tiene órdenes. 

— Pero si es caso extraordinario, debe hacerlo. 

— No lo liace porque nunca ha querido hacer nada de 
lo que yo, ó los demas socios, le decimos. 

— Sus deberes quizá 

— No, señor, ¡ (¡ué deberes, ni qué deberes! No lo hace 
porque no es tan federal como nosotros. 

— Vaya hombre, vaya, calma. 

— No quiero calma, no, señor. Y si usted no me da la 
órden, yo no respondo de lo que puede suceder.^ 

— ¿Pero qué es lo que hay? preguntó Don Felipe^ que 
maldecia el momento en que le liabia entrado tal visita. 

— ¿Qué es lo que hay? 

— Sí, vamos á ver, que si es cosa que merece la pena 

— Y verá usted si merece. Óigame usted, señor Don Fe- 
lipe. 

— Diga usted, pero con calma. 

— Oiga usted : tengo por el barrio de la residencia unas 
antiguas amigas mias que me cuidan la ropa. Fui una no- 
che á verlas, hará como dos meses; levanté el picaporte, 
ent-ré y volví á cerrar la puerta. El zaguan estaba oscuro, 

y 

Y el cura Gaete se levantó, entrecerró la puerta del ga- 
binete que daba al zaguan, y dirigiéndose á Don Cándido 
le dijo : 

— Venga, paisano; póngase aquí, señalando un lugar 
cerca de la puerta, 

Don Cándido temblaba de piés á cabeza, la palabra se le 
habia atragantado, y perdida la elasticidad de los múscu- 
los de su cuello, no volvia la cabeza á ningún lado. 

— I Eli! con usted hablo, continuó Gaete, venga, hágame 
el favor de pararse aquí, que no es un perro el que se lo 
pide. 

— Vaya usted, Don Cándido, vaya usted, dijo Arana. 

Don Cándido se levantó y marchó, duro y derecho, hasta 


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PARTE CUARTA. CAPITULO IV. 


^9 


el luííar que iadicaba Giiete, ni mas ni menos que como el 
Convidado de Piedra. 

— Bueno, ahí, dijo Gaete. Yo entré, pues, al zaguan que 
estaba oscuro, y ;tras! tropecé con un hombre. 

Y Gaete caminó hacia Don Gandido y se dió contra él. 

— En el momento saqué mi puñal ; este puñal federal , 
señor Arana, dijo Gaete sacando un gran cuchillo de su 
cintura, que me ha dado la patria como á todos sus hijos 
para defender su santa causa. ¿Quién está ahí? pregunté, 
y yo le puse la punta del puñal sobre el pecho. 

Y Gaete la puso en efecto sobre el pecho de Don Gandido. 

— Me respondió que era un amigo*, pero yo que no en- 
tiendo de amigos en zaguanes á ocuras, me le fui encima 
y lo cazé del pescuezo. 

Y Gaete se prendió de la corbata de Don Gandido con su 
mano izquierda. 

Don Gandido fué á hablar, pero se contuvo; pues, todo 
lo que mas le importaba era no hablar; y tuvo que resig- 
narse á sufrir en silencio la pantomima de Gaete, jurando 
en su interior, que ese seria el último dia de su residen- 
cia en Buenos Aires, si tenia la dicha de que no fuese el 
último de su existencia en el mundo. 

Gaete continuó : 

— Pero á tiempo que le, iba á encajar, se me cayó el cu- 
chillo. Euí á alzarlo, y á tiempo que me agachaba, otro 
hombre se echa sobre mí y me pone una pistola en la sien ; 
y allí desarmado yo, y con la muerte en la cabeza, se pone 
á insultarme, y á insultar al Restaurador y á la Federación. 
Y después de decir cuanto se le vino á la boca, me me- 
tieron á la sala entre los dos hombres, me encerraron, 
porque casualmente las mujeres habian salido, y después 
se mandaron mudar. 

— |üh, es una insolencia inaudita! exclamó Don Felipe. 

— ¿Mo se lo decia, pues? 

— ¿Y quiénes era? 

— Ahí está la cosa. No pude saber nada, porque se ha- 
bian entrado con llave falsa á esperarme, cuando vieron 
((ue las señoras babian salido, pero después ne dado con 
uno; lo he conocido por la voz. 

— ¿lia oido usted una cosa mas original, señor Don 
Cándido? 




80 


AMALIA. 


I í 

! 

fe i { 


brosTi como diciendo : ¡Asom^ 

niTOrto^‘^'^° Está usted como un 

freme. ^ ^ 8°'PC5 >a 

— ¿Ah, le duele á usted la cabeza? 

Don Cándido contestó afirmativamente. 

— Bien, apunte usted la queja del señor cura Gaete 
retírese entóneos. ‘'Uiauaeie, 

Don Cándido volvió á la mesa y se puso á escribir. 

Cáete prosiguió : 

. i~ suceso casi me costó la vida, porque me levan- 

íüícuatroTm'i-^ 'lespuesde haber estado de comida 
con c^tco amigos, y esa noche casi tuve uno apoplejía. 

— lUli, SI lia sido una cosa terrible I 

si mdlP mri.^p conocido á uno como he dicho á usted, y 
SI nadie me hace justicia, aquí está quien me la ha de ha- 
cer^, dijo Cáete señalando el lugar de\ cintura en que aca- 

forado “aloco co. 

— ¿Y quién es? 

Déseme la órden de prisión con el nombre 
en blanco, que yo lo pondré. 

— I Pero hombre I 

— Eso es lo que yo quiero. 

— ¿Acabó usted, señor Don Cándido? dijo Don Feline 
que no sabia por dónde salir de aquel laberinto. ^ ’ 

Don Cándido contestó afirmativamente. 

— A ver, léaselo usted al señor cura Cáete. 

Don Cándido hesitaba. 

crüo “sted lo que ha es- 

y leyó pensamiento á Dios, tomó el papel 

— « Queja elevada al Excelentísimo Señor Gobernador 

delegado por el muy digno y respetable, esclarecido pa- 
triota federal, Reverendo 

— Che, exclamó Gaete, abriendo tamaños ojos y exten- 
diendo el brazo hacia Don Cándido. 

— ¿Qué hay? preguntó Arana. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO IV. 


81 


— Este es el otro. 

— ¿Quión ? 

— Este, este. Este es el otro del zaguaii. 

— ¡Está usted en su juicio! exclamó Arana. 

— Ya están los dos, dijo Gaete frotándose las manos. 

— ¡Pero hombre? 

— Sí, señor Don Felipe. Este, este es el otro. 

— ¿Yo? Yo querer asesinar al muy digno y respetable 
cura de la Piedad? exclamó Don Cándido revistiéndose de 
una entereza que él habria llamado asombrosa, descomu- 
nal, inaudita. 

— ¡Toma! Hable otro poquito. 

— Está usted en error, mi apreciable y estimado señor. 

El acaloramiento, la irritación 

— ¿Cómo se llama usted? 

— Cándido Rodríguez para servir á usted y á toda su 
respetable familia. 

~ ¿fainil:a? El mismo! Ya están los dos. 

Señor cura Gaete, siéntese usted, dijo Don Felipe. 
Aquí debe haber alguna cosa extraordinaria. 

— Claro está, Excelentísimo Señor, dijo Don Cándido, 
cobrando ánimo, yo estoy por creer que este respetable 
cuia ha tenido algún sueño sugerido por el enemigo malo. 

— ¡Yo le he de dar sueño! 

. despacio, señor Gaete. Este señor es un hombre an- 
ciano, de cuya probidad y juicio tengo repetidisimas prue- 

— Sí, e.-itá bueno. 

— Oiga usted : la palabra sueño que acaba de pronun 
ciar mi secretario, me inspira una luminosa idea. 

— No entiendo de ideas, señor Don Felipe. Este es uno 
y el otro es íjuién yo sé. 

— Oiga usted, hombre, oiga usted. 

— Vamos á ver, oigo. 

■— ¿Usted comió con unos amigos ese dia? 

— Sí, señor, comí. 

— ¿Durmió usted la siesta? 

— Dormí la siesta. 

— Entónces no seria nada de extraño que todo cuanto 
usted refiere haya sido una escena de sonambulismo. 

— r Y qué diablos es eso? 


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82 


AMALIA. 


— Yo se lo explicaré á usted : el sonambulismo es una 
tosa descubierta modernamente, no recuerdo por (luién. 
Pero se lia probado que hay muchas personas qne conver- 
san dormidas, que se levantan, se visten; montan á ca- 
ballo, pasean, y todo esto dormidas; que sostienen conver- 
saciones, que ven y hablan con personas que no están 
delante, y hasta hay algunos que se han batido v dado con- 
tra las paredes, creyendo que brigaban con sus enemigos; 
y a todo esto se le da el nombre de sonambulismo, ó mag- 
netismo. ^ 

— Dice muy bien el Excelentísimo Señor Gobernador. Y 
es en Alemania donde se trabaja con mas perseverancia 
por descubrir esos fenómenos íntimos, secretos, misterio- 
sos del espíritu humano. Y es en las ílignas personas como 
la del respetable señor cura Gaete, de temperamento ner- 
vioso, ardiente, impresionable, en quienes se obran con 
mas frecuencia esos portentosos prodigios de la naturaleza. 
De lo cual la ilustración del Excelentísimo Señor Gober- 
nador deduce con mucha propiedad, que el estimable señor 
cura Gaete ha pasado por algún momento de sonambu- 
lismo. 

— ¿Usted se quiere jugar conmigo? 

— ¿Yo, mi respetable señor? 

— Señor Don Felipe, ¿usted no es el gobernador dele- 
gado? 

— Sí, hombre, sí, pero para este caso 

Para este caso usted me hará justicia, y si no hace 
prender á ese hombre y á quien yo sé, yo me voy mañana 
á Santos Lugares á poner la queja al Restaurador. 

— Haga usted lo que quiera, pero yo no puedo hacer 
prender á nadie sin órden de su Excelencia. 

— ¿Ni á este hombre tampoco? 

— Ménos. Déme usted pruebas, señor Gaete, pruebas. 

— Pero si es el mismo. 

— ¿Lo vió usted? 

— No, pero lo oí. 

— Sueno, sonambulismo, mi querido señor, dijo Don 
Cándido. 

— Yo lo he de hacer dormir á usted, pero por toda la 
vida 

— jPero, señor Gaete, un sacerdote! dijo Arana, jurihom- 


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PARTE CUARTA. CAPITULO IV. 


83 


bre de las condiciones de usted, hacer así acusaciones sin 
pruebas; querer así distraer la atención del gobierno en 
momentos en que todos estamos ocupadísimos con la in- 
vasión del cabecilla Lavallel 

— ¿Sí? Pues yo también estoy ocupadísimo con la inva- 
sión que me hizo este hombre y su compañero. 

— No ha sido este hombre, no puede ser, no fué. 

— Él fue, señor ministro Arana. 

— No fui yo, señor cura de la Piedad, dijo Don Cándido 
alzando la voz por primera vez, al verse bajo la poderosa 
protección del gobernador delegado. 

— Usted fué, en su cara se lo digo. 

— No. 

— Usted. 

— Repito que no; y protesto una y tres veces contra la 
ofensa que me hace el poder eclesiástico, gratuita, humi- 
llante y calumniosa. 

— Despacio, paz, paz, dijo Don Felipe. 

— En la calle le he de decir yo que alce la voz, con 
tinuó Cáete, echando una mirada aterrado caá Don Cándido. 

— No acepto ese desafío, pero nos mediremos cuerpo á 
cuerpo en el campo de los tribunales. 

— ¡Paz, por amor de Dios, pazl exclamaba Don Felipe. 

— Señor ministro, yo me voy, y lie de ver al señor Go- 
bernador. 

— llaga usted lo que quiera. 

— Hasta mas ver, señor mió, dijo Cáete mirando á Don 
Cándido y dando la mano á Don Felipe. 

— Vaya usted, hombre sonámbulo. 

— Sondiablo lo he de hacer yo á usted. 

— Yaya usted, visionario. 

— k que 

— Vamos, retírese, padre, retírese. 

Y empujando suavemente á Cáete lo sacó Don Felipe 
fuera del gabinete, mientras Don Cándido no cabia den- 
tro su levitón blanco, después del heroísmo con que aca- 
baba de portarse. 

— Doy á Vuecelencia las mas rendidas gracias, Exce- 
lentísimo Señor, por la noble y justísima defensa con que 
ha honrado la causa del mas leal y sumiso de sus servi- 
dores. 


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■i ? 


Ni ( 

W!1 


84 AMALIA. 

— Ese hombre es un energúmeno, Excelentísimo Señor, 
dijo Don Cándido al ver entrar á Don Eelipe. 

— ¡ Qué 1 ¿Sabe usted lo que hay en plata, Don Cán- 
dido? 

— El talento innato, profundo y cultivado de Vuecelen- 
cia me ilustrará. 

Lo que hay en plata es, que este cura Gaete, que no 
es tan metódico como debiera serlo, tomó demasiado vino 
con los amigos á que se ha referido, y después tuvo al- 
guna pelotera por ahí; no se acuerda con quién se peleó, 
y se le ha puesto que es usted. 

— Oh, cómo admiro y venero el talento de Vuecelencia 
que encuentra siempre y con tanta facilidad las causas 
ocultas de los fenómenos visibles. 

El hábito, mi amigo, el hábito de tratar con tanta 
gente. 

— No; el talento, el genio. 

Algo puede haber de eso, pero no tanto como me atri- 
buyen, dijo Don Eelipe bajando humildemente los ojos. 

— i Justicia al mérito! 

Ademas, estamos en una época de tolerencia y de ol- 
vido con los errores pasados, y yo quiero que mi gobierno 
delegado sea inspirado por una política de fina benevolen- 
cia para con todos. Mañana pueden quizá cambiar los 
acontecimientos, y yo quiero que se recuerde con placer 
el programa de mi pasajero gobierno. 

— I Sublime programa I 

— Cristiano, que es lo que yo quiero quesea. Pero ahora 
es preciso que se vaya usted á ver las monjitas y haga lo 
que le encargué. 

— ¿Ahora mismo? 

— Sí, no se dehe perder tiempo. 

— ¿Y no cree Vuecelencia que ese cura desnaturalizado 
me está esperando en la bocacalle? 

— iNo lo creo porque seria un grande desacato. Pero en 
todo caso tome usted sus precauciones. 

— Olb las lomaré. Mis ojos se multiplicarán, no tenga 
cuidado Vuecelencia. 

— No quiero que haya sangre. 

I Sangre! Yo le juro á Vuecelencia que haré todo 
cuanto de mí dependa para que no corra una gota. 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO V. 

— Bien, eso es lo que yo quiero. Váyase usted á ver las 
monjas, y vuelva á la noche. 

— ¿Á la noche? 

— Es la hora del crimen, Excelentísimo Señor. 

— No no ha de haber nada, vaya no mas, que me voy 
á recostar un rato, antes que Pascualita haga poner la co- 
mida. 


CAPÍTULO V. 


Así fué. 


En el cataclismo á que liabian caido, arrojados por la 
mano de Rosas, todos los principios de la constitución 
moral, social y política del cuerpo argentino, la religión 
no podia librarse del sacudimiento universal, porque sus 
representantes en la tierra son hechos, por desgracia, de 
la misma cera modificativa que los profanos. 

Exhaustas las fuentes purísimas del cristianismo , la 
justicia, la paz, la fraternidad, la tolerancia, la religión 
divina no encontró en Buenos Aires otros hijos dignos de 
su severo apostolado, que los padres de la Compañía de 
Jesús. 

Desenfrenadas las pasiones innobles en el corazón de 
una plebe ignorante, al soplo instigador del tirano; sub- 
vertida la moral; perdido el equilibrio de las clases; rotos 
los difjues, en íln, al desborde de los malos instintos de 
una multitud sin creencias, educada por aquel fanatismo 
español que abria los ojos del cuerpo á la superstición por 
el fraile, y cerraba los del alma á la adoración ingenua de 
la divinidad, y á la comprensión de la mas ilustrada de 
Hs reli‘dones, la federación vió sin dolor la profanación 
de los templos, la prostitución del clero, y el insulto co- 
mntifin *'í los altares v á la cátedra de la predicación evaii- 
conclcadael lorccdor seardo d, 

despojar á la conciencia de los hombres que 


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86 


AMALIA. 


I 




lo sostenían en el mando, de toda creencia c[ue no fuese 
la de su poder; de otro temor que á su persona; de espe- 
ranza alguna que no fuese la que su labio prometía; de 
otro consuelo que el que ofrece al crimen la repetícion^del 
crííiien. Y para eso era preciso insultar á Dios, la religión, 
y la práctica de ella, á los ojos de esa multitud fanática v 
apasionada, cuyos sentimientos rudos explotaba. 

Sacerdotes indignos de su misión evangélica se prestaron 
al plan rebelde del apóstata, y comenzaron en las famosas 
parroquiales sus primeros insultos á Dios, á Cristo, y á su 
sacra casa. 

Guando el emperador Teodosio, bañado en la sangre de 
la degollación de Tesalónica, quiso entrar al temj)lo, San 
Ambrosio salió á la puerta, y extendiendo su mano le di¡o : 

« Af|uí no entra el delito, id á lavaros, y volved lim- 
pio. » 

Pero en Buenos Aires no hubo quien velase la santidad 
del templo. 

En los brazos de los federales, de los federales dignilica- 
dos con la casaca de nuestros generales, ó con el bastón de 
nuestros magistrados, pero plebeyos y corrompidos de co- 
razón, el retrato del dictador fue conducido hasta los tem- 
plos, y recibido en la puerta de ellos por los sacerdotes en 
soJirepelliz ; paseado por entre las naves bajo el santo pa- 
lio, y colocado en el altar al lado del Dios crucificado ñor 
los hombres ^ 

En la tribuna del Espíritu Santo se alzaba al mismo 
• lempo la voz del misionero apóstata de la santa lev del 
evangelio, y buscando la inspiración de su |)alabra, no en 
el sagrado tabernáculo donde se encierra la primera ofrenda 
que hace al alma el legado sublime del catolicismo, sino 
en la imagen ensangrentada del renegado de su Dios y de 
sus doctrinas en la tierra, trasmitía al pueblo, ignorante 
y ciego que cuajaba el templo, no esa predicación de amor 
y cíe paz, de abnegación y de virtud, de sacrificio y de 
hermandad que le dictó el hombre-Dios desde el Calvario 
pno el odio de Gain, y la mofa sangrienta del que presen- 
taba el vinagre y la hiel al que pedia desde la cruz una gota 

de agua para sus labios abrasados 

Sobre las losas de esos templos, en sus atrios, los mas- 
horqueios, infiamados por la palabra de sus [predicadores, 


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Étká^AiÉáÉiJLtCi. 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO V. 

‘í'pitíiban su cuchillo y juraban mellarlo sobre la garganta 
de los unitarios. 

El confesionario estaba convertido en otro pulpito de 
propaganda federal, donde se extraviaba lo conciencia del 
penitente, pintándole á Rosas como el protegido de Dios 
sobre la lierra, y mostrando á los unitarios como los con- 
denados por Dios á la persecución de los cristianos.... 

y este escándolo, llevado al grado de propaganda diaria, 
caminaba, como una epidemia, por el aire, é iba á infestar 
y corromper el clero y las nociones de la moral y de lo 
santo, hasta en los últimos confines de la n’^.p^^^dica. 

Uno de los bizarros cuerpos de la cruzada libertíulora es 
deshecho y acuchillado por las fuerzas federales, k su es- 
palda tiene la muerte en el cuchillo de Rosas. Á su frente 
tiene la muerte entre las nieves de los Andes. 

Esta invasión á la naturaleza, en la estación de sus eno- 
jes, cuando el hombre no tiene entre los hielos mas am- 
paro que Dios, que parece 'á veces castigarle por su in- 
sensata vanidad, que arrastra el pié mortal donde parece 
que solo el rayo del sol y las alas del aire pueden llegar, 
ofrecía un espectáculo pasmoso. 

Nuestros valientes, sin embargo, atropellan las nieves. 
Infinitos de ellos perecen en su lucha terrible con la natu- 
raleza. Quedan sepultados para siempre bajo enormes hie- 
los que se desploman sobre sus cabezas, j Y cuando el aire, 
la luz, el hielo y la gigante mole guardaban quizá el silen- 
cio déla admiración, en presencia de esa magnífica osadía, 
de ese terrible infortunio, al pié de los Andes, las provin- 
cias de Cuyo rugian, haciendo eco á la voz del obispo, José 
Manuel Eufrasio, que levantaba su báculo, incitando á los 
pueblos á la persecución de aquellos desgraciados, predi- 
cando su muerte y su exterminio en la persecución 1 
Y Rosas, contento el bárbaro de ver á su sistema dando 
los resultados calculados, escribía al obispo de Cuyo : 

« Descargando Vuestra Señoría llustrísima un anatema 
» justo contra los salvajes unitarios, impíos enemigos de 
» Diosy de los hombres, ofrece un lucido ejemplo eminente. 
• Resalta la verdadera caridad cristiana, que enérgica y su- 
» blime por el bien de los pueblos, desea el exterminio de 
» un bando sacrilego, feroz, bárbaro.... Altamente compla- 
» cido el infrascrito por los espléndidos triunfos con que 


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88 


AMALIA. 


» la divina providencia se ha dignado enlucir las armas 
> de nuestra libertad y honor, quedando exterminados 
» ios feroces salvajes unitarios, siente una satisfacción 
» pura en retornar á Vuestra Señoría Ilustrísiina sus betié- 
» volas congratulaciones. 

» Juan Manuel de Rosas *. » 
Así : el clero se prostituía. 

El sentimiento religioso se pervertía en la sociedad. 

La niñez abría los ojos ante un culto de sangre. 

Y Rosas, hijo de la federación, y jefe de ella, sostenía 
este escándalo, y se sostenía con él, al mismo tiempo. 

Sí. lEn este nombre de la federación está sellada la tra- 
dición de toda cuanta desgracia puede azotar el nombre v 
el destino de todo un pueblo ! 

No hay jerarquía de delitos, no hay género de criminales 
que no haya surgido de los centros que aceptaron por nom- 
bre esa palabra federación. 

Quiroga, ese bandido que algún dia se creerá una creación 
de la fábula de nuestras tradiciones; Quiroga, que prendía 
fuego á la ciudad de su nacimiento; que pasaba como un 
cometa de sangre y crímenes sobre la frente de los pue- 
blos ; que desde la profanación de la virgen, hasta el de- 
güello del anciano y el niño, muestra en su vida una gra- 
dería indeíinible de delitos; que para escarnio de Dios, 
cansado ya de escarnecer los hombres, inscribía sobre un 
pendón negro : ¡Religión ó muerte! Quiroga, decíamos, se 
llamaba federal ; y á nombre de la federación dejó á la pos- 
teridad una historia inaudita de delitos. 

López, cuya vida era el robo y la falsía del salvaje. 

Iharra, que entregaba ásus amigos arrancándolos del te- 
cho de su casa que los cubría, para pasarlos á manos del 
verdugo que se los pedia. 

Aldao, el fraile Aldao, que tenia celos de la vida criminal 
de Quiroga, y en una ambición febriciente de delitos se era 
peñaba en sobrepasarle y eclipsarle el nombre. 

Rosas, que reasumió todas las inspiraciones de esos 
otros , y sistematizó con ellas su gobierno basado en el cri- 
men, nutrido por él, dirigido á él : toilos tomaron su bau- 


A Oficio dirigido al 
5483 de la Gaceta, 


obispo de Cuyo, é inserto en el número 




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89 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO V. 

tismo público en esa charca de sangre que se ha llamado 
federación en la república. 

La historia argentina no enseñará esa palabra sino como 
Li representación de algún delincuente, como el signo con- 
vencional de alguna rebelión, de algún partido, de algún 
golpe preparado al progreso y á la libertad del país. 

La federación, como sistema, jamas ha sido practicada en 
la república, ni los pueblos la exigieron nunca. Una sola 
vez fueron consultados, y fué cuando aceptaron la consti- 
tución unitaria 

« Los unitarios son demasiado ilustrados, relativamente 
á nuestros pueblos; » decian los federales en tiempo del 
debate constitucional; « y no pueden mandarlos, porque 
los pueblos no extenderían su civilización. » 

Pero los federales al mismo tiempo pedían que esos pue- 
blos se gobernasen y legislasen por sí solos 

iComo si el pueblo, atrasado para comprender la ilustra- 
ción ajena, pudiera á la vez ser bastante civilizado para 
darse lo mas difícil de la existencia pública : su legislación, 
y sus principios de gobierno! 

La federación no ha sido jamas en la républica, sino el 
vicio orgánico que quisieron introducir en ella los caudi- 
llos, alzados á la sombra de la ignorancia general Y ahí 

está la tradición entera de ese pueblo. Desde 181 1, las guer- 
ras civiles, el crimen oíicial, el atraso, la estagnación de los 
elementos de progreso que tenia el país, su ruina en una pa- 
labra, todo es debido á los que han levantado la banderado 
federación. Y cuanta tradición honrosa tiime la república, en 
armas, en constitucionalismo, en moral, en ciencia, en Idera- 
tura, está inherente á los nombres de los que han constituido 
el martirologio argentino bajo el puñal de los federales. 

Cuanto mas se aleja la historia de la vida desenfrenada 
de los caudillos de la federación; cuanto mas se acerca á 
nuestro primer dia político, el pensamiento unitario reQeja 
mas sobre la frente de nuestros primeros patriotas. 

Moreno era unitario; quería un centro de poder genérico 
en la república. 

Belgrano era mas que unitario : era monarquista. Recibió 
la república como un hecho que se establecía al empuje de 
los acontecimientos; la sostuvo con su espada; la propagó 
en el continente; pero en sus convicciones de hombre, la 


90 


AMALIA . 


monarquía constitucional irritaba los deseos mas vivos de 
i su corazón. La monarquía, único gobierno para que nos 

i " dejó preparados la metrópoli. La constitución, última expre- 

j ’ sion de la revolución americana. 

! ’ Muchos otros la querian también. 

;i Ellos sabían que no era la emancipación del principio 

j monárquico lo que requerían las necesidades sociales de los 

i pueblos de América. Estos necesitaban, para cumplir la 

I ' grandeza de su destino en el mundo, quebrar los lazos se* 

i calares que los ataban á una monarquía extranjera y atra- 

sada. Pero esas necesidades no pedían el divorcio del prin- 
^ i cipio monárquico y los pueblos. 

La raza, la educación, los hábitos, los intentos y el es- 
tado social, todo clamaba por la conservación de aquel 
i principio. La geografía, el suelo mismo, coordinaban sus 

j voces con los pueblos. 

: ’ Pero la revolución degeneró, se extravió, y al derrocar al 

■ trono ibérico, dió un hachazo también sobre la raíz monár- 

^ quica, y, de la superlicie de la tierra, se alzó, sin raíces, 

; pero fascinadora y seductiva, esa bella imágen de la poesía 

I política, que se llama república. 

) Todavía un medio quedaba de reconquistar algo de la gran 

pérdida de aquel principio, y ese medio era la unidad de ré- 
; gimen en la república. 

; La unidad, sin embargo, fue hecha pedazos por los Atilas 

' argentinos, (lue, salidos del fondo de nuestros desiertos bár- 

bams, vinieron á romper con el casco de sus potros las ta- 
blas de ese occidente americano, en que empezaban á ins- 
cribirse las primeras palabras de nuestra revolución social. 

Tomaron el nombre de los pueblos, fhitendieron que fe- 
deración era hacer cada uno lo que le diera la gana *, y cada 
uno hizo lo que Artigas, López, Bústos, Ibarra, Aldao, Qui- 

roga y Piosas. , i 

Y entre todo lo que hicieron, pocos de ellos dejaron de 
convertir la religión en instrumento de su ambición per- 

sonal. , ,1 1 

Rosas fué el último de todos que se vahó de ella, pero el 
primero, sin disputa, en la grandeza de su crimen. 

Los Jesuítas fueron los únicos sacerdotes que osaron opo- 
ner la entereza del justo, la fortaleza del que cumple en la 
tierra una misión de sacriíicioy de virtud, á la profanación 


J 


rAirrio cuarta, capítulo v. 

'jue liizo al altar la enceguecida pretensión del tirano. 

El templo de San Ignacio, fundado por ellos durante la 
dominación española, y de donde fueron expulsados después, 
fué velado por ellos en 1839, y cerradas sus puertas á la pro- 
lana imagen con que se intentaba escarnecer el altar. Ellos 
le pagaron mas tarde al dictador esta resistencia digna de 
los propagadores mártires del cristianismo en la América, 
pero (dios recibieron el premio en su conciencia ; y mas tarde 
lo recibirán en el cielo. 

¿Qué tenia que ver el templo y los sacerdotes de Cristo 
con los Iriuníos políticos de llosas, ni con la imágen de un 
profano la casa de las imágenes celestes? « Determinado está 
por Jesucristo el lia de la misión eclesiástica, y trazado el 
circulo de su funciones. Encargada de apacentar y condu- 
cir el rebano que está de camino para la vida eterna, con- 
ductora de peregrinos, y ella misma peregrina, no puede 
cuidarse mas, ni necesita mas, que el permiso del tránsito 
para viajar por tierra extraña. » 

Pero lucra de los padres de la Compañía de Jesús, la re- 
ligión se vió escarnecida por sus mismos intérpretes en la 
tierra. ^ 


Las comunidades de Santo Domingo, San Francisco, y 
monjas Catalinas y Capuchinas hicieron exposiciones políti- 
cas completamente opuestas al espíritu de caridad, al senti- 
miento de paz y fraternidad, que debe abrasar á los que se 
cubren con un sayal para vivir léjos de las pasiones del 
mundo. 


La victoria del Sauce Grande fué victoreada por esos frai- 
les y esas monjas; y era la sangre de hermanos, la sangre 

de Abel la que Jiabia corrido en esa lucha 

Jesucristo no se entrometió jamas en los negocios políti- 
cos de la Judea; y ninguna tradición revela que los após- 
toles felicitasen en calidad de tales á ninguno de los Césa- 
res romanos por sus victorias sobre los otros pueblos. Y esos 
frailes y esas religiosas se las tributaban por la prensa al 
mas impío y sanguinario de los tiranos. Sus labios sacrile- 
gos ofrecían eb*var á Dios sus plegarias por sus continuos 
triunfos sobre los unitarios. 

Tienen miedo » decían para disculparlos. ¡ Miedo 1 El que 
viste el santo hábito del religioso no conoce ese sentimiento. 
Guando siente íjue la fortaleza de su alma se desmaya, él 


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92 


AMALIA. 


se arrodilla en el templo, ó bajo la bóveda eterna de los 
cielos y pide á Dios la inspiración divina que imprimió la 
resignación en el espíritu de su hijo. \ii miedo es un cri- 
men en el varón apostólico, cuando se trata de defender la 
religión y la moral ; cuando se trata de resistir al crimen 
ó á la tentación del demonio. El hijo de la iglesia debe morir 
antes que claudicar de los santos principios que profesa. 
Guando le falta el valor á la carne, la inspiración del Altí- 
simo lo iníiltra en la conciencia, si ella se lleva hasta él en 
estado de santidad y de ruego. En Gocbincliina, en el Tibet, 
en los desiertos del África, en los bosques de la India, entre 
sus boas y sus reptiles, el sacerdote de Gristo no conoced 
miedo. Allí van diez, y vuelve uno contando que sus demas 
hermanos perecieron, y otros diez y otros cien siguen tras 
ellos, á llevar en su palabra, en su resignación y en su mar- 
tirio, la propaganda santa que el curso de diez y nueve si- 
glos no ha cortado. 

Al nuevo mundo, levantado en la mano de Golon y pre- 
sentado á la luz de la civilización del viejo mundo, vino 
antes que esta la luz pura y clarísima del cristianismo, á 
invadir los páramos solitarios y en tinieblas de la concien- 
cia del rudo habitador de los desiertos. Y el misionero apos- 
tólico, estableciendo su pulpito y su predicación donde en- 
contraba cuatro hombres que le oyesen, sentia por su oído 
el silbo de la flecha, se deslumbraban susojos con el brillo 
de la hoguera, y, levantado el corazón á Dios, seguia ha- 
blando la palabra de Gristo, muchas veces cortada en sus 
labios por la muerte, y hablaba y moria sin conocer el miedo. 
Porque la vida terrenal, la vida de la carne no es la vida del 
sacerdote de la cruz. Su vida es el espíritu, su mundo el 
cielo, su reino la eternidad, su misión el martirio, su premio 
la prosternacion de su alma ante el rostro de su creador, ba- 
ñado en la inefable sonrisa del que recibe con amor al hijo 
digno de su precioso aliento... 

No, no es el miedo una justificación de esos sacerdotes 
impíos. No es el miedo (luien puede justificarlos ante Dios 
de su predicación de sangre, de sus apoteósis mentidas al 
asesino de un pueblo, al profanador de los altares, al re- 
belde á la justicia, á la fraternidad y á la paz, inspiraciones 
purísimas del Omnipotente, puestas en los divinos labios del 
Redentor del mundo. 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO VI. 

iSi habia miedo, era porque no había fe, porque no habla 
la conciencia de su apostolado en la tierra*, y habla esto, 
porque la prosllluclon de la época, que íillraba sus gotas de 
veneno por los viejos muros de iiuesliOb conventos, iQ“ 

liclonaba el aire y corrompía las conciencias !!I 

\ Y manana cuando la revolución ó la natuialeza tumbe 
la frente del tirano, y el pueblo, sin cadenas, se levante 
|oh! no toquéis entónces su conciencia; no le miréis el alma, 
si queréis bajar á la tumba con una ilusión y una espe- 
ranzal 

Veinte años no pasan sin dejar huella en el alma de las 
generaciones jóvenes. Y donde no se ha visto sino el es- 
cándalo y el crimen, el vicio, la apostasía, y la prostitución 
de todas las nociones del bien, que envuelve la palabra y 
la práctica del evangelio, en tan largo, en tan posado tiempo, 
allí no encontraréis ni la religión, ni la moral; allí será 
precisa una propaganda y una acción sostenida por no mé- 
nos tiempo, en sen ti lo inverso de la que arrulló en la cuna 
y desenvolvió los instintos y el espíritu de un pueblo nuevo. 
Y cuando el ángel bueno de la patria vierta una lágrima al 
lado del pueblo, dormido sobre la almohada de sus pasio- 
nes solamente, sin que la fe y la creencia refresquen sus 
sienes con la imágen dulcísima de Dios, el nombre de la 
federación y de Rosas brillará fosfórico en el aire que cir- 
cunda al Plata. 

Porque ellos serán para Dios y para la historia la causa 
generatriz que hizo desenvolver tanto gérmen de inmora- 
lidad y de escándalo; tanta semilla cuyos frutos amargos 
no son para nosotros solamente, sino también para nues- 
tros hijos. 


CAPÍTULO VI. 

Sor Marta del Rosario. 

En un pequeño banco de piedra, en el centro de un bos- 
que de naranjos de Tucuman, sentada estaba Sor Marta 
del Rosario, abadesa de las Capuchinas, y Sor Mana del 


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íí:. 




■■ ^¡K AMALIA. 

ii! 

! ri: miéiitras oirás monjas pascaban por el jardín cercano 

;. I;. “Uro del convento, queda á la calle del Tacuarí. 

i ' [i So’’ íJel Pilar leía con mucha atención un papel : v 

Lí concluida que fué su lectui'a, dijo á la madre abadesa : 

i — Está como de mano, Sor Marta. 

’ I “ nos ilumina, Sor María, cuando tenemos que cum- 

^ plir su voluntad, contestó la madre abadesa. Pero quiero que 

I lo lea fuerte. Puede ser que se me haya olvidado alguna cosa 

: ■ Sor María volvió á desdoblar el papel y levó • 


« JESUS. 


Excelentísimo Señor. 


» Demos gloria al Soberano Dios de los ejércitos cuvo 
brazo poderoso sostiene y vigoriza las huestes de Vuecelen- 
cia para que reporte tan repetidos triunfos : en nombre de 
este nuestro buen Dios y de la Santa Comunidad, doy á 
Vuecelencia mil enhorabuenas, y quedamos con nuevo em- 
peño rogando á nuestro Señor dé á Vuecelencia la investi- 
dura de sus soberanos atributos de bondad, equidad y mi- 
sericordia, para consuelo de este pueblo que tanto lo ama 
y para que la gloria de Vuecelencia sea eterna en compañía 
de ios Santos y did mismo Dios. 

» Deseo que Vuecelencia disfrute perfecta salud, y tan 
abrasado en su divino amor, como se lo suplica de conti- 
nuo esta su mas humilde y afectísima hija en este monas- 
terio de Nuestra Señora del Pilar y Pobres Capuchinas en 
Buenos Aires á 31 de Julio de 1840. \ 

» Sor Mauta del Rosario, 

» Indigna Abadesa *. j¡> 


— No creo que falte nada, dijo Sor María después de con- 
luida la lectura. 

-—Lo he pesado y consultado con mi conciencia por mu- 
chos dias, contestó la madre abadesa. 

- ¿ Y cree Su Reverencia que toda la comunidad piense 
del mismo modo? 

* Inútil es decir que todo documento publicado en eüa oL/a es 

5LUt0l.tÍCO. . 


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PAUTE GUAUTA. CAPITULO VI. llQ 

— La comunidad debo pensar como su abadesa; porque 
de lo contrario, no solo seria faltarme al respeto, sino una 
ingratitud, una herejía el desconocer los servicios quedebe- 
mos al Señor Restaurador. Él nos ha regalado la reja de 
íierro que tiene el atrio del templo. Á él le debemos que se 
baya arreglado nuestro asunto con el síndico; y de él y 
su familia estamos todos los dias recibiendo obsequios; 

¿ qué seria de nosotras si él faltase? Ademas, las comunida- 
des de Santo Domingo, de San Francisco y las monjas Ca- 
talinas nos han dado el ejemplo, y si nosotras no pasa- 
mos esta felicitación, infaliblemente caeremos en el enojo 
de Su Excelencia. Así, pues, en esta felicitación por la ba- 
talla del Sauce Grande, aunque va á ir después de tanto 
tiempo y con lecha atrasada, nos ponemos á cubierto del 
disgusto de Su Excelencia. Pero en otra cosa nos vamos á 
anticipar a lodos los demás, y es en otra comunicación que 
vamos á dirigirle, y cuyo borrador loba de ver primero Don 
Felipe. 

— Me parece muy bien pensado, porque nadie es capaz de 
darnos mejores consejos que ese santo varón. 

Una persona ha de venir dentro de un momento, y con 
ella he de mandarle á Don Felipe lo que quiero que vea. 

Sor Marta del Rosario acababa estas palabras, cuando 
sonó la cam[)anade la portería, y una monja llegó al jardin 
á anunciar que preguntaban por la madre abadesa. 

Esta se levantó en el acto y fué al torno. 

Era el señor Don Cándido Rodríguez, quien después de 
la introducción de forma. Ave María, etc., dijo á la aba- 
desa : 

— El excelentísimo señor gobernador delegado. Cama- 
rista, Doctor Don Felipe Arana, me manda saludar en su 
nombre á Su Reverencia, madre abadesa, y á toda la santa 
comunidad del convento, y preguntar por la salud de Su 
Reverencia y loda la santa comunidad. 

— Por la bondad de Dios todas gozamos de completa sa- 
lud, y estamos rogando por la del señor Don Felipe y todos 
los que se hallan en gracia del Espíritu Santo, contestó Sor 
Marta, que por estatutos de su órden solo podia hacerlo 
por el torno, en taparte interior del locutorio de recep- 
ción. 

— El excelentísimo señor gobernador delegado me ha 



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96 


AMALTA. 


lll 




ordenado el dar á Su Reverencia Jas mas finas y benévolas 
gracias por las empanadas y el dulce de toronja. 

No salieron muy buenas las empanadas. 

He oido al líxcelentísimo Señor que estaban muy bue- 
nas, y que se comió tres. 

— Mañana le hemos de mandar al señor Don Felipe unas 
tortas. 

Tortas es lo que mas come el Excelentísimo Señor. 

— Y también le hemos de mandar á usted una,; usted 
vive en casa del señor Don Felipe? 

— No, madre abadesa. Yo vivo en mi casa. Soy indiano 
secretario del señor Don Felipe. Pero en vez de la torta 
yo vivirla mas eternamente agradecido á Su Reverencia y 
á toda la santa comunidad, si se dignaran elevar á Dios 
sus piadosos ruegos por Ja seguridad y tranquilidad de mi 
vida, en este caos de trastornos por que estamos atravesando. 

— ¿Pero usted no es federal y secretario de Su Excelen- 
cia? 

— Sí, madre, lo soy, pero temo las intrigas de los ene- 
migos de Dios y de los hombres ; y sobre todo, madre aba- 
desa, temo mucho las equivocaciones. 

— No tenga usted cuidado, lo hemos de hacer; ¿cómo se 
llama usted, hermano? 

— Cándido Rodríguez, natural de Buenos Aires, de edad 
de 45 años, soltero, actualmente secretario privado de 
Su Excelencia el gobernador delegado, humilde siervo de 
Dios, y criado de Su Reverencia y de toda la santa comu- 
nidad. 

— ¿Y el señor Don Felipe no le ha hecho á usted otro 
encargo, señor Don Cándido? 

— Sí, madre abadesa. Me lia encargado reciba de Su Re- 
verencia una carta para Su Excelencia el Restaurador de 
todas las Leyes, héroe de todos los desiertos y de la fede- 
ración, y el borrador de otra que habrá de dirigirle Su Re- 
verencia á su nombre y al de toda la comunidad. 

— Eso es; ya está todo pronto. Ahí va la carta, dijo la 
abadesa haciendo girar el torno con una carta que Don Cán- 
dido tomó, diciendo : 

— Ya está en mis manos, madre abadesa. 

— Muy bien, ahí va el borrador de la otra. 

— Ya lo tengo también. 


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r\RTE CUARTA. CAPÍTULO VI. 


IS 


91 

— RecoQiiéndele usted mucho al señor Don Felipe que 
lea el borrador con toda atención y haga en él las altera- 
ciones que crea convenientes. 

— Muy pocas tendrá que hacer, madre abadesa, porque 
las obras de Su Reverencia deben ser completas, acabadas, 
perfectas 

— ¿Si usted quiere leer el borrador.^.... 

— Con el mayor placer, madre abadesa. 

— Pero léalo fuerte; me gusta mucho oir leer lo que yo 
escribo. 

Fsa es propensión de todos los sabios y sabias de este 
mundo, dijo Don Cándido desdoblando el papel, en el cual 
leyó en seguida : 


Jesús. 


Excelentísimo Señor. 


» Rogamos al Dios del cielo y de la tierra. Soberano Rey 
que da rigor al brazo victorioso de Vuecelencia, para que 
reporte nuevos triunfos sobre sus encarnizados enemigos 
que acaban de invadir el país, y para que sean pulveriza- 
dos por Vuecelencia bajo la protección de la divina Provi- 
dencia. 

» En todas nuestras oraciones elevamos votos al Ser Su- 
premo por que se consuman todas las glorias de Vuecelen- 
cia sin peligro de su vida, ni de su importante y preciosa 
salud. Y que, abrasado en el divino amor en que arde, 
viva etprnainente para la felicidad de sus pueblos. 

» Estos son los votos que á nombre de toda la comuni- 
nidad de las pobres Capuchinas, hace al cielo y los tras- 
mite á Vuecelencia en Buenos Aires á .. de Agosto de 1840 

» Sor Marta del Rosario, 

» Indigda Abadesa » 

— [Magnííico está, madre abadesa l 

— ¿ Lo halla usted bueno ? 

— No lo baria mejor el señor Don Felipe, á pesar de su 
inmensa sabiduría y elocuencia. 

— Vaya, pues, muchas gracias, señor Don Cándido. 

¿Entónces no ordena Su Reverencia nada mas? 

II. ^ 


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1 


98 


AMALIA . 




— Nada mas. 

Entónces, me despido de Su Reverenciq v rio iaUm i 
santa comunidad. ulyli encía y ue toda la 

Dios vaya con usted, hermano. 


CAPÍTULO VII. 

Cómo Don Cándido se decido á emigrar, y cuáles fueron las con- 
secuencias de su primera lenlativa. 

Pero no bien nuestro secretario privado tuvo un nié en 
la vereda, y otro sobre el alto escilon de la norlnf 

erconlSe'trdir^ 

mn I * lelicidad ! Son los dioses del Olimno los míe 

iac7„,T.”' ¡Z s ars f s° ;rr 

3eTo1lSr ^ » "i “i,S 

— I Uue no os conozco I Vois sois Pílades. 

— Yo soy Don Cándido llodríguez, señora 
No vos SOIS Pílades; como Daniel Ulíses. 

— ¿Daniel? 


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PARTE CUARTA. CAPITULO VII. 

— Si, ¿ ahora se hace usted el que no me conoce? yo soy 

la señora Doña Marcelina, en cuya casa hizo usted parte de 
aquella estupenda tragedia en que 

— Señora, por el amor de todos los santos, cállese usted 
que estamos en la calle. 

— Pero hablo despacio, apénas me oye usted mismo. 

— Pero usted se equivoca. Yo no soy yo no soy 

— ¿ Que no es usted ? ¡ Oh ! mas fácil hubiera sido á Orés - 
tes desconocer su patria, que á mí el desconocer á mis ami- 
gos; y sobre todo cuando están en peligro. 

— ¿ En peligro ? 

— |Sí, en peligro; se piensa hacer una Hecatombe con 
usted y con el señor Don Daniel ! exclamó Doña Marcelina 
levantando su dedo índice á la altura de los ojos de Don 
Cándido ; ojos que vagaron del cielo á la tierra, y de doña 
Marcelina al vestíbulo de la portería. 

— Entre usted, señora, la dijo Don Cándido tomándola 
de la mano, entrándola y haciéndola sentar á su lado en 
un escaño. 

— ¿ Qué hay ? continuó. ¿ Qué especies de profecías es- 
pantosas y terríficas son las que salen rápidas y tumul- 
tuosas de la boca de usted? Dónde he conocido yo á usted? 

— Contestaré, primero : que conocí á usted una mañana 

en casa de mi protector Daniel, y que otra vez lo vi á 
usted al salir del zaguan do mi casa en aquella noche en 
que 

-- - Despacio. 

— Bien. Agrego á usted que en este momento el cura 
Gaete está durmiendo la siesta en mi casa. 

— ¡En los infiernos debiera estar durmiendo 1 

— Des¡)acio. 

— Prosiga usted, buena mujer, prosiga usted. 

— Durante la comida ha blasfemado contra usted y Da- 
niel. lia hecho brillar en su mano un puñal mas grande 
que el de Bruto ; y, con los furores de Oréstes, ha jurado 
perseguir á ustedes con mas encarnizamiento que Montegon 
áCajiuleto. 

— ¡ Qué horror 1 

— Pero hay mas, 

— ¿ Mas que matarnos ? 

■— Sí, hay mas : ha jurado que desde esta noche, él v 



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i 




100 


AMALIA. 


cuatro mas van á espiar á usted y á Daniel para asesinar- 
los donde los encuentren. 

— ¡ Desde esta noche! 

vei^oíeCrcoVf'^" pensamiento de Gaete es nada este 

« Moriré, morn-a.?, morirán ellos, 

Todos perecerán » 

— ¿Conoce usted la Argia, señor Don Cándido ? 

— üejeme usted de comedias, señora, dijo Don Cándido 
pasándose la mano por su frente bañada de sudor 

— No es comedia, es una estupenda tragedia. 

c JaSorCúS'!" 

— Y lo peor de todo es, que Daniel y usted serán vícti- 
mas inocentes inmoladas á Júpiter. 

— ¿ Inocentes? Yo á lo menos, lo soy. Pero veo que en 

mi destino hay algo de raro, de e.vtraño, de fenomenal. 
Huctuo entre los sucesos como un débil barquichuelo á 
merced de las ondas. ¡Oh, fortuna, fortuna! No tienes tú la 
culpa, sino yo, yo que abandoné mi profesión, que hov no- 
dia servirme para tener áncoras de salvación en mis discí- 
pulos. lorque hade saber usted señora, que yo he sido 
maestro de enseñanza primaria, y tenia adoptados los me- 
jores métodos :a las ocho so entraba á clase; á las diez los 
ninos Iban a recreo miéntras yo almorzaba; mi almuerzo 
eia generalmente puchero, huevos y café con leche, sin 
vino, por supuesto, porque esta bebida embota las facul- 
tades mentales, razón por la cual los ingleses no tienen en- 
tendimiento ¡después duraba la clase hasta la una hora 
en que los ninos volvían á su casa y yo dormia un poco 
no el sueno de ese infernal cura Gaete que debe ser a<»i- 
tado por un ejambre de venenosas serpientes ” 

— Despacio. Pueden oirnos aquí mismo. Vivimos sobre 
n.'U'mr i"’ ^ aunque mujer, soy quizá el ser mas com- 
piomttido por mis antiguas relaciones y opiniones políti- 
cas. ¿Me conoce usted? 

— No, señora, ni quiero conocerla. 

Pues estoy comprometida hace tiempo 

— ¿Ufited? 

— Yo. Todos mis amigos han sido víctimas. Acercárseme 


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PAUTK CUARTA. CAPITULO Vil. 


101 


y tenor sobre su cabeza la cuchilla del ángel exterminador, 
os todo una misma cosa. Yo, mis amigos y la desgracia 
componemos lastres unidades de la tragedia clásica, s^gun 
me lo explicó tantas veces el célebre poeta Laílnnr, que 
sabia que con nada se me contentaba mas que con darme 
lecciones de literatura. iNo puedo ni hablar con las perso- 
nas sin que caigan en desgracia luego. 

— ¿Y eso me dice usted recien? dijo Don Cándido to- 
mando su sombrero y su caña de la India, quebabia puesto 
á su lado sobre el escaño, y preparándose á marchar de 
prisa. 

— i Deteneos, presunta víctima ! exclamó Doña Marcelina. 

— ¿Yo? ¿Al lado de usted? 

— ¿Y qué seria de vuestra vida y de la de Daniel si no 
hubiera yo volado á prevenirles el inmenso riesgo que están 
corriemlo? 

— ¿Y (lué será de mí si continúo hablando con usted? 

— De todos modos usted ha de morir. El hado es impla- 
cable. 

— El diablo es quien se la debia llevar á usted, señora. 

— Conteneos, temerario : si no habláis conmigo, morís 
por la mano de Cáete ; y si habláis conmigo, morís por la 
mano de las autoridades. 

— -¡Cruz! exclamó Don Cándido mirando á Doña Marcelina 
con despavoridos ojos, y cruzando los dos índices de sus 
manos. 


— « Ah! Cuando no se ha visto 
Á la beneficencia haciendo ingratos. » 

coiileslo Doña Marcelina con esos dos versos de un poeta 
español. 

— Á Dios, señora. 

— Deteneos. Solo la necesidad me obligaba á llegar á 
la casa del señor Don D.iniel-, los dioses me han hecho en- 
contraros; ¿me juráis volar á su encuentro para comunicarle 
la catástrofe que os amenaza á los dos? 

— Sí, señora, voy á verlo dentro de una hora. ¿Pero me 
jura usted, por su parte, no volver á pararme en la calle^ 
páseme lo que me pase? 

— i Lo juro sobre la tumba de mis abuelos 1 exclamó Doña 
Marcelina extendien lo su brazo y ahuecando la voz cuyos 


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AMALIA. 


M 


í 


y. 


i 



lÜ-2 

ocos so p'‘rdiei'on biijo Jas l^óvedas de la pequeña portería 
del convento de las Capuchinas. 

Poco después Don Cámiido bajaba á largo paso por la 
calle del l otosí , dobló por la de la Florida ; tomó por la de 
la Victoria; y descendió al Bajo por la plaza del 25 deMavo 
dejando la fortaleza á su derecha. “ ' 

Eran ya las tres de la tarde; hora en invierno, en aue 
los porteños no abandonan jamas su vieja costumbre de salir 
a sol sean cualesquiera los sucesos políticos que sus ravos 

^ La alameda estaba cuajada de gente. Cinco tiros de ca- 
non disparados por la batería, que desde el principio del 
bloiiueo se había colocado en el Bajo del Retiro/tras el 
magnd.co L.p^da, queentónces ¿cupaba 

ili. blade, cónsul de los Estados Unidos, habían arrebatado 
dé las calles a cuantos las transitaban en aquel momento 
y traidolos a averiguar la causa de los cañonazos. 

E la no era otra sin embargo, que la que daba lugar to- 
tes los (lias á Iguales detonaciones ; es decir la anroximT 
Clon á la costa de alguna ballenera francesa que sondéala 
el rio, ó venia a reconocer algún lugar convenido, donde 
debía atracar bajo la oscuridad de la noche para recibir 
emigrados. De esas balleneras, sin embargo, ninguna fué 
echada a pique por las tres grandes baleros de la costa- 
Y los artilleros de Rosas se contentaban con ver los estra^^os’ 

agitadas olas del gran riS 
I ‘a Marcación francesa sobre quien la batería 

dol Betiro había hecho sus cinco tiros fiipqp nnr í-ipiMno- 

del oíicial que la mandaba, ó porque parí ello tSa óiSes 
habíase aproximado, á favor de la creciente del rio S á 
tiro de fusil dé la capitanía del puerto, quedando nói ¿on 
Retiro fortaleza y de la batería del 

Toda la gente se apiñó sobre las tosc‘i<?ílpi 

cadero; el peor de todos los de este mundo poniueno Inn 
querido hacerlo bueno. ’ poiqucno han 

Vienen pasados, decían unos. 

razTbal. ™ ‘="=^'*^0 bajen 1 exclamaba Lar- 

— El anteojo, gritaba Kimono desde las toscas á „c 
cíales de la capitanía del puerto. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO VII. 


i03 


— i Es desembarco ! gritaban otros. 

— Campo, que van á hacer fuego las baterías, decía desde 
su caballo un socio popular que dominaba con su talla 
toda la multitud de á pié, de á caballo y de carretas. 

La ballenera entretanto arrió de repente su vela Uriana, 
á doscientas varas de la orilla del agua y quedó á la capa 
con sus remos. 

Todos estaban en expectación. 

Pero no era ella sola el objeto de la mirada universal. 

A cincuenta varas de la arena sobresalía del agua la ne- 
gra y lustrosa superficie de una gran tosca adonde no se 
podía llegar sin haber atravesado esa distancia, con el agua 
hasta la pantorrilla cuando ménos. Y parado sohre esa es- 
pecie de isla, el punto mas cercano á la ballenera, llamó 
de improviso la atención de todos un hombre vestido con 
un largo levitón blanco, con su sombrero en una mano, 
una caña de la India en la otra; y que indudablemente ha* 
bia atravesado á pié cuarenta varas de agua, sin que nadie 
lo echase de ver, pues que solo por el agua se podía llegar 
á la peña. 

El era, como el lector conoce ya, nuestro Don Cándido Ro- 
dríguez, que al salir del convento concibió el proyecto de 
emigrar aunque fuese en una tina de baño, según él mismo 
se decía en la larga conversación que trajo consigo mismo. 

Este es tu clia, Gandido, se decía sobre la peña, la pro- 
videncia te ha traído hasta este lugar. Ea, valor. En cuanto 
esa embarcación salvadora se aproxime mas, corre, preci- 
pítate, vuela sobre este rio, y ponte bajo la poderosa pro- 
tección de esa bandera. 

El miedo, que es el peor consejero de este mundo, ins- 
piraba de ese modo á nuestro desgraciado amigo, que no 
echaba de ver que á su retaguar^lia tenia cien ó mas jinetes 
federales, que con un par de rebencazos á sus caballos lia- 
brian llegado hasta él en dos minutos, al primer paso que 
■diera hacíala embarcación, como sucedió en efecto. 

El oíicial de la ballenera paseaba su anteojo por aquella 
multitud de mas de mil personas que había sobre el muelle, 
y todas las miradas se dividían entre él y Don Cándido, 
cuando el estallido del cañón dió sobre todos los nervios 
ese golpe eléctrico que acompaña siempre á la impresión 
del sonido violento, y cuatro pirámides sucesivas de agua. 


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104 


AMALIA, 



que se elevaron t pocas varas de la embarcación, arrebata- 
ron la mirada de todos, que prorumpieron luego en un es- 
trepitoso aplauso al tiro de la fortaleza. 

En ese momento la ballenera izó su vela, y, como para 
tomar el viento sur necesitó dirigirse un momento hacia el 
oeste, todos creyeron que se venia sobre el muelle, y el pri- 
mero que participó de esta preocupación fué, desgracia- 
damente, nuestro Don Cándido. Y desplegarse la vela, y 
bajar de la peña, entrarse al agua, y empezar á andar rio 
adentro con el agua á la pantorrilla, todo fué la obra de un 
segundo. 

Pero lio bien acababa de poner sus pies en ese improvi- 
sailo baño, cuando la ballenera viró de bordo y tomó al 
este, volando mas bien que navegando con la brisa del sur. 
Y á ese mismo tiempo, mientras Don Cándido abria tama- 
ños ojos y cruzaba sus manos, cuatro caballos levantaban 
nubes de agua, corriendo á gran galope sobre él. 

Don Cándido volvió la cabeza cuando ya estaba rodeado 
de los cuatro verdaderos federales, en cuyos semblantes 
no pudo adivinar otra cosa nuestro pobre amigo que su úl- 
tima hora. 

— Usted se iba, le dijo uno de ellos alzando sobre la ca- 
beza de Don Cándido el cabo de fierro de un inmenso re- 
benque. 

— No, señor, venia, contestó Don Cándido haciendo ma- 
quinalmante profundas reverencias á los jinetes y á los 
caballos, ó mas bien, á los caballos y á losjiiietes, siguiendo 
el órden de una rigorosa cronología moral. 

— ¿ Cómo es eso que venia, y se iba usted para adentro 
del rm? 

— Sí, mis distinguidos amigos federales; venia de casa 
del señor gobernador delegado de quien soy secretario. 

— ¿ Pero usted iha á alcanzar la ballenera? le interrogó 
otro. 

— No, señor, líbreme Dios de ello; quería acercarme so- 
lamente, lo mas posible, para ver si la ballenera traia gente 
de desembarco en el fondo, para volver á avisarlo á los he- 
róicos defensores de la federación é incitarlos á triunfar ó 
morir por el padre de cuantos hijos tiene Buenos Aires, y por 
el señor Don Felipe y su respetable familia. 

Una grita estrepitosa contra los Franceses y en loor de la 


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¡ntranda vievwer 



105 


PARTE CUARTA. CAPITULO VIII. 

federación y de los federales sucedió al discurso de Don 
Cándido, en la multitud de marineros del puerto y carreti- 
lleros que se habían acercado, con el agua á la rodilla, 
hasta el lugar de aquella escena en que todos esperaron 
ver un desenlace trágico. 

El coronel Crespo, el comandante Ximeno, Larrazabal y 
todos cuantos estaban sobre la pequeña barranca de la ca- 
pitanía, no sabiendo lo que pasaba, y queriendo saberlo 
cuanto ántes, dieron tan fuertes gritos é hicieron tan vio- 
lentas señas á los de á caballo, que uno de estos hizo subir 
á Don Cándido á la grupa, medio cargado por algunos co- 
medidos entusiastas de los que allí había. Y hé aquí que 
condujeron en triunfo hasta la alameda al impertérrito se- 
cretario de Su Excelencia, que se había arrojado al agua 
para observar el fondo de la ballenera francesa. 

Inútil es decir todas las felicitaciones que recibió Don 
Cándido. Pero no podemos callar que, á pretexto de estar 
mojado, el maestro de Daniel se despidió muy pronto de 
sus decididos amigos, y que por una reacción natural en 
su Organización, la debilidad sucedió al coraje artificial 
con que logró salvarse del peligro que había corrido ; y que 
tuvo que entrar á lomar una taza de café á un hotel in- 
mediato á la capitanía, para poder llegar después á casa de 
Daniel como pensaba, á echarle en cara las consecuencias 
que estaba sufriendo, después de la vida política á que lo 
había arrastrado, y á prevenirle que la vida de los dos es- 
taba expuesta á ser sacrificada en hecatombe, como deci 
Doña Marcelina. 


CAPÍTULO VIH. 

La guardia do Lujan y Santos Lugares. 

Era el 21 de Agosto. 

El refulgente rey del universo descendía con su manto 
de nácares y oro, allá sobre el confín del horizonte que 
bordaba las planicies esmeraltadas de los campos, llanos 
como la superficie, de un mar en calma. Su frente no lie- 


!03 


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AMALIA. 

nnlgnifkVríIS momemlsT cSc¡rlf úly ^ trópico lo 

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la'^Sál«ral™V?porsú"re&^^ Hombre de 

maao con la sociedad civilizmti *» >la la 

aa.¿sd7S-^rc“l“£í“t 

La inmensidad la intemperie, la soledad, y las tormén 
as de nuestro clima meridional, son las ¡mV^ones míe 
desde su nniez comienzan á templar su esníritu v sn« rü 
vios, y á formarle la conciencia de s^va i v dJ sus Z' 

tTü!ltlZZr^^- ^ «isladitr decTrb 

asi, del t ato de la sociedau civilizada; siempre en lucln 

■con los elementos, con las necesidades y los neli^ros sn 
espuitu se ensoberbece á medida que él triunfa^it =>, i 

a Ibeitad y la mdepeiideacia do instiiitus íjiimanS ’se 



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PARTE CUARTA. CAPITULO VIII, 


107 


convierten en condiciones imprescindibles de la vida del 
gaucho. 

lid caballo concluye la obra de la naturaleza : es el ele- 
mento material que contribuye á la acción de su moral. 
Criado sobre él, la inmensidad de los desiertos se limita y 
apoca para aquel que la atraviesa al vuelo de su caballo. 
Criado sobre él, se hace su déspota y su amigo al mismo 
tiempo. Sobre él, no teme ni á los hombres ni á la natu- 
raleza; y sobre él, es un modelo de gracia y de soltura, 
que no debe nada, ni al indio americano, ni ai jinete eu- 
ropeo. 

Los trabajos de pastoreo á que se entrega por necesidad 
y por vocación, completan después su educación física y 
moral. En ellos se hace fuerte, diestro y atrevido ; y en 
ellos adquiere esa desgraciada indiferencia á los especlíiculos 
de sangre, que inlluyen tanto en la moral del gaucho. 

Entre el hombre y el animal existe esa simpatía intima, 
esa relación común que tiene su origen en la circulación 
de la sangre. El gaucho pierde la una y la otra por la ha- 
bitud de verter la sangre, que viene á convertirse en él, 
de ocupación en necesidad, y de necesidad en diversión. 

Esa vida y esa educación le dan una idea tal de su supe- 
rioridad sobre el hombre de la ciudad, que sin esfuerzo y 
naturalmente siente por él un profundísimo desprecio. 

El hombre de la ciudad monta mal á caballo ; es inca- 
paz de conducirse por sí solo en las llanuras desiertas- 
mas incapaz aun de procurarse en ellas la. satisfacción de 
sus necesidades; y por último, el hombre de la ciudad no 
sabe prender un toro al certero lazo de los gauchos, y tiene 
miedo de hundir un cuchillo hasta el puño en la garganta 
del animal; y no sabe ver sin agitación que su brazo está 
empapacLo en los borbotones de la sangre. 

Lo desprecia; y desprecia á la vez la acción de la justi- 
cia, porque la justicia viene de la ciudad; y porque el 
gaucho tiene su caballo, su cuchillo, su lazo y los desier- 
tos, donde ir á vivir sin otro ausilio que el suyo propio, y 
sin temor de ser alcanzado por nadie. 

Esta clase de hombres es la que constituye el pueblo ar- 
gentino, propiamente hablando; y que está rodeando siem- 
pre, como una tempestad, los horizontes de las ciudades. 
Esa dase, empero, tributa con facilidad su rcs|)etu y §q 


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108 


AMALIA. 


admiración á ciertos hombres : que son aquellos que so- 
bresalen por sus condiciones de gaucho. 

Nada mas común en las sociedades civilizadas que malo.s 
generales al frente de numerosos ejércitos ; que jefes igno- 
rantes de partido á la cabeza de millares de prosélUos. 
Pero entre los gauchos tal aberración es imposible. El cau- 
dillo del gauclio es siempre el mejor gaucho. Él tiene que 
alcanzar ese puesto con pruebas materiales, continuadas y 
públicas. Tiene que adquirir su prestigio sobre el lomo de 
los potros, con el lazo en la mano 5 entre las charcas de 
sangre; durmiendo á la intemperie; conociendo palmo á 
palmo todas nuestras campañas; desobedeciendo constante- 
mente á las autoridades civiles y militares; y burlando y 
hostilizando dia por dia cuanta mejora indu.a»"ial, cuanta 
disposición, y cuanto hombre llega de las ciudades á la 
campaña. 

i Sin estas condiciones principales es inútil pensar en 
acaudillar los gauchos. Pero el que las posee y sabe osten- 
tarlas ñ tiempo, ese es su caudillo, que los conduce y hace 
de ellos lo que mejor le place I 

Eso es el gaucho; y su importancia social y política se 
comprende en nuestra revolución, con pasar la vista, como 
un relámpago solamente, sobre el inmenso cuadro de nues- 
tra historia. 

Las provincias del Rio de la Plata habían llegado á ocu- 
par en la América una e.xtension y una importancia tal, 
que cuando Carlos 111 se ve forzado á repeler de nuevo con 
las armas las pretensiones de los portugueses en ellas y 
aconsejado á nombrar de jefe de la expedición que debia 
salir de Cádiz al teniente general Don Pedro Zebállos, cree 
de oportunidad y de conveniencia poner su real sello’en la 
cédula que erigía en vireinato las provincias del Rio de la 
Plata, Paraguay, Tucuman, Potosí, Santa Cruz de la Sierra 
Charcas, y las lindantes de Mendoza y San Juan, creando 
por su virey al mismo teniente general Zebállos, que re- 
cibe dicha cédula de erección, fecha en San Ildefonso el 
1.® de agosto de 1777. 

Ya tenemos, pues descubierta, conquistada, poblada v 
constituida en vireinato español esa hermosa región de lá 
América meridional, donde la providencia había decretado 
la iniciación y complemento de la grande obra que habia 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO VIII. 


109 


imaginado en su inefable idea, para la reivindicación déla 
Imnianidad ultrajada, y de los magníücos destinos de un 
mundo, íi quien la ambición, la ignorancia y la supersti- 
ción sofocaban. 

La esclavitud de la América, que empezó desde el primer 
instante de su descubrimiento, fue gemela con una com- 
pleta revolución en Europa; y por una de esas reproduc- 
ciones pasmosas que se encuentran en la historia de la 
humanidad, su libertad lo fué de otra no ménos vasta re- 
volución europea. 

Los grandes movimientos sociales pueden ser la obra de 
un solo hombre, do una sola palabra; pero sus consecuen 
cias no pueden ser calculadas, ni contenidas muchas voces 
por una generación, ni por un siglo. Y la reunión de los 
estados generales en Francia estuvo muy lejos de prever 
que ella seria la causa generatriz de la decapitación de 
una familia, defendida por Dios; del derrocamiento de un 
trono afianzado por los siglos; de la improvisación de una 
república; de un imperio; del cataclismo universal de la 
liulopn,, fÍ6 Iti CtinoüizQ.cion do lu, filosofui del siglo xviii 
y por último, la causa indirecta de la libertad de las colo- 
nias españolas en la .América, oprimidas por el poder in- 
contrastable de su metrópoli, — pero así sucedió sin em- 
bargo. 

La raza americana tenia ya la conciencia de su situación 
desgraciada. La naturaleza meridional no liabia desmentido 
su generosidad con la inteligencia de los americanos; v la 
sangre española, tan ardiente como orgullosa, estaba e*n sus 
venas. Los sucesos de la Europa llegaban furtivamente; pero 
a tin llegaban hasta ellos. Algunos libros dcl siglo xviii; 
ilgunos debates de la Convención francesa ; algunos 
oeriódicos de la república se escurrían de contrabando 
entre las mercaderías con que la madre España suplía á las 
primeras necesidades de sus hijos ; y las ideas, primera se- 
milla de las revoluciones, iban formando y dando nociones 
exactas á los hombres capaces, pero inapercibidos de las 
colonias. 

La conciencia estaba hecha; el convencimiento estaba 
liecho; los instintos eran uniformes; no faltaba sino la de- 
cisión y la oportunidad. 

La revolución francesa se encargó de ella. 


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1 


lio 


AMALIA. 


Fernando VII es arrebatado de su pueblo. El trono espa- 
ñol queda vacío. Las provincias del reino se dan sus ¿go- 
biernos respectivos; ó mas bien, se gobiernan como pucdlm 
entre la tormenta que las sacudia; la capital del vireinato 
de Buenos Aires quiere darse también sus gobernantes; y 
bajo ese pretexto, que las circunstancias le ofrecian. pro- 
nuncia la primera palabra de su libertad, el 25 de Mavo 
de 1810 . ^ 

Ese movimiento fué el iniciador de la revolución; y con 
esta la revolución del continente. 

Buenos Aires descubre su pensamiento revolucionario; 
la América entera se electriza con él; y tras el primer re- 
lámpago, allí tenéis bajo los cielos americanos esa tempes- 
tad de combates y de glorias, entre la cual estallaba el pen- 
samiento y el canon, al choque violento de dos mundos, de 
dos creencias, de dos siglos. 

La España disputa palmo á palmo su dominación ; v palmo 
á palmo sostiene, defiende y hace triunfar su libertad la 
América, en el decurso de 15 años. 

Buenos Aires es en la lucha, y durante ese tiempo, lo 
que Dios en el universo; ella está y resplandece en todas 
partes. Su espada da la libertad, ó contribuye á ella, en 
todas partes : sus ideas, sus hombres, sus tesoros no fal- 
tan en ninguna; y la guerrera y pertinaz España, donde no 
hallaba un hombre, hallaba un principio; donde no hallaba 
un principio, hallaba una imitación de Buenos Aires. Las 
provincias del Rio de la Plata eran su ángel malo, cuyo in- 
tlnjo dañoso la perseguía como la sombra al cuerpo. 

La España resiste con valor; sangre por sangre se cambia 
en las batallas, pero la revolución era demasiado inmensa 
y demasiado sólida, para que la España pudiera sofocarla 
con su mano en el siglo xix, y la España vencida en la 
América, la América se hace para siempre jamas indepen- 
diente. 

Pero el pensamiento de Mayo habia bebido sus inspira- 
ciones en fuente harto caudalosa, para poder conformarse 
con asignar á la revolución los límites de una indepen- 
dencia política, y de una libertad civil solamente. Él ini- 
ció mas que todo eso, y por mas que eso combatieron sus 
hijos. 

Era una revolución totalmente social lo que buscaba. Lna 


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PARTI-: CUARTA. CAPITULO VIII. 


lll 


revolución refornuulora de hi sociedad educadu por la Es- 
paña de la Inquisición, del absolutismo, y de las preocu- 
paciones hereditarias de tres siglos, en política, en le- 
gislación, en íilosufía y en costumbres. Y bajo el humo de 
las batallas que ennegrecía el cielo americano, Buenos Ai- 
res marchaba á pasos, por desgracia demasiado rápidos, en 
la senda de su atrevido cuanto sublime pensamiento. 

Sus brazos se extienden por todo el continente; y su in- 
teligencia formula y elabora al mismo tiempo su existencia 
nueva. 

Libres en política, y colonos en tradicciones sociales, 
legislativas y íllosóíicas, habria sido una anomalía mons- 
truosa. 

Romper con las viejas preocupaciones españolas en polí- 
tica, en comercio, en literatura, y hasta en costumbres, 
cuando el pueblo se las fuese dando á sí mismo, era impri- 
mir á la revolución el movimiento reformador del siglo : 
era ponerse á la altura de las ideas de la época; era hacer, 
en íin, lo que la misma España habia de tentar mas tardo 
bajo el reinado de Isabel II. 

« Quedarse fijo en su abuelo y en su bisabuelo » para 
por esa solidaridad de tradiciones paternas darse la mano 
con la civilización europea, como acaba de pretenderlo no só 
qué mal conocedor de nuestra historia europea, que ha es- 
crito-no sé qué con el título de Nueva Troya, era cuanto 
se necesitaba para no ser mas de lo que fueron el abuelo y 
el bisabuelo, en tiempo de Carlos lll y de su antecesor. Re- 
producción que, felizmente, la revolución tuvo el buen sen- 
tido de no apetecer jamas. 

‘ El mejor alguacil del santo oficio no habria opinado de 
otro modo; jurando que era una verdadera herejía no ser 
el nieto lo que fué el abuelo. Pero sigamos el campo de los 
vastos acontecimientos que narramos de carrera; y asi- 
mismo se han de percibir claras y distintas la reproduc- 
ción del abuelo y bisabuelo en el nieto, dando sus naturales 
consecuencias; y las que nacieron del divorcio de esas tra- 
diciones pestilentes. 

En medio del estrépito de las armas, Buenos Aires, esa 
capital donde se reunían los contingentes de ideas que le 
enviaban todas las provincias de la unión, como enviaban 
A las batallas los contingentes de lanzas, marcha á grandes 


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112 


AMALIA. 


pasos en el camino de la revolución social; y todas las tra- 
diciones de la colonia son tumbadas por la mano de la re- 
pública. Los grandes principios se fundan y se practican á 
la vez. La república; el gobierno representativo; el minis- 
terio responsable; el sistema electoral; la libertad de la 
conciencia, del pensamiento, del comercio; la igualdad de- 
mocrática; la inviolabilidad de los derechos; todo en fin, 
CLiiinto la revolución europea tenia de mas santo, de mas 
social, lo canoniza para sí la revolución del Plata. Y ála luz 
de este brillante dia que se levantaba sobre sus olas, sur- 
gieran de la revolución esas cabezas chispeantes de genio 
que hicieron el honor y la gloria de la república, no ménos 
grandes que el honor y la gloria que conquistaba con sus 
armas sobre los campos de batalla. 

Pero dos grandes principios de resistencia debian encon- 
trarse de frente con la reforma social, y desde sus piime- 
ros (lias se le presentaron, en efecto, disfrazados bajo dis- 
tintos modos. 

De una parte, el sistema de gobierno republicano que la 
revolución improvisaba, debia resentir los hábitos monár- 
quicos de una sociedad nacida y educada bajo la monarquía 
absoluta. 

De otra parte, la innovación civilizadora debia despertar 
las susceptibilidades del pueblo colonial atrasado, ignorante 
y apegado á sus tradiciones seculares. 

Y esa reacción franca, ingenua, inevitable que sucede á 
las grandes innovaciones sociales, cuando se obran sobre 
pueblos no preparados á ellas, debia estallar y estalló en 
efecto en la república. 

De otro lado, la revolución habia creado en todas las 
clases de la sociedad sus representantes, su expresión, y 
sus intereses; y la reacción se hizo sentir, primero en las 
rebeliones parciales; después en las distintas pretensiones 
de provincia; y últimamente en el pronunciarnirnto espon- 
táneo y franco del pueblo semisalvaje de las ílorestas, res- 
taurando el absolutismo y la ignorancia de sus abuelos y 
bisabuelos, contra la clase ilustrada de las ciudades, que 
representaba el principio civilizador. 

Ibarra, Bústos, López, Quiroga, de una parte, Rivadavia 
y los congresales de^a otra, no eran sino las peripecias de 
esa guerra sorda, pero gigantesca, que se disputaba en la 


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PARTE CUARTA. CAPIlULO VIH. 


113 


república el triuníb de principios y de cosas diametral- 
mente opuestas, como eran la tradición colonial, y la inno- 
vación revolucionaria. 

La historia de las revoluciones sociales en el mundo es 
el tratado de lógica mas perfecto : á tales causas han de 
suceder tales efectos. Y el gran trastorno que sufria aquí 
el principio monárquico; la improvisación de una repú- 
blica, donde no liabia ni ilustración ni virtudes para con- 
servarla; y la plantificación repentina de ideas y de hábi- 
tos civilizados, en pueblos acostumbrados á la cómoda 
inercia de la ignorancia; eran una utopia magnífica pero 
impracticable, con la cual la barbarie daria en tierra; hasta 
que una enscnlanza mas prolija, en la escuela misma de las 
desgracias públicas, crease una generación que la levantase 
y la puisiese en práctica : tal cosa debia suceder ; y así ha 
sucedido, por desgracia. 

Durante que las ideas y los hombres se disputaban inte- 
reses locales y transitorios, en la época en que se consti- 
tuía la república, y al amparo de las guerras civiles consi- 
guientes, la reacción social tronaba como una tempestad 
espantosa en los horizontes del Plata; y en un momento en 
que ciertos sucesos malhadados de nuestra historia tan dra- 
mática dejaron desierta la escena, todos los principios reac- 
cionarios de la revolución aparecieron en ella personifica- 
dos maravillosamente bien en un solo hombre; como sucede 
siemprí! en los grandes movimientos sociales, prósperos ó 
adversos para la humanidad; en que Dios ó el demonio 
hacen de todas las ideas y los instintos una sola masa en 
forma humana, cuyo destino es representar el bien ó el mal, 
según sean los elementos de que se ha formado su vida. 

Ese hombre era Rosas. 

Rosas ([ue era el mejor gaucho en todo sentido; que re- 
unía á su educación y á sus propensiones salvajes, todos los 
vicios de la civilización; porque sabia hablar, mentir y 
alucinar. 

La reacción había estallado; y personificada en él, él de- 
bia serla fiel, porqué el dia que la hiciera traición, los sa- 
cerdotes sacriíicarian el ídolo. Y fiel á su origen, y á la 
misión que acepta, da al gaucho, á sus ideas y á sus há- 
bitos, el predominio de la sociedad bonaerense, luego que 
se asegura con el triunfo el imperio de la reacción. 


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m 


AMALIA. 


; ,1 


Sorprendida Buenos Aires, tiene que soportar esa impo- 
sición terrible de la fuerza. Ya no era la cuestión de uni- 
tarios y federales : eran la civilización y la barbarie las que 
quedaron para disputar mas tarde su predominio. Entre 
tanto, con la derrota de los unitarios la civilización quedo 
vencida temporariamente, porque ei mismo partido fede- 
ral, como representante de un principio político, quedó 
postrado por el triunfo del caudillo gauclio, que tomando 
por pretexto la federación, cebó por tierra federación y 
unidad. Sin embargo el partido federal sonreia creyén- 
dose vencedor, mientras que legaba á la historia el de- 
recho de acusarlo justa y terriblemente algún dia, por 
haber querido comprar el sacriíicio de sus adversarios po- 
líticos con la libertad y el honor de su país, entregándolo 
á manos de un bandido que debia mas tarde pisar con el 
casco de sus potros los derechos mismos que buscaban 
bajo el sistema federal. Porque es mentira que padecieron 
un error los federalistas; es mentira que no conocieron á 
llosas : Rosas fué conocido desde que tuvo 15 años. Á esa 
edad fué hijo insolente; á los diez y seis fué hijo huido; 
mas larde fué un gaucho ingrato con sus bienhechores; 
después fué siempre un bandido rebelde á las autoridades 
de su país. 

Ese era el hombre que en 1840 se encerraba en los re- 
ductos de Santos Lugares, porque marchaba sobre la ciu- 
dad el puñado de libertadores que conducia el general 
Lavalle. 

Lleveinos la vista hasta los campos de Lujan, y allí en- 
contraremos esa cruzada de valientes, á la indecisa luz de 
los crepúsculos de la tarde, símil de la indecisa suerte (]ue 
corrían; todo el mundo á caballo, y el pequeño ejército di- 
vidido en dos cuerpos; el [irimero mandado por el general 
Lavalle, el segundo por el coronel Vilela. 

Estos dos cuerpos iban á separase momentáneamente; el 
primero iba á dirigirse hácia el sur; el segundo quedaba 
sobre Lujan. 

El general Lavalle quería conocer primero el espíritu de 
la campaña al sur, ántes de marchar sobre la caj)ital. En 
el norte no se hablan reunido á su ejército sino algunos 
grupos insigiiilicaiites de vecinos, pero las milicias y las 
fuerzas de línea permanecian heles al tirano. 


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ttv» " 


PARTE CUARTA. CAPITULO VIII. 


115 


Los (los cuerpos del ejército se despidieron dando vivas 
á la libertad de la patria; de esa patria tan cara para sus 
buenos hijos, y cuyos campos debian regar bien pronto 
con su noble sangre. 

Los escuadrones marchaban, y todavía los soldados se 
despedían con sus lanzas y sus espadas. 

El escuadrón Mayo, que pertenecía al segundo cuerpo, en- 
tonó entónces el himno nacional; canto de victoria de 
nuestras viejas legiones, cuyas palabras se escapaban con 
la vida del que caia al bote de las pujantes lanzas españo- 
las. Y basta que allá en el horizonte, cubierto con los os- 
curos velos de la noche, se perdieron las sombras del ge- 
neral Lavalle y sus valientes, los soldados del segundo 
cuerpo permanecieron á caballo. 

Después los legionarios de la libertad encendieron 
sus fogones para calentar su cuerpo entumecido por el frió 
de aquel rigoroso invierno, miéntras que el calor de su 
alma entusiasmada lo bebían en la fe, en la esperanza y en 
los recuerdos santos de la patria. 

La noche descorrió su manto de estrellas sobre aquel ro- 
mancesco campamento, donde no palpitaba un corazón 
que no fuera puro y digno de la mirada protectora de la 
providencia. Y solo esas estrellas podrían revelarnos los 
suspiros de amor que se elevaban hasta ellas, exhalados 
por el pecho tierno de aquellos soldados, arrancados por 
la libertad á las caricias maternales y á las sonrisas de la 
mujer amada, en la edad en que la vida del hombre abre 
el jardín de los afectos purísimos de su alma 

I Antítesis terrible! |Á doce leguas de ese lugar en que la 
libertad velaba con su manto de armiño el tranquilo sueño 
de sus hijos, un ejército de esclavos dormía soñando con 
el crimen á la sombra de la mano de fierro de un tirano! 

Seis mil soldados, tendidos entre los reductos de Sant()3 
Lugares, estaban esperando la voz del asesino de su patria 
para abocar sus armas contra los misinos que les traían la 
libertad. Traidores á su madre común, podían serlo tam- 
bién al hombre á quien vendían sus derechos; y en el si- 
lencio de la noche los campamentos eran patrullados tri- 
plemente por partidas que se mudaban cada dos horas. 
Unas vigilaban la parte exterior de los reductos, otras pa- 
seaban en redor del campamento, y otra patrullaba por 


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1 


116 


AMALIA. 


M» 1*1 '“f de los soldados. ¿Estaba entre ellas la 

tienda del tirano? ¿La banderola ó el (ierro de su lanza la 
hacia descubrir en parte alguna? No. Rosas no tenia tienda, 
he día escribía dentro de una galera, y de noche no se supo 
jamas su lugar fijo. Fingia echar su recado en tal paraje 
para ])asai’ la noche, y média hora después estaba su recado 
solo con algún soldado que lo cuidaba. ¿ Vigilaba? No, bula; 

dó” di e.síalia”.^'^’’ ^ ignorasen 

El general Lavalle entretanto, dorinia entre sus jóvenes 
soldados, con la misma conlianza con que balda dormido 
sobre la cama de Rosas, once años antes, cuando fuú 61 

mi«mn°*í ó hacer arreglos al campamento 

mismo de su enemigo. 


CAPÍTULO IX. 




iManuela Rosas. 

Ya que hemos dejado al lector en conocimiento de la 
situación política y militar, en sus grandes manifestaciones, 
a la época a que hemos llegado en nuestra historia, es ne- 
cesario conducirle ahora á un mas minucioso conocimiento 
individua de los personajes que caracterizan la época, v 
que han de contribuir al desenlace de los acontecimientos 
que (jue habran de lijar la suerte respectiva de los pro- 
tagonistas de la obra, á que nos vamos á acercar bien 
pronto. 

Manuela Rosas es el rasgo histórico mas visible, des- 
pués de su ]iadre, en el cuadro de la dictadura argén- 
tinu • 

En 1810 ella no es una sombra, sin embargo, de lo que 
tu6 mas tarde, pero en esaópoca ella empezaba á ser la pri- 
mera victima de su padre y el mejor instrumento, sin que- 
rer o ser y sin saberlo, de sus diabólicos planes. 

Manuida estaba en la edad mas risueña de la vida : con- 
taba apenas de veinte y dos á veinte, y tres años. Alta, del- 
gada, talle redondo y lino* formas graciosas y ligeramente 


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PARTE CUARTA. CAPHULO IX. 


in 


dibujadas; íisoaoinía americana, pálida, ojerosa, ojos pardo- 
claro, de pupila inquieta y de mirada inteligente; frente poco 
espaciosa pero bien dibujada; cabello castaño oscuro, al)un- 
dantey lino; nariz recta, y boca grande, pero fresca y pi- 
cante; tal era Manuela en 1840. 

Su carácter era alegre, fácil y comunicativo. Pero de vez 
en cuando se notaba en ella, después de algún tiempo, algo 
de pesadumbre, de melancolía, de disgustos; y sus vivos 
ojos eran cubiertos alguna vez por sus párpados irritados; 
lloraba, pero lloraba en secreto como las personas quever- 
daderamimte sufren. 

Su educación de cultura era descuidada, pero su talento 
natural suplia los vacíos de ella. 

Su madre, mujer de talento y de intriga, pero vulgar, no 
habia hecho nada por la perfecta educación de su bija. Y 
huérfana d(í madre hacia dos años, Manuela no contaba, á la 
época que narramos, con otro ser que debiera interesarse 
por ella, qike su padre; porque su hermano era un bellaco 
rudo inclinado al mal, y sus parientes se cuidaban mucho 
de Juan Manuel, pero nada de Manuela. 

Su corazón habia sentido dos veces ya la tierna serenata 
del amor á sus cerradas puertas; poro las dos veces la mano 
de su padre vino á echar los cerrojos de ellas, y la pobre 
jóven tuvo que ver los mas bellos encantos de la vida de 
una mujer al través del cristal de su imaginación. 

Su padre habia decretado el celibato eterno de aquella 
criatura sabedora de todas sus miserias^de Indas sus intri- 
gas y de todos sus crímenes; porque entr(‘garia todos esos 
importantes secretos con el corazón de la jóven. 

^ Ella, ademas, era su instrumento de popularidad. Con ella 
isonjeaba el amor propio del plebeyo alzaito de repente á 
condición distinguida en la amistad del jefe federal. Con ella 
trasmitía su iiensamiento á sus mas abyectos servidores 
Con ella, en íin, sabia la palabra y hasta el gesto de cuantos 
se acercaban á comprar con una oficiosidad viciosa ó crimi- 
nal algún destino, algún favor, algún título de consideración 
federal. 

Su hija, ademas, era el ángel custodio de su vida; velaba 
hasta el movimiento de los párpados de los que se acerca- 
ban á su padre; vigilaba la casa, las puertas y hasta los ali- 
mentos. 

7 . 


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118 


AMALIA. 


Nos acercamos á esta mujer desgraciada en los momen- 
tos en que su salón está cuajado de gentes, y ella es allí la 
emperatriz de aijuella extraña corte. 

Pero nuestra mirada no puede divisar bien las íisonomías; 
es necesario acercarse á ellas porque una densa nube de 
humo de tabaco eclip'a la luz de las bujíüs. 

Los principales miembros de la Sociedad popular hacen 
su visita de costumbre en ese momento. Y fuman, juran, 
blasfeman y ensucian la alfombra con el lodo de sus botas 
ó con el agua que destilan sus empapados ponchos. 

Allí está viva y pa)i)itanti' la democracia de la federación. 
Gaelan. Moreira, Merlo, Cuitifio, Salomón, Parra, fuman y 
conversan mano á mano con los diputados García, llelauste- 
gui, Garrigós, Lahitte, Medrano, etc.; con los generales Man- 
cilla, Rolon, Soler, etc., también. Larrazabal Marino, Irigo- 
yen, González Peña, conversan en otro grupo mientras sus 
esposas, federalizadas hasta la exaltación, rodean á Manuela 
con Doña María Josefa Ezcurra, la comadre de Merlo, la 
ahijada de este, la sobrina de aquel; parieiitas en íin de 
todo género y de toda rama de a [uellos corpulentos tron- 
cos sobre que reposaba la santa é inmaculada causa federal. 

Las paredes de aquel salón tenian oídos y boca para re- 
petir al Restaurador de las Leyes lo que allí se decía; pero 
no podian tener unos ni otra para el general Lavalle. No 
había, pues, miedo. 

Cada grupo describía á su modo la situación política, 
pero ninguno disentía en opinión respecto al triunfo cierto 
del Restaurador sobre sus inmundos enemigos. 

Según unos, la cabeza de Lavalle iba á ser puesta en una 
jaula en la plaza de la Victoria. 

Según otros, todo el ejército prisionero deiiia venir á ser 
pasado á cuchillo por la Sociedad popular^ en la plaza del 
Retiro. 

Las mujeres tomaban su parte también. Ellas declaraban 
que las unitarias, madres, esposas, hijas, hermanas de los 
traidores que traía Lavalle, les debiari ser entregadas para 
cortarles la trenza y tenerlas después á su servicio. 

Manuela no hacia sino volver los ojos de uno á otro grupo, 
oyendo «íse certámen del crimen, en el cual todos competían 
por ganarse el triunfo en la emisión de una idea mas crimi- 
nal ([ue las otras. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO IX. 


i 19 


Para Manuela eslo no era sorprendente, sin embargo, por- 
que la repetición de esta escena le había hecho perder su 
admiración primitiva. Pero tampoco gozaba de ella, porque 
en su corazón de veinte y dos años no podía ser música 
agradable un coro perpetuo de juramentos y de maldiciones. 
Ademas, la costumbre de tratar á aquella gente le había dado 
el conocimiento de su importancia real, y ella sabia que no 
tenian para su padre ni aun la noble íidelidad del perro; 
(lue no eran otra cosa que esclavos envilecidos que venian 
delante de ella á jactarse de un sentimiento que era en 
ellos, mas que otra cosa, la inspiración de sus instintos 
malo?, y de su conciencia sometida al miedo y á la voluntad 
de su amo. 

Pero en cambio, las demas mujeres gozaban por ella. 

La una admiraba la elocuencia de su marido. 

La otra renegaba del suyo porque no gritaba tanto como 
los otros. Pero se contentaba con que todos oyeran que ella 
hablaba por él. 

Y otra, en íin, se envanecía de poder repetir á Manuela 
las palabras de su marido, que esta no oia bien entre el 
tumulto. 

Mercédes Rosas, que también hacia parte de la reunión, 
se alegraba á su vez porque las miradas de los hombres se 
dirigían á ella á la par que ú Manuela, cuando hablaban del 
degüello y exterminio de los unitarios para defender así la 
federación, al Restaurador y á las federales, palabras galan- 
tes con que los oradores de aíiuella asamblea cortejaban á 
las amables damas que allí había. 

Y por último, Doña María Josefa Ezcurra gozaba por to- 
dos ellos y por todas ella?. 

Larrazabal acababa de declarar en alta voz, que él no 
esperaba sino la autorización de Su Excelencia para ser el 
primero que mojase su puñal en la sangre de los unitarios. 

— Eso es hablar como buen federal, dijo Doña María Jo- 
sefa en alta voz. Por la tolerancia de Juan Manuel se han 
ido del país los unitarios que hoy vienen con Lavalle. 

— Vienen á su tumba, señora, la contestó un hermano 
federal, y debemos felicitarnos de que se hayan ido. 

— No,*^señor, no, replico Doña María Josefa. Al seguro lle- 
van preso; y mejor habría sido el matarlos antes de que se 
fuesen. 


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120 


AMALIA. 


■ií 




: ;r- 


— ¡Cabal ! gritó Salomón. 

— Sí, soilor, cabal, prosiguió la vieja. Y no es lo peor 
la clemencia de Juan Manuel, sino que cuando él da una 
órdcn de prender á algunos unitarios, los comisionados se 
ponen a papar moscas., y los unitarios se les escapan. 

Los ojos de la vieja, clii ¡uitos, colorados y penetran- 
tei se clavaron en Guilino, que de pié, á dos pasos de ella 
arrojaba una bocanada del humo de su cigarro. ’ 

. Y no es peor tampoco que se les escapen, continuó, 
sino que cuando los buenos servidores de la federación les 
dicen dónde están escondidos, van allá y los mismos uni- 
tarios los embaucan como á mucbachos. 

Guitiño se dió vuelta. 

— ¿Qué, se va comandante Guitiño? 

No, señora Dona María Josefa, pero vo sé lo que meha^o 
— No siemjjre. “ ^ 

— Siempre, sí, señora. Yo sé matar unitarios v he dado 
pruebas de ello. Porque los unitarios son peores que perros, 
y yo no estoy contento sino cuando veo su sangre. Pero 
usted está con indirectas. 

— Me alegro que me haya comprendido. 

— Yo sé lo que me hago. 

— El comandante Guitiño es nuestra mejor espada, diio 
Garrigós. 

— xVsí se lo digo todos los dias á Peña para que aprenda, 

dijo Dona Simona González Peña, una de las mas entusias- 
tas íedeiales, y que ostentaba, mas que su entusiasmo 
unas hermosas barbas negras. * 

— Pero no es época de espadas, observó Doña María Jo- 
sefa, sino de puñal. Porque es á puñal que deben morir to- 
dos ios inmundos salvajes asquerosos unitarios, traidores á 
Dios y á la federación. 

— Así es, dijeron algunos. 

— El [)uñal, esa es el arma que deben tener los buenos 
federales, continuó Doña María Josefa. 

¡Cabal I el puñal! gritó Salomen. 

— i Sí, que mueran á puñal, á ¡luñal I repitieron otros v 

todos en s(>guida hicieron este magnífico coro de la fede- 
ración. ^ ^ 

— i A puñal, pero en el pescuezo! dijo Doña María Josefa 
relampagueándole los ojos. 


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PAUTE CUARTA. CAPÍTULO IX. 


1-21 


— Y que el cucliillo eslé mellado, con eso íes duele, 
agregó Gaetan hombre amulatado y de una ligura las mas 
repugnante posible. 

Yo lo que siento es que los serenos tengan fusiles, por- 
que Marino no quiere sino fusilar á los que llevan á su cuai- 

lel, dijo otro personaje de la reunión. . 

— ¡Vaya, si es muy escrupuloso este Marino! Por eso tuvo 
tantos miramientos con la viudita de Barracas. 

— lia dicho muy bien la señora Doña María Josefa : el 
puñal debe ser el arma de los federales, y en adelante yo 
daré mis órdenes, dijo Mariño queriendo lisonjear á aque- 
lla arpía para ([ue no continuase. 

— Que acabe el Restaurador con los que vienen, y nos- 
otros acabaremos con los que están dentro, dijo Garrigós 
embutido entre su alta corbata, como era su costumbre. 

— Á la primera órden que nes dé el Restaurador la pri- 
mera cabeza que corte yo, se la he de traer á usted. Doña 
Manuelita, dijo Parra. 

Manuela hizo un gesto de repugnancia y volvió los ojos 
á la mujer de Don Permin Irigoyen, que tenia á su lado. 

— Los unitarios son demasiado feos para que finiera ver- 
los Manuelita, dijo Tórres buscando el ponerse de acuerdo 
con la hija de su padre. 

— Así es, pero degollados se han de poner muy buenos 
mozos, contestóle Doña María Josefa. 

_ Si á la niña no le gustan ver esas cosas yo no le he 
de traer la cabeza que le he ofrecido, replicó Parra, pero 
los hombres, sí*, los hombres es preciso que veamos todos 
las cabezas de los unitarios, sean lindos ó feos, continuó 
dirigiéndose á Tórres; porque aquí no hemos de andar con 
gambetas. Toilos somos federales y todos debemos lavarnos 
las manos en la sangre de los traidores unitarios 
— I Cabal ! gritó Salomón. 

— Rso es hablar, dijo Merlo. 

— Y el que no (juiera hacer lo que los restauradores, que 
han de morir por el señor Don Juan Manuel de Rosas y su 
hija, que alce el dedo, flijo Gaetan. , ^ . 

- Mándeme Doña Manuelita, y mándeme donde quiera, 
que yo solo basto para traerle un rosario de orejas de los 

traidores unitarios. . 

Manuela volvió los ojos á todas las mujeres que allí ha- 


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IÍ2 


AMALIA. 


m\i 






Ijid. l>uscal)a alguna simpatiade sexo, alguna armonía blanda 
de espirilu, algún signo de resignación que la fortaleciese 
1 ero nada..... nada nada. Allí no liabia en hombres v mu- 

jeres sino hsonomías duras, encapotadas, siniestras, línesta 
oido.en ac|uella el vicio; en esa la abyección de la bestia 
en la otra la prostitución y el cinismo : hé ahí todo cuanto 
rodeaba a aqui'lla mujer jóven en cuyo corazón la natura- 
leza no había .<;ido avara quizá de afectos tiernos y delica- 
dos, pero en el cual la infernal escuela en que la ponía 
su mismo padre, estaba encalleciendo sus seniles libras 
al roce de las mas rudas y torpes impresiones. 

— I Sí, todos debemos contribuir á dar un grande eiem- 
plo para que la federación quede aíianzada sobre bases in- 
conmovibles do diamante I exclamó el diputado García con 
el (-'nfasis y a petulancia que era habitual á sus palabras. 

— lise será el diagrande de la patria, el dia que se apa- 

* 1 ' 'f libertad que nos devora, continuó el 

o ador. liebre santa r[ue no se apagará sino con la sangre 
de los esclavos unitarios. oauoiu 

Á propósito de liebre, dijo Marino al general Soler 
casi al oído, niiéntras el diputado continuaba su estupenda 
peroración ante su popular auditorio. Á propósito de liebre 

¿sabe usted general que el cura Gaete se nos va? 

— lie oído que está malo, ¿qué diablos tiene? 

— Una liebre cerebral espantosa. 

— jllolal 

— Do muerte. 

— ¿Desde cuándo? 

— í]roo que hace cinco ó seis dias. 

— i Malo I 

— ¡En todo el delirio no habla sino de magnetismo* de 

Arana, de dos que dice ól mismo que no quiere nombrar 
de una porción de disparates 1 ’ 

— ¿ Y al Gobernador no lo nombra? 

— No. 

— Entóneos puede morirse cuando quiera 

— Sin embargo, era un buen federal. 

— Y mejor borracho. 

— Dice usted bien, general, y es probable que el origen 
do su liebre sea de alguna tranca. 


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PAUTE CUARTA. CAPITULO IX. 1:::^ 

— De todos modos, si Lavalle triunfa, el diablo se liabia 
de llevar al fraile á las pocas horas. 

— Y á muchos con él. 

— ¿Á usted y á mí por ejemplo? 

— Puede ser. 

— Todo puede ser. 

— Y no es eso lo peor. 

— (itlómo, <> en o ral? 

— Digo que es lo peor el que no podemos asegurar que no 
li’iunfini. 

— Cierto. 

— Lavalle es arrojado. 

— Pero tenemos triple número de fuerza. 

*- Yo he tomado el cerrito de la Victoria con un tercio 
de fuerza de la que defendía su altura 

— Pero eran españoles... 

— ¡ Pues ! eran españoles. Lo que quiere decir, señor Ma- 
riño, que sabían batirse y morir paleando. 

— No son ménos valientes nuestros soldados. 

— Lo sé. Y luego, pueden ser vencidos como lo fueron 
los españoles, á pesar de su valor. 

— - Pero la justicia está de nuestra parte. 

■— Sobre el campo de batalla no hay justicia, señor Ma- 
riño. 

— Tenemos el entusiasmo. 

— Ellos también. 

— De manera que. ... 

— De manera que se van á batir, y el diablo sabe (luién 
ganará. 

General, estamos de acuerdo. 

— Va lo sé. 

— He querido saber sus opiniones de usted á esc res- 
pecto. 

— Ya lo sé también. 

— No me admira esa perspicacia, general ; usted ha vi- 
vido mucho en la revolución. 

— Me he criado en ella. 

— Pero nunca habria habido en ella un cataclismo peor 
que el que sufriríamos los federales, si triunfase Lavalle. 
^ Seria asunto concluido. 

— Para todos. 


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: : 1 


— !llsreSrm¿?tí? ^ 

-— Sí. 

— ¿Y por qué, general? 

— ¿Con franqueza? 

Sí, con fran([ueza. 

poTnlSorqnZ' ^ ^ 

— ¡ Oh 1 

Vo sé quü no deben quererme. 
paiabra.^'° ro-sliorquero, en el sentido de esa 

— Bien puede ser, pero como no liemos de tener un tri- 

cS»r « 

t..T'Í !r lícbe ser una cosa ton-ible, general So- 

leí I exclamó Marino meneando la calieza. 

— Esa es la palabra; yo la lie sufrido varias veces, v sé 
que os terrible. y se 

timo preciso que todos resistamos basta lo lil- 

— Quién sabe si podremos contar con todos 
— También tengo esa duda. 

voüícSeí^''^'""*^" naturales en todas las re- 

— 1 Allí y los enemigos encubiertos son los peores 1 

— Los mas terribles. 

— ¿QuiéV?”' escapan... Ahí tiene usted uno. 

— Ese que entra. 

-- Pero ese es un muchacho. 

— Sí, es mucbacbo do veinte y cinco años. Todo el mundo 

ir;s¿ssrss'’ "» - í 

— Eso no vale nada. 

— Ya lo sé, pero es unitario. 

— ¿Su nombre? 

— Bello; Daniel Bello; es hijo de un verdadero federal- 

k Sm|mñá.'““'' y g''an prestigio en 

— Entónces está bien guardado. 




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PARTE CUARTA. CAPITULO X. 

— El mozo esto es ademas muy prologido de Salomen, y 

entra V sale en todas partes. i . .i„ mn ni (tp- 

— Eiilónces, mi amigo, es preciso saludarlo, dijo e g 
ncml SokK ^ va está apuntado, contestó Marino, y arabos 
volvieron á los grupos. 


CAPÍTULO X. 

Continuación del anterior. 

Era en efecto Daniel Bello el que habla entrado al salón 
de Rosas; y después de atravesar por entre los concurrenT 
les dando fuertes apretones de mano á derecha 6 izquierda, 
fue á hacer sus reverencias á Manuela y á las federales da- 
mas de su corte. . , , , , 

Daniel llegaba vestido á la rigorosa moda de la federa- 
ción ; es decir, venia de chaqueta, chaleco punzó, grandes 
dividas y sin guantus. Pero la chaqueta, estaba pertectainente 
cortada, con doble botonadura, y vueltas de terciopelo negro 
en las mangas; sus botas eran de lustroso charol, su chaleco 
de rico casimir; sus manos eran delicadas, manos mujeriles 
puede decirse, y su cara la que le conocemos : bella, inteli- 
gente y sobre cuya sien jiálida caian sus lacios y lustro- 
sos cabellos, mas oscuros que sus ojos castaños, que á ve- 
ces, cor. la luz vivísima de su mirada, parecían ser del gris 
semioscuro de los ojos de Cristóbal Colon, según nos los 
describe el hijo del célebre almirante. Y todas estas condi- 
ciones reunidas eran mas que sulicienles para que Daniel 
fuera bien recibido de las damas; damas, por otra parte, 
que no podian menos de mirar complacidas aquel her- 
moso jóven que era de los pocos que á esa época usaban el 
chaleco puntó de la federación. Y el as, pues, que sabían 
la iactancia de las unitarias por los hermosos y elegantes 
jóvenes que halda en su partido, miraban con cierto orgu- 
llo á aquel que en el de ellas podia rivalizar en todo con el 

“^¿'íricirifseS Rivera hizo un lugar en 


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{í 


I5G 


AMALIA . 


1 : 


| - • 


el sofá en que estaba, pero tan estrecho que Daniel liabria 
tenido que sentarse sobre alguna parte del turgente muslo 
de la abundante hermana de Su Excelencia. Crimen político 
que estuvo muy léjos de querer cometer, v pretirió una si- 
lla al otro extremo del sola, junto á Manuela. 

Mercédes no retrocedió, sin embargo. Se levantó, tomó 
una silla, se sentó al lado de Daniel, y su primer saludo 
lúe darle un fuerte pellizco en un brazo, diciéndole al 
oído. 

— ¿Se ha hecho el que no ha visto, no? 

— He visto que está usted muy buena moza, señora, la 
contestó Daniel creyendo darla lo que buscaba. Pero aueria 
mas. ‘ . 

Desde ahora le digo una cosa. 

— Hable usted, señora. 

— Que quiero (lue me acompañe cuando nos vamos. Por- 
que hoy deseo hacer rabiar á Rivera yendo con un buen 
mozo ; porque es celoso como un tuiW; no me deja nires- 
piiai. ^0 le he de contar todo esto, ahora cuando nos 
vayamos. 

Tendré mucho honor, señora. 

— bueno. Hablemos fuerte ahora para que no se lijen. 
Manuela reclinaba su brazo en uno de los dos del sofá, 

y Daniel había elegido la silla que se juntaba con el ángulo 
en que estaba la joven, é inclinándose un poco podia con- 
versar con ella sin ser oido de los demas. Así lo hizo y la 
dijo : _ 

Si álguien gozara la felicidad y el honor de un Ínte- 
res especial por usted, señorita, esta“casa seria un rival peli- 
groso. 

— ¿Por qué, señor Bello? contestó Manuela con can- 
didez. 

— Porque la numerosa concurrencia diara que hay en 
ella di:traeria mucho la imaginación de usted. 

— ■ No, contestó Manuela con prontitud. 

•— Perdón, señorita : yo tengo el atrevimiento de poner en 
duda esa negativa. 

— Y sin embargo, he dicho la verdad. 

— ¿Cierto? 

— Cierto : yo liagm por no oir, y por no ver. 

Es una ingratitud entónces, dijo Daniel sonriendo. 


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i^' 


PARTE CUARTA. CAPITULO X. 


írt 


— No, es una retribución. 

— ¿De qué, señorita? 

— ¿Cree usted que mi silencio, ó mi displicencia les 
pueda disgustar. 

— ¿Y cómo no creerlo? 

— Entóneos yo les retribuyo el disgusto que ellos me 
causan con estarme hablando siempre de una misma cosa, 
que por otra parte yo no quisiera oir nunca. 

— Pero hablan del señor Gobernador ; de la causa que 
es común á lodos; hablan por el entusiasmo que los 
anima. 

— No, señor Bello, hablan por ellos mismos. 

— iOhl 

— ¿Lo duda usted? 

— Me sorprende á lo ménos. 

— i Porque usted no ocupa mi triste lugar todos los diasl 

— Bien puede ser por eso. 

— Eche usted la vista sobre cuantos aquí hay, y, ü ex- 
cepción de usted, yo no sé cuál de los que están esta noche 
en mi presencia ha venido con otro objeto que el de darse 
valimiento de federal á mis ojos, para que yo se lo repita 
á tatila. 

-r- Sin embargo, ellos sirven íielmente á nuestra causa. 
— No, señor Bello, ellos nos hacen mal. 

— ¿Mal? 

— Sí; porque ellos hablan mas de lo que debieran, y 
quizá no obran con la buena fe que yo quisiera para la 
causa de mi padre. Ademas, ¿usted cree que yo estoy con- 
tenta con estas mujeres y estos hombres que me rodean? 
— Cierto. Usted tiene mas talento que todos ellos. 

— No hablo de talento; hablo de educación. 

— Comprendo que deba mortificar á usted mucho la au- 
sencia de otra sociedad. 

— Hasta mis primeras amigas me han abandonado. 

— La época quizá. 

— No, es esta gente, cuya sociedad tengo que aceptar 
porque tatita lo quiere. Creo que es usted la única persona 
de calidad que me visita. 

— Sin embargo, aquí veo personas muy distinguidas. 

— Pero que se han empeñado en hacerse peores que las 
que no lo son, y lo han conseguido. 


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— ¡Qs L^Triüie cosal 

de este aburrida 

á estos hombres v á e“Ü ¿rf,n ^ diuerte 

tarios son nuStrís eSf *^n ‘ uní- 

estarlo repitiendo á emi mn necesidad hay de 

quenieeEran v 'nahiiciones 

odio que yo úí creo^ doiÍtL í, n’ «n 

pasiones ? ¿Qué necesid id -u] ^ ^'^capaz de 

á «lo, «„,,áp,“ lfca¿erí’coí?.S '‘° 
que se rae acerquen las^i)er«nnn^'ra ^‘"l^n^'endo así 
que yo quisiera ' <5 los amigos 

eilü *, ‘'.'J» 7" '' T,” 

jóvenes de su edad v de sií íilgunas 

la liicieran olvidaron raomer)(n\no*°“l “ ^'‘^‘‘‘njeran y 
en está época terrible para todos ^ive 

-¡Oh, cómo seria feliz entónces! 

reá¡m°“™ 7 ™'*“' 7 I»- 

- ¿Sí? ’ noraprenderia y la querria. 

— ¿De veras? 

rchtSVílS “" ““ '“S“ P^e™» 

~ íDliI ¿y quién és? 

misma. desgraciada, ó mas que usted 

— ¿Tan desgraciada? 

- Usted siquiera no es calumniada. 

cabeza^y fijm,dS^síÍs*Siofr^^^^^^ exclamó Manuela alzando su 
lo úoico^úe Jo no leslSé f 

clamP Manaol. 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO X. 


1^9 


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[1 

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3 

í 


Las conversaciones de los grupos eran tan animadas, que 
el diálogo de los dos jóvenes uo era percibido, sino espiado 
do vez en cuando por las miradas de Doña María Josefa y de 
Marino. 

— El tiempo ha de desvanecer todo eso, amiga mia, dijo 
Daniel con un tono de voz tan insinuativo y tierno, que Ma- 
nuela no pudo ménos de darle las gracias con una mirada 
dulcísima. Pero el tiempo es, por el contrario, el mayor 
enemigo de la persona de quien hablamos. 

— ¿Cómo? EspUíjuelo usted. 

—•El tiempo la hace mal, porque cada instante que pasa 
agrava su situación. 

— ¿Pero qué hay? ¿quién es? preguntó la jóven con una 
prontitud j^ropia de su carácter impaciente y vivo. 

— La calumnian políticamente. La hacen aparecer como 
unitaria y la persiguen. 

— ¿Pero quién es? 

— Amalia. 

— ¿Su prima de usted ? 

— Sí. 

— ¿y la persiguen? 

— Sí. 

— ¿Por órden de tatita? 

— A'o. 

— ¿De la policía? 

— No. 

— ¿y de quién? 

— Del que la persigue. 

— ¿Pero quién puede perseguirla? 

— Uno que se ha enamorado de ella, y á quien ella des- 
precia. 



— y . i 

— Perdón y hacen valer la federación y el respetable 1 

nombre del Restaurador de las Leyes, como instrumentos de / 

una venganza innoble é interesada. ^ | 

— i Ahí ¿quién es^ ¿quién es el que la persigue? t 

— Perdón, señorita, no puedo decido tc^avía. | 

— Pero, yo quiero saberlo para decirlo á tatita. | 

— Alguna vez lo sabrá usted. Pero tenga usted en ten- j 

dido (tue es persona de grande influencia. | 

— Tanto mas criminal entóneos, señor Bello. i 


130 


AMALIA. 


m' 


lil: 




— Lo sé. 

~ (Jila oosa. 

— fiable usted, señorita. 

— Quiero (jue traiga usted á Amalia. 

— ¿A<}uí? 

— - Sí. 

:\o vendrá. 

¿ :\o vendrá á nii casa? 

«liir sÜir"""^ *“'"■■• ” “"«» lil'e'-W l»ra 

sid¿;SSa“'‘“ "" fc'te <1«« su casa la. 

— i l’ero es inaudito 1 

— Ademas también, ella ha dejado su linda auint-, n,. 

^ « i» ‘Svt 

— I Infeliz I 

— Usted sin embargo, podría hecerla un gran servicio 

— ¿Yo? Hable usted, Bello. sei vicio. 

— Una carta de usted que ella nudiera en«r>M».|.u .s „ • 
se presentara sin órden del señor Gobernador ' ^^***^" 

— Lo ¡Im'ÍX",.”*' 

— Bien, escribiré mañana mismo. 

— Yo me atreveria á pedir á usted, que al escribir P^n 
carta, recordase que todos deben guardarse b en ^ In! 
el nombre del general Rosas y de la federación °™‘“’ 
ter injusticia 6 inferir insultos. 

— Bien, bien, comprendo, dijo Manuela radiante de ali> 
gria, con encontrar una ocasio¿ en que poder bi ^frH 
al ™or proiuo Je a, lucilos ,uc la i„c™„d,|,a“”,S; 

— Nuestra conversación, que yo sostengo con tanto ni-, 
cor, continuó Manuela, se prolonga demasiado nai"* no Hoa' 
|.«ar celos on toda esta giste á íule,™ teSuJ; "Simle'r 

"P! o!, 'i'ii?'* ®JoUil (a voluntad de lauta. 

Sus deseos de usted son órdenes aue vo rpsnr^fi *i)n 
usted me promete no olvidar la carta? ^ ‘ 




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T 

\ 


PAUTE CUARTA. CAPITULO XI. 


131 


— Sí; mañana misino la tendrá usted. 

— Bien. Gracias. 

Manuela no se Babia equivocado; el diálogo con Daniel 
empezaba á despertar celos en aquella especie de perros 
bambrientos de alguna sobra del banquete federal á ((ue 
asislian todas las noches, y cuya reina bacanal debia ser 
Manuela, la pobre víctima de la loca ambición del que la 
dió la vida. 

La nocbe estaba fria, pero Garrigós empezaba á sudar 
desde la frente, cubierta por la máscara de la hipocresía, 
hasta su cuello sumergido dentro su inmensa corbata; tal 
era cuanto Babia perorado aquel discípulo de fray Gerundio 
deGampazas; y toda la concurrencia esperaba que Manuela 
acabase su conversación particular, para irse á su casa á 
referir á sus allegados las palábras, las sonrisas, las accio- 
nes con que babian sido honrados por la señorita Doña 
Manuelita Rosas y Ezcurra. 

En efecto, no bien Daniel se volvió á Mercedes, y Manuela 
á la esposa de Mariño, cuando sucesivamente fueron lle- 
gando á despedirse de ella cuantos allí Babia; haciendo 
cada uno un cumplimiento á su modo. El uno la hacia un 
juramento de morir por ella y por su padre ; el otro la ofre- 
cía una cabeza; aquel unas orejas; y mas de uno la ofrecía 
trenzas de las salvajes unitarias ; todo para cuando llegara 
el dia de la venganza de los federales. 


CAPITULO X'i. 

De cómo empezó para Daniel una aveniura de Faublas. 

Por mas de un momento Dani(d llegó á creer con toda 
buena fe que se hallaba de 'Véras en el infierno. Se puede 
imaginar, pues, lo que oiria entre aquellas gentes, cuya so- 
ciedad buscaba Rosas para su hija. 

Manuela, aunque acostumbrada a este coro, se rubori- 
zaba, sin embargo, de que Daniel oyese aquel lenguaje que 
se le tributaba como boincnaje ilebido á su posición. Pero 
con esa elocuencia que aquel poseía en sus miradas, dióla 


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AMALIA. 

resignación por varias veces, acabando de convencerla de 
que Iiabia en él una remarcable superioridad sobre los 
otros. 

La sala quedó al fin despejada, y la señora Doña Mercé- 
des llosas de Rivera levantóse para retirarse. Y con aque- 
lla su candidez característica la dijo abrazándola. 

— Conque, liijiia, me voy, y me llevo á Bello para hacer 
rabiar á Rivera. 

Manuela lingió sonreírse. 

— No me deja, mujer, continuó la primera, está como 
nunca. Anoche basta me pellizcó; pero yo, nada.... lo be 
de hacer rabiar, liasta que deje de celarme. 

— ¿Conque se va usted, tia? 

— Si, hijita, pues, basta mañana. 

Y Mercedes imprimió sus labios y sus rubios lunares en 
la palida mejilla de su sobrina. 

— Á Dios, Manuelita. Descanse usted, la dijo Daniel dán- 
dola la mano, y con una expresión tan dulce y consoladora 
que tocada la sensibilidad de aquella desgraciada criatura^ 
sus OJOS se anublaron de lágrimas al quedarse completa- 
mente sola en su salón. 

Mercedes, entietanto, enlazó su brazó al de su compa- 
ñero, y ambos atravesaron el gran patio, salieron ála calle 
del Restaurador, y doblaron luego liácia al correo. 

La noche estaba íria. El pobre Daniel iba en cuerpo pero 
el calor de la rabia que llevaba al verse tomado por asalto 
le impedia lelizmente echar de ménos su capa. 

iXo, no vayamos tan ligero, dijo Mercedes. 

— Como usted quiera, señora, contestó Daniel. 

Sí, vamos des[)acio. y ¡ ojalá que encontrásemos á 
Rivera! 

— ¡Sí, sí, ojalá! 

— i Cómo rabiaría 1 

— ¿Es posible? 

— ¡Toma! 

¿Y, por supuesto, que me la quitaría á usted? 

— ¡Qué! vea usted. Voy á contarle una cosa. La otra no- 
che me encontró que venia de lo de Agustina con un mozo 
Me yió; y alrevesó á la vereda de enfrente. Yo que lo co- 
nocí en el acto, ¿qué le parece á usted que hice? 

— Lo llamarla usted. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XI. 


133 


— iQuó! Nada. Me hice la que no lo había visto. Empecé 

caminar y doblar calles. Casi perdí un zapato que me 

fiabia enchancletado. Pero, nada; siempre doblando ca- 
lles; y Rivera sigue que sigue, por la vereda de enfrente. 
Yo conocía que venia ardiendo, y dale; á próposilo lo ha- 
cia; hablaba despacio; me paraba de cuando en cuando; 
me reia de repente, hasta que al (in llegamos á casa, des- 
pués de haber andado mas de una hora, con Rivera por 
detras. Allí fue la buena : gritó, hasta que mas no pudo ; 
pero al cabo tuvo que venirse á las buenas; se hincó, me 
besó la mano; y después 

— Y después quedarían las paces hechas, como entre 
dos buenos esposos, la dijo Daniel interrumpiéndola, y 
persuadido ya, que lo mejor era sacar un alegre partido de 
la conversación con aquella original criatura. La mas ori- 
ginal, sin duda, en la familia de Rosas, donde todos los 
caracteres tienen alguna novedad; la mas original, pero la 
ménos ofensiva, y la de mejor corazón. Con ese apellido, 
tan histórico desgraciadamente, ninguna mujer ha obrado 
el mal; y ningún hombre ha dejado, mas ó ménos, de ha- 
cer sentir los arranques de su carácter despótico. 

— Y después quedarían las paces hechas, como entre 
dos buenos esposos, había dicho Daniel. 

— ¡Qué, no! después se fué á acostar á su cuarto 

— ¿Ah, tienen ustedes cuarto aparte? 

— Hace mas de dos años. 

— ¿Sí? 

— Y es por eso que lo hago rabiar. Yo paso unas sole- 
dades terribles, pero no cedo. Porque, mire usted, yo soy 
una mujer de pasiones violentas. Tengo una imaginación, 
volcánica; y no he encontrado todavía quien me com- 
prenda. 

— ¿Pero, señora, y su marido de usted? 

— ¿Mi marido? 

— Pues, el señor Rivera. 

-- ¡Marido! marido 1 ¿Pero hay cosa mas insoportable que 
un marido? 

— ¿Es posible? 

— Ao hav nada mas prosáico. 

¡Ah! 

— Mas material. 

II. 8 


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T ' 


134 


AMALIA. 


— ¿Sí? 

— Jamas la comprenden a una. 

— ¡ Pues ! 

— AdiMiias, Rivera, es tonto. 

— ¿También? 

— Pues, como todo hombre de ciencia. • 

^^gl' Qg^ 

— [Oh, si fuera un poeta, un artista, un jóven de pasio- 
nes ardientes! 

— ¡Ah, entóncesl 

— Alt, yo soy muy desgraciada, muy desgraciada; yo 
(¡ue tengo un corazón volcánico y (¡ue compiendo todos 
los secretos del amor. 


Cierto, es una desgracia, ser como usted es, Merce- 


ditas. 

— Así se lo digo todos los dias en su cara. 

— ¿Á quién? 

— Á Rivera, pues. 

— ¡Ah! 

— Se lo digo, sí, y a gritos. 

— ¿Lo que me lia dicho usted a mí? 

— Y mucho mas. 

— ¿Y él qué le dice á usted, señora? 

— ¡Nada. ¿Qué ha de decirme? 


— ¿Y no la hace á usted algo? 


— ¡Quél si no puede hacer nada. 

— i Es muy bueno ese señor Piivera! 

— Sí, es muy bueno, pero no rne sirve. Yo necesito un 
hombre de imaginación ardiente; un hombre do talento. 
Oh, un hombre así, para que nos enloqueciésemos juntos. 

¡Santa bárbara, señora! 

— Si : ilue nos enloqueciésemos; que estuviésemos Jun- 
tos todo el diá; que 

— ¿Qué mas, señora? 

— Que nos encerrásemos, aunque Rivera se enojase; y 
allí compusiéramos versos, y leyésemos juntos todas mis 
obras. 

— ¿Ah, es usted autora? 

— \ Pues nol 
Superior. 

— Estoy escribiendo mis memorias. 



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PARTE CU APTA. CAPITULO XI. 


135 


— Magnílico. 

— Desde antes de nacer. 

— |Gómo! ¿escribía usted sus obras antes de nacer? 

— No; cuento mi historia desde esa época, porque mi 
madre me refirió, que desde que estaba embarazada de cinco 
meses, ya le saltaba en el vientre, hasta el extremo de no 
dejarla dormir. Nací llena de pelo; y desde que tuve un 
año, ya hablaba de corrido. No hay pasión por que no haya 
pasado en el curso de mi vida, y tengo un cajón de la có- 
moda, lleno de cartas y rulos de pelo. 

— ¿Y el señor Rivera no anda por ese lado? 

— jToma! cuando lo quiero hacer rabiar, y él está viendo 

la calavera 

— ¿Qüé? 

— Sí, pues, hombre. Una calavera vieja que tiene en su 
cuarto; y en la que se poneá estudiar no sé qué cosas. 

— jAhl 

Pues, como le decia : cuando le siento en su cuarto, 
¿sabe lo que hago? 

— Vamos á ver. 

— Entreabro la puerta de su cuarto para que me vea 
por la rendija, y yo abro la cómoda y empiezo á sacar las 
cartas y á leer en el primer renglón de cada una: 

Mi querida Mercédes. 

Idolo de mi vida. 

Mi adorada 31ercedilas. 

Merceditas de todo mi corazón. 

Incomparable Mercó Ies. 

Mercedilas, luz de mis ojos. 

Mi Mercedes, estrella de mi vida. 

Rubiocila de toda mi alma. 

Y en fin, un millón de cartas, de cuando era soltera, que 
seria nunca acabar si las dijera. 

— ¿Y hasta qué época ha llegado usted en sus memo- 
rias? 

— Ayer he empezado á describir el dia en que salí de 
cuidado por primera vez. 

— ¡Importante capítulo I 

— Es una de las curiosidades de mi vida. 

— Pero, señora, eso es muy común. 



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136 


AMALIA. 


— ¡Qué! si fue una cosa asombrosa. Imagínese usted que 
salí de cuidado haciendo versos, y sin conocer el trance en 
que estaba. 

— ¡Admirable constitución! 

Así tuve mi primer hijo, y la mitad es en verso y la 
mitad en prosa. 

— ¿Quién, el niño? 

— No, la obra, pues; las memorias. 

— ¡Ah! 

Solo este zonzo de Rivera no les quiere dar mérito. 

— Será un hombi’e frió. 

— ¡ Gomo una nieve 1 

— Material. 

— ¡Gomo una piedra I 

— Sin espíritu. 

— ¡ Por supuesto! 

— Prosaico. 

■— ¡Ni leer sabe los versos siquiera! 

— Un hombre sin corazón. 

— ¡Diga usled que es un zonzo, y lo ha dicho todo! 

— Pues bien, diré con el debido permiso de usted, que 
su marido es un zonzo. 

— Eso es. Pero mire usted, asimismo lo quiero. Todas 
las mañanas él mismo va al mercado, y se viene con cuanto 
sabe que á mí me gusta. Me recuerda dándome palmadas, 
y me echa en la cama todo cuanto trae. Después, si el po- 
bre se enoja alguna vez, se viene á las buenas. 

— Gs una excelente condición. 

— No tiene mas, sino lo que le he dicho. No sirve para 
nada; y yo necesito un hombre frenético; un joven, de ta 
lento, varonil; que no me deje un solo instante. 

— Señora, vamos que ya estamos cerca, dijo Daniel 
viendo que su compañera acortaba cada vez mas el paso. 

— Sí, vamos. Le voy á leer á usted algo de mis memo- 
rias. 

— Perdón, señora, pero 

— No hay pero que valga. 

— Ya es muy tarde, señora. 

— No, no, si no ha de haber venido Rivera todavai. 

— Dispense usted, Merceditas, me es imposible. 

— Sí, sí, lia de entrar. 


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FAHTE CUARTA. CAPITULO XI. 


131 


En este momento llegaron á la puerta de la casa. 

— Otro dia. 

— No, ahora. 

— Me esperan en casa. 

— ¿Es alguna cita? 

— No, señora. 

— ¿No es mujer? 

— No, señora. 

— Júremelo. 

— Doy á usted mi palabra. 

— Entonces, entre. 

— No puedo, lo repito, señora, no puedo. 

— ¡ Ingrato 1 

Daniel dió una docena de furiosos golpes con el llama- 
dor, á lin de que vinieran cuanto antes, á sacarlo del trance 
en que se hallaba. 

— Pero qué, ¿de véras no entra usted? ¿Desprecia usted 
la lectura de mis memorias? 

— Otro dia, señora. 

— Bien, pero ese dia serñ mañana. 

— Haré lo posible. 

— Mire, hay un pato que dejó Rivera para cenar; entre, 
vamos á comérselo. 

— I Señora, si yo no ceno nunca! 

— ¡Entónces, mañana I 

-- Puede ser. 

— Bien; voy á tener listos los capítulos mas interesantes 
de mis memorias. 

— Buenas noches, Mercedilas. 

— Hasta mañana, contestó ella; y Daniel echóse, no á 
andar, sino á correr, luego que cerróse la puerta, y quedó 
en su casa la hermana de Su Excelencia el Restaurador de 
las Leyes, mujer todavía fresca, de hermoso busto y de un 
color alabastrino, pero de un carácter el mas romántico po* 
sible, sirviéndonos de una expresión de aquella época, 
usada para definir todo lo que salia del órden natural de 
las cosas. Y miéntras nuestro héroe sigue corriendo y rién- 
dose como un muchacho, no podemos ménos de pasar con 
el lector, á ciertos dias anteriores á este, para poder tomar 
y seguir el hilo de esta historia. 


8 . 


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CAPÍTULO XII. 





El despertar del cura Gaete. 

Aquel dia tan fatil pra Don Cándido Ilodrííruez, en quü ■ 

vió Trastada su tentativa de embarque clandestino, y en el : 

momento en que seaiíorcaba á la casa de Daniel, destilando 
agua todavía de sus empapadas bolas y calzones, su discí- 
pulo acomj)añaba hasta ia puerta de la casa al presidente 
de la Sociedad popular restauradora^ que babia venido en 
solicitud de una representación federal que \\x Sociedad de- ¡ 
bia dirigir al Ilustre Uestaurador de las Leyes, ofreciéndole 
de nuevo sus vidas, honor y fama durante la espantosa 
crisis que provocaban los inmun;los, traidores, asquerosos, 
unitarios. Representación que le fué ofrecida por Daniel en ; 

el acto, con un calor y una elocuencia federal, que dejó ¿ 

atónito al hermano de aquel enojadizo Don Genaro, que re- 
tribuia con leñazos el respetable nombre de Salomón, con 
que querían honrarlo los muchachos ; la representación le 
debia ser enviada al siguiente dia. I 

Y lleno de seguridad de que su nombre, después que 
íirmase ese memorable documento, pasarla de generación 
en generación, á recibir los aplausos de la mas remota pos- 
teridad, se despedia de su jóven amigo, decidido á darle 
también honor, vida y haberes, como modelo que era del * 
mas acendrado federalismo. Y se despedia de él, cuando 
llegaba el muy respetable secretario privado de Su Exce- 
lencia el gobernador delegado. ' 

— i Daniel! exclamó Don Gandido tomando del brazo á su i 

discípulo, I 

—'Entremos, mi querido maestro. } 

— No, salgamos, le contestó queriendo retenerle en el 

zaguan.Pero Daniel lo tomó del brazo y muy amablemente ^ 

lo introdujo á la sala. 

— ¡Daniel! 

— ¿Sabe usted, señor, que me asusta la entonación de su ¡ 

voz y el modo de mirarme? J 

— i Daniel! Estamos perdidos. 

— No todavía. j 





PAUTE CUARTA. CAPÍTULO XII. 


139 


— Pero nos percleinos. 

^ Es posible. 

— ¿Y no eres tú quien ha preparado esta suerte impía, 
eiilamitosa', adversa, que pesa y gravita sobre nosotros? 

— Puede ser. 

— ¿Y sabes lo que hay? 

•— No. 

— ¿Pero no te lo dice la conciencia? 

— xNo. 

~ ¡Daniel! 

— Señor, yo estoy de buen humor esta tarde, pero pa- 
rece que viene usted á quitármelo. 

— ¿De buen humor, y pendiente está sobre tu cabeza, y 
sobre la mia, que es lo peor, la ensangrentada guadaña de 
la negra parca? 

— Lo que me pone de mal humor no es eso, pon pie ya 
lo sé, sino el que usted no me dice lisa y llanamento lo 
que hay; que va á emplear média hora de circunloquios, 
¿no es verdad? 

— No, oye. 

— Oigo. 

— Seré rápido, violento, súbito en mi discurso. 

— Adelante. 

— Tú sabes que soy secretario privado del ministro, 
ahora gobernador delegado. 

— Estoy, 

■— Voy todas las mañanas, y escribo lo que hay que co- 
piar, aunque con trabajo; pues has de saber que la escri- 
tura, Ja buena escritura, pertenece únicamente á la edad 
juvenil, ó mas propiamente dicho, á los treinta años, pues 
que ántes de esa época de la vida el pulso está muy in- 
quieto, y después, la vista está muy débil y poco llexibles 
los dedos; efecto es todo esto de la sangre que, según di- 
^'on, corre con mas ó ménos celeridad, según los añus 
6u que está el hombre, y según la salud, aunque en mi 
Opinión 

— ¡Santa Bárliara bendita 1 Me va usted á hacer una di- 
sertación. 

— Retrogrado. 

— Ríen. 

— Me circunscribiré 


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! ^ 


140 


AMALIA. 


— Mejor. 

— (ilsla mañana, pues y Djn Cándido hizo á Daniel 

la relación de cuanto le liabia ocurrido en lo de Arana, en 
el convento y en el muelle, empleando u la buena niédia 
hora en unos -doscientos adjetivos y un buen par de docC' 
ñas de episodios. 

Daniel oia, meditalja y formaba su plan con aquella ra- 
pidez de percepción y de cálculo que le conocemos. 

— ¿Conque se incomodó mucho con la cosa del sonam- 
bulismo? preguntó á Don Cándido con los ojos fijos en el 
suelo, y su mano jugando maquinalmente con su barba. 

— Mucho; primero estaba perplejo, indeciso, fluctúan te : 

después se iridtó y 

— ¿Y miraría sucesivamente al señor Don Felipe y á 
usted durante esa perplejidad de que usted habla? 

— Sí, puso una cara que me parecía de un loco. 

— (Dudaba Es criminal y es ignorante, luego es su- 

ceptible á la superstición.) 

— ¿Quó estás hablando entre dientes, Daniel? 

— Nada, estoy sonámbulo. 

— ¿Y no es terrible? 

— ¿Doña Marcelina le ha dicho á usted que el cura Cáete 
quedaba durmiendo la siesta? 

— Sí. 

— ¿Qné hora seria? 

— Tres y média á cuatro. 

— Son las cinco y cuarto, dijo Daniel viendo su reloj. 

— Y que habia comido con las sobrinas de Doña Marce- 
lina. 

— Entonces ha bebido mucho, continuó Daniel como 
para sí mismo. 

— Y bien, ¿qué dices? ¿Qué hacemos? 

— Salir y andar de prisa, dijo Daniel levantándose, y 
pasando á sü alcoba, donde tomó sus pistolas y su capa. 

Volvió á la sala y dijo á Don Cándido : 

— Vamos, señor. 

— ¿Adórnie? 

— Á salvarnos de la persecución de Cáete, porque estos 
no son momentos de vivir con gente á las espaldas. 

— ¿Pero dónde vamos? ¿Corremos acaso algún peligro? 

— Vamos, señor, ó de lo contrario esta noche ó mañana 


'L 


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tiene usted que liabérselas con el cura Gaete y dos ó tres 


PAUTE CUARTA. CAPÍTULO XII. 



de sus amií^os. 

— ¡ Daniel! 

— 1 Fermín! cierra; si alguien viene, que estoy ocupado. 
Y Daniel, después de dar esta órden á su fiel criado, se 

embozó en su capa; y, con Don Cándido arrastrado magné- 
ticamente, enfiló la calle de la Victoria, dobló hacia Barrá- 
cas, luego hacia el este, después de andar algunas cuadras, 
y fué á salir á la plaza de la Residencia, en los momentos 





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r ■ 


142 


AMALIA. 


Á pocos minutos de marclui Daniel y su compañero lle- 
garon á la puerta de Doña Marcelina en la calle de Cocha- 
bamba, como sabe el lector. 


La puerta tenia abierta una de sus hojas, y en el pe- 
queño patio no se vcia á nadie; la calle estaba sollama. 


El jóven tomó la hoja de la puerta y la cerró, ([ue- 
dando él y Don Cándido en la calle. Después de cerrada 
tocó suavemente el picaporte. 

Nadie salió. 


Volvió á llamar un poco mas fuerte; y entónces el ruido 
de un crujiente vestido de seda le hizo conocer que se 
acercaba la dueña de aquella solitaria mansión. 


dida, y en desórden sus espesos y denegridos rizos, asomó c! 
su redonda y moreniza cara, en quién la expresión de la |j 

sorpresa puso su sello al ver los huéspedes que acababan jí 


respondió Doña Marcelina. 

Adelante, j)ues, dijo Daniel empujando suavemente á 
Doña Marcelina, y arrastrando á Don Cándido en los mo- 
mentos en que pasaba por su mente la idea de tomar la 
carrera. 


— ¿Qué hacéis, temerario? exclamó Doña Marcelina. 

— Cerrar la puerta. 

Y en efecto corrió el cerrojo de ella. 


sion de una resolución vigorosa. 

Doña Marcelina estaba estupefacta. 

Don Cándido creia llegada su última hora, y una especie 


La puerta entreabrióse, y Doña Marcelina, toda despren- 


de tocar sobre las puertas de su Edén. 


e 

í: 


I 


Pero la inspiración dramática no se cortaba jamas en 
aquella hija de la literatura clásica, y su estupor no le im- 
pidió la aplicación de un verso de la Argia : 


— a Solo, sin armas, 

¿Qué pretendéis hacer? Volved al campo. 


— ¿Se ha despertado Cáete? 


— « Sus miembros fatigados 
Gozan del sueño la quietud sabrosa. » 


La íisonomía de Daniel tenia en aquel momento la expre- 


rí 


de cristiana resignación empezaba á es])arcirse por su 
alma. 





• rt rj j • r; íjrrtTpftt ^ 



PARTE CUARTA. CAPITULO XII. 


143 


_ ¿Cuáles (le las sobrinas de usted están en casa? 

— Gertrudilas solamente; Andrea y las otras acaban de 
salir. 

— ¿Dónde está Gertrudis? 

_ peinándose en la cocina, porque el fraile está en 
el aposeiiio, y yo estaba en la sala reclinada en mi lecho. 

— Bien. Usted es una mujer de talento, Doña Marcelina; 
y con una sola mirada de su brillante imaginación al- 
canzará todo el cuadro que va á desenvolverse á sus ojos, 
ó mas bien á sus oídos, porque usted oirá todo desde la 
sala. 

— ¿Pero habrá sangre? 

„ \o, usted me dará su opinión después, como liUTata. 
Quiero en el zaguan hablar con Gertrudilas, cuando me 
disponga á salir. 

— Bimi. ^ ^ 

— Traigo algo para ella y para usted. 

— ¿Pero dónde va usted á entrar? 

— Á ver á Gaete. 

— ¿ÁGaele? 

— Silencio. i 

Y Daniel tomó de la mano á Don Gandido y entro á la 
sala, miéiilras Doña Marcelina se fué á hablar a su Ger- 

La s^aáa estaba casi on tinieblas, pero á la débil claridad, 
ctue entraba de la luz crepuscular por la rendija de un pos- 
tigo el ióven se acercó á él, lo abrió y pudo entónces elegir 
el objeto nue deseaba : este no era otro (jue la in mensa 
colcba de zarazas del enorme lecho de Doña Marcelina, en 

que acababa de estar miinada. • 

— Uaniel tomó la colcha, dió una punta a Don Gandido 
y le hizo señas de que la torciera á la derecha nuéntras 

' Don Sudo creyó con toda bueda fe que se trataba de 
ahorcar al reverendo cura, y á pesar de todo el peligro que 
corria viviendo su enemigo, la idea de un asesinato le cu^ 
jó la sangre. Daniel que adivinaba y estaba en ‘odo^, se oi>- 
rió y tomando la colcha ya torcida, miró a Don Gandido y 
» «o indtó sol.™ los laWos. 6. sego.Js aocrcO*. 
i la puerta del aposento, y el ronquido áspero, sonoio y 
5,111.2 oon cluo sallad airo pulmonar porla ontro- 



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14i 


AMALIA. 


: 1 


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abierta boca del cura Gaete, Je convenció de que allí se 
podia entrar sin muchas precauciones de silencio, y entró 
en efecto con Don Cándido pegado á su levita. 

Entreabrió uno de los postigos que daban al patio, y á 
la débil claridad de la tarde distinguió al cura de la' Pie- 
dad, tendido sobre un catre de lona, boca arriba, en man- 
gas de camisa, cubierto con una frazada basta medio cuerpo, 
y durmiendo y roncando á pierna suelta. 

Tomó una silla, colocóla muy despacio á la cabecera, 
entre el catre y la pared, hizo señas á Don Cándido de pasar 
á sentarse en ella, y luego que vió que su maestro habia 
obedecido maquinalinente, como estaba haciendo todo, puso 
él otra silla en el lado opuesto. En seguida dió á Don Cán- 
dido, por encima del dormido, una de las puntas de la col- 
cha torcida, haciéndole seña de que la pasase por bajo del 
catre. Obedeció Don Cándido, y en diez segundos Daniel 
dejó perfectísimamente bien atado al dignísimo sacer- 
dote de la federación : atado por la mitad del pecho contra 
el catre, pero de tal modo que las puntas del nudo venian á 
quedar del lado en que el jóven iba á sentarse. 

Hecha esta operación, se acercó á la ventana y dejó ape- 
nas la suficiente luz para que los ojos que iban á abrirse 
distinguiesen los objetos; dió enseguida una de sus pisto- 
las á Don Cándido, que la tomó temblando; le dijo al oído 
que repitiera sus palabras cuando le hiciera señas y se 
sentó. 

Cáete roncaba estrepitosamente cuando Daniel exclamó 
con una voz sonora y hueca : 

— {Señor cura de la Piedad I 

Cáete dejó de roncar. 

— j Señor cura de la Piedad! 

Cáete abrió con dificultad sus abotagados ojos, dió vuelta 
lentamente su pesada cabeza, y al ver á Daniel, su párpados 
se dilataron; una expresión de terror cubrió su rostro, y á 
tiempo de querer levantar Ja cabeza, exclamó Don Cándido 
del otro lado : 

— j Señor cura de la Piedad I 

Es imposible poder describir la sorpresa de este hombre 
al dar vuelta hácia el lugar de donde salia esa nueva voz, 
y encontrarse con la cara de Don Cándido Rodríguez. Por 
un minutoestuvo volviendo su cabeza de derecha á izquierda; 


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PARTE CUAIITA. capítulo XII. 145 

y como si quisiera convencerse de que no soñaba, hizo el mo- 
vimiento de incorporarse, sin precipitación, como dudando, 
pero la banda, que estaba atravesada sobre su pecho y sus 
l)razos, le impidió levantar otra cosa que lacal)eza, que in- 
mediatamente cayó otra vez sobre la almohada. Pero esto 
no era todo. Al tiempo de descender la cabeza, Daniel puso 
la boca de su pistola sobre la sien izquierda, y Don Cán- 
dido, á una seña del joven, puso la suya sobre la sien de- 
recha ; y todo esto sin hablar una palabra, sin hacer un gesto, 
y sin moverse cada uno de su posición . 

El fraile cerró los ojos, y una palidez mortal cubrió su 
frente. 

Daniel y Don Cándido retiraron las pistolas. 

— Señor cura Cáete, dijo el jóven, usted ha entregado 
su alma al demonio, y nosotros, á nombre de la justicia 
divina, vamos á castigar al que ha cometido tamaño cri- 
men. 

Don Cándido repitió las últimas palabras de Daniel, con 
una entonación y énfasis á que él quería dar todos los visos 
de sobrenaturales. 

Un sudor abundante y frió empezó á correr por las sienes 
del cura Cáete. 

— Usted ha jurado asesinar á dos personas que se nos 
parecen ; y ánics de que usted cometa ese nuevo crimen, va- 
mos á m.andarlo á los iníiernos. ¿ Es verdad que usted ha 
hecho la intención de asesinar esos dos individuos, juntán- 
dose con tres ó cuatro de sus amigos? 

1^ fraile no respondía. 

— - Responda usted. 

— i Responda usted! dijeron Daniel y Don Cándido, po- 
niendo otra vez la boca de sus pistolas sobre las sienes del 
fraile. 

“-Sí; pero yo juro por Dios 

— [Silencio! No nombre usted á Dios, dijo Daniel cortando 
la voz trémula y hueca del espantado fraile, cuyo semblante 
empezó á cubrirse de un color rojo, salpicándosele la Irente 
de manchas amoratadas. 

— 1 Apóstata, renegado, impío, tu hora ha llegado, mi po- 
derosa mano va á descargar el golpe! exclamó Don Cándido 
que habiendo comprendido que ya no había peligro quería 
portarse como un héroe. 

n. n 


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146 AMALIA. 

— ¿De dónde iba usted á sacar los compafíeros con que 
pensaba cometer ese crimen? preguntó Daniel. 

Gaete no contestó. 

— [ Responded 1 gritó Don Cándido con una voz sonora. 

— ¡Responded! gritó Daniel al mismo tiempo. 

— Iba á pedírselos á Salomón, contestó el fraile sin abrir 
los ojos y con una voz cada vez mas trémula. 

Su respiración empezaba á hacerse difícil. 

— ¿Qué pretexto iba usted á darle? 

El fraile no respondió. 

— Hable usted. 

— Hable usted, repitió Don Cándido poniendo de nuevo 
su pistola sobre la sien de Cáete. 

— ¡Por Dios! exclamó, queriendo incorporarse, y vol- 
viendo á caer sobre la almohada. 

— ¿Tiene usted miedo? 

— Sí. 

— Pues usted va á morir, dijo Don Cándido. 

Un rugido, acompañado de un sacudimiento de cabeza, se 
escapó del oprimido pecho de aquel hombre : su sangre 
empezaba á afluir copiosamente á su cerebro. 

— Usted no morirá si se convence de que jamas se ha 
encontrado en esta casa con las personas á quienes quiere 
perseguir, dijo Daniel. 

— ¿Pero y ustedes quiénes son? preguntó el fraile 
abriendo los ojos y volviendo con dificultad de uno á otro 
lado la cabeza. 

— Nadie. 

— Nadie, repitieron maestro y discípulo. 

— Nadie exclamó Gaete volviendo á cerrar los ojos, y 
sufriendo un golpe de convulsión en lodos sus mien- 
bros. 

— ¿No comprende usted lo que le ha pasado y lo que le 
pasa ahora mismo? 

Cáete no respondió. 

— Usted está sonámbulo, y su destino es morir en ese 
estado el dia mismo en que intente hacer el menor daño á 
las personas que cree estar viendo. 

— Sí, exclamó Don Cándido, estáis sonámbulo, y mori- 
réis sonámbulo, de muerte horrible, desgarradora, cruenta, 
el dia que penséis siquiera en las respetables personas á quie- 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XII. 


1*7 


nes teniais sentenciadas. La justicia de Dios está pendiente 
sobre vuestra cabeza. 

Gaete apenas cntreoia. Un segundo sacudimiento con- 
vulsivo indicó á Daniel que un accidente apoplético estaba 
cercano de aquel miserable; y desatando entonces el nudo 
de la colcha que le oprima el pecho, hizo una seña á Don 
Cándido y ambos salieron en puntas de pié : Gaete no los 
oyó salir. 

Doña Marcelina y Gertruditas habian oido todo desde la 
puerta de la sala, y trémulas estaban con la risa. 

— Doña Marcelina, la dijó Daniel en el zaguan,su talento 
de usted es suficiente para adivinar cómo debe continuarse 
esta escena. 

— Sí, sí; el sueño de Oréstes, ó el de Dido con Siíjueo. 

— Justamente. Eso es lo que ha tenido : un sueño, y 
nada mas. 

— Gertruditas, esto es para usted, continuó Daniel po- 
niendo un billete de 500 pesos en manos de la sobrina déla 
ilustrada tia, fiue lo tomó no sin oprimir ligeramente aque- 
lla mano de que tan á menudo recibían obsequios, sin que 
su hermoso dueño pidiese por ello ningún favor a los ani- 
mados ojos de las cuatro sobrinas huérfanas y abandona- 
das en el mundo, como decía su respetable tia, en cuyas 
manos puso el jóven otro billete del mismo valor, saliendo 
en seguida á la calle de Gochabamba. 

Cuatro horas después de esta escena el cura Gaete tenia 
rapada á navaja toda su cabeza, sin sentir cuatro docenas 
sanguijuelas que se entretenían en chuparle la sangre 
tras de las orejas y en las sienes; y cuatro dias después 
g 1 médico de Su Excelencia el Restaurador, y el doctor Cor- 
dero, no respondían aun de la importante vida del predica- 
dor federal. 

Entretanto, Daniel estaba perfectamente libre de la per- 
secución que lo amenazaba en esos momentos en que él ne- 
cesitaba tanto de su seguridad, por su patria, por su querida 
y por sus amigos. Y como un cuerpo de reser\a, en la no- 
che de esa escena, le mandó al presidente Salomón su poi- 
tentosa representación, adivirtiéndole que había pasado 
^oda la tarde ocupado en su importante redaciou. 


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AMALIA. 



CAPÍTULO Xlll. 


La casa sola. 


Siguiendo el camino del Bajo que conduce de Buenos 
Aires á San Isidro, se encuentra, como á tres leguas de la 
ciudad, el paraje llamado los Olivos, y también cuarenta ó 
cincuenta ¿irbüles de eso nombre, resto del aniiguo bosque 
que dió el suyo á ese lugar, en donde mas de una vez acam- 
paron en los años de 1819 y 20 los ejércitos de mil á dos 
mil hombres que venian á echar á los góbiernos, para 
al otro dia ser echados á su vez los que ellos colocaban. 

Los Olivos^ sobre una pequeña eminencia ñ la izquierda 
del camino, permiten contemplar el anchuroso rio, la dila- 
tada costa, y las altas barrancas de San Isidro. Pero lo que 
sobre ese paraje llamaba mas la atención en 1840, era una 
pequeña, derruida y solitaria casa, aislada sobre la barranca 
que da al rio, á la derecha d(d camino : propiedad antiguado 
la familia de Pelliza, pleiteada entóneos por la familia de 
Ganaveri,yque era conocida por el nombre déla casa sola. 

Abandonada después de algunos años, la cosa amenazaba 
ruinas por todas partes, y los vientos del sud-oesteque ha- 
bían soplado tanto en el invierno de I840habrian casi com- 
pletado su destrucción, si de improviso, y en el espacio de 
tres dias,' no hubieran refaccionádola, y héchola casi de 
nuevo como por encanto, en toda la parte interior del edi- 
íicio, dejándole sin mínima compostura en toda su parte 
exterior. 

— ¿Quién dirigía la obra? ¿Quién mandaba hacerla? 
¿Quién iba á habitar esa casa? i\adie lo sabia, ni lo interro- 
gaba, en momentos en que, federales y unitarios, lodos 
tenían que pensar en asuntos muy serios y personales. 

Pero el hecho es, que las paredes, antes derruidas, que- 
daron en tres dias primorosamente empapeladas; asegu- 
rados los tirantes; allanado el piso; nuevas las cerradu- 
ras de las puertas, y puéstose vidrios en todas las ven- 
tanas. 

Y en aquella mansión, que todo el mundo conocía por 



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PARTE CUARTA. CAPI : U LO XIII. 


119 


el nombre de Ui casa sola, habitada poco antes por algunas 
aves nocturnas; sobre cuyas cornisas aliatidas resbalaban 
las alas poderosas de nuestros vientos de invierno, miéntras 
que al pié de la barranca en que se levantaba, se quebraban 
en las negras peñas las azotadas olas del gran rio, coiifun- 
iliendo su salvaje rumor con el que hacían los viejos olivares 
mecidos por el viento, y apenas á tres cuadras de aquella 
solitaria y misteriosa casa; en ella decíamos se veia ahora 
el sello de la habitación humana; y lo que es mas, de la 
habitación humana y culta. 

Las pocas y peí[ueñas habitaciones estaban sencilla pero 
elegantemente amuebladas; y al áspero grito de la lechuza 
habia sucedido allí el melodioso canto de preciosos jilgue- 
1‘os en doradas jaulas. 

En el centro de la pequeña sala, un blanquísimo mantel de 
hilo cubría una mesa redonda de caoba, sobre la que estaban 
dispuestos tres cubiertos, y cuya porcelena y cristales re- 
flectaban la luz de una pequeña pero clarísima lámpara solar. 

Eran las ocho y media de la noche, y la luna, llena y pá- 
lida, se levantaba de allá del fondo de las aguas por la mano 
de Dios, y presentada al mundo. 

Una franja de luz, desde el pié de la tierna viajera de la 
noche, atravesaba el rio, y parecía, sobre su superíicie mo- 
vediza, una inmensa serpiente con escamas de nácares y 
plata. 

La noche era apacible. Las estrellas poblaban el azul del 
firmamento, y una brisa sutil, y perfumada en los jardines 
fie nuestro Parana, pasaba por la atmósfera, como el sus- 
piro enamorado de las sílfidos que vagaban en aquel mo- 
mento entre los tiernos rayos de la luna, bebiendo el éter 
y jugando con la luz diamantina pero tenue de nuestros 
astros meridionales. 

Todo era soledad y poesía; todo diañinidad y calma en 
la naturaleza, allí, á orillas de ese rio, testigo tantas veces 
y en ese instante de la tormenta desencadenada en las pa- 
siones de todo un pueblo. 

Las olas se escurrian muellemente sobre su blando y are- 
noso lecho, y por un momento parece que el invierno ha- 
ifia plegado sus nevosas y agostadoras alas : y en la brisa 
del norm un aliento primaveral se respiraba. 

Al pié de la barranca, que declinada suavamente hasta 


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150 AMALIA. 

la orilla dd rio, parada sobre un pequeño méilano, ¿pocos 
pasos del linde délas olas, una mujer contemplaba extática 
la aparición de la redonda luna, saliendo muellemente de 
las ondas. La serpiente de luz venia á quebrar sus últimos 
anillos junto aquella misteriosa criatura, y las aguas llega- 
han con respeto á derramar su blanca espuma en la arena 
en que se acolchonaba su delicado pié, con ese murmullo 
del mar tranquilo que parece el canto misterioso con que 
anmlla al genio del espacio, cuando duerme quieto sobre 
su lecho de olas. 

Los ojos de esa mujer tenian un brillo astral, y. su mi- 
rada era lánguida y amorosísima como el rayo de la cán- 
dida frente de la luna. 

Sus rizos, agitados suavemente por el pasajero soplo de 
la brisa, acariciaban su mejilla, pálida como iatlor-del-aire 
cuando el sol la toca ; y los encajes de su cuello, descu- 
briéndolo furtivamente, dejaban ver el alabastro de una 
garganta que, léjos de esas horas primeras de la noche, 
liabria parecido una de esas columnas del crepúsculo ma- 
tutino, que se levantan, blancas y trasparentes como el már- 
mol de Ferrara, entre los estambres dorados del oriente. 

Su talle, ceñido por un jubón de terciopelo negro, pare- 
cía sufrir con resistirse á las ligeras corrientes de la brisa 
y no doblarse como el delicado mimbro de la rosa; y los 
j)liegues de su vestido oscuro, englobándose y desmayán- 
dose de repente, parecían querer levantar en su nube aque- 
lla diosa solitaria de aquel desierto y amoroso rio. 

Fsa mujer era Amalia Amalia en quien su organización 
impresionable y .su imaginación poética estaban subyuga- 
das por el atractivo imperio de la naturaleza, en ese mo- 
mento y bajo esa perspectiva de amor, de melancolía y 
dulcedumbre, crispido el cielo por el millar de estrellas que, 
como un arco de diamantes, parecían sosleiier engarzada la 
trasparente perla de la noche, cuando tudos los síntomas 
hiemales habían huido bajo una brisa del trópico. Y el alma 
sensible y delicada de la joven, sufriendo uno de esos de- 
lirios deleitables, que oia y veia con su espíritu léjos del 
mundo material de la vida, sumergida en ese otro sin forma 
ni color, donde campean los espíritus poetizados en los 
vuelos de su enajenación celestina. 

Ella no veia ni oia con los sentidos, y el leve rumor que 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XIII. 


151 


de repente hicieron las pisadas de un hombre cerca de ella 
no la hicieron volver su bellísima cabeza del globo argen- 
tino que contemplaba en éxtasis. 

Un hombre habia descendido de la barranca. Sus pasos, 
precipitados al principio, se moderaron luego, á medida 
que fué aproximándose á la solitaria visitadora de aquel 
poético lugar. 

Una especie de contemplación religiosa pareció embargar 
el ánimo de ese hombre, cuando á dos pasos de Amalia 
cruzó sus brazos al pecho y se puso á admirarla en silen- 
cio. Pero un suspiro hizo traición de repente á su secreto, 
y, volviendo súbitamente la cabeza, la jóven dejó escapar 
una exclamación de sus labios, á tiempo que su cintura 
quedó presa entre las manos de aquel hombre, arrodillado 
ante ella. 

Ese liombra era Eduardo. 

— I Amalia 1 

— i Eduardo 1 

Fueron las primeras palabras que exclamaron. 

— I Ángel de mi alma, cuán bolla estás así I dijo el jóven 
continuando de rodillas á los pies de su amada, mientras 
sus manos oprimian su cintura, y sus ojos se extasiaban 
en la contemplación de su belleza. 

-- Pensaba en ti, dijo Amalia poniendo su mano sobre la 
cabeza de Eduardo. 

— ¿Cierto? 

— Sí; pensaba en ti; te veia, pero no aquí, no en la 

tierra; te veia á mi lado en un espacio diáfano, azulado, 
bañado suavemente por una luz de rosa, respirando un 
ambiente perfumado, y embriagado de una armonía celeste 
úue vibraba en el aire; te veia en uno de esos instantes de 
éxtasis en que una fuerza sobrenatural parece despren- 
derme de la tierra. . 

— jOb, sí, tú no eres de la tierra, alma de mi alma. dijo 
Eduardo sentándose en el declive del pequeño médano y 
colocando á Amalia al lado suyo, su pié casi tocando las 
espumosas y rizadas ondas. 

— Tú no eres de la tierra, continuó. ¿No ves qué majes- 
tad, cuánta belleza sobre el pálido rostro de la luna? pues 
hay mayor majestad, mayor encanto sobre tu frente ala- 
bastrina. ¿Yes esa luz se“ diria que se difunde bajo la bó- 


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152 


AMALIA. 


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veda del cielo? pues mas bella es la luz de tus miradas 
mas tierna y melancólica que el rayo azul de estos dia- 
man tes de la noche. jOIi ! ¡ por qué no puedo remontarme con- 
tigo al mas espléndido de esos astros, allí, coronada de luz 
llamarte la reina, la emperatriz del universo ! ¡ Ah 1 1 cuánto 
te amo, Amalia, cuánto te amo! Con mis manos yo quer- 
na cubrir la delicada ílor de tu existencia, para que los 
rayos del sol no ajaran su belleza ; y con el aliento abra- 
sado de mi pecho yo quisiera ausentar el invierno de tu 

— I Eduardo I Eduardo! 

-- ¡ Cuán bella estás, Amalia! Y Eduardo echaba á la es- 
palda los nzos de su a nada para que todo su rostro fuese 
bañado por los rayos plateados de la luna. 

— Eres feliz, Eduardo, ¿no es verdad? 

í y® no envidio á tu lado la existencia 

inefable de los ángeles Mira : ¿ves aquel astro, al 

ma.s brillante que tiene el firmamento? Lo ves ? ese es el 
nuestro, Amalia; esa la estrella de nuestra felicidad* ella 
irradia, y brilla y resplandece como nuestro amor en nues- 
tras almas, como nuestra felicidad á nuestros propios oios 
como tu belleza irradia y brilla y resplandece á mi alma* 

— ¡i\oI no! 

— I Amalia! 

— i No; es aquella! dijo la jóven extendiendo su mano y 
señalando una pequeña y pálida estrella,que parecía pronta 
a sumergirse en el confln del rio. Después, su espléndida 
cabeza se inclinó sobre el hombro de su amado, y sus ojos 
se clavaron sobre el cénit azul del lirmamento. 

— [Eduardo I Eduardo! exclamó la jóven con ’susoios íüos 

en las estrellas. ■ 

— Vivo para ti, Amalia. 

Tú me has reconciliado con la esperanza, Eduardo. 

— Yo no envidio á tu lado la existencia inefable de los 
ángeles, Amalia. 

Yo he conocido á tu lado que la felicidad no era un 
delirio de mi vida. 

■— Vivir para ti, Amalia. 

— Respirar siempre, siempre un perfume de lélicidad 
como esta que nos embriaga. 

— Beber tu risa. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XIII. ioó 

— |0h ! soy feliz; sí, feliz. 

— Oir siempre de tus labios una palabra de carino 

Amalia, la esplendidez del dia, la melancólica hermosura 
de la noche, el universo entero desapo rece á mis ojos cuando 
tn imágen me preocupa; y como tu imagen está lija y 
grabada sobre mi alma, solo Dios y tú existen para mi 
corazón.... tú me amas, ¿no es verdad ? ¿tú aceptas en el 
mundo mi destino, es verdad ? 

— Sí. 

— ¿Cualquier que él sea? 

— Sí, sí, cualquiera. 

— 1 Ángel de mi alma I 

— Si eres feliz, yo beberé en tu sonrisa la ventura ine- 
fable de los ángeles. 

— ¡Amalia! 

• — Si eres desgraciado, yo partiré tus pesares; y 

— ¿ Y? acaba. 

•— Y si el destino adverso que te persigue te condujera 
á la muerte, el golpe que cortara tu vida baria volar mi 
espíritu en tu busca 

Cduardo estrechó contra su corazón á aquella generosa 
criatura; y en ese instante, cuando ella acababa su última 
palabra inspirada del rapto de entusiasmo en que se ha- 
llaba, un trueno lejano, prolongado, ronco, vibró en el es- 
pacio como el eco de un cañonazo en un país montañoso. 

La superstición es la compañera inseparable de los espí- 
ritus poéticos; y aquellos dos jovenes, en ese momento 
embriagados de felicidad, se tomaron las manos y mirá- 
ronse por algunos segundos con una expresión indelinible. 
Amalia al lin bajó su cabeza, como abrumada por alguna 
idea profética y terrible. 

— .No, la dijo Eduardo sacudiéndose de su primera im- 
presión. No esto habria sucedido de todos modos.... 

es efecto del calor extemporáneo que hemos tenido en este 
dia de invierno; nada mas, Amalia. 

Una sonrisa dulce y melancólica vagó por los labios de 
rosa de la jóven; y un suspiro se escapó silencioso de su 
pecho. 

Eduardo continuó. , ^ . 

— La tempestad está muy léjos, Amalia. Y entretanto 
un cielo tan puro como tu alma sirve de velo sobre la 

9 . 


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'• ■ 


friínlo de los dos. El universo es nuestro templo; y es Dios 
el siicerdote santo que bendice el sentido amor de nues- 
tras almas, desde esas nubes y esos astros; Dios mismo 
que los sostiene con el imán de su mirada, y entre ellos el 

nuestro... sí aquella aquella debe ser la estrella de 

nuestra felicidad en la tierra ¿No la ves ? clara como 

tu alma; brillante como tus ojos ; linday graciosa como tú 
misma la ves, mi Am¡ilia? 

— No aquella, contestó la jóven extendido su brazo 

y señalando una pequeña y amortiguada estrella que pa- 
recía próxima á sumergirse en las ondas del poderoso Plata 
tranquilo como toda la naturaleza en ese instante. 

En seguida, Amalia reclinó de nuevo su cabeza sobre el 
hombro de su amado como una blanca azucena que se 
dobla al soplo de la brisa, y se reclina suavemente sobre 
el tallo de otra. Sus ojos luego quedaron fijos sobre el diú- 
fano cendal del íirmamento. 

Eduardo la contemplaba embelesado. Y lasólas continua- 
ban desenvolviéndose y derramando su blanca espuma, 
como pliegues vaporosos de blanco tul que se agitan en 
derredor del talle de una hermosa, á los pies de esos aman- 
tes tan tiernos y tan combatidos de la fortuna, olas cuyo 
rumor asemejaba al cerrar de un abanico cuando con mano 
perezosa lo abre y cierra una beldad coqueta. 

— ¿Por qué me separas tus ojos, luz de mi alma? la dijo 
Eduardo después de un momento de silencio. 

— Oh, no.... Yo te miro.... yo te miro en todas partes, 
Eduardo, respondióle la jóven mirándolo con una sonrisa 
encantadora. 

— Pero tú has cambiado, alma mia. 

-¿Yo? 

— Sí, tú. 

— Te engañas, Eduardo, yo no cambio jamas. 

— Esta vez, sí.... hace un momento que radiabas de feli- 
cidad y de amor.... y ahora.... 

— ¿Yahora? 

— El brillo de esa felicidad se ha ennoblecido. 

— Es porque la felicidad es un cristal que se empaña de 
repente con nuestro propio aliento. 

— ¿Desconfías acaso de nuestra suerte? 

— Sí. 




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PARTE CUARTA. CAPITULO XIII. 


17)5 


¿Por qué, mi Amalia, por qué? 

— No sé.... ¡ qué quieres I han empezado tan triste- 

mente nuestros amores. 

— Y qué nos importa todo eso si vivimos el uno para el 
otro. 

-- ¿Y cuál es el instante que liemos tenido de tranquili- 
dad desde que se cambiaron nuestras miradas? 

— No importa, somos felices. 

— ¡ Pelicesl ¿No está pendiente la muerte sobre ti? joli! 

¿ y sobre mí porque yo vivo en ti ? 

— Pero pronto seremos felices para siempre. 

— lOui/ui ‘^abe I 

— nudas 

— 

— ¿ Por qué, mi Amalia ? 

— Aquí*, aquí hay una voz que me habla no sé qué, 
pero que yo interpreto tristemente, dijo Amalia poniendo 
la mano sobre su corazón. 

— I Supersticiosa ! dijo Eduardo tomando aquella mano 
que liabia estado sobre el corazón de su amada y llenán- 
dola de besos. 

— ¿No es singular, continuó lajóven, no es singular que 
en el momento de hablar de una desgracia, en medio de 
esa aparente tranquilidad de la naturaleza, un trueno haya 
retumbado en el espacio como una fatídica conlirmacion 
de mis palabras? 

— ¿Y por qué hemos de complicar á la naturaleza con 
nuestra mala fortuna? 

sé pero yo soy supersticiosa, Eduardo; 

tú lo has dicho. 

Y una nueva sonrisa dulce y tierna pasó otra Vcz jugan- 
do por la preciosa boca de la tucumana, duscubriendo sus 
bellos y blanquísimos dientes. 

En seguida levantóse, y dijoá Eduardo ; 

-- Vamos. 

— No todavía. . ^ , ,, , 

— Sí, vamos ; es tarde, y Daniel puede haber llegado 

quizá. . I 

Y Amalia, con esa superioridad régui que acomiiana ba 
todas sus maneras, atrajo á Eduardo suavemente basla ella. 
La mano del jóven rodeó la cintura de la bien amada deru 


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* ¡ 


i 56 


AMALIA. 


alma, miéntrasel brazo de esta reposaba sobre el hombro • 
y, asidos de ese modo, los dos amantes empezaron á ascen- 
iier la liarranca, paso á paso, hablando con los labios v 
los OJOS, hasta que llegaron á la aislada y desierta casa 


CAPÍTULO XIV. 

Aparición. 

Según las órdenes de Amalia ninguna luz se veia en la 
casa. Las puertas de las habitacioiie.s estaban cerradas á 
excepción de las quedaban al rio, p.jrque por ese lado era 
seguro que no pasaba nadie de noche. 

A su entrada á la pequeña sala Luisa vino A recibir á 
su señora, y el viejo Pedro asomó su cabeza por una ven- 
tana interior para ver que volvia sin novedad la hija de su 
coronel. ■* 

— 6 No ha venido Daniel? 

— No, señora : nadie ha venido después del señor Don 
Eduardo. 

Pocos momentos hacia que la linda viuda y su gallardo 
amante conversaban siempre de sus amores y de sus pro- 
mesas para lo futuro, cuando Pedro, que vigilaba el camino 
desde una ventana de su cuarto á oscuras, se asomó A la 
puerta de la sala, y diju : 

— Ahí vienen. 

— 1 Vienen !¿0uidnes? preguntó Amalia sobresaltada 

— El señor Don Daniel y Fermin. 

— ¡ Ah ! bien, cuidado con los caballos. 

— Daniel es nuestro Angel custodio, Eduardo. 

— j Oh, Daniel, Daniel no tiene semejante entre los hom- 
bres 1 dijo el jóvencon cierto aire de vanidad, al tributar 
aquel homenaje de justicia al amigo de su infancia. 

Vivo, alegre, desenvuelto como siempre, Daniel entró A 
Ja sala de su prima, cubierto con un pequeño poncho que 
lo llegaba al muslo solamente, atada al cuello una cinta 
negra sobre la que caían los cuellos de su camisa, descu- 
briendo su varonil garganta. 


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PAUTA CUARTA. CAPITULO XIV. 


157 


— Los amantes no comen ; y esta Lobería es una felici- 
dad para mí, dijo, liaciendo desde la puerta una cortesía á 
su prima, otra á su amigo, y otra á la mesa en que, 
como sabe el lector, estaban prontos tres cubiertos. 

-• Te esperábamos, dijo la jóven sonriendo. 

— tní ? . , ni 1 

' Con usted se habla, señor Don Daniel, dijo Eduardo. 

— j A.hl muchas gracias! son ustedes las criaturas mas 
amables del mundo. \ Y cómo se habrán cansado de espe- 
rarme! jQué fastidiados habrán pasado el tiempo 1 

— Así, así, le respondió Eduardo meneando la cabeza. 

— I Ya 1 ustedes no pueden estar solos un momento sin 

fastidiarse Pedro 1 

— ¿Qué quieres, loco? 

— La comida, Pedro, dijo Daniel quitándose su poncho, 
sus guantes de castor, sentándose á la mesa y echando un 
poco de vino de Burdeos en un vaso. 

jpero, señor, eso es una impolítica! se ha sentado usted 

á la mesa ántes que esta señora. 

|Ah! yo soy federal, señor Belgrano, y pues que nuestra 
santa caW se sentó sin cumplimiento en el banquete de 
nuestra revolución, bien puedo yo sentarme sin ceremonia 
en una mesa que es otra perfecta revolución : platos de un 
color, fuentes de otro ; vasos, sin copas de. Champagne; la 
lámpara casi á oscuras, y una punta del mantel cayendo 
al suelo, como el pañuelo de mi íntima amiga la señora 

Doña Mercedes Rosas de Rivera. , ^ i 

Amalia y Eduardo, que sabian ya la aventura de Daniel, 
dieron libre curso á su risa y vinieron á sentarse á la mesa 
donde Pedro acababa de poner la comida, á las diez de la 
noche, en aquella casa en que todo era romanesco y 
extraño. 

— Y bien- antenoche te comprometiste con esa señora 
á bercería ayer una visita y oir sus memorias ; según nos 
lo dijiste anoche, ayer faltaste á tu palabra de caba- 
lleroi pero supongo que hoy habrás reconquistado tu buen 

nombre. ....... , 

— No, mi querida prima, dijo Daniel trinchando una ave. 

— Has hecho mal. . 

— Puede ser; pero no iré á casa de mi entusiasta amiga, 
basta no tener el honor de presentarme en ella con Eduardo. 




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AMAI.IA. 


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158 

— ¿Qué? pieguntó Atnulia frunciendo las cejas. 

— ¡Conmigo ! exclamó Eduardo. 

— Pues no creo que luiya aquí otro que se llame 
Eduardo. 

— No pierda usted esa ocasión, señor Belgrano, dijo 
Amalia con esc tono y ese gestito que emplean las muje- 
-<>= ei)an<ip <im.'foi> u..pir n su querido : « Dios lo libre á 
usreu ae nacer tai cosa. » 

.Amalia, jo no lie perdido el juicio todavía, le respon- 
dió Eduardo. 

— Á le de Daniel que es una desgracia : jo no Ite cono- 
cido mucho juicio acompañado de mnclia suerle, 

— ¡Ah ! ahora me explico lu excesiva forluna, dijo Ama- 
lia, queriendo vengarse de Daniel. 

— ¡Cabal! como dice el respetable presidente Salomen; y 

si Eduardo tuviera menos juicio sabria aprovechar la po- 
derosa protección que se le presenta en la difícil situación 
en que vive; es decir, baria una visita á la hermana del 
Restaurador de las Leyes; leerla con ella sus memorias; 
comerla con ella antes que Rivera; se encerrarla con ella 
en la sala mientras Rivera comia, y después y des- 

pués ya no habría que temer de Doña María Josefa, ni de 
nadie. 

— Vamos, Eduardo, aproveche usted. 

— Amalia, ¿no conoce usted á Daniel? 

— ¡Quién sabe si él tiene motivos para hablar así! 

— Eso es, prima mia, eso es : nunca se hacen aberturas 
sino cuando hay presunción de que serán aceptadas. 

— ¿Qué dice usted, Eduardo? 

— Digo, Daniel, que me hagas el favor por todos los 
Santos del cielo de mudar de conversación. 


Amalia tenia una cara tan séria, y Eduardo había enca- 
potado su mirada cuando habló á Daniel, que este no pudo 
ménosque soltar una estrepitosa carcajada que de.sarmó á 
los jóvenes haciéndoles conocer que se burlaba de ellos. 
^ — ¡ Son impagables ! exclamó Daniel riéndose todavía ; 
Elorencia es menor que tú, Amalia; yo soy menor (¡ue 
Eduardo, y sin embargo, Elorencia y yo tenemos mas jui- 
cio ((ue ustedes, sin comparación ; apénas nos enojamos 
tres veces por semana ; pero eso es calculado por mí para 
tener tres reconciliaciones. 




PARTE CUARTA. CAPUULO XIV. 


159 


— ¿Pito la haces sufrir, eiUónces? 

— Para hacerla gozar, Amalia ; porque no hay felicidad 

comparable á la que sucede al enojo entre dos personas 
que se aman de corazón; y si yo consigo que ustedes se 
enojen tres veces por semana 

— No, no, gracias, Daniel, gracias, dijo Eduardo con tal 
viveza que hizo sonreír de placer á aquella mujer ([uerida, 

^ quien queria ahorrarle la juguetona oferta de su amigo. 

~ Gomo quieras, yo no hago sino ofrecer. 

— Y bien, Daniel, hablemos de cosas sérias. 

— Lo (jue será un prodigio en esta casa. 

¿ lias sabido de Barracas ? 

— Sí, todavía no han asaltado la casa, lo que es una cosa 
prodigiosa en tiempo de la santa causa de los federales. 

— ¿Ha cesado el espionaje? 

— Hace tres noches que no va nadie, lo que también es 
raro entre los federales ; yo he estado esta mañana. Todo 
está en el mismo orden que lo hemos dejado hace quince 
dias. He hecho poner una nueva llave á la verja; y tus he- 
les negros que cuidan la quinta, duermen mucho de día 
para vigilar de noche; y si alguien va se hacen los dormi- 
dos, pero ven y oyen, que es lo que yo quiero. 

— |Oh, mis viejos criados, yo los compensaré alguna 
vez ! 

— Ayer los mandó llamar Doña María Josefa; estuvieron 
con ella esta mañana temprano, pero los pobres no han po- 
dido decirla sino lo que saben; es decir, que no estas en 

casa, y que ignoran dónde te hallas. 

— ¡Olí, qué mujer, qué mujer, Eduardo 1 

— No, no es de ella de quien debemos vengarnos. 

— Una cosa, sin embargo, conspira en nuestro favor. 

— ¿Cuál? 

— ¿Cuál? preguntaron con prontitud. 

— La situación pública. El ejército libertador está aun 
sobre la guardia de Lujan, pero mañana l.® de setiembre 
seguirá sus marchas; llosas no puede dar su atención sino 
á los grandes pcdigros, y nadie se atreverla á importunarlo 
con chismog 4 \ifía individual ; la persecución que se te hace, 
y la que continúa sobre Eduardo, es simplemente parcial, 
y en baja esfera ; no hay órdenes de Rosas para ello ; y la 
mashorca, y todos los corifeos de la federación no quieren 


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160 


AMALIA. 


tomar posición mas determinativa liasta saber los resulta- 
dos de la invasión. Así es, que desde el suceso del 23, no 
hemos tenido nada notable en los últimos quince dias* 
pero esa desgracia fue ordenada por Rosas. ’ 

— ¿l’ero qué desgracia? preguntó Amalia llena de in- 
quietud. 

— lis un hecho horrible, característico de Rosas. 

— Dílo, dílo, Daniel. 

~ Ilíimos cordobés, hombre pacífico, abstraído 

é insignificante en política, llegó á nuestro Rueños Aires 
el 21 del corriente, trayendo una trepa de carretas desde 
la campaña del sur. Su mujer dió á luz, en la madru- 
gada del 23, un niño muerto, quedando en un estado 
muy delicado. Ramos salió á la callea hacer ias diligencias 
para el entierro. Un comisario de policía le detuvo en ella, 
fue con él á ca.sa de Ramos, donde sin consideración al es- 
tado de la familia, empezó el mas minucioso é indecente 
rebusco, descerrajando muebles, y sin perdonar los col- 
chones de la enferma. Aunque nada halló, tuvo que cum- 
plir sus órdenes. Intimó á Ramos que le siguiese; salió con 
él y su partida; le sacó de la ciudad y le conduje á San José 
de Flói’cs. liiitónces le hizo saber que iba á morir, y (me 
« Su Excelencia el Restaurador de las Leyes le concedía 
dos horas, para ponerse bien con Dios. » Las dos horas 
pasaron y Ramos fué muerto á pistoletazos por la par- 
tida. 

— ¡Qué horror! exclamó la jóven cubriéndose los ojos con 
sus manos. ¿ Pero, y la mujer? ¿Qué es de esa desgraciada 
Daniel ? 

— ¿La mujer ? Se ha enloquecido, prima mia. 

— ¡Local 

— Sí, loca, y morirá pronto. 

Eduardo hizo señas á su amigo de que mudase de con- 
versación. Amalia se habla puesto excesivamente pálida. 

— Guando hayamos pasado esta época terrible, continuó 
Daniel, y vivamos juntos, tú y Eduardo, mi Florencia y yo 
entóneos te diré, mi noble prima, cosas horribles que har 
pasado cerca de ti y que las ignoras. Es verdad que entón- 
eos seremos tan felices, que quizá no queramos hablar de 
desgracia ninguna. Vamos á beber por ese momento. 

— Sí, sí. 


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PAUTE CUARTA. CAPÍTULO XIV. lOl 

-Sí, bebamos por nuestra dicha futura, 

Eduardo y Amalia acompañando áDamel con una COI • 

— Apénas lo has probado, 

hemos hecho tus veces, y hacemos ^ Jl 
y dentro de un momento varaos a correr tics leguas por la 

costa de nuestro rio. . , . nof.i 

— 1 Dios mió! esto me inquieta, exclamó A « , 

— hasta ahora hemos salido bien, y bien, y saldrimo» 
en. adelante, dijo Eduardo. 

— 6 Y si esa conüanza fuera demasiada . 

— No, amiga mia, no. Los hombres de ® 
dan solos, pero sus comitivas nunca pasan de 
hombres. 

— ¿Pero ustedes no son mas que tres l 

-Justamente, Amalia, yes somos U es que ^ 

mashoniueros necesitarian juntarse >'as‘‘ il^Ssa 

doce; cuatro por uno; entóneos la cosa 

le contestó Eduardo con una conhanza tal, 

á inspirársela á su amada; pero esto 

una mujer enamorada no duda nunca de ^ , 

amado, pero no quiere jamas que lo p o “ P > 

‘ -li “S S:1S"?c,iBrán toao ene» .nlro. 

"-U a mé«s que no se le «»rru> 8d«a-a» ™oijlur 
un nocó su viejo frenesí por la esgrima. Poi no sopoiiar 
?o íl7e¿7e l!eBpaía,ae61 trae todas las noel, es, ote 

''7'“7u77mS‘7ste, losas, caballero, le contesto 

““SSÍoson n,a. ellcacest sobre todo, mas cO- 

‘"7";\|, ,a SO! iOuí arma es esa, Daniel, quo osas Id , 
con que has hecho á veces tanto da«° • . 

— Y ( into bien, podrías agregar, puma mía. 

-Cierto, cierto, perdona; pero respóndeme; mira que 
he tenido esta curiosidad muclias \ece». 

^i^-s loque 

(luiero. 


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162 


AMALIA. 


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— Casi ostoy por ocultártelo entóneos. 

— I Cargoso ! 

— Vaya, pues, ahí esta el arma misteriosa, como la ha 
llamado Eduardo. 

Y Daniel -sacó del bolsillo de su levita y puso sobre la 
mesa una varilla de mimbre de un pié de largo, y delgada 
en el centro, y en cuyos extremos habla dos balas de fierro 
de seis onzas á lo menos cada una, cubrierto todo por una 
led íinísima de cuero de Rusia, sumamente espesa; 
aimaf[ue tomada por una de las balas, se blandía sin que- 
brarse el mimbre, y daba un peso y una fuerza triple al 
otro extremo, al mas leve movimiento de la mano. 

Amalia la tomó al principio como un juguete, pero luego 
([ue comprendió todo su poder mortífero la separa de sus 
manos. 

— ¿La has visto ya, mi Amalia? 

— Sí, sí, guarda eso. Debe ser terrible un golpe dado con 
una de esas balas. 

— Es mortal si se descarga sobre la cabeza, ó sobre el 
pecho. Ahora te diré su nombre: en inglés se llama Lí/e- 
preserver; en francés casse-léte; y en español no tiene un 
nombre especial, pero le aplicaremos el del frasees que es 
el mas expresivo, porque quiere decir, como tú sabes,?’o?? 2 - 
En Inglaterra esta arma es muy común; en 
una provincia de Francia la usan también; y Napoleón la 
hacia llevar en varios regimientos de caballería. Para mí 
tiene dos méritos : el uno haber salvano á Eduardo con ella : 
el otro, estar pronta para salvarlo otra vez si llega el caso. 

¡ Oh, no llegará 1 ¿ No es verdad que no se expondrá us- 
ted, Eduardo? 

— No, no me expondré; yo temo demasiado el verme 
imposibilitado de volver á esta casa. 

— Y dice bien, porque es la única de que no lo echan 

— ¿A él? 

— i Toma I ¿Pues no lo sabes ya, mi querida prima? Nues- 
tro respetable maestro de primeras letras no lo echó á em- 
pujones, pero lo echó á discursos. Mi Florencia le dió hos- 
pedaje una noche, pero yo lo eché de allí. Un amigo nues- 
tio quiso tenerlo dos (lias, pero su respetable padre no 
quiso hospedarlo sino dia y medio; y por último, yo no he 
querido tenerlo sino dos veces, y con esta noche son tres. 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XIV. 


163 


— Pero he estado unaeii mi casa, dijo Eduardo ^on cierto 
énfasis. 

— Sí, señor, es bastante. 

Amalia se esforzaba en sonreirse, pero sus ojos estaban 
bañados de lágrimas. Daniel las percibió y dijo sacando su 
rdüj : 

— has once y media : es preciso volvernos. 

Todos se levantaron. 

¿El poncho y la espada de usted, Eduardo? 

— Se los di á Luisa, creo que los ha llevado á una pieza 
interior. 

Amalia pasó de la sala á la habitación contigua, y de esta 
¿ otra; ambas sin ninguna luz artificial, alumbradas apénas 
por la claridad de la luna que penetraba al través de los 
cristales de las ventanas que daban hácia el camino 
de arriba, que pasaba entre los olivos y la casa sola. 

Eduardo y Daniel se cambiaban algunas palabras cuando 
sintieron un grito de Amalia, y al mismo tiempo sus precipi- 
tados pasos hácia la sala. 

Los dos jóvenes se precipitaban á las habitaciones, 
cuando las manos de la jóven los detuvieron en el dintel 
de la puerta de comunicación. 

— ¿Qué hay? 

— ¿Qué hay? preguntaron los dos amigos. 

— i\ada no salgan todavía no salgan esta noche, 

les respondió Amalia excesivamente pálido y descompuesto 
su semblante. 

— ¡ Por Dios, Amalia! ¿Qué hay? le preguntó Daniel con 
su impetuosidad natural, miéntras Eduardo se esfoi zaba por 
entrar á las habitaciones oscuras, cuya puerta habia cer- 
rado Amalia y parádose delante de ella. 

— Yo lo diré, yo lo diré; pero no entren. 

— ¿Pero hay álguien en esas piezas? 

■— No, nadie hay en ellas. 

— ¿Pero, prima mia, por qué has dado ese grito, por qué 
estás pálida? 

— lie visto un hombre arrimado á la ventana del cuarto 
de Luisa que da hácia el camino; creí al principio que se- 
ria Pedro ó Fermin, me aproximé para convencerme, y des- 
cubierta por ese hombre al acercarme á los vidrios, dió 
vuelta precipita. lamente, se cubrió el rostro con el poncho 


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JG4 


AMALIA. 


y se alejó casi á carrera, pero al separarse de la ventana 
los rayos de la luna alumbraron su cara y le conocí. 

“¿Y quién era, Amalia? preguntaron los dos jóve- 
nes. 

— I Marino! exclamó üaniel, miéntras Eduardo se torcia 
los dedos. 

— Sí, él era, no me he engañado. No pude contenerme 
y di un grito. 

— Todo nuestro trabajo está perdido, exclamó Eduardo 
paseándose precipitadamente por la sala. 

— No hay duda, he sido seguido por él al salir de lo de 
Arana, dijo üaniel reflexionando. 

^ En seguida el jóven se asomó á la puerta que daba al 
rio, y llamó á Pedro que acababa de salir de la sala con el 
servicio de la mesa. 

El veterano se presentó en el acto. 

— Pedro, durante comíamos, ¿dónde estaba Fermín ? 

— No so ha movido déla cocina después que guardamos 
los caballos en el cuarto caído. 

— ¿Y ni usted, ni él h.m sentido cosa alguna en el ca- 
mino, ó cerca de la casa? 

— Nada, señor. 

— Sin embargo, un hombre ha estado largo rato, al pa- 
recer, contraías ventanas del aposento de Luisa. 

El soldado llevó las manos á sus canos bigotes v, fingiendo 
retorcerlos, se dió un fuerte tirón de ellos. 

— Usted no lo ha sentido, Pedro. Eso ha podido suceder, 
pero es necesario mayor vigilancia en adelante, llame usted 
á Fermín y entretanto ponga usted el freno al caballo que 
él monta. 

Pedro salió sin responder una palabra, y al instante entró 
el criado de Daniel. 

— Fermín, necesito saber si hay hombres á caballo entre 
los olivos;ysi no están ahí, quiero saber qué dirección aca- 
ban de tomar, y cuántos eran; si de allí han salido, no 
hará cinco minutos cuando tú llegues. 

Fcrmin se retiró, y en el acto Daniel, Amalia y Eduardo 
pasaron al aposento de Luisa, y abrieron la ventana, de 
donde se descubría el camino y los cuarenta ó cincuenta 
árboles que ajiarecian á tres cuadras de la casa, como otros 
tantos fantasmas que visitaban aquel solitario paraje. 


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PAUTE CUARTA. CAPÍTULO XIV. 165 

Pocos minutos hacia que estaban observando el camino 
eii la dir(!Ccion á los árboles cuando Amalia dijo : 

— ¿Pero por quó tarda en salir Fermin ? 

^ üb, está ya muchas cuadras de nosotros, Amalia. 

^ Pero si no ha pasado y solo por aquí se va al ca- 
mino. 

“^No, mi bija, no; Fermin es buen gaucho, y sabe que 
al animal que dispara no se le persigue de atras; estoy se- 
guro que ha bajado la barranca, y que á tres ó cuatro cua- 
^Iras ha subido y dado vuelta hacia los olivos por el ca- 
mino de arriba Allí está, ¿lo ves? 

Fn efecto, á dos cuadras de la casa sola, orillando el 
camino á la derecha y dejando un poco á la izquierda los 
olivos, se veia un hombre sobre un caballo oscuro que á 
galope corto seguía el camino; y un momento después se 
oyó la voz de ese hombre que cantaba una de esas melan- 
cólicas y espirituosas canciones de nuestros gauchos, to- 
das diferentes en la letra, y semejantes en la música. 

Después se le vió parar el golpe y tomar el trote hacia 
los olivos, siempre cantando, l^erdióse luego entre los ár- 
boles, y pocos instantes después se le vió salir de ellos co- 
mo una exhalación, repasando en un minuto el camino que 
había andado. 

— Corren á Fermin, Daniel. 

— No. Amalia. 

— Pero mira, ya no so ve. 

— Comprendo lodo. 

— ¿Pero qué comprendes? preguntó Eduardo que carecía 
de ese talento de observación que poseía Daniel en tan alto 
grado, y que le había hecho conocer la ciencia del gaucho 
como la de la civilización. 

— Lo que comprendo es que Fermin no ha encontrado ii 
nadie entre los olivos, que se ha bajado, que ha buscado al- 
gún rastro, que ha encontrado frescas indicaciones de ca- 
ballos que acaban de tomar la dirección que él lleva, y que 
sigue por ella á convencerse de su presunción. 

En seguida volvieron á la sala, y no baria diez minutos 
que estaban en la puerta de ella que daba hácia el rio, 
cuando divisaron á Fermin que venia volando perla playa. 
Subió la barranca á trote largo y vino á desmontarse delante 
de la puerta. 


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\ 


166 AMALIA. 

— Ahí van, señor, dijo con esa indolencia característica 
del gaucho. 

— ¿Cuántos? 

-- Tres. 

— ¿Porqué camino? 

— Por el de arriba. 

— ¿fias dintinguido los caballos? 

— Sí, señor. 

— ¿Conoces alguno? 

— Sí, señor. 

— Á VLM’. 

— El que iba delante es el picazo de galope trabado, que 
monta el comandante Mariño. 

Amalia miró sorprendida á Eduardo y á Daniel. 

— Bien : baja los caballos ala orilla del rio. 

Fermin se retiró llevando el suyo de la brida. 

— |Pero qué 1 ¿se van? preguntó Amalia. 

• Sin perder un momento, la respondió su primo. 

— ¿Y cómo la dejamos sola, Daniel? 

— Fermin se quedará, y él y Pedro nos responderán 
de ella. 

— Yo debo acompañar esta noche al jefe de dia; v tú 

dormirás en mi casa. ’ “ 

— I Dios mió, nuevos trabajos! exclamó Amalia llevando 
sus manos á sus ojos, y oprimiendo sus párpados, como era 
su costumbre en los momentos en que sufria. 

— Sí, nuevos trabajos, mi Amalia, ya esta casa no nos 
ofrece seguridad, será necesario buscar otra. 

Pero vamos pronto, Daniel, dijo Eduardo con una im- 
paciencia tan marcada y una expresión tan dura en sus 
brillantes ojos de azabache, que Amalia creyó adivinar su 
pensamiento, y le cogió la mano diciéndole : 

— Por mí, Eduardo, por mí, con tal dulcedumbre, con 

tal ternura en su mirada y en su voz, que Eduardo,' por 
la primera vez, tuvo que desviar sus ojos de los de’ ella 
para que el león no fuera fascinado por la maga. ’ 

— Descansa en mí, mi Amalia, la dijo Daniel bnprimiendo 
un beso sobre su frente, como tenia de habitud al despedirse 
de ella , de esa criatura tan bella, tan noble, generosa y 
tan dcsgraciaíJa al mismo tiempo. 

Eduardo apretaba la mano de su amada, y al mismo 


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PARTE CUARTA. CAPITULO XV. IG"? 

tiempo Pedro le ciaba su poncho y su espada, renegando 
entre sí mismo de no liaber podido saludar con su tercerola 

que vino á espiar las ventanas de la hija de su co- 
voncl. 

La despedida fué casi silenciosa : cada uno allí estaba ani- 
mado de distintos deseos, de distintas emociones : Amalia 
sufriapor verlos partir; Eduardo, porque vela que cada mo- 
mento se ganaba terreno Marino ; y Daniel porque no podia 
volverse dos hombres y velar por Amalia en el camino de 
San Isidro y por Eduardo en la ciudad. 

Al pié de la barranca saltaron sobre sus caballos, y Fer- 
mín recibió órden de permanecer cerca de Amalia, hasta la 
Seis de la mañana. 

En seguida partieron á gran galope por el camino del 
Eajo, miéntras Amalia los seguia con sus ojos, elevados al 
cielo cuando húbolos perdido de vista, buscando el propi- 
ciar á la divinidad con los sentidos ruegos de su purísima 
conciencia, bajo aquel magnífico y sagrado templo de la 
naturaleza, que pocas horas antes había escuchado la 
expresión de amor dedos almas formadas por Dios, la una 
para la otra, y en el peligro á cada instante de ser separa- 
das para siempre por la mano del hombre. 


CAPÍTULO XV. 


El jefi3 de dia. 

— I Es Inútil, Eduardo! vamos á reventarlos caballos sin 
conseguir- lo que deseas, decia Daniel, miéulras que los ca- 
ballos volaban. 

— sabes lo que deseo? 

— Sí. 

— ¿Qué? 

— Alcanzar ú Marino. 

— Si. 

— Pero no será. 

~¿No? 

— No lo conseguirás; y hé ahí la razón por que me 


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168 


AMALIA. 


presto á tu capricho de que corramos como dos demonios 
por este camino, á riesgo de rompernos la cabeza de una 
rodada. 

— Veremos si lo alcanzo. 

— Nos lleva veinte minutos. 

— No tanto. 

— Y mas. 

— Al ménos, diez hemos reconauistado va. 

— ¿Y si lo alcanzáramos? 

— ÁRoma por todo. 

-¿Qué? 

— Que le busco pendencia y lo atravieso de una estocada. 

— ¡ iMagnííica idea! 

— Si DO esmagnííica, á lo ménos es terminante. 

— ¿Olvidas que son cuatro? 

— Aunque sean cinco; pero son tres solamente: él y 
sus dos ordeanzas. 

— Son cuatro; Marifio, dos ordenanzas, y yo, 

— ¿Tú? 

— Yo. 

— ¿Tú contra mí? 

— Contra ti. 

— En hora buena. 

Tal era el diálogo de los jóvenes miéntras hacían volar 
sus poderosos corceles ; y ya habian andado legua y méiia 
de las tres que tenían que correr, cuando Daniel que em- 
pezaba á temer que á tal carrera saliérase Eduardo con su 
loca idea, que era preciso evitar á todo trance, se aprove- 
chó de la aparición de dos hombres á caballo que divisó 
hácia la derecha del camino, y que marchaban en la misma 
dirección que ellos. 

— Ve ahí; allá van tres hombres, Eduardo á nuestra 

derecha como á dos cuadras ¿los ves? 

— Pero no son tres, son dos solamente. 

— No; he visto tres es que están en línea con nos- 

otros. 

Eduardo no oyó mas, y dió vuelta su caballo en dirección 
á los jinetes que dislaban como quinientos pasos. Sesgaba, 
pues, el camino, perdía tiempo, y era cuanto quería Da- 
niel, que siguió siempre al lado de su amigo. 

Los desconocidos, al ver á aquellos hombres que se ve- 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO XV. 1 Gc^ 

nian sobre ellos á carrera lemlida, tiraron las riendas á sus 
"aballes, y esperaron lo que ocurriera. 

Los jóvenes sentaron sus caballos á cuatro pasos de ellos; 
y Eduardo se mordió los labios al ver que eran un pobre 
viejo y un muchaclio, los que le habian hecho perder cua- 
h’o ó seis minutos de marcha recta; y sobre todo al com- 
pi'ender que había sido un artiíicio de Daniel. 

Salir de su error, dar vuelta su caballo, y volver á tomar 
^le nuevo la carrera, todo fu6 obra de un segundo. 

Daniel, por ese cálculo frío conquesabia clasiíicar laim- 
Porlancia de los sucesos, equivocándose rara vez en su vida, 
íenia la seguridad deque no alcanzarían á Marino llevándo- 
les veinte minutos de delantera, en el corto camino de tres 
leguas; confiado en que el redactor de la Gaceta no era 
hombre de ir contemplando la naturaleza, sino de correr 
aprisa para dejar cuanto ántes aquellos solitarios caminos; 
y ya casi sin temor ninguno dejaba correr á Eduardo, per- 
suadido de que no liabia otro inconveniente que el de dar 
Una rodada, como lo liabia dicho. 

Los caballos de Daniel eran superiores; de él era el que 
montaba Eduardo; pero al íin los pobres animales no po- 
dían andar tres leguas á carrera tendida, y poco á poco fue- 
ron desobedeciendo á sus amos, y perdiendo su fuerza. 

Seguían, sin embargo, incitándolos, cuando el ¡quién 
vivel de un centinela llegó súbito al oído de los jóvenes; 
estaban bajo las barrancas del Retiro, donde se hallaban 
acuartelados el general Rolon, un piquete de caballería, y 
média compañía del batallón de le marina que mandaba 
Maza, y que hacia la guardia del cuartel, pues que el ba- 
ttillon, como se sabe, había marchado el 16 de Agosto para 
Santos Lugares. 

— (¡Gracias á Diosl) ¡La patrial contesta Daniel sentando 
su caballo, al mismo tiempo que el de Eiluardo, de cuya 
rienda dió un tan fuerte tirón, que al brusco y desigual 
movimiento del animal casi saltó el jinete de la silla. 

— ¿Qué gente? continuó el centinela. 

— Federales netos, respondió Daniel. 

— Pasen de largo. 

Y ya volvía Eduardo ii tomar el galope cuando una ronca 
y vibrante voz les gritó : 

— Alto. 

10 



1 i 


no 


AMALIA. 


Los jóvenes se pararon. 

Una comitiva de diez jinetes descendia por la barranca 
del cuartel de Maza. 

Tres de af|uellos se adelantaron á reconocer los c[ue ve- 
nian por el camino del Bajo. Y examinándolos detenida- 
mente estaban, cuando el resto de la comitiva llegó a 

ellos. , -1 

— Me debe usted un caballo, general, dijo Daniel con ese 

tono de confianza c(ue sabia tomar en los momentos mas 
difíciles, y con el que desarmaba al mas malicioso y pers- 
picaz, luego que conoció al general Mancilla, que hacia esa 
noche el servicio de jefe de dia. 

¿Usted por aquí. Bello? contestó el general. 

Sí, señor; yo por aquí, después de haber andado mas 

de una legua por la costa del rio á ver si daba con usted, 
núes que no lo he encontrado en las inmediaciones de nin- 
guno de los cuarteles de la ciudad. No hay mas : me debe 
usted un caballo, pues que el mió ya no puede mas, después 
de lo que he corrido en su busca. , . 

Poro quedó usted en ir á casa á las once, y he salido 

á las once y cuarto. 

— ¿ Untónces yo tengo la culpa i 

— Por supuesto. , , ,, 

— Bien, me contieso culpado, y no reclamo el caballo. 

— Convenido. 

— ¿Y hay novedad, general? 

— Ninguna. 

Popo yo le be pedido á usted que quiero ver nuestros 

soldados en sus cuarteles. 

— lie empezado por los del Retiro, y nos laltan todos los 
demas. 

¿Y se dirige usted abora? 

— Al fuerte. 

— Á que están dormidos. 

— jTomal alcaldes y jueces de paz, hágame usted el tavoi 

qué soldados! , . , ^ n o 

— Bien, general, ¿qué camino va usted a llevará 
— El del Bajo, porque voy primero á la batería. 

Bien, nos encontraremos en la plazoleta del fuerte 

— Pero,’ vamos junios. . . . 

— No, general; voy á subir á la ciudad a acompaiiar a 


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PARTE CUARTA. CaPlTULO XV. 


171 


(*ste amigo mió que pensó pasar la noche con nosotros, per > 
que se ha indispuesto. 

— |Toma! Si ustedes no sirven para maldita la co.sa, los 
mozos de aliora. 

— Eso es lo mismo que yo le decía á usted esta ma- 
ñana. 

— No pueden pasar una mala noche. 

— Ya usted lo ve. 

— Bueno, vaya ligero, y nos reuniremos en el fuerte; allí 
‘‘«•liaremos. 

— Hasta de aquí un momento, general. 

Ande pronto. 

* Eduardo hizo apenas un ligero saludo con la cabeza al 
^eneral Mancilla, y subió con su amigo por la barranca del 
Betiro. 

Biez minutos después Daniel abría la puerta de su'casa: 
entraba en ella con su amigo; y poco mas tarde, volvía á 
salir solo, cerraba la puerta y montaba de nuevo en su ca- 
ballo; en su Ligil, nuevo y brioso caballo, el mejor de cuan- 
tos habia en la poblada estancia de su padre. 

Al pasar por el grande arco de la Recova vió al jefe de 
dia y su comitiva que subía á la plaza del 25 de Mayo; y 
volvieron íi saludarse junto á los fosos de la fortaleza, 
donde entraron después de las formalidades militares. 

La noche seguía hermosa y apacible; y en el gran patio 
did fuerte, y en los corredores de lo que fué en otro tiempo 
departamentos ministeriales, apiñados estaban, fumando y 
conversando, todos los alcaldes y jueces de paz déla ciu- 
dad, con sus tenientes y ordenanzas; la mitad del cuerpo 
de serenos, y gran parte de la plana mayor; componiendo 
todos un número de cuatrocientos cincuenta á quinientos 
boaibres. 

Toda esa eterogénea guarnición de la fortaleza era man- 
dada esa noche por Marino, según las disposiciones del ge- 
neral Pinedo, inspector de armas. 

Imposible es describir la sorpresa del comandante de sere- 
nos al ver á Daniel en compañía del general Mancilla, 
cuando lo creía en ese momento en la casa sola, á tres 
leguas de la ciudad. 

Daniel no sabia que Mariño estaba esa noche á cargo de 
la fortaleza, pero ninguna sorpresa manifestó su semblante; 


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ri|! 


y comprendiendo la de Marifio, delante de él, dijo al jefe 
(íe dia : 

— Esto es servir, general : el señor Marino dejala pluma 
y toma la espada. 

— Eso es cumplir los deberes, señor Bello, le contestó 
Mariño sin volver todavía de su sorpresa. 

— Y esto es vigilancia. Todo el mundo está aquí des- 
pierto, dijo el jefe de dia. 

— Lo que no hemos visto en parte alguna, agregó Da- 
niel, acabando con esto de perturbar la imaginación de Ma- 
nilo, pues que si Daniel babia andado acompañando al jefe de 
dia, no podia ser él á quien babia seguido de léjos basta la 
zasa sola^ tres horas antes; y quizá no seria Amalia 
aquella mujer que dió un grito en un cuarto á oscuras de 
esa casa. Así, Mariño se perdia en conjeturas; y miéntras 
el general conversaba con varios jueces de paz, yendo con 
ellos á una de las habitaciones altas, donde babia una mesa 
con algunos fiambres y botellas, Mariño no pudo ménosde 
preguntar á Daniel, con esa indiscreción que acompaña 
siempre á los espíritus perturbados de improviso : 

— ¿Entóneos usted no ha paseado esta noche solo, á ca- 
ballo? 

— Un poco. 

— ¡Ah! 

— Estuve hasta las siete en casa del señor goberna- 
dor delegado, y ántes de ir á juntarme con el general Man- 
cilla di un paseo por esos lados del Retiro. 

— ¿Por el Retiro, en dirección á San Isidro? 

— Pues, en dirección á San Isidro. Pero me acordé que 
tenia que hacer una diligencia por el Socorro, y dejé de re- 
pente mi paseo envidiando la suerte de uno que iba delante 
de mí, y que siguió sin tener que hacer diligencias. 

— ¿Adelante de usted? 

— Sí, en dirección áSan Isidro, por el camino de arriba, 
contestó Daniel con una candidez tal, que Mariño acabó de 
perder la cabeza, empezando á convencerse de que él mismo 
se habla burlado á sí mismo. 

— ¿Qué quiere usted? continuó Daniel, nosotros no tene- 
mos un momento nuestro. 

— Así es. 

— |Uh, y si yo tuviera el talento de usted, señor Mariño! 



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PARTE CUARTA. GAPItULO XV. 


173 


SI yo supiera escribir como usteJ sabe, mis desvelos en- 
tóneos podrían ser útiles á nuestra causa ; pero ando de 
para allá todo el diay toda la noche, y maldito lo que 
llago en beneficio del Restaurador. 

— Coda uno hace lo que puede, señor Bello, contestó 
Marino, en cuya alma mas torcida que sus ojos, ni la lisonja 
hacia impresión. 

— ^ i Cuándo estaremos en paz y veremos afianzados esos 
luminosos principios federales que usted propaga en la 
Gaceta ! 

— Cuando no haya ningún unitario descubierto, ni dis- 
frazado, respondió el escritor federal. 

— Eso e‘' lo mismo que le decía yo esta tarde al señor 
gobernador delegado. 

En e>e momento un ayudante del jefe de dia vino á lla- 
mar á Bello y á Marino de parte de aquel. 

Subieron. 

Parados en redor de una mesa doce ó catorce individuos 
tomaban una copa con el jefe de dia. Pero ¡cosa rara, era 
la tercera ó cuarta vez que vaciaban sus copas, y ningún 
entusiasta brindis federal había resonado bajo las bóvedas 
de aquel palacio, que escuchó en otros tiempos los brindis 
á la libertad y á la patria 1 Marino llegó á tiempo de beber 
con ellos, tampoco dijo una palabra. 

— Vamos, Bello, ¿qué toma usted? dijo el general Man- 
cilla. 

— Nada, señor, nada de comer; pe^’O beberé una copa 
por el pronto triunfo de nuestras armas federales. 

— Y la gloria eterna del Restaurador de las Leyes, agregó 
Mancilla; y todos cuantos allí habia bebieron su copa, pero 
en silencio. 

■— ¡Comandante Mariñol 

— ' Pronto, señor, contestó este acercándose al general 
Mancilla, que le dijo, separado de los demas : 

— llaga usted que toda esta gente se acueste; la cosa 
puede ser larga, y no es bueno que se fatiguen tanto. 

— ¿ Hago levantar el puente? 

— No hay para qué. 

— ¿Cree usted, general, que esta noche no haya no- 
vedad? 

— Ninguna. 

10 . 



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i 


174 


AMALIA. 


— ¿ Se retira usted ya ? 

— Sí; voy ii visitar otros cuarteles, y me voy á dormir. 

Lleva usted un buen compañero. 

— ¿Quién? 

— Bello. 

— ¡ Ali, es una alhaja este muchacho ! 

— ¿De qué, general ? 

— No sé si es oro, ó cobre dorado, poro, brilla, dijo Man- 
cilla, sonriendo, y dando la mano á Marino. 

Bn seguida, bajaron por la grande escalera, y miéntras 
Mancilla se reunia á su comitiva para montar á caballo, Da- 
niel se acercó á Marino y le dijo : 

— Lo envidio á usted, comandante : yo quisiera tener 
también algún puesto don le poder distinguirme. 

— ¿Y sufriria usted por la federación los desvelos que 
sufro yo? 

— Todo : liasta las murmuraciones. 

— ¿Murmuraciones. 

— Sí. Aquí mismo acabo de oir át algunos que criticaban 
algo de usted. 

— ¿De mí ? 

— Decian que. no ha venido usted á la fortaleza hasta las 
once de la noche, debiendo venir á las siete. 

Marino Revolvió los ojos, y se puso colorado como un 
tomate. 

— ¿Y quién decia eso, señor Bello? preguntó Mariño con 
voz trémula de rabia. 

— Eso no se dice, señor Mariño : se cuentan los milagros 
sin nombrar los santos; pero hablaban de ello, y seria 
bien desagradable que esto llegase á oídos del Restau- 
rador. 

Mariño se puso pálido. 

— Habladurías, dijo. 

— Por supuesto. Habladurías. 

— Sin embargo no repita u.sted esto á nadie, señor Bello. 

— Palabra de honor, señor Mariño; yo soy uno de los 
hombres que mas admira el talento de usted; y que tengo 
especiales motivos para estarle á usted grato, por el ser- 
vicio que quiso prestar á mi prima. 

— ¿Y su prima de u.-^ted está buena? 

— Muy buena, gracias. 


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PARTE CUARTA. CAPÍTULO XVI. 


m 


¿Lu lia visto usted? 

Esta larde lie estado con ella. 

He oido que se ha mudado de Barracas. 

No. Ha venido á pasar unos dias á la ciudad, pero se 
vuelve pronto. 

^ 6 A-h, se vuelve? 

^ De un dia á otro. 

— VamoS; Bello, gritó el general Mancilla ya de á caballo. 

Vumos, general ; buenas noches, stífioi* Marino. 

Uecomien lo a usted el olvido de estas liabladurías. 
«enor Bello. 

^ Ya no me acuerdo de ellas; buenas noches. 

. I Daniel saltó en su caballo y salió de la fortaleza con el 
J6 e de dia; dejando á Marino lltíiio de perplejidades y 
zozobra, sin poder clasificar bien á esejóven <jue por todas 
partes se le escapaba, y por todas partes se le entraba en 
sus negocios privados; á quien odiaba por instinto ; y de 
quien no podia tomar una sola prueba, una sola indiscre- 
ción para perderlo. 


CAPÍTULO XVI. 

Continuación del anterior. 

La comitiva del jefe de dia tomó por Ja calle de laRecoa- 
qmsta, (|ue conducta al cuartel del coronel Ravelo. 

No eran mas que las doce de la noche, pero la ciudad es- 
taba desierta, pues solo veíase en ella el bulto de los sere- 
nos en sus respectivos puestos, prontos á marchar á la for- 
taleza para reunirse con su jefe, á la señal de alarma; pero 
nada mas. De aquel alegre y bullicioso pueblo de Rueños 
Aires, cuya juventud en otro tiempo esperaba con impa- 
ciencia la noche para dar espandimiento á su espíritu 
ávido de aventuras y de placeres, no quedal)a ya un solo 
vestigio. Cada familia encerraba desde el anochecer á los 
padres y álos hijos; y la simple acción de pasear las calles 
de Buenos Aires, en la ópoca del terror, después de las ocho 
de la noche, era lo bastante para liacer entender que habla 




tí]':, 




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m 


í’, ^ i 


176 AMALIA. 

una gran seguridad federal en quien tal cosa Iiacia. Terri- 
ble escuela desde 1838, en que la juventud que permane- 
ció en Buenos Aires, comenzó á aprender hábitos femeniles, 
aconsejados por esa falta de seguridad personal, que hacia 
buscar entre las paredes del domicilio la única garantía 
posible á los que temian á cada paso encontrarse con el 
puñal ó el chicote de la mashorca. 

¿Pero el sueño venia siquiera en auxilio del inquieto y 
abrumado espíritu do los habitantes de esa infeliz ciudad? 
Los deseos eran demasiado vivos, y demasiado punzantes 
las impresiones del momento que atravesaban, para poder 
encontrar en el sueño el olvido de la vigilia. Y no bien las 
herraduras de la cabalgata del jefe dedia resonaban en el 
empedrado délas calles, cuando alguna sombrase proyec- 
taba desde una azotea, ó algún postigo de una habitaciou 
en tinieblas se entreabría para dar pasoá una mirada in- 
quieta y buscadora. 

— Un caballo á galope daba origen á imaginar un chas- 
que que volaba á anunciar una traición, una victoria, una 
derrota. 

Un ruido cualquiera, cuya explicación no se podía encon* 
trar en el momento, era clasificado de cañoneo, ó de tropel 
de gente armada. 

Y paramas de uno, la comitiva de Mancilla pareció acaso 
un escuadrón del general Lavalle que se había precipitado 
á la ciudad. 

¿ Rra la causa política quien ponía á los espíritus en esta 
irritabilidad nerviosa? Era mas que esto : era la causa po- 
lítica y la causa individual quien los sujetaba á ese pe- 
noso modo de existencia, porque á las opiniones de la causa 
común ligado estaba para cada individuo el azar de su des- 
tino propio. 

Los federalistas, por principio, sabían bien que no había 
que temer individualmente del triunfo del principio uni- 
tario, porque tal principio no venia campeando, ni el jefe 
de la cruzada lib 'rtadora venia á consumar venganzas de 
opiniones políticas. Mas ellos sabían que el caudillo lla- 
mado fed3ralIos habia precipitado á una vida de respon- 
sabilidades privadas, en las cuales ya no entraba la política 
sino la judicia : y temian. 

Los hcmbres pertenecientes al club de la Mashorca, 




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PARTE CUARTA. CAPItULO XVI. 




n^ancliados con cuanto género de crimen puede conducir al 
cadalso, coinpreiidian bien que eran millares de familias 
las que tenian descargado sobre ellos el anatema justí- 
simo á que se íiabian hecho acreedores; porque sus insul- 
tos individuales no podían traer sino venganzas y castigos 
individuales ; y á su vez temblaban del triunfo de La- 
valle. 

bosque tenian un deudo en el ejército libertador, recor- 
íUxban que era una cuestión de sangre la que se iba á resol- 
ver ásus ojos : y temían de los combates. 

Los que no habían dado jamas pruebas practicas de su 
cntusiamo federal, motivo suíiciente para la clasiricacion 
de unitario, sufrían la inquietud consiguiente á la incer- 
tidumbre de los sucesos pendientes : y temblaban por la 
patria y por ellos, al imaginarse una desgracia en el ejér- 
cito libertador. 

Y hé ahí, pues, que toda la sociedad, de uno y de otro 
color político, sus clases, complicadas en la actualidad por 
las opiniones ó por las obras, por los parientes ó por los 
amigos, toda entera estaba conmovida, y pendiente su es- 
píritu del mas leve incidente que ocurría. 

Daniel, que marchaba al lado de Mancilla percibía h me- 
nudo el movimiento de las ventanas, ó las sombras en las 
azoteas, y comprendía perfectamente cuanto acabamos de 
decir. 

— Nuestra buena ciudad no duerme, general, ¿no nota 
usted que es cierto lo que le digo? 

— Todos esperan, amigo mió, contestó el general Man- 
cilla, de cuyos labios rara vez salía una palabra sin mali- 
cia, sin doble sentido, ó sin sátira. 

—¿Pero todos una misma cosa, general? 

— Todos. 

— ¡Rs asombrosa la mancomunidad de opiniones que 
reina bajo nuestro sistema federal! 

Mancilla dió vuelta y miró furtivamente á aquella alhaja^ 
como él decía, y luego contestó : 

— Especialmente en una cosa. ¿La adivina usted? 

— Palabra de honor, que no. 

— Hay una admirable mancomunidad de deseos, de que 
esto se acabe cuanto antes. 

— ¿Esto ? ¿ Y qué es eslo^ general ? 


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178 


AMALIA. 


Mancilla volvió á mirar á Daniel, porque la pregunta era 
una estocada á fondo sobre sus con fianzas. 

— La situación, quiero decir. 

— 1 Ah, la situación ! Pero para usted no pasará nunca la 
situación política, general Mancilla. 

— ¿Cómo así? 

Usted no es hombre para vivir en la vida doméstica; 
necesita usted los asuntos públicos, y sea en favor, seae 
oposición al gobierno, habrá usted siempre de figurar en 
nuestro país. 

— ¿Aunque entrasen los unitarios? 

— Aunque entrasen. Hay muchos de nuestros federales 
que florarán entre ellos. 

— Sí; y algunos estarán en un puesto muy eminente, por 
ejemplo, en la horca; pero, en fin, nosotros debemos estar 
siempre al lado del Restaurador. 

El doble sentido de esa palabra no escapó á Daniel; pero 
prosiguió con una naturalidad infantil : 

— Sí, él es digno de que ningnnj lo abandonemos en este 
trance. 

— iNo crea usted que es terrible, este hombre tiene mu- 
cha suerte. 

— Es que representa la causa federal. 

~ Que es la mejor de todas, ¿no es verdad? dijo Man- 
cilla, mirando á Daniel. 

— Así lo he aprendido en las sesiones del congreso cons- 
tituyente. 

Mancilla se mordió los labios : él habia sido unitario en 
el congreso; pero Daniel tenia tal aspecto de sencillez, que 
el astuto viejo no pudo comprender bien, si aquellas pala- 
bras eran, ó no, un sarcasmo. 

Daniel continuó : 

— Causa que nunca habrá de ser destruida por los uni- 
tarios. No hay que equivocarse, solamente los federales po- 
drán dar en tierra con el general Rosas. 

— Parece que tuviera usted cincuenta años, señor Bello. 

— Es que me fijo mucho en lo que oigo. 

— ¿Y ((ue es lo que usted oye? 

— l.a popularidad de que gozan algunos federales; usted 
por ejemplo, general, 

~¿Yo? 




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PARTE CUARTA. CAPITULO XVI. 


179 


^ Sí, usted. Sin lus lazos de parentesco que le unen al 
Señor Gobernador, este vigilaría mucho sobre usted, porque 
no debe ignorar la popularidad de que goza, y sobre todo, 
su talento y su valor. Á pesar de que he oido, que hablando 
de esto alguna vez, en 1835, dijo que usted no servia sino 
para revueltas de real y medio. 

Mancilla acercó violentamente su caballo al de Daniel y 
ie dijo con una voz nerviosa : 

— Son propias de ese gaucho bruto estas palabras; ¿pero 
sabe usted por quó las ha dicho? 

— Por broma quizá, general, contestó Daniel con la ma- 
yor sangre fria. 

Porque me tiene miedo, dijo Mancilla apretando el 
brazo de Daniel, y adjetivando el nombre de Rosas con 
aquella palabra que debía ser pronunciada lúen claro, para 
poder ser rey de España, según decían los españoles, en su 
última guerra con los franceses. 

Aquella brusca declaración era propia del carácter de 
Mancilla, mezcla de valor y de petulancia, de arrojo y de in- 
discreción. Pero la situación era tan grave, que no dejó 
de conocer pronto que se había avanzado demasiado en sus 
confianzas con Daniel; masera tarde ya para retroceder, y 
creyó que lo mejor seria arrancar iguales confianzas de su 
compañero de ronda, y le dijo con su astucia natural ; 

— Yo sé que si pegase un grito tendría toda la juventud 
en mi favor, porque ninguno de ustedes quiere este órden 
de cosas en que vivimos. 

— ¿Sabe usted, general, que yo creo lo mismo ? le con- 
testó Daniel, como si por la primera vez de su vida le ocur- 
riese tal idea. 

— Y usted seria el primero en estar á mi lado. 

— ¿En una revolución? 

— En... en cualquier cosa, dijo Mancilla no atrevién- 
dose á pronunciar aquella palabra. 

— Me parece que tendría usted muchos que lo siguie- 
ran. 

— ¿ Pero vendría usted? preguntó Mancilla insistiendo 
en arrancar alguna confidencia á aquel jóven que acababa 
de ser depositario de una enorme indiscreción suya. 

— ¿Yo? Mire usted, general, yo no podría por una sen- 
cilla razón. 


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AMALIA, 

— ¿Y cuál? 

— Porque yo lie jurado no asocirame á nada de lo que lla- 
gan los jóvenes de mi edad, desde que ellos en su mayor 
parle se han hecho unitarios, y yo sigo y profeso los prin- 
cipios de la federación. 

— í Bah! hall! bah! 

Y Mancilla separó su caballo, queriendo convecerse de 
que Daniel no era sino un muchacho liablantin, y sin peso 
ninguno en sus ideas, pues que aquel escrúpulo de amor 
propio no podía caber en nn espíritu superior. 

Daniel continuó, como si nada notase : 

— Ademas, general, yo tengo horror á la política y me 
avengo mejor con la literatura y con las damas, como se 
lo decía esta tarde á Agustinita, cuando me pedia que le 
acompañase á usted esta noche. 

— Así lo creo, contestó Mancilla con sequedad. 

— Qué quiere usted, yo quiero ser tan buen porteño 
como el general Mancilla. 

— ¿Qué? 

— Es decir, quiero acreditarme como él en el concepto 
de las buenas mozas. 

El amor habiasido siempre el flaco de Mancilla, como su 
fuerte habían sido siempre las tramoyas políticas; y Daniel 
le empezó á dar en el clavo. 

— Poro esos tiempos ya se pasaron., dijo Mancilla son- 
riendo. 

— No para la crónica. 

— Bah, ¡la crónica! ¿y qué sacamos con eso? 

— Ni para la actualidad, si usted quiere. 

— Eso no es cierto. 

— Cierto. Hay mil unitarios que odian al general Mancilla, 
de envidia por la mujer que tiene. 

— ¿Es linda mi mujer, eh? ¡Es linda! dijo Mancilla casi 
parando su caballo,ymirandoásu compañero con un sem- 
blante lleno de satisfecha vanidad. 

— Es la reina de las bellas; así lo coníiesan hasta los 
mismo unitarios, y me parece que si ha sido el último 
triunfo, ha valido por todos. 

— Eso del último... 

—Vamos, no quiero saber nada, general. ..yo quiero mucho 
á Agustinita, y no quiero oir q.ue usted le hace iiiíidelidades. 


IV í 


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PARTE «HARTA. GAIÚTULO XVI. 


181 


— Ali, mi amigo, si usted enoja y desenoja á las muje- 
res como á los hombres, usted tendrá en su vida mas aven- 
turas que yo. 

— ¡No entiendo, general! le contestó Daniel fingiéndola 
uias perfecta sorpresa. 

— Dejemos esto, ya estamos en el cuartel de Ravelo, 

En efecto, habian llegado al cuartel donde dormian cien 
negros viejos á las órdenes del coronel Ravelo, y becha la 
inspección de ordenanza, siguieron luego á visitar el cuarto 
batallón de patricios, á las órdenes de Ximeno; y en se- 
guida algunos otros retenes. 

Pero ¡cosa singular! el champagne de la federación pa- 
recía no fermentar ya en el pecho de sus entusiastas hijos ; 
pues que salian sin espuma las preguntas, las respuestas, 
¡as conversaciones todas, que tenían con el jefe de dia los 
jefes á quienes se acercaba, y lo que allí pasaba, sucedía 
en todas partes y en todas las clases... Causa sin fe, sin 
conciencia, sin entusiasmo del corazón, que trepidaba y 
desmayaba al primer amago de sus adversarios políticos... 
sacerdotes sin religión, que besaban el suelo cuando el 
ídolo se columpiaba sobre su altar de cráneos. 

Daniel veia v estudiaba todo, y se decia á sí mismo á 
cada paso : 

— Doscientos hombres solamente, y toda esta gente se la 
entregaba atada de piés y manos al general Lavalle. 

Eran ya las tres de la mañana cuando el general Man- 
cilta tomó para su casa, en la calle del Potosí. 

Daniel lo acompañó hasta ella. Pero él no quería que el 
cuñado de Rosas durmiese inquieto por sus confidencias, 
y le dijo, al llegar á la casa : 

— ¡General, usted ha desconfiado de mí, y lo siento! 

— /.Yo, señor Bello? 

— Si; conocedor de que toda nuestra juventud se ha 
dejado fascinar por los locos de Montevideo, ha querido 
sondearme diciéndome cosas que no siente, porque yo sé 
bien que e! itestaurador no tiene mejor amigo qíie el 
general Mancilla ; pero felizmente usted no ha visto en 
mí sino patriotismo federal. ¿No es cierto? preguntó 
Daniel fingiendo la expresión ma tímida del mundo. 

— Cierto, cierto, le contestó Mancilla apretándole la mano 

II. 11 


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AMALIA. 


18-2 

y sonriendo deaquelpoorey candido muchacho, como él lo 
clasiíicaba en esc momento. 

— ¿ De manera que contaré con la protección de usted, 
general ? 

— Siempre, á todas horas, Bello. 

— • Bien, entónces hasta mañana. 

— Hasta mañana, gracias por la compañía. 

Y Daniel dió vuelta á su caballo, riéndose y diciendo para 
sí mismo : 

— No hubiera dado un diablo por mi vida, miéntras tú 
creyeses que yo tenia tu secreto; ahora me la has dejado 
rescatar, y no te he devuelto tu prenda : buenas noches, 
general Mancilla. 


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1 ?! 


CAPITULO XVll. 

Patria, amor y amistad. 

Daniel entró á su casa y él mismo condujo su caballo al 
pesebre, porque no lo esperaba su fiel Fermin, y los otros 
criados nada sabían de las excursiones nocturnas de su se- 
ñor : él despertó á uno sin embargo, y mandó estuviese 
pronto para recibir sus órdenes. 

Eran las cuatro de la mañana, y cuando entró á sus ha- 
bitaciones, alumbradas por una 'mustia lámpara, echó de 
ménos el luego de su chimenea, porque el Trio de la ma- 
drugada empezaba á hacerse sentir con el rigor con que 
montróse en el invierno de 1840. Pero no estaba Fermin, y 
ningún otro criado podía entrar á las habitaciones de Da- 
niel. 

El jóven encendió una bujía, y lo primero que hizo fue 
pasar al aposento en que dormía Eduardo, contiguo al 
suyo. 

El sueño era agitado en aquella robusta organización, 
cuyo espíritu apasionado estaba combatido por tan distin- 
tas impresiones, después de cuatro meses; y en su her- 
moso semblante grabado estaba un ceño duro, revelador 


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PARTE- CUARTA. CAPÍTULO X.VII. 


183 


de las imágenos atliislas c|ue en aquel momento estaban 
'luua liiriendo su estimulada imaginación. 

Contemplóle Daniel un largo rato; conoció que no hacia 
inuclio tiempo que dormía, por lo poco que quedaba de la 
vela a cuya luz habla estado leyendo un volumen de la 
‘■evolución francesa. Vió en Eduardo la imagen palpitante 
y viva de la persecución y la desgracia que sufría lajuven- 
luü de la república; y elevándose mas su espíritu á medida 
que las Ideas se sucedían en él, llegó á creer que tenia de- 
'iinte de sus ojos una personilicacion de la actualidad, en 
cuya suerte podría estudiar el destino de la generación á 
que pertenecía. 

Pálido, ojeroso, abrumado su espíritu y su cuerpo por el 
rabajo, la labor y la ansiedad continua, Daniel pasó á su 
íJUíete y se echó en su sillón. 

Pero de repente, separando de sus sienes sus lacios y des- 
í^ompuestos cabellos, sentóse á su escritorio, y, tranquilo 
con ese semblante sereno que se descubria en él cuando 
una alta idea le preocupaba, sacó algunas cartas de un se- 
creto de su escritorio, leyólas, tomó la fecha de una de 
ellas, y escribió luego la siguiente, que leyó después con 
completa calma : 

« Al Señor Bouchet Martigny, etc., etc. 

» Buenos Aires, í.o de Setiembre de 1840, 
« A las cuatro de la wanana. 

« Muy señor mió : 

« Están en mi poder sus cartas del 22 y 24 del pasado, y 
a última me ha coníirmado la lisonjera idea de que la no- 
causa de mi patria encuentra prosélitos, no solo en sus 
uijos, sino también en los hombres de corazón, cua. quiera 
dUe sea la tierra de su nacimiento : y las solicitudes que 
uje avisa usted haber sido dirigidas por compatriotas suyos 

gobierno francés, sobre los asuntos del Plata, y en fa- 
^or de la causa argentina, son otros tantos títulos de reco- 
nocimiento hacia esas excepciones nobles de la Europa, que 
^nn mal nos comprende y peor nos quiere. 

« Pero al pagar mi parte en esta deuda de gratitud, debo 
decir á usted con lealtad, ([ue á la altura á que han llegado 


m 


I! 


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•i ■' 


184 


AMALIA. 


los acontecimientos, toda interposición que deba venir de 
Europa, favorable ó adversa á nuestra causa, no llegará á 
tiempo de iníluir en los sucesos, porque las dos causas po- 
líticas deben resolverse al influjo de las armas, dentro de 
pocos dias. 

» Para mí, la situación encierra un dilema preciso y ter- 
minante á este respecto : ó la ciudad os tomada antes de 
quince dias, y entóneos Rosas está perdido para siempre, ó 
el ejército libertador se retira, y entóneos todo se pierde por 
muchos años, de un modo que no ofrecerá posibilidad de 
nuevo incremento, ni aun con el auxilio de un poder extraño. 

» Dar al general Lavalle todo cuanto elemento sea posible, 
es lo único que aconseja la situación actual; pero dárselo 
sin pérdida de hora ; porque del efecto moral que produzca 
una violenta invasión á la ciudad, mas que un ataque á los 
reductos de Santos Lugares, puede resultar solamente el 
triunfo de un ejército que no cuenta (res mil hombres, con 
las dos terceras parles de caballería; que tiene por enemigo 
un poder fuerte doblemente en el número, y que no puede, 
ni debe contar con la mínima cooperación délos habitantes 
de Buenos Aires, sino cuando haga sentir el ruido de sus 
armas y los vivas á la patria, dentro las calles mismas de 
la dudad. 

» Este aparente contrasentido en un pueblo, cuya mayo- 
ría maldice las cadenas que le oprimen, y espera con toda 
la efusión de su alma la regeneración de la libertad patria, 
yo sé bien que los unitarios se empeñan en separarlo de 
su consideración, porque ellos no quieren convenir con que 
el pueblo de buenos Aires no sea, en 1840, lo que en 1810 :es 
un honroso error, pero es error al fin, y pues que los hechos 
([ue están ya bajo el dominio histórico, y que han acaecido 
enlodo el norte de la provincia, destruyen la mitad de las 
ilusiones unitarias, y arguyen muy alto contra las que se 
tienen fundadas en la ciudad, yo creo de una innegable con- 
veniencia el no contar con otros recursos que los que tiene 
propios el ejército. 

» Es imposible, materialmente imposible, establecer noy 
la asociación de diez hombres en Buenos Aires : el indivi- 
dualismo es el cáncer que corroe las entrañas de este pue- 
blo. Ese fenómeno se explica, se justifica, puedo decir, pero 
no es tiempo de averiguaciones filosóficas, sino de tomar 


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parte cuarta, capítulo XVII. 


185 


s liechos existentes, buenos ó malos, y basar sobre ellos 
rPVAi operaciones lijas. Y es sobre el hecho de la no 

‘^'oiucion en Buenos Aires, que debe calcular sus opera- 
ciones el ejército libertador. 

» ¿Sin mas auxilios que los suyos propios, debe, ó no, se- 
guir sobre Rosas el general La valle? Tal es la cuestión que 
proponerse algunos, especialmente la comisión ar- 
que discurre tanto, aunque con tan poco buen 
^•^110, desgraciadamente. 

resolverla, sin embargo, yo querria hacer en- 
do ^ general Lavalle, y á todo el mundo, que el poder 
dn Q esteros, zanjas, cañones y soldados 

cantos Lugares; que está en la capital; que está en el 
^ene, puedo decir : Buenos Aires es la cabeza; todo lo do- 
rnas no son sino miembros subordinados. Es de Buenos Ai- 
s que ha de partir la reacción en la corriente revolucio- 
naria que debe descender de ella para surcar por toda la 
Gpublica. Y en este caso el problema por resolver no es 
oiro, que el de si conviene ó no invadir la ciudad por al- 
guno de los flancos délos acampamentos de Rosas, y tomar 
posesión de ella, dejándolo á él dueño de la campaña. 

» En la posición del general Lavalle, yo no trepidarla en 
^ceptar el primer caso, porque me asístela convicción, que 
ejércilo se retira, la cuestión se pierde y se pierde el 
^crcito; y en esta coyuntura yo preferirla arriesgar esain- 
Juonsa pérdida, sobreel único terreno que ofrece una posi- 
Wiclad de triunfo. 

» En la ciudad no puede haber resistencia; los federales 
ostán abatidos por la simple incertidumbre délos sucesos, 
y la mitad de ellos, cuando ménos, se pasaría de buen grado 
ui general Lavalle, para buscar con su traición á Rosas una 
gíirantía futura. 

Mi carta anterior lo ha impuesto á usted del pormenor 
los acuartelamientos, tropa de línea, etc., que hay en 
ju ciudad; y si esta otra puede contribuir á meditar sobre 
idea que aconsejo, habré conseguido mis deseos, pues 
flue no dudo que del exámen de ella resultaría su apro- 
i^acion. 

Quiera usted, señor Martigny, aceptar como siempre las 
seguriauiica de mi particular aprecio. 

. B. » 


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AMALIA. 

Daniel puso áesta carta un sello especial; púsole luego 
una dirección para M\\ Douglas, y la guardó en el secreto 
(le su escritorio. 

Luego escribió la siguiente : 

Amalia : 

« La visión no era otra que Marino. lie conseguido in- 
trigarle el espíritu. Cree y no cree que me luí seguido 
y que lia dado contigo. Pero esa misma duda le excitará 
mas, y querrá salir de ella. 

» De hoy en adelante mis pasos serán seguidos mas que 
nunca. 

» No hay remedio : para las dificultades que nos cercan, 
no hay otro camino que el de la temeridad, que es la pru- 
dencia de las situaciones difíciles. 

» Es necesario volverá Barracas, y pronto. 

» Disponlo todo, y consérvate pronta á todas horas. 

M Los sucesos se precipitan ya, y todo debe ser rápido 
como va á serlo el choque de nuestra desgracia ó nuestra 
fortuna. 

» |Dios vele sobre los buenos! » 

Terminada esta carta, el jóven escribió por último á su 
Florencia, y le decia : 

« Alma de mi alma : todavía soy feliz en el mundo, muy 
feliz, desde que, abrumado y cansado de una lucha eslóril 
pero terrible, que tú no conoces todavía, tengo tu corázon 
para refugio de mi alma, tengo tu nombre para acercarme 
á Dios y á los ángeles, al escribirlo. 

» Hoy he sufrido mucho, y mi único consuelo es la es- 
peranza (jue tengo de que vas á prestarte á mis deseos : 
es necesario que persuadas á tu buena madre, que la deci- 
das á su viaje á Montevideo ; pero pronto, mañana si es po- 
sible. Yo facilitaré todo. Y si es necesario para la tranqui- 
lidad de su espíritu el ({ueseasmi esposa ánh^s de la par- 
lida, mañana mismo nos unirá la Iglesia, como nos ha uni- 
do Dios : para siempre. 

« Sobre el cielo que nos cubre, en el aire que respira- 
mos está hoy la desgracia, y quizá Quién sabe ! Todo 

es fatídico hoy Yo no quiero tu mano, es decir, mi fe- 




!i j! 


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4 . 


PARTE CUARTA. CAPÍTULO XVII. 


187 
Pero lo 


iciclad, mi orgullo, mi paraíso, ch estos momentos 
"^ré, si es necesario para tu partida. 

» No me preguntes nada. No puedo decirte, sino que qui- 
siera alzarte sobre los astros, para que el aire de. estos mo- 
Ijentos no rozase tu frente. No me pidas que te siga.... 

^0 puedo Frió como un cálculo, mi destino está hedió. 

bstoy clavado á Buenos Aires, y pero nos hemos de ver 

P*’onto, dentro de ocho, dentro de quince dias á io mas. Es 
un siglo, ¿no es verdad? No importa, en la nube, en ci 
en la luz, tú me conversarás, Florencia, y yo reco- 
ceré tus palabras en el adoratorio de tu imagen : en mi 
^Ima. 

¿Me complacerás? 

Madama Dupasquier nada te niega. 

» Y yo no te he pedido jamas nada, sino por tu felicidad 
y por la mia. 

» Daniel. » 

jó ven cerró esta última carta, púsola en su pecho, y 
osperó al dia para darla dirección con las otras. 



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I H 

II 


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1 





PARTE QUINTA. 


CAPÍTULO 1. 


Setiembre. 


El primer día de Setiembre de 1840 se extendió sobre el 
leio de Buenos Aires oscuro, triste, cargado de vapores, 
oomo SI en su aparición ese fatal mes quisiera ofrecerse á 
rin tal como se ofrecería en la poste- 

laact al estudio del historiador : triste, sombrío, cargado 
e errores y preñado de la tormenta de sangre que debia 
«sirellarso, romperse, y diluviar sobre la frente argentina. 
Todo era fatídico. 

El ejército libertador liabia pasado cerca de un mes en 
pequeñas operaciones, marchando lentamente, tratando de 
conquistar con Buenas proclamas y acciones de indulgencia 
unas simpatías que no era posible hallar en la campaña, en 
1 numero en que las buscaba el general Lavalle para ven- 
'-cr a Rosas. 

El general López, de Santa Fe, empezaba á obrar á reta- 
Rnardia del ejército. 

D. Vicente González, y otros jefes de Rosas, por el flanco 
norecho. 

T á su frente el dictador se atrincheraba en su acampa- 
•nento de Santos Lugares. Y débil en los primeros dias de 
o invasión, se hacia fuerte, moral y materialmente, por la 
lentitud de su enemigo. 

La vista se dilataba en todos los horizontes tormentosos 
ue la república. Pero el rayo que debia herir la cabeza de 
la libertad ó de la tiranía, no fermentaba en círculos tan 


'11 1 



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1 *1 


lejanos, sino entre las nubes que se cernían sobre el espacio 
de Lujan á Buenos Aires. 

El general Paz contaba ya en Corrientes un ejército de 
dos mil hombres, que disciplinaba con su pericia y habili- 
dad exclusivas. 

El gobernador Ferré juraba « sepultarse en las ruinas de 
su provincia antes que consentirla esclava. » 

Las provincias de Córdoba, de San Luis y San Juan se 
inclinaban á entrar en la gran liga, y se negaban ya á dar 
al fraile Aldao los auxilios que solicitaba. 

El general La-Madrid pisaba ya el territorio de Cór- ’ 
doba. 

Aldao escribía á Rosas, con fecha 8 de Agosto, descon- 
fiando de todo el mundo, « hasta de su sombra. » 

Pero¿ qué importaba todo esto? 

El gran problema estaba en Buenos Aires. 

El triunfo, ó la derrota general estaban pendientes del re- 
sultado de la expedición libertadora en la provincia de 
Buenos Aires. 

Ante ese reto á muerte de los dos principios, de las dos 
espadas, en el estrecho palenque de Buenos Aires, ia actitud 
de las provincias, cualquiera que fuese, y hasta la misma 
cuestión francesa, eran ya cosas secundarias é indiferentes 
para (d resultado del duelo. 

Lavalle y Rosas representaban los dos principios opuestos 
de la revolución. 

Ya estaban frente á frente. 

Su voz se uia. 

Sus armas se tocaban. Y el que cayese, debía arrastrar 
en su caída toda su causa con todas sus ramificaciones, mas 
ó rnénos extensas que ellas fuesen. 

Y ante esta verdad, que los sucesos debían justificar mas 
tarde, desgraciadamente, el genio de la política y de la guerra 
se manifestó rebelde, y se negó á inspiraren la cabeza del 
cruzado la idea de que el mundo no tenia mas límites para 
la libertad argentina, que los que marca el plano de la ciu- 
dad de Buenos Aires. Spártacus mató su caballo antes de 
entrar íi la batalla. Cortés quemó sus naves. Lavalle debió 
deshacerse de naves y caballo. 

Pero no fué así. 

Rozándose con Rosas, todavía se pensaba eii las provin- 


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PARTE QUINTA. CAPITULO I. 


191 


cías, todavía se pensaba en la Francia; sin calcular que si 
Lavalle retrocedía, Rosas se levantaba mas alto que la cues- 
tión francesa y la liga provinciana; sin calcular que si Bik*- 
oos Aires era tomado, ya no había punto de apoyo al edi- 
iieio de la tiranía en la república, ni trepidaciones en la 
cuestión internacional. 

Entretanto, la pluma del romancista se resiste, dejando 
5^1 historiador esta tristísima tarea, á describir la situa- 
ción de Buenos Aires, al comenzar los primeros dias de Se- 
tiembre. 

A medida que pasaban las horas, se iba enervando la 
impresión del miedo que causó á los rosistas la súbita apari- 
ción de las armas libertadoras en la provincia. Y por un 
exceso brutal de cobardía, y de cuanto puede haber de in- 
fame en la historia de un partido político, ó de los instru- 
oaentos de un jefe de partido, la mujer comenzó á ser el 
blanco del encarnizamiento de bandas de forajidos, bautiza- 
dos con el nombre de federales. 

Sin disputa, sin duda histórica, la mujer porteña había 
desplegado, durante esos fatales tiempos del terror, un va- 
ior moral, una firmeza y dignidad de carácter, y, puede 
decirse, una altanería y una audacia tal, que los hombres 
estaban muy léjos de ostentar, y que servia de punzante re- 
proche á las damas exaltadas de la federación, y á los honi- 
iires corrompidos sobre que se apoyaba la santa causa. 

La linda cabeza de las gaditanas de la América paseaba 
alta, erguida; les parecía tan bien colocada sobre sus hom- 
bros, que creían ofenderle doblándola un poco al pasar por 
inedio de les magnates de la época. Y el vestido modesto 
de la patriota parecía plegarse y contraerse por sí mismo 
al ir á rozarse con la crujiente y deslumbrante seda de la 
opulenta federal. 

Sus cabellos, trono en otro tiempo de la fior-del-aire, se 
rebelaban al repugnante moño dé la federación; y apénas 
punta de una pequeña cinta rosa se descubría entre sus 
rizos, ó bajo las flores de su sombrero. 

Todo esto era un crimen. Y la misma moral que así lo 
clasificaba, debía inventar un castigo propio de ella, pro- 
pio de sus jueces, propio de los verdugos. 

Bandas de ellos, de distintas jerarquías y condiciones, 
empezaron á apostarse en las puertas de los templos, lies 


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i 92 AMALIA. 

vando cántaros con brea derretida, y moños de coco 
punzó. 

Estes trapos eran untados de brea, y á cuantas jóvenes 
salían del templo sin la gran mancha déla federación en la 
cabeza, tomábanla brutalmente de la cintura, la arrastra- 
ban en medio de ellos, y sobre la cabeza linda y casta pe- 
gaban el parche embreado y la empujaban luego, entre alga- 
zara y risas federales; pues tenemos en todo que valernos 
de esta expresión que nocaia délos labioseo la época que 
describimos. 

Á las puertas del colegio tiene lugar una de esas escenas 
á las once del dia. 

Una niña salia con su madre; y es arrebatada por algu- 
nos de los que allí esperaban á las señoras. 

La jóven comprende lo que se quiere hacer de ella; y en 
el acto se quita el chal que cubria su cabeza, y la presenta 
á las manos de sus profanadores. 

La madre que estaba contenida por otros, grita desespe- 
rada : 

— Ya no hay un hombre en Buenos Aires para proteger 
á las señoras. 

— No, mamá, dice la jóven con la palidez de la muerte 
en su semblante, pero con una sonrisa del mas profundí- 
simo desprecio, no, mamá, los hombres están en la guardia 
de Lujan, donde está mi hermano. Aquí no hemos quedado 
sino las mujeres y los tigres. 

La comunidad de la mashorca, la gente del mercado,. y 
sobre todo las negras y las mulatas que se hablan dado ya 
carta de independencia absoluta para defender mejor su 
madre causa, comenzaban á pasear en grandes bandas la 
ciudad, y la clausura de las familias empezó á hacerse un 
hecho. 

Empezó á temerse el salir á la vecindad. 

Los barrios céntricos de la ciudad eran los mas atravesa- 
dos en todas direcciones por aquellas bandas; y las confite- 
rías, especialmente, eran el punto tácito de reunión. 

Allí se bebia y no se pagaba, porque los brindis que oia el 
confitero, era demasiado honor y demasiado precio por 
su vino. 

Los cafés eran invadidos desde las cuatro de la tarde. Y 
¡ay de aquel que se presentase en ellos con su barba cer- 


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rada ó su cabello partido! Un nuevo modo de afeitar, que 
no conoció Fígaro, se empleaba con élenménosde un mi- 
nuto. 

El cuchillo de la Masborca, que mas tarde debia servir 
desierra en la garganta humana, hizo su aprendizaje como 
navaja de barba y tijeras de peluquería. 

El último crepúsculo déla tarde no se había apagado en 
los bordes del horizonte, cuando la ciudad era un desierto : 
todo el mundo en su casa; la atención pendiente del menor 
ruido; las miradas cambiándose; el corazón latieudc. 
Lavalle. 
llosas. 

La Masborca. 

Eran ideas que cruzaban, como relámpagos súbitos del 
miedo, ó la esperanza, en la imaginación de todos, 
i Ay de la madre que tenia un hijo fuera de su casal 
¡Ay de la amada que esperaba á su amante! , 

Un golpe en la puerta de calle, y todos se precipitaban a 
las interiores. 

El corazón queria adivinar. 

La imaginación lo extraviaba. 

La realidad arrancaba un suspiro y una sonrisa. 

Era un momento de calma, de transición á otio momento 
de inquietud, de zozobra, de miedo que debia durar toda 
la noche, todo el siguiente dia , y dias y semanas to- 
davía. 

¿De qué han sido las familias de Buenos Aires? ¿Cómo se 
ha podido vivir de esta agonía latente, sin nue esos espasmos 
de la sangre, sin que esas contracciones del alma y las 
arterias no consumieran Lívida, y no arrastrasen á la de- 
mencia ó al suicidio? . . , . . . 

El sueño. Pero ni el sueño era permitido siquiera. Los 
serenos debian venir cada média hora á despertar a las gen- 
tes con un grito de muerte. > 

No. Ni Roma bajo los emperadoros militares.^ 

Ni ántes en los excesos de sus mas brutales tu anos. 

Ni en la historia moderna la Inglaterra durante sus des- 
potismos religiosos ; la Francia durante sus reinados crimina- 
les ; la España durante la hoguera, ofrecen el cuadro de 
una sociedad entera en la horrible siluacion de Buenos 
Aires, en los meses que describimos, en IS40. 


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i ■’! 


194 


AMALIA. 


1 '^! 


1 '• 


Los tiranos en todas partes lian perseguido un partido, 
uiia Idea, tero on ninguna han perseguido á la sociedad 
con una pequeñísima parte de ía sociedad mismo. 

Las proscripciones pegadas en la puerta del senado romano 
liacian saber siquiera, quiénes eran los que estaban bajo el 
anatema del odio ó la venganza. 

Pero en Buenos Aires ninguno era señalado, v todos esta- 
ban bajo el anatema. 

La liogueia inglesa no bizo menos estrago que la espa- 
ñola. Pero cada hombre sabia, en las creencias religiosas 
que profesaba, cuál era el. destino que le cabia. 

En Buenos Aires no babia mas medio de poder conocer 
ese destino; no liabia otro camino que condujese á la se- 
guridad personal, que convertirse en asesino, para liber- 
ta] se de ser víctima. Y no se crea que la palabra asesino 
es empleada como un concepto hiperbólico; sino que ma- 
terialmente era preciso asociarse á lo mas corrompido de 
la Masliorca, y tener el cuchillo en la mano, matando ó 
pronto para matar. 

En todas partes la adhesión moral á la causa del poder 
por mas brutal y tiránico que fuese, ha sido, naturalmente’ 
una salvaguardia. ' 

En Buenos Aires, no. 

El antiguo federalista de principios, siempre que fuese 
honrado y moderado; el extranjero mismo, que no era, ni 
unitario, ni federal; el hombre pacífico y laborioso que 
no babia sentido jamas una opinión política; la mujer, el 
jó\en, el adolescente, puede decirse, todos, todos, todos 
estaban envueltos, estaban comprendidos en la misma sen- 
tencia universal : ó ser facinerosos ó ser víctimas. 


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capítulo II. 

Sanios Lugares. 

Las primeras luces del alba se dibujaban sobre el oriente, 
y la vista se fatigaba por definir los objetos informes que| 
aquí y allá, se le ofrecían en grandes grupos, en el acam- 
pamento de Santos Lugares. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO II. 


195 


Eran centenares de carretas. ^ 

Montes de tierra á orillas de las zanjas que se habían 
abierto. 

Gañones de batería. 

Cerros de balas. , . 

Cientos de carpas formadas de cueros, y esparramadas 
en el mavor desórden. 

Caliulladas, armas, soldados, mujeres, galeras, todo con- 
fundido y en el mas completo desarreglo. 

Y el toque de diana en los batallones ; la corneta de la 
caballería; la algazara del cuerpo de indios; la gritería 
ílc las negras; el movimiento de los caballos; el grito de 
gaucho enlazándolos, todo á la vez venia á formar un mulo 
indeíinible, para que el oído, como la vista, se intrigase 

también. , , , , 

El cuartel general estaba hacia el extremo derecho del 
campamento, en un grande rancho que sin embargo no 
hospedaba de noche al general en jefe. 

¿Dónde dormia Rosas? En el cuartel general.tenia su cama, 

pero allí no dormía. , 

En la alta noche se le veia llegar al campamento > el 
héroe popular hacia tender su recado cerca de sus leales 
defensores. 

Allí se le veia echarse; pero media hora después, ^a no 
estaba allí 

¿Dónde estaba? con el ponclio y la gorra de su asistente 
tendido en cual([uiera otra parte, donde nadie lo hallara ni 

lo conociera. ^ i ni 

En el momento en que estamos , se desmontaba, en el 

cuartel general, á cuya puerta tomabamate multitu eje 
oíiciales y paisanos confundidos. ^ 

Aquel hombre, de una naturaleza de bronce que aca- 
baba de pasar la noche con lar mismas comodidades que 
su caballo, ó mas bien, con ménos comodidades que el 
animal, llegaba sin embargo fresco, lozano y fuerte como 
si saliese de un colchón de plumas y de un baño de leche, 
ra S^ion íe su semblante era adusta y siniestra como 

las pasiones que agitaban su alma. ..cn.irl'i ni 

De poncho, con una gorra de olicial, y es -ida m 
insi-nia alguna, pasó por medio a su cor e, ó su estado 
mafor, ó lo que fuese, sin dignarse echarle una miiada. 


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AMALIA. 

Una f^ran. mesa de pino estaba colocada en medio del 
rancho, y cubierta casi toda ella de papeles manuscritos é 
impresos. 

Veíanse allí tres oficiales de secretaría pálidos, ojerosos, 
en un profundísimo silencio, y sin hacer nada; y al gene- 
ral Corva lan con un grueso paquete de pliegos cerrados en 
la mano, entreteniéndose en leer y releer los sobres de ellos. 

Paráronse todos á la entrada de Rosas. Este quitóse su 
gorra y su poncho, tirólos sobre el catre, y comenzó á pa- 
searse á lo largo de la habitación ; miénti’as los escribientes 
y el edecán, á quienes no habia saludado, permanecian de 
pié junto á las sillas que un momento antes ocupaban. 

Inmediatamenie apareció un soldado, y paróse en la 
puerta, con un mate en la mano. Ahí quedó clavado. 

Rosas continuaba sus paseos. 

Al volver de uno de ellos, estiró el brazo, cogió el mate 
tomó dos ó tres tragos, sin moverse, volviólo al soldado, 
y seguió sus paseos. 

El soldado quedó en su mismo lugar con el mate en la 
mano. 

Al cabo de dos ó tres minutos volvióse á repetir la misma 
escena; hasta que habiendo soiiado el aire entre la bombilla, 
el autómata salió á renovar el agua. 

Y los secretarios y el edecán permanecian parados. 

Y Rosas continuaba sus paseos. 

Y el cebador del mate iba y venia. 

Y esta pantomima duró por tres largos cuartos de hora, 
cuando ménos. 

En uno de esos paseos, paróse de repente junto á la mesa 
y dijo, con una cara muy alegre, á los escribientes, y como 
si recien reparase en ellos : 

— Siéntense, no mas. 

Los escribientes se sentaron. 

Luego, volviéndose á Gorvalan, preguntóle como admi- 
rado : 

— ¿Que habia estado ahí? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

— ¿Cuándo vino? 

— Hará como una hora. 

— ¿Qué ha ocurrido en la ciudad ? 

— Is’ada absolutamente, Excelentísimo Señor. 



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PARTE QUINTA. CAPITULO II. 


191 


¿Están alegres? 

— Sí, señor. 

^ ¿Y Victorica cómo está? 

— Anoche lo he visto, está muy bueno, Excelentísimo 
Señor. 

— Guando lo vea déle memorias. Gomo ayer no ha ve- 
nido en todo el dia, creía que se habia muerto el gallego. ¿ Y 
n Don Felipe lo ha visto? 

Sí, Excelentísimo Señor. 

Y Rosas soltó una estrepitosa carcajada. 

I Qué miedo tendrá el gobernador delegado ! ¿conque 
no hay nada? 

— Hace dos horas que han llegado por agua estas comu- 
nicaciones. 

— Áver, traiga. 

Rosas tomó los pliegos; los abrió, y luego de leer las 
firmas, se los tiró á uno de los escribientes. 

— Lea, le dijo, y volvió á pasearse. 

El escribiente leyó : 

« Señor Don Juan Manuel de Rosas. 

« Compamento general. Ambril, llanos de la Rioja, 
Agosto 8 de 1840.^ 

» Mi apreciado gobernador y general. 

» El 5 del corriente á las 4 de la tarde arribó á este des- 
tino Don Lúeas Llános con su apreciable correspondencia 
del 2 y 18 del pasado; por ella quedo impuesto que usted 
86 ha dignado acceder á las indicaciones de mi carta de 30 
de junio sobre el vestuario, sables, etc., cuya remisión se 
activará desde Górdoba i or el general Alemán, que con 
motivo de ir por unos dias á repararse de una enfermedad 
que le molesta.... » 

— Buenos; que se muera; y que se muera el fraile tam- 
bién, ¿no es esa la del fraile Aldao? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

— Extráctela luego. Á ver; lea otra. ¿Guál es esa? 

— Del comandante Don Vicente González. Da cuenta de 

las marchas de 


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\ 


— No le pregunto de qué da cuenta. Lea. 

— Da cuenta de las marchas que ha hecho el cabecilla 
Lavalleen los dias 30 y 31 de Agosto; 1 y 2 de Setiembre. 

— A ver; lea las marchas. 

— a Dia 30. » 

— ¿De qué? 

— De Agosto, dice Antes, contesto el escribiente tarta- 
mudeando. 

— Pero ahí también debía decirlo. A ver, póngale un;i 
nota á este viejo bruto, dijo Rosas á otro de los escribien- 
tes; diciéndole que otra vez ponga con mas claridad las 
marchas del ejército de los salvajes unitarios. 

— ¿Le dijo que escriba las fechas de las marchas? 

— Váyase á un cuerno; escriba lo que le digo. Siga usted. 

El primer escribiente continuó : 

— « Dia 30; como á las ocho y média de la mañana car- 
neó el ejército de los inmundos salvajes unitarios, y luego 
marchó hacia la Villa de Lujan y campó cerca del pueblo, á 
las cinco y média de la tarde, en la Quinta de Marcó. 

» Dia 3 1; el cabecilla Lavalle ha dejado en la Villa de 
Lujan varias carretas y parte de la artillería, y lleva solo 
dos obuses y dos piezas ligeras. En este dia el cabecilla ha 
tenido junta de jefes y oficiales. No se sabe para qué. 

» Dia 1 ; el cabecilla permanece en el mismo lugar. Han 
salido dos escuadrones, el uno hacia la Capilla del Señor, 
y el otro con dirección á Zarate. 

» Dia 2; á las nueve de la mañana se puso en marcha el 
ejército de los salvajes unitarios. 

» A una legua hicieron alto, 

» A las doce volvieron á marchar los asquerosos uni tarios. 

» A la una y média hicieron alto. 

)» A las dos de la tarde volvieron á marchar. 

») A las tr(‘S hizo alto todo el ejército. 

» A las cuatro continuaron la marcha, y á las cinco y 
média pasaron el arroyo de la Glios’a. 

cuyos ranchos hicieron fuego los salvajes unitarios. » 

— No hay mas, dijo el escribiente. 

— Pasado mañana pueden estar en Merlo; mañana tam- 
bién, dijo Rosas y empezó á pescarse mas precipitadamente 
por el cuarto. 



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PARTE QUINTA. CAPITULO II. 

— ¿Qué dice esa comunicación de López? preguntó pa- 
rándose de repente, v después de un largo rato de silen- 
cio. 

Que marcha sobre San Pedro 

El cebador de mate volvió á aparecer en la puerta de! 
rancho. 

— ¿jNo hay una carta sin íirmaalu? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

■— A ver léala toda. 

El escribiente leyó : 

« Montevideo, !*> de Seti m])re de 18io. 

» Excelentísimo Señor : 

^ » Después de mi carta de anteayer no hay mas noveda i 
sino la que ha traído ayer un buque de guerra inglés, que 
Ea llegado del Janeiro, sobre la venida de un nuevo almi 
rante francés, mandando la expedición que debe venir en 
auxilio de los traidores y desnaturalizados unitarios, que 
venderian su patria al extranjero, si no fuera el brazo 
poderoso de V. E. que la está defendiendo solo contra 
tantos. 

» Aquí los salvajes unitarios siguen en la mas completa 
anarquía. 

»> Unos liablan pestes de Lavalle porque no avanza tan 
pronto como quisieran. Otros 

— Vea qué bulla es esa, Corvalan. No; espérese. Anda 
á ver, dijo Rosas al soldado del mate; porque en efecto se 
sentía cierta algazara en el campo. 

El soldado salió y los escribientes y Corvalan quedaron 
Gn perplejidad. 

— Siga no mas, dijo Rosas al escribiente. 

Este prosiguió : 

» Unos hablan pestes de Lavalle 

— Ya leyó eso, no sea brulo. 

El lector se puso pálido como la cera, y prosiguió : 

» Otros gritan que no debe seguir adelante hasta que 

— ¿Qué hav? preguntó Rosas al soldado que entraba, 
miéntras el escribiente rayaba con la úñala dicción en que 
habia quedado pendiente la lectura. 


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200 


AMALIA. 




! V 


— Nada, señor. 

— ¿Cómo nada? 

— Es uno que vende dulces, y los compañeros dicen que 
es espía de Lavalle. 

— Ha de ser, pues. ¿ Do dónde viene? 

— No sé, señor; pero lia de ser de por ahí no mas. 

— Bueno, á los compañeros que hagan lo que quieran. 

El soldado salió. Y Rosas hizo señas al escribiente para 

que continuase su lectura. 

Prosiguió : 

» haya sublevado en su favor todas las simpatías del país. 
Y el cabecilla Lavalle debe estar sin saber qué hacer por- 
que cada uno le aconseja de distinto modo. Por lo que hace 
á Rivera 

El lector se paró de súbito á los horribles gritos, á los 
ayes que transían el alma y que se exhalaban á pocos pa- 
sos de allí, de Rosas : era que estaban degollando al ven- 
dedor de dulces, entre la grita y alegría salvaje de los sol- 
dados y la chusma, al ver la sangre y las agonías de la 
víctima. 

Este infeliz se llamaba Antonio Fragueiro Galviño. Era 
viejo de sesenta y tantos años, y vendedor de masas por 
profesión, y que había ido ese dia á Santos Lugares, á ha- 
cer comercio con su cajón de dulces, arrastrado fatalmente 
por su destino. 

— ■ Siga, pues, dijo Rosas con la mayor flema. 

» Por lo que hace á Rivera no les ha de dar el mínimo 
auxilio, pues está deseando que se pierdan todos, no porque 
el pardejón no sea tan unitario como ellos, sino porque 
todos viven así en la mas completa anarquía. 

» Todos los dias llegan fugados de esa. Me consta que la 
mayor parte se embarca por la costa de San Isidro en ba- 
lleneras francesas que van á buscarlos ; y me parece que 
ese punto es el que debe ser mas vigilado. 

» Mañana volveré á escribir á Vuecelencia como lo hago 
en todas las ocasiones que me es posible. 

» La letra de cien onzas me fué paga á la vista. 

» Quedo haciendo votos por el triunfo de Vuecelencia » 

— No hay mas. 

— Mire, dijo Rosas dirigiéndose á Gorvalan, usted se vaú 
la ciudad ¿ no? 


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PARTE QUINTA. CAPITULO II. 


201 


Como Vuecelencia lo ordene. 

— Tiene hacer. Basque á Guitiño y dígale que me 
han escrito de Montevideo que está dejando escapar por 
plata á los unitarios que se embarcan por la costa de San 
Isidro; que yo no lo creo, pero que no deje que los salva- 
jes unitarios le estén sacando el cuero de ese modo; y 
que yo he de ir una noche de estas á pasear por la costa. 

Muy bien, Excelentísimo Señor. 

— Y cuente á los amigos, y áél también, todo lo que ha 

visto y oido por aquí ¿Me entiende? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

— ¿No está Maza ahí en la puerta? preguntó Rosas al 
soldado que estaba con el mate, en que, de cuando en 
cuando, tomaba Rosas algunos tragos. 

— Ahí está, respondió aquel. 

— Que venga. 

Un instante después apareció Mariano Maza, jefe de un 
cuerpo llamado de la marina : hombre quemas tarde debia 
jugar un sangriento y repagante papel en las guerras de 
Rosas. 

Era entóneos como de treinta y cinco años, de estatura 
regular, rubio y de unaíisonomía gatuna y siniestra, donde 
estaban dibujados francamente los instintos del mal y del 
vicio. 

Presentóse con su gorra militar en la mano, delante del 
que tenia en su frente, tibias y en relieve, las manchas de 
sangre de su tio y de su primo hermano. 

Rosas lo miró sin dignarse saludarlo, y le preguntó : 

— ¿No están en su cuartel unos que trajeron ayer? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

— ¿Cuántos son? 

— Son cuatro, Excelentísimo Señor. 

— ¿ Cómo se llaman? 

Maza sacó un papel de su bolsillo y leyó : 

— José Yera, español. 

— Gallego, diga. 

— José Yera, gallego, y su hijo. 

— ¿Estos los mandaron de Lóbos, no? 

— Sí, Excelentísimo Señor. 

— ¿Y los otros? 

— Un tal Yélez, cordobés, y Mariano Alvarez, porteño. 



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— ¿ Esos son todos ? 

— No lian traído mas, Exceiontísimo Señor. 

— Bueno ; fusílelos. 

Maza hizo una profunda reverencia y salió; miéalrasíjua 
: losas volvió á sus paseos. 

Al cabo de cinco minutos se paró y dijo : 

— Vaya no mas, Gorvalan. 

El edecán se disponía á salir. 

— Ah, llegúese á lo de María Josefa y dígale que haga 
lo que quiera. Que si son unitarios no le importe de nada. 

— Muy bien, Excelentísimo Señor. 

— Mire, vóase á Marino y dígale La voz de Rosas y 

la atención de todos fue suspendida por la detonación de 
dos descargas sucesivas. 

I Yera y su hijo, Álvarez y Vélez acababan decaer asesi- 
nados por el plomo de Rosas ; como diez minutos ñutes había 
caído üalvifio bajo el bárbaro cuchillo fóderal ! 

— Dígale, pues, á Marino, continuó Rosas, con la mas 
inaudita tranquilidad, lodo loque hay por aquí; dígale tam- 
bién que parece unitario, porque están muy Rojos sus artí- 
culos. 

Esto decía Rosas en ios momentos en que la Gaceta 
Mercantil chorreaba sangre, azuzando a los lebreles de la 
federación al exterminio de lodos los unitarios. 

Y Corvalan asi cargado de comisiones, cada una envol- 
viendo una muerte ó una desgracia, montó á caballo con 
menos seguridad que la que su nombre tenia de pasar tris- 
tísimamenteá la posteridad, si no como un actor de críme- 
nes, porque en efecto no lo fué el general Corvalan, á lo me- 
nos como un modelo de sumisión y do obediencia pasiva al 
tirano á quien sirvió por tantos años. 

Pero no bien su caballo había dado algunos pasos cuando 
el cebador de mate lo alcanzó, y llamó al edecán de parte 
de Rosas. 

El viejecito se desmontó con trabajo, y tropezando con 
su es;«*adin, y las charreteras bailándole, volvió á la pre- 
sencia de Rosas, mióntras que el soldado iba á buscar un 
vaso de agua que habia pedido el dictador. 


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TARTE QUINTA. CAPITULO III. 


CAPITULO lll. 


Un YUSO de sangre. 


203 


— ¿Ya se iba? 

— Ya, Excelentísimo, Señor. 

— No ; espérese. Siéntese. 

Gorvalan se sentó. 

— k ver, continuó Rosas dirigiéndose á uno de los secre- 
tarios; ¿cuál es el legajo que trajeron ayer? 

— Aquel, Excelentísimo Señor, contestó el secretario se- 
ñalando uno inmenso que estaba sobre una silla. 

— Desátelo. 

— Ya está, Excelentísimo Señor. 

— Bueno, saque una clasificación. 

— ¿Cuál de ellas. Excelentísimo Señor? 

— Empiece por la primera. Búsquela. 

El escribiente se puso á recorrer los papeles. 

Aquí está, Excelentísimo Señor. 

— Lea. 

Y Rosas volvió á sus paseos e)i la habitación, miéntras 
que el ordenanza permanecía parado en la puerta con el 
vaso de agua en la mano. 

El secretario levó lo siguiente : * 


* Entre los curiosos documentos inéditos, que poseemos hoy, 
de tiempo de I.i dictadura, se hallan las famosas clasificaciones^ 
de que tanto se ha hablado, y que comprenden nueve mil cuatro- 
cientos cuarenta y dos individuos; comenzadas en 1833, y conclui- 
das, parece, en lS4i. 

Cuando escribimos la Amalia, en el destierro, nos referimos ú 
ellas, pero, como se comprende, no poseíamos los documentos, 
hoy que están en nuestro poder, insertamos en el texto de la obra, 
que se conservaba inédito, una pequeñísima parte de ellos, para 
que se vea el orden y la prolijidad de esas tablas. 


Buenos Aires, 1835. 


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204 


AMALIA. 


CLASIFICACIONES DE 1835. 


NUMERO 1 . 


Viamont, enemigo de los re.stau- 

General D. Nicolás de Vedia, sostuvo el gobierno de 
Balcarce, y proclamó al pueblo con entusiasmo en contra 
del ejército. 

General D. Tomas Marte, este nunca fué federal • sos- 
tuvo con encarnizamiento A Balcarce. ’ 

General D. Gervasio Espinosa, este fué federal v se 
convirtió enemigo por sostener al gobierno de Balcarce 
de quien recibió especiales consideraciones. ’ 

Coronel D. Francisco l.inch, desertó del partido federal 
y fué agente del ministro de la Guerra Martínez, en buscar 
prosélitos que sostuvieron su causa inicua. 

Coronel D. Juan Pedro Luna, desde que rei^resó del 
ejército del sud era un furioso en hablar con publicidad 
del general, y de todo individuo que soslenia el partido fe- 
deral ; solo una administración tan corrompida como la de 
aquella época pudo permitir tanta audacia sin contenerlo- 
en consecuencia tomó las armas; últimamente fué com- 
prendido en la reforma, pasándole al estado mayor inac- 
tivo, pero en el momento pidió su licencia absoluta y se 
le concedió. ’ 

Coronel D. Paulino Rojas, unitario y lomo negro está 
en el estado mayor inactivo ' 

Teniente Coronel D. Prudencio Tórres, fué unitario em- 
pecinado y después federal y últimamente lomo neoro 

'1 emente Coronel D, Juan JoséOlléros, lomo negTo Em- 
pecinado ; está reformado. 

Sárjenlo Majar p. Manuel Tórres, se singularizó en las 
elecciones de Abial, y ba estado en contra de los federales • 
es oriental y pariente de Martínez. ’ 

Teniente Coronel de milicias D. Epitacio del Campo, fué 
ledeial y después lomo negro empecinado, se singularizó 
en las elecciones de Abril ; esto el valió para ser jefe de 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO III. 205 

policía, en cuyo destino hostilizaba á todos los federales 
tlue no eran de su facción. 

/). Juan Manuel Canahery, lomo negro empecinado ; te- 
oia una protección decidida, y en consorcio de D. Epitacio 
dol Campo hadan todos los remates del gobierno, en lo que 
ganaron gruesas cantidades. 

Juan José Bosch, fué federal y se convirtió en lomo 
negro entusiasmado. 

Teniente Coronel D. Manuel Gregorio Mons, español, 
lomo negro, y ciego agente del general Espinosa. 

Coronel D. Bernardo Castañon, lomo negro, y espía del 
gobierno de Balcarce. 

Coronel D, José María Echauri, en todo como el ante- 
rior. 

Mayor D. Lorenzo Melgar, lomo negro empecinado, se- 
^uciii á los paisanos : salía en todas las guerrillas, hasta 
que fué inutilizado por un lanzazo. 

Mayor D, Casiano Aparicio, lomo negro empecinado. 

B. Federico Obenr, este, siendo particular y extranjero, 
andaba con una partida hostilizando á los paisanos eii los 
^íias de la revolución, fué comisionado por Balcarce para 
persuadir al general Izquierdo viniese con su fuerza á la 
eiudad, quien lo arrestó, y puesto á disposición del gene- 
ral del ejército, fué remitido preso ti la Guardia del Monte. 

B. Matías Aberastegui, era oficial de abastecedores; 
tomó las armas contra sus compañeros y sirvió de ayu- 
dante del general Olazabal. 

Mayor D. Martin Olazabal, lomo negro, tomó las ar- 
mas. 

Mayor D, Jerónimo Olazabal, nuúdiViQ^ y lomo legro. 

B. Diego Vivar, este trabajó con empeño en seducir os 
milicianos del comandante Navarrete, por lo que fué 
arrestado y remitido á la Guardia del Monte. 

B. Marcelino Carranza, unitario y lomo negro. 

Teniente Coronel B. Benito Nazar, unitario y lomo negro. 

Capitán D. Marino Bermúdez, está con el concepto de 
unitario, lomo negro, no ha servido en el ejército de la fe- 
deración ; actualmente está causado por haber muerto á un 
músico de patricios. 

Mayor D. José Gueselaga, lo fué del batallón de defenso- 
res, partidario del general iMartínez, y lomo negro. 


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AMALIA. 

^¡o-yor D. Rufino Guali, unilario y lomo negro. 

¡emente Coronel D. Francisco Seguí, unitario y lomo 

IlGgl O. 

^oro?ie/ D. Antonio Toll, en todo como el an- 

Capitan de milicias D. Pablo López, era federal se vol- 
vió lomo negro y tomó Jas armas. 

Capilan de milicias D. Martín Amarilla, en todo como 
el anterior. 

Capitán de milicias D. Luis Casar, ídem, ídem. 

Teniente Coronel D. Mariano Moreno, lomo nem-o* sos- 
tuvo con ardor al gobierno deBaJcarce. ^ 

Covonel D. Juan José Martínez Fóntes, en todo como el 
anterior. 

Coronel D Nicolás Martínez Fóntes, mandó el batallón 
« luo de la l lata; » estaba tan entusiasmado que el dia de 
las elecciones de Abril formó la tropa en el cuartel y la 
proclamó diciendo : que murieran los absolutistas. 

p. José María Zelaya, este era federal, lo trastornó el 
ministro de Guerra Martínez (se dice que por intereses) 
pero él era su agente y panegirista. ’ 

p. Demetrio Villarino, era juez de paz de San Fernando 
y lo sedujo el comandante D. Manuel Feliciano Fernández 
por cuyo motivo lo depuso del cargo el general del ejér- 
cito. 

p. Juan José Maciel,m ]ary.óii paz de San Isidro, en 
todo como el anterior. 

Co) onel graduado D, José María Escobar, lomo ne^ro 
no es bueno ni para amigo, ni para enemigo. ^ 

D, Diego Pífiero fué juez de paz de las Concluís ; partida- 
rio endisiasta de Balcarce. 

D. Plácido Viera, este de particular fué lieciio en ios dias 
de la revolución de Octubre, sárjenlo mayor de cabüllería 
de línea y anduvo con partida ; se le recogieron los des-* 
pachos por comprenderlo la revolución de la Honorable 
Sala. 

Z). José 31 a 7 'ia Grimau, era corredor de número y uno 
de los mas exaltados en la revolución contra los federales. 

Coronel D. Rafael llortiguera, lomo negro, pero mode- 
rado. 

D» Pedro Echenagusia, siendo paisano se ofertó al go- 


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los 

mil 


PARTE QUINTA. CAPÍTULO III. 201 

tierno para formar una compañía para polcar contra 
leüerales, no llenó su compromiso, pero recibió ocho 
pesos que se quedó con ellos. 

Capitán D, Emilio Góngora, lomo negro, y estuvo hasta 
lo último con las armas en la mano. 

^ Mai'iano Artayeta, era mayor de Lavalle, unitario 
empecinado y se presentó en los dias de la revolución á to- 
í^iíir las armas contra nosotros. 

Mariano Aquilino, era alcalde del cuartel 17; hizo 
Pi’imores en las elecciones á favor de la lista negra, v lil- 
limaniente tomó las armas. 

Coronel D. Juan Coé, yerno de Balcarce, en los momen- 
tos de la revolución le dieron el mando del puerto. 

Pedro Echagüe, lomo negro y espía del ministro 
‘Martínez. 

tárjenlo maxjor D. Julián Martínez, hijo político del 
ministro Martínez, tomó las armas. 

Coronel I). Manuel Rojas, unitario y lomo negro. 

Coronü D. Román R. Fernmidez, lomo negro, trabajó 
con calor en las eleciones en contra de los federales. 

Capitán D. Mariano Qumtas,umVdvio y tomó las armas. 

Antonio Mariinez Fóntes, escribió contra los fede- 
t'íiles, actualmente está empleado en la aduana. 

P- Dámaso del Campo, lomo negro y trabajó en las elec- 
ciones en contra nuestra. 

Teniente Coronel D. Juan Santiago Wascalde, unitario 
acérrimo, actualmente está empleado en el parque. 

Capitán D. Bartolo Herrera, peleó contra los federales, 
esta en el estado mayor activo. 

'íenlenle Coronel D. Ramón Listas, unitario y lomo ne- 
gro. 

Maxjor ¿1. Bartolo Fernández, lomo negro completo; se 
mzo notar por su encarnizamiento en las elecciones y con 
las armasen los dias del movimiento. 

Teniente Coronel D- Amadeo Ibarrola, cuando estalló el 
movimiento del 11 de Octubre se hallaba de comandante 
en Quílmes, donde lo babia mandado dias ántes el gobierno. 
C'Cs patriotas lo sorprendieron esa misma noche y después 
ne arestado lo pusieron en libertad, juramentándolo en que 
no tomarla las armas. Correspondió á esta generosidad con 
bajeza, y lo que se vió libre las tomó de nuevo. 


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208 


AMALIA. 


i i : 


Sar]ento mayor D. Félix Marte, unitario y lomo negro 

Sárjenlo mayor D. Ciríaco Otero, tomó las armas contra 
los federales. 

7'eniente Coronel D. Victorio Llorenti, estaba empleado 
en la inspección, y en los dias del movimiento de Octubre, 
como se habia dado á conocer por su exaltación, lo colocó 
el general Olazabal de su segundo en el cuerpo de patri- 
cios. ^ 

Mayor D, Pedro Calderón, unitario y lomo negro. 

Z). Gregorio Silva, juez de paz de la Concepción 
lomo negro empecinado y el agente del general Olazabal! 

D, Eduardo Espinosa, era oficial de abastecedores, es- 
tuvo adentro con las armas en la mano, por esto fue arro- 
jado del cuerpo. 

Presbítero D. Mateo Vidal, enemigo acérrimo de los fe- 
derales, era el que sostenia en la sala de representantes to- 
das las disposiciones del gobierno en aquella época, y di- 
rigía al ministro de la Guerra Martínez. 

Coronel D, Ángel Salvadóres, lomo negro, estuvo con las 
armas en la mano al mando de un cantón. 

Mayor D. Ramón Carabajal, unitario y lomo negro. 


BATALLON DE AIITILLEBÍA. 


Clasificación d los jefes y oficiales de él. 

Comandante D. Juan Cebállos, obtuvo este empleo por 
el gobernador Balcarce después del 11 de Octubre; lo ra- 
tifico Viamont; estuvo con las armas en la mano. No ha 
hecho mas servicios á la federación que la expedición á 
Córdoba. 

Capitán D. Martiniano Aparicio, unitario y lomo negro. 

Capitán D. Luis Arguero, lomo negro. 

Teniente D. Manuel Visetrez, unitario. 

Ayudante D. José Revol, lomo negro. 

Teniente D. Norberto Abrego, lomo negro. 

Subteniente, I), Manuel Castahon, lomo negro. 

Batallón Guardia Argentina. — Los jefes "y oficiales sin 
excepción son federales y de toda confianza. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO III. 


209 


Regimiento iY.° l.° de Campaña. — Los jefes y oficiales 
^eaii de línea como de milicias que actualmente tiene, son 
lederales y de confianza. 

Relación de los lomos negros enemigos de los federales^ 
y se hallan ausentes fuera de la provincia. 

Brigadier D. Juan Ramón Balcarce; brigadier D. Enrique 
^líirlínez; general D. Félix Olazabaí; coronel D. Manuel 
Olazabal ; t. coronel D. Manuel Feliciano Fernández; t.co- 
i'onel D. Ignacio Inarra; t. coronel D. Adriano Gardozo : 
náiiyor D. Benito Olazabaí; mayor D. Marcelino Aguilar; ca- 
pitán 1). Gasimirio Garmendia; capitán D. Marcelino Sali- 
das ; teniente de milicias de José Estanislao Bejarano, 
paisano; paisano Juan José Gano; guarda José VillolJo; 
guarda Pedro José Molina. 

No hay mas, Excelentísimo Señor. 

Bueno; lea la segunda, dijo Rosas continuando su 
paseo, y el escribiente leyó : 


GLASIFIGAGION. 

NUMEllO 2 . 

Empleados civiles de todas clases que son muy marca- 
dos por sus opiniones. 

Departamento de policía. 

Comisarios. — D. Matías KólúQSy federal; D. Ángel Her- 
í'ero, ídem firme; D. Pedro Romero, ídem firme; ü. Lorenzo 
Laguna, idem^ idem ; D. Pedro Ghanteiro, idem, ideni; D. Isi- 
doro López, idem; D. Hilario Abálos, idenij idem; 

H. Juan José Gastro, idemfidem\ D. Diego Wnu.federal; D. Ma- 
nuel García, D. Manuel Insúa,if/^m; 1). Juan Manuel 
Serrano, ú/em; D. Pedro G. Gbavarria, ií/m /irme; D. Gi- 
riaco Guitiño, federal firme y sobresaliente; D. Andrés Parra, 
idem y idem, idem. 

Comisario en comisión. — D. Marcelo Aspitia, /et/eraí 
firme. 

12 . 


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i iíilí 


210 


AMALIA. 


Oficial 2 . 0 — D. Pedro Womevojede^'al. 

Oficiales de mesa. — D. Juan Moreno, lí/m; D. Ramón 
Tórres, Idem; D. José María Zamorano, federal firme, 
D. Francisco Plot, ídem, Idem; D. Baltasar Agüero, 
nif cante é inasistente al servicio. 

Oficiales escribientes. — D. Francisco A. Maciel, nuevo m 
el 'partido, con buena conducta; D. Estéban Ojeda,írfem, 
ídem; D. Fi-ancisco Cámara, idem, idem, fué unitario 
Victorica,e/emo5^d ser buen federal en la époea de los re- 
negados, y continúa; D. Manuel Ovella, e^puízo/ unitario; 
D. Angel M. Gómez, 5e ignora su actual cpinion y fué uni- 
tario. 

Administradores de los carros fúnebres y de policía, — 
1.0 D. Luciano Isldjederal ; 2.^ D. Pedro Obrego, federal 
firme y neto. 

Alcaides del depósito de policía. — 1.» Gregorio Guz- 
man, federal ; 2.° Santiago Olivero, idem. 

Tesorero de policía. — D. Fi*ancisco Eyzaga, buen fe- 
deral. 

Nota. Entre los vigilantes hay muchos buenos federales, 
pero otros son enteramente desconocidos respecto de su 
opinión, y será preciso el clasiíicarios despacio, previos los 
informes convenientes. 

Actuales jueces de paz en la ciudad. — Catedral al 
norte : D. Inocencio Escalada, San Nicolás : D. Ju- 
lián Gonzáles Salomón, federal firme y sobresaliente; Pie- 
dad : I). Antonio Viera, federal; Monserrat : D. Manuel 
Maestre, íV/em ; Goncepcioil : ü. José María Pintos, ú/em, 
Socorro : D. Gabriel Ferreyra, idem ; San Tolmo : Fran- 
cisco Buzaco, iíZm; Pilar : D. Juan Ovalle, San Mi- 
guel : D. José Moreno, idem; Balbaneda : D. Mariano Lorea 
renegado. * 

Nota. Hay un alcalde en esta última parroquia llamado 
D. Eustaquio Giménez, que tiene actitudes, es hombre de 
bien y federal conocido. 

Empleados del fuerte. — D. Pedro Salvadóres, unitario 
y renegado; D. Benedicto Maciel, pasa por federal, pero lo 
pasaba bien con los renegados, y gobierno subsiguiente 
D. Severo Belvis, renegado ; \). Mdvidm Balcarce, idem 
D. Demetrio Peña, idemy unitario José María Sagasta, 



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PARTE QUINTA. CAPITULO III. 


211 


íííem; D. Gregorio Alagon, idcin; D. Prudencio Gra- 
ma jo, íc/m, Idem; D. Avelino Balcarce,;’ene 7 af/o. 

Ministerio de Guerra. — Oficial mayor D. Mariano Mo- 
^^VíO,rene(jado ; D. Juan J. Martínez Fóntes, Idem; l). José 
M. Agrelo, Ídem; ü. Marcos Agrelo, ídem; Luis Méndez, idem; 
D- Esteban Badlam, renegado; Dr. D. Mariano Herrera, 
unitario ; D. Pedro Díaz de Vivar, ren^^ado; D. Justo Bal- 
^arce, idem. 

Contaduría general. — D. Tomas Usúa, unitario y rene- 
9cido; p Antonio Marcó, úZam, idem; D. Mariano Javelera, 
'tdem, idem. 

Archiveros. — D. Jerónimo Lasala,t;iy 0 con todos; 
E. Mariano \egdi, renegado exaltado. 

Colecturía. — D. Santiago Calzadilla, D. Mar- 
cos Sauvidet, D. Juan Araujo, renegado malo; 

Antonio Martínez Fóntes; renegado. 

En el resguardo. — D. JoséM. Somalo, renegado ;\).]o%^ 
A. Echevarría, ú/em; D. José GiXGvréros, renegado exaltado 
y fue agente del gobierno de Balcarce; unos Peñas, rene- 
gados; L). N. Perdió, unitario y renegado. 

Debe haber en el resguardo otros muchos renegados, se- 
gún la opinión general. 

Correos. — D. Manuel J. Albarracin,i/n/7ario; D. Bonifacio 
Salvadóres, idem y renegado; F. ülayo Pico, unitario. 

Institución de serenos. — Presidente 1). José Olaguer, re- 
uegado.vive con todos. 

Tesorero. — D. Felipe Botet, unitario muy renegado. 

Ayudantes. — D. Juan Bautista Perichon, unitario; 
D. Pedro Botet, D. Antonio José barrosa, vive 

con todos; 1). José Álvarez, /eí/em/; 1). Ambrosio Correa, 
idem; D. José León Gutiérrez, zzZem muy comprometido. 

Serenos pertenicientes al partido de los renegados. — 
Pedro Espejo : Fermín Urain ; José Pillao; Manuel Róxas; 
Juan Navea; Cosme Méndez; Vicente Gómez; Nicolás Mar- 
tínez; José Alcolea, p unitario; Rufino Blanco; Manuel 
Sosa; Manuel Rubio; Gregorio Diaz, y muy malo en la 
ópoca p«5af/a; Domingo Lara, ^ unitario malo; Nicolás 
Planeo; Lorenzo Vose; José M. Cabot; Juan Ramón Diaz; 
José Ramos; Pedro Meló; Atanasio Romero; Luís Peredo; 
Francisco Bodríguez; Alberto Bnrañez; José Isla; Vicente 
Montíllo; Francisco Tixera; José M. Ordóñez; Julián Muñoz. 


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212 


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AMALIA. 


Individuos de todas clases, 

tado 

fi. José M. Zelaya, empleado en el parque, venenado. 

T'ismo deslino apellidado Velá'zquez.rc- 

ü. Matías Aberasleguy, ex alcalde del cuartel número b 
renegado. 

lado Troncoso, ídem del número [li, renegado exai- 

D. José Pico, Ídem del 52, ídem, ídem. 

r?!icí|odo^'"° de paz de San Fernando, 

ü. Juan José Maciel, ex juez de paz de San Pedro, re- 
negado. <*< 1 /, ÍC 

D. Juan Barrenecliea, 11. renegado. 

D. Vicente Arraga, ídem, ídem. 

D. Irinco Pórtela, ídem , unitario. 

D. Ignacio Martínez, idem, renegado. 

D. Pedro Trapa ni, idem, idem. 

D. Baldomero García, vividor con lodos los partidos v 
mmj relacionado con los unitarios. 

Dr. D. Mateo Vidal, eclesiástico, renegado. 

D’ Francisco Silveira, canónigo, idem. 

D. Ramón Ülavarricta, cura, idem. 

D. Manuel iNazar, teniente cura, renegado y unitario. 

U. José Albarracin, cura renegado. 

D. Mariano Brizuela, 'presbítero, unitario. 

1). Bernado José Campos, cura idem. 

Abogados. — Dr. D. Pedro José Abrelo, renegado; Dr. D. Va- 
entin AIsma , unitario; Dr. D. Marcelo Gamboa, mode- 
rado; Dr. p. Pedro del Valle, renegado; Dr. D. Manuel Bel- 
grano, w?rUono; Dr. D. Juan José Cernadas, renegado; 
Dr D. Bernado Veloz, unitario malo; Dr. D. Ploretitino Cas- 
tellaiio, unitario renegado; Dr. D. Paulino Ibarbás, unita- 
rio; Dr. 1). llatacl Macedo Ferreira, renegado; Dr. D José 
Tomas Aguiar, idem. 

Escribanos. — D. Francisco Castellole, « unitario él, su 


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PARTE QUINTA. CAPITULO III. 


213 


mujer ^ hijos é hijas i> ^); (« Agregado auxiliar ») Antonio 
l^austo Gómez; D. Manuel Govia, unitario , « del consulado » ; 
1). Míircos José unitario, escribano de número; 

p. Teodoro Montano, renegado; D. Luis Gastañaga, unitario 
incorregible ; D. Luis López, federal, « buen sugeto D. Lau- 
reano Silva, Ídem; D. Miguel Mogrovejo, renegado; D. José 
María Jordán, unitario; D. Juan José Ganaberis, procura- 
dor renegado^ « malo, incapaz; » José Joaquin Rubí, fede- 
'i'al firme. 

Médicos y Cirujanos. — Los dos Al nacidas, unitarios mo- 
derados; D. Gosme kv^mch, renegado; D. Pedro Garrasco, 
unitario; D José Fuéntes, D. Fernando María Gor- 
rero, Ídem firme; D. Andrés Dik, extranjero federal ; D. Juan 
Antonio Fernández, unitario; D. James extranjero, 

no es unitario; D. Pedro Martínez, renegado; D. Pedro 
Róxas, unitario; D. Manuel Salvadóres, idem, rene- 
gado; D. Justo García Valdes, idem, idem; D. Benjamin 
Vicites, idem, idem. 

Particulares, 

Unitarios, y federales renegados. — D. Mariano Fragueiro, 
unitario ;\). José Pérez ( comandante), idem;^. Manuel 
Arroyo y Pinedo, muy unitario; D. José Arroyo y Pinedo, 
idem, idem; D. Juan Fernández Molina, unitario; D. Ven- 
tura Arzac, idem, malo; D. José María Arzac (impresor), renc- 
gado y malo; D. Palilo García (y ^go), idem, idem; D. Francisco 
Lavalle, unitario; D. Francisco Seguí, idem; ü. Joaquín Bel 
grano, idem; D. Pedro Berro, idem; D. Fidel Gasati, idem.; 
B.. Miguel Fernández, hermano del Manuel Feliciano, rene- 
gado; D. Gárlos Lamarca,wniíano;D. José María Maldonado, 
idem; ü. Molino Tórres, Ángel, idern; D. Sebastian Ücampo, 
unitario exaltado ; ü.ckños Réyes,it/m; D. Miguel Sánchez, 
idem, muy exaltado; D. Manuel Terri, empleado en el banco, 
unitario; D. Gregorio Terri, empleado en el banco, 

Ü. Marcelino Garranza, renegado; D. Manuel Carranza, uni- 

* Todas las palabras que en este documento van en bastar- 
dilla y con comillas, son anotaciones que en el original e.>tán es- 
critas de puño y letra do D. Juan Manuel Rosas. 


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¡r jíun "" Larn, mía, renegado, 

. Juan JlanuclCanaveris, ídem, ídem-, D. Bonito Dia/ (coiti>- 
(or)u,^ 

P(íh'. del cuartel número 9, renegado; 

L. í Ecltenagusia, renegado malo, espía pagado en elgo- 
b enw do Dakarce contra los federales ; D. ÍJmú Vetra re- 

^ ^^d-Mios Ciudadanos en laépoca 

nato y nnegaclo, D. Gervasio hnxiavo re nec/a /o v no hace 
honor al empleo de oficial de justicia que íjercl 

Federales de varias clases que pertenecen d la Sociedad 
popular restauradora y son comprometidos, 

D. Martin Santa Goloma, sobresaliente; I). Pablo Hernán- 
dez « representante, fortuna »; D. Sebastian Sárate; D. José 

M. Boneo, « ¿». » ; D. José Aldao, « 6. » ; D. Ramón Bustos 
« er/ecan » ,- D. Rafael Barrios, « bueno », « abastecedor «\ 

p. MJoUlJ Planes, « b.«; D. Manuel Alarcon, « 6. », „ cani- 
tan » ; U Laureano Aliñada, « b. », puesto verdura » ; l). José 
Tontas Robledo, « 6. », « capitán del 6 ó de la partida de 

D^Rpr'irHñ I' f « b. » , « Ídem capitán » ; 

p. Bei nado fuentes, « b. », « marcado »; ü. Pedro Aolasco 

fSuna^ el puente, 

foituna, ,0. Juan Merlo, » b. », « capitán »; D. Manuel 

Barbarin ; D. Manuel Núñez ; D. Julián de León: D José 
Antonio Heynoso ; D. Bernardino Orellana; D. Máximo Sosa 
(nep’o); p. Sil vestre San Martin (negro); D. Francisco Molina • 
p. José Mana ledros, capitán pardo, <- 6 » ; D. José llodrmuez 
(pardo ), « b » ; ü. Daniel Capdevila (negro). . 6. » ; D. Mariano 
Lastillo, . b » ^capitán de milicia »; 1). Antonio Boni’ 
las (marina) « b. » «en el servicio de la marina »; 
p. Evaristo Id alga ; ü. Antonino Réyes; D. Trifon Cárdenas 
(olipal), p. Francisco Isar;D. Antonio Reynoso; D. José 
Pintos, « b » ; D. Vicente Funes; 1). José A. Limenez, » ha- 
ciendadodel D, José üomingo.Monlaño; D. Juan Balevia 
. b, cap-'pl/.;D. Lorenzo García; D. Martin Farias (deí 
resguardo); D. Mateo Castafion; D. Manuel Bureos; D. An- 
gel Octan; D. Francisco Esquibando; D. José M. Pita; D. Ma- 


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PARTE QUINTA. CAPITULO t::. 2Í¿) 

Araoz de Parra; D. Ciríaco Gari (oficial de milicia); 
G. PelvoBriones (oficial militar); D. Mariano Soria; D. Diego 
Gbirson ; D. Antonio Miranda; D. Juan Molina; D. Pedro 
^^aiitellan ; ü. Laureano Silva (escribano); D. Cayetano La- 
Pi’ida; D. Juan José Olivera; D. José Serapio Gaona; 
G- Máximo Taybo; D. José Tibursio Sánchez; D. José D. Fa- 
D. José Carrasco; D. Francisco Farias; « b, », « capi- 
»; D. Manuel Altolaguirre (pardo); D. Juan Balanzárte- 
gui (negro); 1). Manuel Abrego; D. José Gabriel Bomero; 
G. Pedro Aberastegui; D. Juan Fuéntes D. Félix Padin 
'pardo), «/>.») a verdulero »; ü. Roque Aarbona (negro)\ 
G. Juan José Pérez de la Rosa, « bueno, oficial rebajado »; 
G. Gregorio Sulrategui. 


Otros federales, aunque no son de la sociedad. 

D, Bonifacio Huergo;D. Manuel Rábago; D. Miguel One' 
éerra; D. Anselmo Farias, 5o6r^5a/¿>/2íe; D. Domingo Eyzaga 
« b. » ; D. Miguel Casal (ex comisario]', 1). Evaristo Pineda, 
(corredor) ;D. Simón Pereira;D. José otros muchos. 

Respecto á los negros de la última clase pueden consi- 
derarse federales prontos á sostener la causa mas de las 
nueve décimas partes de ellos, y la otra se compone de al- 
gunos oficiales del cuerpo de defensores (que pueden ser 
clasificados á su tiempo) y de otros pobres ignorantes, alu- 
cinados por ellos. 

— Se ha concluido. Excelentísimo Señor. 

— Entóneos, deje ahí no mas; vaya separando las otras 
--ara leerlas luego ; pero mire, cuando vea unilaríos en esos 
papeles, léame salvajes unitarios. Tome, Corvalan. Llévele 
á María Josefa y dígale que vaya entresacando ; que ma- 
ñana le mandaré otras. 

— ¿Nada mas. Excelentísimo Señor? 

— Nada mas. 

Corvalan salió. 

En ese momento tomó Rosas el vaso de agua de manos 
del ordenanza. 

i, a puerta vidriera del rancho daba al oriente, y los vi- 
drios estaban cubiertos por cortinas de coco punzó. El sol 
oüiaoa levanlánd03e entre su radiante pabellón de grana ;y 



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I i 


AMALIA. 

SUS rayos quebrándose en los vidrios de la puerta, y su luz 
tomando el color de las cortinas, venia á reflejar con él en 
el agua del vaso un color de sangre y fuego. 

Este fenómeno de óptica llevó el terror á la imaginación 
de los secretarios, que, herida por la idea que acababan 
de comprender en Rosas al mandar las clasificaciones á su 
hermana política, Ies hizo creer que el agua se habla con- 
\ertido en sangre, y súbitamente se pararon pálidos como 
la muerte. 

La óptica y su imaginación, sin embargo, se babian com- 
binado liara representar, bajo el prisma de una ilusión la 
verdad terrible de ese momento. Si; porque en ese ino- 
mentó bebia sangre, sudaba sangre y respiraba sangro : con- 
certaba en su mente, y disponía los primeros pasos de las 
degolbaciones que debian bien pronto bañar en sangre 
la infeliz Buenos Aires. 


CAPÍTULO IV. 


Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don Cándido 
Rodríguez. 

Si los capítulos anteriores lian podido dar unaligerísima 
Idea de la ferocidad de Rosas, también habrán lieclio re- 
flexionar, es probable, sobre el modo cómo se ocupaba déla 
defensa de su causa, fronte del enemigo que le invadía v 
la amenazaba. * ^ 

Hay resistencia en el espíritu para creer que en todo 
pensase Rosas, en los primeros dias de Setiembre de 1840 
ménos encuna formal organización de defensa, en un plan 
de campaña, tan serio siquiera, como la situación que lo 
rodeaba. Y nada hay mas cierto, sin embargo. 

Rosas jamas fué militar. Y en aquel conflicto no hizo 
otra cosa que amontonar hombres y cañones, carretas y ca- 
ballos, en los estrechos reductos de Santos Lugares; espe- 
rándolo todo de la casualidad, del terror en sus enemigos 
y del miedo en sus servidores, que parece haber sido la 
Unica táctica de ese hijo predilecto de una fortuna, la mas 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO IV. 217 

siniestra ])ara la Im inanidad, tanto en sus guerras de IS-'iO 
á 1842 , como en la que sostiene en la época en que estos 
cuadros se delinean. 

Alistados á sus banderas no faltaban algunos oficiales 
generales del tiempo de la independencia; y, como tales, 
viejos veteranos que habíanse criado entre los grandes pla- 
nes militares y la disciplina severa, sirviendo alas órdenes 
de los primeros capitanes de aquella guerra gigantesca. Y 
las medidas de Rosas, como general^ en jefe del ejército, 
en aquellos momentos en que todos jugaban su porvenir, 
si no su vida, era la pesadilla diaria de a luellos soldados 
de la independencia, que no veian sino el absurdo y la igno- 
rancia, ó la mas completa apatía en las disposiciones del 
dictador, que revelaba una completa ausencia de las nocio- 
nes mas simples del arte de la guerra. Para ellos era in- 
comprensible que solo con rondas, para ver si hallaban 
algún unitario con armas; con visitas t los cuarteles, para 
no encontrar sino montones de hombres sin disciplina ni 
espíritu de soldado; y con hacinar enjambres de hombres 
y de animales en un estrecho campamento, se pudiese a se- 
gurar el triunfo, ó siquiera una resistencia regularizada, 
llegado el caso de un ataque serio sobre aquel punto, ó de 
una sorpresa ii la cuidad. Y ante semejantes planes milita- 
res renegaban de la suerte que los habia puesto bajo el 
mando de aquel hvvjlOy como lo llamaban Mancilla, Soler, 
y otros que hablan ceñido- la espada ^^®de los primeros 
dias de la revolución de América. 

iPero parece increíble! este mismo trastorno de la natu- 
ral, esta misma vulgaridad é ignorancia de Rosas, servia 
para que la fanática plebe de su partido,, y muchos también 
que no eran plebe, dijesen y creyesen, que todo aquello que 
veian y los sorprendía, era efecto del genio del Restaurador, 
que se escapaba á la penetración de los demás. 

— Él sabe lo que hace, decian. 

Y sin embargo, la verdad es que el genio no sabia una 
palabra de lo que estaba haciendo, ó de lo que debia hacer, 
en órden á la defensa militar; y se lo llevaba en un trabajo 
asiduo y laborioso, dentro sí mismo, pensanilo y combi- 
nando los medios de satisfacer sus bárbaras venganzas en 
el caso de triunfar, que ya empezaba á ver como muy pro- 
bable, sin mas ciencia que sus instiutus y su sagacidad, 


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11 . 


13 


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puramente orgánicos, puramente animales : ora comhi- 
nando nombres para encontrar víctimas, sea combinando 
en su idea el medio de arrojar á la mendicidad la niitaii de 
la población; nuevo y el mas espantoso de sus delitos, que 
debia convertirse en ley dentro de pocos dias. 

Entretanto, y á medida que los sucesos se precipitan, el 
lector tendrá que acompañarnos, con la misma prisa que 
esos sucesos, á todas partes y con toda clase de personas, 
y al llegar mas pronto que Gorvalan de Santos Lugares ála 
ciudad, y al correr sus calles, ora en largas longitudes, 
tristes, solitarias, lúgubres; sea teniendo que empujar y 
codear para abrirnos camino por medio de una oleada de 
negras viejas, jóvenes, sucias unas y andrajosas, vestidas 
otras con muy luciente seda, hablando, gritando y abrazán 
dose con los negros, soldados de Rolon ó de liavelo, mien- 
tras otras se despedían á gritos, marchando á Santos Luga- 
res; ya teniendo que ampararnos del umbral de una puerta, 
para que los caballos á galope, azuzados por el rebenque 
de la Mashorca que pasa en tropel, haciendo que hace en 
el gran plan de defensa de su genio, no invada la vereda y 
nos lleve por delante : ó ya en lin, andando mas de prisa 
para evitar la mirada curiosa que se escurre por la rendija 
de un postigo entreabierto donde, se asoma una pupila in- 
quieta y buscadora, queriendo interrogar hasta las piedras 
para saber qué pasa, qué fortuna se cierne en ese instante 
sobre la cabeza de todos, sobre el lecho del viejo, sobre la 
cuna del niño; para saber si el corazón ha de latir de miedo 
6 de esperanza todavía; si el sol ha de poner.se el último 
para ella, ó el postrero para la terrible ansiedad ((ue devora 
el espíritu y el cuerpo. Y corriendo, deslizándonos con el 
lector sobre esa ciudad cuyo piso tiembla, cuyo aire tiene 
olor á sangre, donde sobre las nubes no parece haber Dios, 
donde sobre el suelo no parece haber hombres de lodo 
falta, ménos la agonía del alma, las creaciones asustadoras 
de la imaginación, y la lucha terrible de la esperanza, que 
se escapa, ó se postra en el pecho, con la realidad, con la 
verdad, que subyuga y aniquila y mata e.m esperanza 
misma; corriendo aquí y allí, de repente nos hallaremos 
con un personaje serio y tieso, que con su inseparable 
bastón va pasando por la puerta de la .sala de representantes , 
con un aplomo de piernas sorprendente, mientras que la 



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PARTE QUINTA. CAPITULO IV. 


219 


vaguedad de sus miradas, y su semblante como hámulo m 
agua de azafran, nos hará creer por un momento, ciue aquel 
hombre lleva uiia cabeza postiza, viendo en el rostro el an- 
títesis de la seguridad que ostenta el cuerpo. 

Era Don Cándido Rodríguez. 

Frente á la sala de representantes habia en 18 lO una 
pequeña fonda, que era el Palais Royaldo toda la corte del 
genio, desde las ocho hasta las once de la mañana, desde 
las nueve hasta la una de la noche; en cuya puerta, un año 
antes, habían tomado al jóven Alagon, para convertirlo en 
nna de las mas tristes y lamentables víctimas de Rosas. 
Eran las diez de la mañana. 

Don Cándido llegaba ya á la puerta de la sala de repre- 
sentantes, cuando salía de la fonda una docena de perso- 
najes de la federación, haciendo un ruido infernal con sus 

inmensas espuelas. . 

Don Cándido no los miro con los ojos. Los miro y cono- 
ció con el oído. Y, sin dar vuelta su cabeza, ni precipitar 
sus pasos, se entró muy serio á la sala de representantes, 
y empezó á subir por la escalera que conduce al archivo. 

Él no iba á semejante casa, ni á tal archivo. Era el ruido 
de las espuelas federales lo que habia dado á sus piernas 
una nueva dirección, sin dar liempo á su cabeza á la com- 
binación de ninguna idea. Así es que, cuando se halló fí ente 
á frente con un oticial de esa olicina, no sabiendo qué de- 
cirle, y no crevendo que debia pararse todavía, pasó por de- 
lante de él, y siguió andando. 

— Señor ¿queria usted algo le dijo aquel. 

— ¿Yo? 

— Sí, pues, usted que se entra, asi no mas. 

— Mire usted, jóven, esto es efecto de causas muy remo- 
tas y recónditas, que cuando el liempo, ese amigo de la ve- 
jez é instructor de los jóvenes... el tiempo, ¡ si usted supiera 

lo que es el liempo 1 , , , r- 

— Señor, yo lo que deseo saber, es qué busca usted, dijo 

el oficial que empi‘zó á creer que Don Cándido era un loco, 
y no las tenia todas consigo al encontrarse solo,eu tan pe- 
ligrosa compañía. . , n . 

— Mire usted; yo francamente no quiero nada. ¿De que 
familia es usted, mi distinguido señor? 

— Señor, yo tengo que cerrar la puerta : hagame el la- 


II: 




Pl'i:, 

* I 




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in , 


I I 


i ' 


220 AMALIA. 

vor de retirarse, dijo el jóveii retrocediendo algunos pasos 
y dando la espalda á la puerta de salida. 

— Tiene usted en su íisonoinía la expresión del talento, 
de la asiduidad, de la labor ; ¿en qué íorma de letra escribe 
usted ? 

— Señor, llágame usted el favor de irse. 

— De todos mis discípulos; porque ha de saber usted que 
yo he sido maestro de primeras letras, de todo Buenos 
Aires. ¡Oh! y qué hombres he sacado 1 Unos son hoy dipu- 
tados, comerciantes de primer órden, activos, hacendosos, 
infatigables; ¿ conoce usted la casa de comercio que hay ?.. 

Don Cándido alzó su caña de la India, como para apun- 
tar en el aire la dirección á que iba á referirse, cuando el 
jóven, creyendo que la alzaba para darle un palo, corrió á 
la puerta y dió un grito al portero que felizmente no se ha- 
llaba en su puesto. 

— 6 Qué hacéis, jóven imprudente, inconsiderado, ligero 
como todos los jóvenes? 

— Señor, si usted no se va, yo empiezo á gritar. 

-- Bien; ya me voy, jóven inexperto y alucinado. 

Pero en lugar de dirigirse á la puerta, Don Cándido se 
dirigió á uno de los balcones, que quedaba frente á frente 
con la fonda; y el alma le volvió al cuerpo, al ver que na- 
die habia en la puerta de ella. 

Volvióse entonces y extendió su mano para despedirse del 
oíicial del archivo, quien, no teniendo la mínima duda de 
que Don Cándido acababa de escaparse de la llesidencia, se 
guardó muy bien de poner su mano entre las suyas. 

— A Dios, jóven bisoño y nuevo en la escuela del mundo. 
Ojalá pueda pauar á usted y á su respetabilísima familia ei 
eminente é inolvidable servicio que acabo de recibir. 

Y Don Cándido bajó con toda su estudiada gravedad las 
escaleras, mientras el jóven quedóse mirándole y rién- 
dose. 

Pero no bien el maestro de primeras letras habia llegado 
á la esquina de esa cuadra, andando siempre en dirección 
al Retiro, cuando otra comitiva federal doblaba del Colegio 
hacia la fonda, y se encontró de manos á boca con Don 
Cándido 

liste lio najó, saltó de la vereda, y, con el sombrero en 
la mano emnezó á hacer profundas reverencias. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO IV. 


m 


Los otros que teriian mas ganas de almorzar que de sa- 
ludar, y muy habituados que estaban á esa clase de cum- 
plimientos, siguieron su camino, miéntras Don Cándido se 
quedó saludándolos hasta por la espalda. 

Vertiginoso, latiéndole las sienes terriblemente, y su- 
dando á rios, dobló al fin por la calle de la Victoria en 
dirección al campo, y fué á entrar por aquella puerta donde 
lo conocieron nuestros lectores por la primera vez, y que 
uo era otra que la de Daniel, como es probable que lo re- 
cuerden. 

Un momento después, nuestro desgraciado secretario en- 
traba á la sala de su antigáio discípulo, á quien halló sen- 
tado en una cómoda silla de balanza, leyendo muy tranqui- 
lamente la elocuente Gaceta Mercantil, 

—-¡Daniel! 

— ¿Señor? 

— 1 Daniel! ¡ Daniel 1 

— ¡ Señor! señor! 

— Nos perdemos. 

— Ya lo sé. 

¿Lo sabes y no nos salvas? 

— De eso se trata. 

— No, Daniel, no, no tendremos tiempo. 

— Tanto mejor. 

— ¿Cómo? interrogó Don Cándido, abriendo tamaños 
OJOS, y sentándose en un sofá al lado de Daniel. 

— Digo, señor, que en las situaciones difíciles lo mejor 
es acabar pronto. 

— Pero acabar bien, querrás decir. 

— Ó acabar mal. 

-¿Mal? 

— Sí, pues, mal ó bien, siempre es mejor que vivir dando 
un brazo al bien y el otro al mal. 

— ¿ Y ese mal será? 

— Que nos corten la cabeza, por ejemplo. 

— Que te la corten á ti y á todos los conspiradores. 
Pero no á mí, un hombre tranquilo, inocente, manso, ir.ca- 
paz de hacer el mal con intención, con premeditación, con.... 

— Siéntese usted, mi querido maestro, dijo Daniel cor- 
tando el discurso de aquel, que á medida que hablaba iia- 
bia ido parándose. 



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1 ! 


M- 


— ¿Qué he hecho ^-o, ni qué he pensado liacer para en- 
ronlrarme, como me hallo, semejante á un débil barqui- 
(•huelo en medio de las ondas y las tempestades del Océano? 

— ¿ Qué ha hecho usted? 

— ¿Sí, yo? 

— ¡ Toma! Pues no es nada lo que usted ha hecho. 

— Yo no he hecho nada, señor D. Daniel, y ya es tiempo 
de que nuestra sociabilidad se separe, se rasgue, se rompa 
para siempre. Yo soy un acérrimo defensor del mas ilustre 
de los restauradores de este mundo. Quiero hasta el último 
de la respetabilísima familia de Su Excelencia, como quiero 
y soy defensor del otro señor ^bernador Doctor D. Felipe, 
de sus antepasados, y de todos sus hijos. Yo he querido... 

— Usted ha querido emigrar, señor Don Cándido. 

-¿Yo? 

— Usted ; y este es delito de lesa federación que se paga 
con la cabeza. 

— Las j)ruebas. 

— Señor Don Cándido, usted está empeñado en que ál- 
guien lo ahorque. 

— ¿Yo? 

— Y solo espero que me diga usted si quiere serlo por 
la mano de Rosas ó por la mano de Lavalle. Si lo primero, 
le complaceré á usted en el momento, haciendo una visita 
al coronel Salomen. Si lo segundo, esperaré tres ó cuatro 
dias á que entre el general Lavalle, y en primera opor- 
tunidad le hablaré del secretario del señor Don Felipe. 

— ¿Conque entóneos yo soy hombre al agua? 

— No, señor, hombre al aire será usted, si persiste en 
hablar tanta tontería como lo ha estado haciendo. 

— Pero, Daniel, hijo inio, ¿no ves mi cara? 

— Sí, señor. 

— ¿ Y qué notas en ella? 

— Miedo. 

— No, miedo no, desconfianza, efecto de las terríficas 
impresiones que me acaban de dominar. 

— ¿Y qué hay? 

— De lo del Señor Gobernador aquí, me he encontrado 
dos vecíes con esos hombres que parecen... que parecen... 

— ¿Qué? 

— Que parecen diablos vestidos de hombre. 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO IV. — 

— U hombres vestidos de diablo, ¿no es eso. 

— iQué caras, Daniel ! iqué caras! Y sobre todo esos cu- 
chillos que llevan. ¿Crees que uno de esos hombres sena 
capaz de matarme, Daniel? 

— No, me parece. ¿Qué les ha hecho usted? 

— Nada, nada. Pero imagínate que rae confunden con 
otro, y, 

Bah, dejemos eso, mi querido amigo. Usted me ha 
dicho que salió de lo de Arana para venir aquí ¿no es eso . 

— Sí, sí, Daniel. 

— Luego usted traia un objeto en su venida. 

— Sí. 

— ¿Y cuál era, mi amigo? , 

— No sé; no quiero decirlo ya. No quiero mas política, 

ni con (id en das ^ , . • 

— Ah, ¿luego era una confidencia política lo que venia 

usted á hacerme? 

— No he dicho tal. 

— Y apostarla á que trae usted en el bolsillo de su levi- 
tón algún papel importante. 

— No traigo nada. ^ i i 

— Y apostaría á que si algún hermano federal se le an- 
toja registrarlo á usted al salir de acá, por ver si lleva ar- 
mas, y le encuentra el tal papel, se lo despacha a usted en 
un abrir y cerrar de ojos. 

— ¡Daniel!... ^ 

— Señor, ¿rae da usted los documentos que me trae ó no • 

— Bajo de una condición. 

— Veamos. _ i i ^ i 

— Que no rae exigirás que continúe faltando a mis de- 

beres. ^ , 

— Tanto peor para usted, porque Lavalle no pasa cuati o 
dias sin que esté en Buenos Aires. . , 

— ¡Y qué! ¿tú no responderlas de los inmensobsei vicios 

que he prestado á la libertad? . , , , 

■ — No, si usted se pára en la mitad del camino. 

— ¿Y crees qne entre Lavalle? 

— Pata eso ha venido. . . , 

— Mira; aquí entre los dos, yo también lo creo; y es 
por eso que venia á verle. Ha habido un contraste. 

— ¿Rn quién? preguntó Daniel con viveza, sonrosándo- 


ñ 


iil 


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solé un ])oco el semblante, donde en pocos dias habían 
lieclio un notable estrago las diferentes impresiones que 
invadían su alma. Pálido, ojeroso, desencajado, se parecía 
mas ese dia á un jóven libertino (jue echa la vida y la salud 
por la puerta de los sentidos, que á un jóven que vive la 
vida, el corazón y la inteligencia. 

— Toma, lee. 

Daniel desdobló un papel que le daba Don Cándido y 
leyó : 


a San Pedro, 1° de Soliembre. 

« Hace dos dias que se presentó Mascarilla con mil hom- 
bies, á tomarnos el pueblo, que mostró una decisión ex- 
traordinaria, rechazándolo vigorosamente. Traía una pieza 
de canon, ciento cincuenta infantes y como seiscientos 
jineles. Atacó por dos puntos. Penetraron un momento 
hasta la plaza; pero fueron repelidos por nuestro vivísimo 
fuego. La pérdida pasa de cien hombres. 

» Adjunto á usted copia de la comunicación que he reci- 
bido del general. 

» Manana le escribiré detalladamente. 


« Señor Z)... » 


« Juan Camelino. 


Á ver el documento á que se refiere, dijo Daniel des- 
pués de un silencio de mas de diez minutos fijos sus ojos 
en el papel que tenia en la mano, miéntras pasaban por su 
expresiva fisonomía visibles nubes de tristeza v descon- 
suelo. 

— Toma, dijo Don Cándido, son los dos documentos de 
importancia, y que se han encontrado en una ballenera to- 
mada anoche. Volando he sacado una copia para traértela. 

Daniel tomó el papel sin oir á Don Cándido, y leyó : 


1 




i 



PARTE QUINTA. CAPÍTULO IV. 


225 


« Ejército liberlador, cuartel g^eneral en marcha, 
» Agosto 29 de 1840. 


de 


» M Señor D, Juan Camclino, comandante militar 
San Pedro, 

I' El genérale en jefe tiene hi satisfacción de comunicar á 
jjsted, para que lu haga saber en el partí lo de su mando, 
que por comunicaciones que se han interceptado de Don 
^‘iix Aldaoal tirano Rosas, se sabe que el estado de laopi- 
lon de los pueblos del interior es el mas favorable á la 
ausa de la libertad. Las provincias de Córdoba, San Luis 
y oan Juan se han negado á dar á Aldao los auxilios que 
^aiJia solicitado. La provincia de la Rioja se ha alzado en 
asa contra la tiranía de Rosas y ha armado una gruesa 
columna de caballería y ochocientos infantes. El general 
Ea-Madrid que pisó el territorio de Córdoba al frente de un 
ejercito de bravos amigos de la libertad, vendrá pronto á 
apoyar las operaciones del ejórciío libertador. 

» La división Vega dispersó completamente en Navarro 
las luerzasde milicias que babia reunido Cbirino. El ejér- 
cito cuenta con un escuadrón de a<[ueHas milicias. 

I El general en jefe ha sabido que las milicias de la Mag- 
dalena se han sublevado abandonando á sus jefes en el 
n^omento que íes dieron la órden de incorporarse al ejér- 
cito de Rosas. La causa de la libertad hace rápidos progre- 
sos, y el general en jefe espera que bien prunto serán pre- 
Qiiados los esfuerzos de los soldados de la patria entre los 
que ocuparán un lugar distinguido los bravos defensores 
San Pedro. 

” liará usted saber las noticias que le comunico en el 
partido de su mando, con la seguridad de que el ejército 
libertador no imita el sistema de mentir con que el tirano 
lutenta ocultar su crítica situación. 

» Enviará usted una copia de esta nota al juez de paz del 
varadero. 

Dios guarde á usted. 

» Juan Lavalle. » 

¿Qué te parece? preguntó Den Cándido luego que Da- 
niel hubo concluido la lectura del documento. 

El joven no contestó. 

13. 






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226 


AMALIA. 



— Se vienen, Daniel, se vienen. 

— No, señor, se van, repuso este; y estrujando el papel 
entre sus manos, se levantó y empezó á pasearse en el sa- 
lón, marcando en su rostro la impaciencia y el disgusto. 

— ¿Te has enloquecido, Daniel? 

— Son otros los que se han enloquecido, no yo. 

— ¡Pero si han derrotado á López, mi estimado y que- 
rido Daniel I 

— No vale nada. 

— Si ya están en la Guardia de Lujan. 

— No vale nada. 

— ¿ No ves el entusiasmo ardiente, fogoso, tremebundo de 
que están animados? 

— No vale nada. 

— ¿Estás en ti, Daniel? 

— Sí, señor; los que no están en sí son los que están 
pensando en las provincias, revelando con eso que no con- 
fían en sus propios medios, ni ven la fortuna que se les 
presenta á dos pasos. ; Fatalidad, raro destino el que per- 
sigue á este partidó, y con él á la patria! exclamó el jóven 
paseándose siempre precipitadamente por el salón, miéntras 
Don Cándido lo miraba estupefacto. 

— Bien decimos entónces los federales... 

— Que los unitarios no sirven para un diablo ; tiene 
usted razón, señor Don Cándido. 

En ese momento dos fuertes aldabazos se sintieron en 
la puerta de calle. 


CAPÍTULO V. 

Pílades enojado. 

Don Cándido se estremeció. 

Daniel cambió de fisonomía como si le hubiesen quitado 
una cara y puesto otra: antes visiblemente alterada y des- 
compuesta, ahora tranquila y casi risueña. 

Un criado apareció, y anunció á una señora. 

Daniel dió órden de que entrase. 




PARTE QUINTA. CAPITULO V. 


227 


— ¿Me iré, hijo rnio? 

— No hay necesída'i, señor. 

— Es verdad que yo no quisiera irme, sino esperar á 
que tú salieras para acompañarte. 

Daniel sonrióse. Y en ese momento una mujer que so- 
naba como si estuviese vestida de papel picado, con un 
moño federal de media vara, y unos rulos negros, duros y 
lustrosos, sobre una cara redonda, morena y gorda, tal como 
si el médico Rivera, marido de la rubia Merceditas, se hu- 
biese vestido de mujer, apareció en la puerta de la sala. 

— lOh! exclamó Don Cándido. 

— Ádidante, Misía Marcelina, dijo Daniel. 

— ¿Ah, sois vosotros? 

— Los mismos. 

— Pílades y üréstes. 

— Exactamente. 

— Aqueste es Pílades, dijo Doña Marcelina extendiendo 
la mano á Don Cándido. 

— Señora, usted es una mujer fatídica, contestó retirán- 
dose de Doña Marcelina. 

— a No cabe en tus entrañas 

Ni el amor ni la amistad, pecho do bronce. » 

— I Ojalá fuese yo de bronce todo entero ! repuso Don 
Cándido suspirando. 

— Especialmente el cuello, ¿no es verdad, amigo mió? 
observó Daniel. 

— iQuél ¿Está sentenciada al sacrificio la cabeza de 
Pílades? 

No, señora; ni usted se metaá repetir semejantes bar- 
Luridales; \o no soy unitario, ni nunca lo he sido, ¿en- 
tiende usted? 

— ¿Y que importa la cabeza? 

— No importa la cabeza de usted, que es... pero la mia. 

— Y la vuestra, ¿qué importa ante las hecatombes que 
ha presenciado el mundo? ¿La cabeza de Antonio y de Ci- 
cerón no fueron tiradas en el Capitolio, como me leia el in- 
mortal Juan Cruz? ¿No os llevarla la posteridad en sus 
alas? 

— El diablo debia llevársela á usted en sus cuernos. 


M Mi 


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AMALIA 



228 


— ¿Veinte y tres puñiladas, no acabaron con César? 

— Daniel, si esta mujer no es mensajera de Satanás, poco 
le falta. Es una mujer fatídica, es bi uja, ó bija de bruja 
Cada voz que nos hemos acercado á ella, ó ásu casa, nos lia 
sucedido una desgracia. Como lu antiguo maestro, corno tu 
viejo amigo, que tiene por ti estimación, cariño, simpatías, 
te pido, te mando que despaches ñ esta mujer, que pai-ece 
que anda con el diablo prendido del vestido. 


— « Ciill.a esa lengua con que en rudo alarde 
Al sexo bello difamáis, cobarde. » 


— ¿ Bello? ¿Usted bella? y Don Cándido apuntaba con el 
dedo á Doña Marcelina. 

— Señor Don Daniel, ¿qué es esto? 

— Échala, Daniel. 


— a En qué horrible celada caen mis pasos? • 

— Todo esto no es mas, sino que el señor es un poco ex- 
céntrico, dijo Daniel mirando á Doña Marcelina, sin poder 
ya disimelar la risa que le saltaba en el alma y en la cara. 

— ¡Ah, debe haber becho sus estudios en la literatura in- 
glesa! exclamó aquella, paseando una mirada despreciativa 
por toda la ligura de Don Cándido, que permaii cia parado á 
una buena distancia de su antagonista. Si hubiera, como yo, 
educádoseen la literatura griega y latina, otra cosa seria! 
Lo perdono. 

— ¿Usted sabe el latin y el griego? usted ? 

— No, pero conozco el fondo de esas lenguas muertas. 

— ¿Usted? 

— Yo, hombre prosaico. 

— Daniel, échala, hijo mió, mira que un loco hace ciento. 

— ¿Cómo, señor Don Daniel, un hombre de la altura lite- 
raria de usted, en relación con seres tan vulgares, cuya 
muerte es como su vida, oscura y silenciosa?... Pero no; 
vivamos en constante y lírica armonía. Los tres hemos pa- 
sado por terribles peripecias dramáticas. Vivamos ¡untos, 
y muramos junios. Hé aquí mi mano, y Doña Marcelina se 
adelentü hacia Don Cándido. 

— No ([uiero, déjeme usted, repuso Don CámJ'do retro- 
cediendo. 


I 




I 







i ii 






i i: 


2:0 


AMAUA. 


Dien. 


— No pierda usted el tiempo, Doña Marcelina. 

— Iré volando en alas del destino. 

— No, vaya usted caminando, nada mas; no es Jjueno 
en esta época liacerse notable, ni por andar muv de prisa 
ni por andar muy despacio. “ ' 

— Seguiré el vuelo desús ideas. 

— Á Dios, pues, Doña Marcelina. 

— Los dioses sean con vos, señor. 

— 1 Ah! ¿cómo se halla Gaete? 

— El hado lo ha salvado. 

— ¿Se levanta? 

— Todavía yace en su lecho. 

— Tanto mejor para mi amigo Don Cándido. Á Dios, 
pues. Dona Marcelina. 

Y iniéntras esta salia del escritorio por la puerta que 
conducia á la sala, Daniel pasaba por otra, en el extremo 
opuesto, que conducia á su aposento, llevando en su mano 
la carta que habla recibido. 

Don Cándido s.e paseaba en la sala, cuando volvió Doña 
Marcelina; y súbitamente la dió la espalda, y se puso á mi- 
rar un retrato del padre de Daniel. 

Dona Marcelina acercóse hasta él, y le dijo, poniéndole 
la mano en el hombro al mismo tiempo : 

— ¿Sabes tú padecer? 

— No, señora, ni quiero saberlo. 

— I Gaete vive 1 continuó Doña Marcelina ahuecando la 

VOZ. 

La tiompeta del juicio no hubiera hecho la impresión 
que esas dos palabras en el tímpano donde se estrellarun. 

^ dado memorias para vos, prosiguió aquella 

siempre con la mano sobre el hombro de su Pilados. 

— Señora, usted ha hecho pacto con el diablo para per- 
der mi alma. Déjeme usted ; déjeme usted por amor de 
Dios. 

— Os busca. 

~ Pues yo no lo busco á él, ni á usted. 

— Está celoso como un tigre. 

— Que reviente. 

— Vos le habéis arrebatado el corazón de Gertrúdis. 

/.Yo? 


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PARTE QUINTA. CAPITULO V. 


231 


— Señora, usted está loca de atar; dejenie usted. 

— y moriréis bajo el puñal de Bruto. 

— Si usted no se va, doy voces para c[ue vengan y la echen. 

— Y chorreará del fierro la sangre de vuestro protervo 
corazón . 

— i Santa Bárbara! Daniel. 

— Silencio. 

— ‘Usted es un espía de ese malvado fraile, i Ahora lo com- 
prendo ! Daniel 1 

— ¡ Silencio! no llaméis á Daniel. 

— Y voy á hacer que la aten á usted con la soga del 
pozo. Daniel 1 

— i Silencio! . ^ i 

— No quiero callarme, no quiero; usted ha venido de 

' üaiúel entró á la sala, atraido por los descornpasados 
gritos de Don Cándido, y comprendiendo, poco mas ó menos, 
lo que estaba pasando, preguntó con una cara muy séria : 
_ , Qué victimase inmola en sacrificio? , 

— Viene de espía, Daniel, viene de espía,di]o Don Cándido 

señalando á Doña Marcelina. i ^ ^ 

— 1 Delira con las sombras de su crimen ! exclamo aquel a 

sonriendo, saludando con la mano á Daniel, y ^ 

sala; miéntras su Píladesse esforzaba en persuadirá Daniel 
que aquella era una mujer espía de Gacte. 

-Trataremos de eso, amigo mío, pero por ahora no vuelva 
usted á gritar tan descompasadamente, a lo menos por un 
cuarto de hora. Y el jóveii volvió á las habitaciones inte- 

" No es nada; era una escena entre dos personajes los 
mas orimnales que he visteen mi vida, y que en otra cii- 
cunstancia me harían gozar tnucho, “I 

su alcoba, y dirigiéndose al Doctor Alcorta y a Lduaiuo, 
inip psltibiin nlh hnciii liirgo tiempo. , 

Daniel íl separarse de Doña Marcelina la pn.nera z. 
f>ra á ellos á quienes babia venido á buscai en su doi n 
rio con laíaíta que habla conducido Mr. Douglas, el con- 
trabandista de unitarios, como se sabe ya. , 

Al entrar la primera vez, Daniel se había dirigido al Doc 

tor Alcorta diciéndole : 


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ITi 


232 


AMALIA. 


L 




íf$ 

vil 


P) P0'‘ Montevideo 

El Doctor Alcorta tomó el papel y leyó : 

a París, II de Julio de I8i0. 

•>« la exSlS'í'ícuS; i5“pS“ ”"i““ rY“ 

ssSiS^^ 

» Es notaljlu por su iiilropidez, y los eme liavan i/.m. j 

fraaaasti 

pulacioii dul buque francés, y uü sobrevivió í «?n <5 p->fn 
otro oficial que el guardia-marina \Urk'ui estragos 

nol)le satisfacción por hallarse mandando un buque de^ucí-ra 
francés determinó conlirmar la elección déla suS nÓ? 
un ilustie hedió de armas. Pronto se encontró con ^im 
buque de guerra inglés : era laCrtífr. Después de uS com- 
bate piodigioso iMackau rindió al buque enemigo que estaba 
mandado por un antiguo teniente de marina. Líriiundo 
noiOaO marino fu6 á la presencia de su vencedor - y al con 
siderar que este no era sino un jóven <ruir, iVm., m. " 
17 años al mando de una tripulación diezmada por la mste 

íoi^eStr f^ersaíi su 

» Su afectísimo, etc. » 

- Todo se combina para que los sucesos marchen ^ 
fin, amigos míos, dijo el Doctor Alcorta, des,S íe leei 

- Si; a su fin, ¿pero cuál? ' 

-i No oyes que viene una expedición, Daniel? 

Que legara tarde, y que entretanto inspira las cartas 
que escriben al general de ule Montevideo para que no of 
ponga su ejército y espere esa expedición, q'ue, ó io vSdS; 


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PARTE QUINTA, CAPÍTULO V. 


233 


Ó si viene hará que Rosas trance con los franceses, ante» 
de llegar las fuerzas al Janeiro. , 

— i Pero seria una infamia de parte de la Francia l repu- 
so Eduardo. . , .... 

— En política no se miden las acciones por la mora i.i 

vidual de los hombres, Eduardo. . 

— ¿ Y es positivo que le dan esos consejos al guieiai 

Lavalle? preguntó el Doctor A-lcorta. „^niínM 

— Si, señor; se los dan los mas de la comisión argentina 
que no quieren esperar nada sino de un grande ejercito. 

— I Ahí si yo fuera Lavalle! exclamó Eduardo. 

— Si tú fueras Lavalle estarías ya loco, bl general está 
contrariado por todos y por todo. La resistencia del coman- 
dante Penau á desembarcar el ejército en el Baradero, en 
vez de llevarlo á San Pedro, ha hecho que el general pierda 
tiempo, y caballos que lo esperaban en el 

hostilidad de Rivera le traba todas sus medidas desde hace 
un año. Elalucinamiento de los doctores unitarios le hace 
concebir un mundo de esperanzas risueñas, de facilidades 
deslumbrantes sobre las simpatías que hallará en P™' 
vincia, y el general viene, y toca la realidad, y no halla a- 
les simpatías. Un centenar de cartas contradictorias le lle- 
gan todos los dias de Montevideo, á él, a sus jefes, a sus 
oliciales, que avance, que no avance, que espere, que no 
esporo. Dioz hombros no\)ionsan dol mismo modo. g 
neral duda, vacila, teme marchar contra opiniones, respe- 
tables por el nombre que llevan, y marcha con lentitud, 
hoy distrayendo sus fuerzas en perseguir a un caudillejo, 
mañana a otro, y somos 3 de Setiembre y no esta a u 
legua de Lujan; y entretanto Rosas se repone nioialmeute, 
sus hombres van volviendo en si ^el primer momen o^ y 
se acercará á la ciudad, quizá para verla y volverse ó qmza 
para que corra mucha sangre, que hace quince ¿las, ocho 
dias se hubiera podido evitar, dijo Dame . • c 

desconsolador y triste que impresionó visiblemente a sus 

"^"^-^'T^odo eso es la verdad, y este pueblo sufrirá toda la 
ira de Rosas, como la ha empezado á sufrir ya, repuso el 

°Sí,‘'^e'í°pueb!o. señor, el pueblo, cómplice hasta cierto 
punto de la bárbara tiranía que le oprime, ha de pagar 


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234 


AxMALIA. 


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clollSí ?lmra“Jí“S"''í “"i'>“™s. repuso Eíuar- 

¡«r , ;¿ s;“ zz- 

r7u«oS::o;ri%rr 

todífa^n?. ‘=“™'^"‘carle, observó Daniel, 

üo . t toao ya. De lo primero, dudo. 

pppsiilsi 

cazrnente para despejar toda la calle del Colegio’ sreV ce í 
ral, como se lo ruego, invade por Barráca^y sutf sus' 
fueiz.is poi la Barranca de Marcó, que es el punto mas se- 

larga y recta°call°e- rcorl' vcinfé'y cfnco íZTrS masque 

— ¿Ai’miis? 

— leiigo cuarenta y seis fusiles, y tres mil cartuclinq 

— ¿La señal? 

Z ejército, si se deciden á atacar. 

(, Las comunicaciones son seguras? 

— Muy seguras. 

— Eso es lo de ménos. Doctor; no habrá riesgo Acabo 
de mandar llamar un agente mió para remitid con cM una 


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PARTE QUINTA. CAPITULO V. 


235 


caria al comandante de un buque bloqueador, previniéndole 
y pidiéndole una ballenera armada, porque el único peligro 
seria encontrar alguna de las embarcaciones déla capitanía 
que suelen correr la costas. 

— Bien pensado. 

— Le diré también que él mismo determine la noche, y 
la hora, y la señal con que me avisará desde abordo. 

— ¿ El embarijue será por San Isidro? 

— Sí, señor. Eduardo le habrá dicho á usted todo a ese 
respecto. 

— Sí, ya. .... 

— ¿Y cree usted que Madama Dupasquicr resista al vieje^ 

— Lo que creo es que no resistirá quince dias mas de 
Buenos Aires. Es una de esas enfermedades que no residen 
en ningún órgano, que están esparramadas en la misma vida, 
y que la secan y la extinguen por horas. Es tan profunda la 
afección moral de esa señora, que ha enfermado ya el co- 
razón y los pulmones, y la consunción la mata. Pero el 
aire libre la va á volver á la vida, con la misma rapidez que 
la falta de él la está asesinando en Buenos Aires. 

— ¿Y ella está bien decidida? preguntó Eduardo. 

— Anoche se convino á todo, contestó Daniel. 

— Y hoy lo desea con ansiedad, agregó el Doctor Alcorta, 
y está conforme en que Daniel se quede. Lo ama á usted 
ya, amigo mió, como si fuera su hijo. 

— Lo seré, señor, y no lo soy mañana, ahora mismo, por- 
que ella se resiste. Es supersticiosa como toda mujer de 
corazón, y teme de un enlace contraido en estos tristísimos 
momentos. 

— Sí, sí, es mejor que así sea. ; Quién sabe cuál es la 
suerte que vamos á correr! Que se salven siquiera las mu- 
jeres, dijo el Doctor Alcorta. 

— Ménos mi prima, señor. No hay medio de hacerla de- 
cidir. 

— ¿Ni Belgrano? 

— Nadie, señor, contestó este, sobre cuyo corazón había 
ido á fondo la interrogación del Doctor Alcorta. 

— Son las dos de la tarde, amigos mios. ¿Van ustedes 
hoy á San Isidro? 

— Sí, señor, á la noche y regresaremos ánles del día. 

— i Cuidado, mucho cuidado, por Dios’ 






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— Son ya nuestros últimos viajes, señor, dijo Uduardo, 
tan pronto como se emhaniue madama Dupasciuier ciue- 
dará vacía la casa de los olivos. 


Y los dos jóvenes abrazaron á su antiguo catedrático de 
tilosofia, á quien Daniel acompañó hasta la puerta de la calle. 


CAPÍTULO VI. 

El conlrabaiidista de hombres. 

Apénas se liabia retirado el Doctor Alcorta cuando sintié- 
ronse dos palmadas en el escritorio de Daniel, contieuo al 
aposento, como so sabe. ® 


— ¿Alt, es usted, mi ((uerido maestro? dijo el ióven en- > 

lontrándose con Don Cándido. | 

— Yo, Daniel, yo soy. Perdóname; pero es que viendo ! 
]ue tardabas, entré á sospechar que te habrias salido por ' 
iiguna puerta secreta, e.vcusada, que me fuese desconocida • 

f como de algún tiempo á esta parte buyo de la soledad...’ 
orque has do saber, mi estimado Daniel, que la soledad 
itecta la imaginación; facultad que, según dicen los íilóso- 
os, sirve para el bien, y si ve para el mal; razón por la 
Ucil yo picíioro la facultad do recordar, quo so^^^’U!) la oni* 
non do Quinliliano i 

— I Eduardo! j 

¿Qué hay ? contostó osto ontrando. j 

— I Cómo! J RíílíJPíinn i 


¿Cómo así, mi respetable maestro? le preguntó Eduardo 
sentándose a su lado. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO VI. 


237 


¿Qué es esto, Daniel? Quiero una explicación franca, 
terminante, clara, prosiguió Don Cándido dirigiéndose á Da- 
niel y separando su silla de la de Eduardo. Quiero saber una 
cosa que fije y determine, y establezca mi posición ; quiero 
saber qué casa es esta. 

— ¿Qué casa es esta? 

-Sí. 

— iTomal Una casa como cualquiera otra, mi querido 
maestro. 

— Eso no es contestarme. Esta casa no es como cual- 
quiera otra. Porque aquí conspiran los unitarios, y conspi- 
ración los federales. 

— ¿ Cómo así, señor? 

— Hace un cuarto de hora que has recibido en tu casa á 
una mujer espía de ese fraile endemoniado que ha jurado 
mi ruina y mi exterminio, y ahora se me aparece en tus ha- 
bitaciones interiores y recónditas este jóven misterioso que 
huye de su hogar, y anda de casa en casa con toda la apa- 
riencia de un conspirador emboscado y sigiloso. 

— ¿ Acabó usted, mi querido maestro? 

— No, ni quiero acabar sin decirte una, dos y tres veces 
que de mi posición oficial tan encumbrada y delicada yo 
no puedo conservar relaciones con una casa á que no se 
le halla una perfecta definición gramatical. Y desde que no 
sé qué casa es esta, quiero absternerme de su mancomuni- 
dad V trato. 

— " Señor, usted ha almorzado con el diputado García, 
dijo Eduardo. 

— No, señor, no he tedido el honor de almorzar con el 
señor Don Baldomero. 

— Entóneos, con Garrigós. 

— Tampoco, ni esto me parece del caso. 

— Entóiices la inspiración de ese estupendo discurso es 

puramente suya. .ni 

— Cortemos toda sociabilidad, señor Relgrano. 

— Pero es, señor Don Cándido, repuso Daniel, que usted 
ha llamado conspirador á mi amigo y esto me parece poco 
cortés entre colegas. 

— I Colegas l Yo he sido maestro del señor cuando era 
uiño, inocente, tierno. Pero, después... 


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d'.ii. 


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Mi 


— Después le lia tenido usted oculto en su casa, mi qus 
rido maestro. 

— Fue acción sin voluntad. 

— Cómo quiera. 

— Pero nunca he sido colega de usted para nada. 

— Pero lo es usted ahora, señor Don Cándido, replicó 
Daniel. No es usted secretario del señor Arana? 

Lo soy. 

— Pues bien, el señor es secretario en comisión del ge- 
neral La val le. 

— ¡Secretario en comisión del general Lavalle! exclamó 
Don Cándido, parándose gradualmente y mirando á Eduardo 
con ojos que querian salirse de las órbitas. 

— ¡ Pues I prosiguió Daniel, y como usted es secretario de 
Arana, y el señor secretario de Lavalle, resulta que son us- 
tedes colegas. 

— ¡Secretario de Lavalle! ¡y conversando conmigo! 

— y huésped de usted hace pocos dias. 

— ¡ Y huésped mió!... 

— Y agradecidísimo por otra parte. Y tanto que mi pri- 
mera visita será para usted dentro de dos ó tres dias, mi 
querido colega. 

— ¿Usted en mi casa? No, señor, ni estoy ni puedo es- 
tar en mi casa para usted. 

— Ah, eso es otra cosa. Yo esperaba ir á visitar á mi an- 

tiguo maestro con algunos discípulos suyos que vienen en 
el ejército libertador, y que podrian servirle de garantía en 
las muy justas represalias que pensamos lomar con todos 
los servidores de Rosas y Arana. Pero si usted no quiere, 
cada uno es dueño de dejarse ahorcar. ’ 

— Pero, señor secretario, repuso Don Cándido que verda- 
deramente se hallaba en una per|)lejidad lastimosa, si yo 
no hablo en el caso de que estén aquí los bravos é iinper- 
térritos defensores de Su E.vcelencia el Señor General La- 
valle; sino... Daniel... habla por mí, hijo mió... yo tengo 
mi cabeza como un horno. 

— No hay nada que hablar, señor, repuso aquel, todo lo 
ha comprendido su colega de usted. Todos nos entendemos, 
ó mas bien, todos nos hemos de entender. 

— Menos yo, mi querido Daniel; que bajaré al sepulcro 
sin entender, sin comprender , sin saber Jo que he he- 



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PARTE QUINTA. CAPÍTULO VI. 




ni lo qae he .sido en esla época calamitosa y nefanda. 

— Usted es de los nuestros, señor Don Candido, repuso 
Eduardo. 

Yo soy de todos, sí, señor, de todos. Anoche inismo^se 
me calan las lágrimas de los ojos cuando el señor Don be- 
^ipe me dictaba ese tremendo preámbulo que va á dejar á 
lodo el mundo en la miseria. . • 3 ■ 

— Ah, sí, el preámbulo, dijo Daniel, picada su curiosidad, 
pero sin querer que Don Cándido lo conociera. 

— i Pues 1 ya tú has de saber de lo que se trata. 

— ¿ Cómo no? ¿desde ayer á la tarde? ¿y no ha acabado 
lodavía el preámbulo el señor Don Felipe? 

— No, hijo mió. Deben ser muchos los considerandos, 
según me dijo; pero no me dictó sino el iirimero; y eso 
quedó en limpio después del décimo ó undécimo borrador 
que me dictó Su Excelencia. 

— í Santa Bárbara 1 Casi se podría apostar á que lo sabe us- 
ted de memoria con tanto escribirlo. 

— Poco mas ó ménos.Pero en sustancia, se D'ata de qui- 
tarles á todos los unitarios sus bienes después que se haya 
triunfado de Su Excelencia el Señor General Lavalle, de 
quien es digno secretario mi ilustre discípulo. Y por órden de 
Su Excelencia el Señor Restaurador, se ha puesto á trabaja; 
t-d preámbulo de la ley el Excelentísimo Señor Gobernador 
^oi\ Felipe Arana, para cuando llegue aquel caso, que no 
llegará según las convicciones profundas que acabo de 
eiren mi honorable colega. 

Daniel y Eduardo se miraban, se hablaban en las miradas,- 
y la expresión del horror quedó en relieve sobre sus expre- 
sivos semblantes 

— Así es, prosiguió Don Cándido, que las lagrimas me 

corrian de hilo en hilo al considerar tanta familia que va a 
quedar en la miseria, si por una casualidad, por un evento, 
por un azar, las armas refulgentes de la libertad no dan en 
tierra con estas cosas en ([ue nadie mejor que tú, Daniel, 
sabe, y puede decir que yo no tengo ninguna parte activa, 
luja de mi voluntad, de 

Dos golpes á la puerta de la calle cortaron la palabra en 
los labios de Don Cándido y miéntras los dos secretarios 
quedalian en el escritorio, Daniel pasó á la sala y abrió él 
mismo la puerta que daba al patio, para ver quién era, sin 




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240 


AM\UA. 


poder todavía dominar eii su espíritu, ni en su semblante 
la terrible impresión que acababan de hacerle las palabras 
de Don Cándido. Pues ([ue al través de sus mal expresadas 
ideas, ambos jóvenes habian penetrado hasta el pensamiento 
de Rosas y comprendido con horror el fin que-se j)roponia 
el tirano, elaborando en secreto la medida con que pensaba 
arrojar á la última desgracia, al hambre, á todos sus ene- 
migos, si triunfaba. 

— I Ah ! ¿es usted Mr. Douglas ? dijo el jóven á un indi- 
viduo que ya estaba en el patio. 

— Sí, señor, contestó aquel. Me acaba de hablar Doña 

Marcelina y 

— ¿Y le ha dicho á usted que yo lo necesito? 

— Sí, señor. 

— Es cierto. Entre usted, Douglas. ¿Salió usted de Mon- 
tevideo anteayer? 

— Sí, señor. Antenoche. 

— Mucho alboroto, ¿eh? 

— Todo el mundo se está alistando para venirse, y de 
aquí todos quieren irse, contestó el inglés, haciendo un mo- 
vimiento con los hombros. 

— ¿De manera que se gana plata? 

— iNo mucha. En el mes pasado he hecho siete viajes, 
y he llevado sesenta y dos personas, á diez onzas cada 
una. 

— Ah, no es poco. 

— ¡ Bah ! Mas vale mi cabeza, señor Don Daniel. 

— Sí, cierto. Pero es mas lácil agarrar al diablo que agar- 
rarlo á usted. 

hl inglés soltó una carcajada. 

— Mire usted, señor, dijo, tengo muchas ganas de que 
me sientan, por ver si measusto. Porque para mí todo esto 
es una diversión. En España hacia el (Contrabando de ta- 
baco; y aquí hago el contrabando de hombres. 

Y el inglés se reia como un muchacho. 

— Pero no pagan mucho, continuó. Mas me ha dado usted 
por los cajones que traje de Montevideo, que lo que otros 
por salvarles la vida. 

— Bien, pues, Mr. Douglas, dijo Daniel, necesito nueva- 
mentí^ sus servicios. 

— Á la órden, señor Don Daniel : mi ballenera cuatro 


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rATlTE QUINTA. CAPÍTULO VI. 


241 


hombres que suben hacer fuego y remar, y yo que valgo 
por los cuatro. 

— Gracias. 

Si hay que embarcar á alguno, he descubierto otro 
íügar que ni el diablo da con los que allí se escondan. 

— i\o, no hay que llevar á personas. Primeramente, 
¿cuándo piensa usted volver á Montevideo? 

— Pasado mañana, si completo el número. 

— Bien. No se irá usted hasta que yo se lo avise. 

— Bueno. 

— Esta noche me llevará usted una carta á la escuadra 
bloqueadora. 

— Muy bien. 

— Me traerá usted la contestación mañana ánles délas 
diez. 

— Y ántes también, si usted quiere. 

— Mañana á la oración estará usted en su casa para re- 
cibir dos pequeños baúles que guardará usted en el sótano 
honde están dos cajones de armas. En esos baúles irán 
^Ghajas y objetos de señoras, que usted mismo embarcará y 
llevará á bordo del buque que yo íe designe, cuando me 
haya traido la contestación de la carta. 

— Todo sellará así 

— ¿Conoce usted bien la costa de los Olivos? 

— Gomo esto, contestó el contrabandista abriendo su 
grande mano y mostrándosela á Daniel. 

— ¿Puede atracar una ballenera con facilidad? 

— Según esté el rio. Pero hay un puertito que llaman el 
Sauce, í|ue, aunque haya poca agua, puede entrar una ba- 
llenera y esconderse entre las toscas, sin peligro ninguno. 
Pero ese está mas allá de los Olivos, como á una milla. 

— ¿Y por los Olivos? 

— Si el rio está alto. Pero hay un peligro. 

— ¿Y cuál? 

— Que las dos falúas de la capitanía recorren toda esa 
costa desde Jas diez de la noche. 

— ¿ Las dos jautas ? 

— No. Generalmente se separan. 

— ¿Qué iripulacion montan? 

— La una ocho, y la otra diez hombres; y andan 
bien. 

II. u 




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212 AMALIA. 

— Bueno, Mr. Üouglus. Todo eso me era importante saber. 
Recapitulemos : 

Que usted no se irá, hasta que yo se lo avise. 

Que irá usted á la escuadra esta noche, y traerá la res- 
puesta de la carta que voy á entregarle, de las ocho á las 
diez de la rnafiana. 

Que recibirá usted dos baúles mañana á la oración en 
su casa, y los embarcará y lleva usted mismo á la escuadra 
cuando yo se lo avise. 

Precio convenido el que usted ponga. 

— Eso es lo mejor, respondió el inglés frotándose las 
manos, eso es lo mejor. Así hablan los hombres. Ahorá no 
me hace falta sino la carta. 

- Va usted á tenerla, repuso Daniel levantándose y pa- 
sando á su escritorio; miéntras quedaba calculando el pre- 
cio que pondría á todas sus comisiones el contrabandista 
de tabaco en España y de hombres en Buenos Aires. 

V no era él solo. Muchos eran los que se ocupaban de 
ese tráfico desde 1838 hasta 1842 en Buenos Aires. Y en 
hora buena que ellos obrasen por el interes que les pro- 
ducía su arrojo, no es niénos cierto que á ellos se debe la 
vida de centenares de buenos y patriotas ciudadanos, que 
sin la protección de ese inusitado contrabando habrían 
caído bajo el plomo ó el puñal de Rosas. 

Los mas notables personajes de la emigración activa fue- 
ron salvados de Buenos Aires en las balleneras contraban- 
distas; y la juventud casi toda no salió de otro modo que 
como salió Paz, Agrelo,etc. ; es decir, bajo la protección de 
jbombres como Mr. Douglas. Y hay que recordar un hecho 
bien explicativo por cierto; y es que cuando la delación 
era tan pródigamente correspondida, y cuando no pasaba 
un dia sin que las autoridades de Rosas la recibiesen de hi- 
jos del país en todos esos. extranjeros, ilalianos, ingleses 
norte-americanos, poseedores del secreto y de la persona 
de los que emigraban, sin ignorar la alta posición {|ue 
muchos de ellos tenían en la sociedad, lo í[ue habría im- 
portádoles una altísima recompensa de parle de Rosas, 
no hubo uno solo <iue vendiese el secreto ó laconíianzaque 
se depositaba en él 



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PARTE QUINTA. CAl'ITULO Vil 




CAPÍTULO VIL 


El jefe tle ronda. 




Dos (Jias después de aquel en que Pílades liatia pasado 
por tanta agitación de espíritu y de cuerpo, en las calles, 
y en la casa de su amigo Oreste, es decir el 5 de Setiem- 
Ijre, Buenos Aires era toda confusión y anarquía en las ideas, 
Gil los temores, y en las esperanzas; todo silencio y recon- 
centración en los enemigos de la dictadura, mientras los 
federales se hallaban en una agitación nerviosa que los 
ponía en continuo movimiento : era que desde las once se 
sabia que el ejército libertador estaba á una legua de la 
Capilla de Merlo ; y por consiguiente que al otro dia podia 
estar sobre Santos Lugares ó en la ciudad misma. 

No se puede decir que la aproximación de los enemigos 
de Dios y de los hombres aumentó el personal de las fuer- 
zas amontonadas en la fortaleza, en el cuartel de serenos, 
en el de Ravela,etc. Pero sí puede decirse que los religio- 
sos y humanitarios partidarios de Rosas se movian cada 
uno como cuatro, corriendo á galope de un lado al otro de 
lii ciudad anunciándose recíprocamente la aproximación 
de Lavalle, y haciendo espléndidos juramentos federales. 
Y aun cuando la crónica contemporánea no alcanzó á 
averiguar, hasta qué punto tomaba parte el valor en aque- 
lla estrepitosa y movediza decisión, y hasta qué punto el 
ffiiedo, porque todos los extremos se tocan en la natu- 
raleza, y suelen aparecer aparentemente de causas contra- 
rias, los mismos resultados, lo que hay de cierto es, que 
niuchos se movian y que gritaban mucho, siendo su punto 
de reunión general, después de fatigar sus caballos y sus 
pulmones, la casa del héroe vivo y la heroína muerta ; 
donde á falta del uno, que se hallaba en Santos Lugares, y 
de la otra cuyo paradero Dios lo sabe, estaba la que debia 
pagar por todos : esa pobre hija de Rosas, destinada á pre- 
senciar todo lo mas repugnante de un sistema perfecto de rela- 
jación y de sangre, y á rozarse con cuanto habia de repul- 
sivo, de inmoral y de cínico en un sistema de cosas que 
habia subvertido elórden natural de la sociedad, y alzado 


fvñ 




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244 


AMALIA. 


el barro de su fondo á la superíicie, donde se sostenía en 
nata el crimen y la degradación de la especie humana. 

Toda la cuadra de la casa de Rosas estaba obstruida por 
los caballos federales. Y como á ningún federal de esa es- 
pecie podía (altarle cola, y como un recio viento del S. E. 
enfilaba la calle, sucedía que las cintas de las colas fede- 
rales, y las plumas que coronaban sus frentes, agitadas 
por el viento, y alumbradas por el sol clarísimo de Setiem- 
bre, parecían de lójos espirales de llamas enrojecidas, salien- 
do délas puertas del infierno. 

El gran corralón, los patios, la oficina, toda la casa, á 
excepción délas habitaciones del dictador, representaban un 
verdadero hormiguero. 

Todo el mundo federal entraba y salía en aquella casa. 
¿Á qué? Á cualquier cosa. Allí se había de saber primero 
que en ninguna otra casa, el triunfo ó la derrota de 
La val le. 

Había, sin embargo, una clase de vivientes, que entraba 
á casa de Rosas, y buscaba la presencia de Manuela con un 
objeto ex profeso, sincero y real; las negras. 

Uno de los fenómenos sociales mas dignos de estudiarse 
en la época del terror, es el que olVeció la raza africana, 
conservada apénas en su sangre originaria, y modificada 
notablemente por el idioma, el clima y los hábitos ameri- 
canos. liaza africana por el color. Plebe de Buenos Aires 
por todo lo demas. 

Desde los primeros dias de nuestra revolución, la magní- 
fica ley de libertad de vientres vino en amparo- de aquella 
parte desgraciada de la humanidad, que habia sido arras- 
trada también al vireinato de Buenos Aires por la codicia 
y crueldad del liombre europeo. 

Fué Buenos Aires la primera que en el continente de 
Colon cubrió con la mano de la libertad la frente del afri- 
cano, pues donde estaba el agua del bautismo no quería 
ver la degradación de la especie humana. Y la libertad que 
así la regeneró y rompió de sus brazos la cadena de siervo, 
no tuvo en la época del terror ni mas acérrimo, ni mas in- 
genuo enemigo que esa raza africana. 

Nada seria que hubiese sido partidaria de Rosas; hasta 
natural seria que hubiese soportado por él todo género de 
privaciones y sacrificios; desde que ninguno como éllison- 



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PARTK QUINTA. CAPITULO Vil. 


2Í5 


ioó SUS instintos, estimuló sentimientos de vanidad hasta 
entonces desconocidos para esa clase, que ocupaba por su 
condición y por su misma naturaleza el último escalón de 
la gradería social. 

A las promesas, á las consideraciones, Rosas agregaba 
los hechos; y las personas de su familia, los principales de 
su partido, su hija misma, por decirlo todo, se rozaban fede- 
ral mente y hasta bailaban con los negros. ^ 

Nada seria, pues, en el estudio de esta época curiosa, ver 
osa parte de la plebe porteña entusiasta y fanática por 
aquel gobierno, que así la protegía y consideraba. 

Pero lo que llama, sí, la atención y concentración del es- 
píritu, y que deberá preocupar mas tarde á los regenera- 
dores de esa tierra infeliz, son los instintos perversos que 
'^=0 revelaron en aquella clase de la sociedad, con una ra- 
pidez y una franqueza inauditas. 

Los negros, pero con especialidad las mujeres de ese 
color, fueron los principales órganos de delación que tuvo 
Losas. 

lü sentimiento de la gratitud apareció secó, sin raíces 
C'U su corazón. 

Allí donde se daba el pan á sus hijos, donde ellas mismas 
habian recibido su salario, y las prodigalidades de una 
sociedad cuyas familias pecan por la generosidad, por la 
indulgencia, y por la comunidad, puede decirse, ron el do- 
mestico, allí llevaban la calumnia, la desgracia y la muerte. 

Una carta insignificante, un vestido, una cinta con un es 
tambre azul ó celeste, era ya un arma; y una mala mirada, 
una pasajera reconvención de los dueños de casa ó de sus 
hijos, era lo suficiente para emplear esa arma. La policía. 
Dona María Josefa, cualquier juez de paz, ó comisario, ó co- 
nfeo de la Mashorca, recibía una delación, en que figuraban 
comunicaciones con Lavalle, ó cosas sernejantes, que im- 
portaban la ruina y el luto de una familia; pori[ue el ser 
clasificado de unitario en Buenos Aires importaba estar 
puesto fuera de toda ley, y bajo el imperio de todo insulto, 
de toda desgracia, de todo crimen. 

Id odio á las clases honestas y acomodadas de la socie- 
dad era sincero y profundo en esa clase de color; sus^ pro- 
pensiones á ejecutar el mal eran á la vez francas é inge- 
nuas; y su aílhesion á Rosas leal y robusta. 

li. 


1 ^ 1 : 


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AMALIA. 


Desde que el dictador marchó á Siintos Lugares, y con él 
los batallones de negros que había en la plaza, las negras 
empezaron también, por su cuenta, á marchar al campa- 
mento, abandonando el servicio délas familias que queda- 
ron entregadas á sn propia asistencia. 

Pero antes de salir déla ciudad se presentaban en ban- 
ilas en casa de Manuela ó en la de Doña María Joseñi Ez- 
curra, anunciando que iban á pelear también por el Res- 
taurador de las Leyes. Y en el dia que describimos, no era 
pequeño el número de ellas que cuajaba los patios y za- 
guanes de la casa de Rosas, haciendo estrepitosa algazara 
al despedirse de Manuela y de cuantos allí liabia. 

Era un dia de jubileo en aquella casa, tan célebre en los 
fastos de la tiranía. 

Doña María Josefa se había trasportado ñ ella desde las 
once; y á las ocho de la noche todavía estaban allí espe- 
rando algún otro chasque de Santos Lugares que hiciese 
saber si Lavalle había pasado mas acá de la Capilla de 
Merlo ó si el ejército federal había salídole al encuentro 
y pulverizádolo bajo sus tremendas armas, y á los rayos 
del genio. 

Ya era de noche. 

De repente, el eco de un cañonazo lejano vino á herir el 
espíritu de todos. 

Manuela se inmutó visiblemente. No era la causa polí- 
liiüi, era la vida de su padre loque inspiró un cúmulo de 
sentimientos penosos en su corazón. 

Por un largo rato la atención de todo^ se concentró en 
el oído ; pero en vano. 

Manuela buscaba con sus miradas álguien que pudiera 
decirla la verdad. Pero la jóven conocía tanto á los que la 
rodeaban, que no se atrevió á interrogar á ninguno. 

De improviso, un movimiento cuya impulsión venia del 
patio, se comunica hasta la sala, y todos vuelven sus mira- 
das hácia la puerta en donde, al través de las nubes den- 
sa» de humo de cigarro, se pudo distinguir la figura del 
jefe de policía, y pudo percibirse su voz, que decía á cuan- 
tos le preguntaban : 

— No es nada, no es nada,' es el cañonazo de las ocho, 
que tiran los franceses. 

Manuela alivió con un suspiro á su oprimido corazón, y 


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1 


PARTE QUINTA. CAPITULO VII. - I ‘ 

nrej^untó impaciente á Viclorica, que se acercaba á salu- 
ílarUi : 

— ¿Nadie lia venido ? 

— Nadie, señorita. 

— Por Dios; ¡ desde las once no sé una palaliral 

— Pero es probable que antes de una hora sepamos 
algo. 

— ¿Antes de una hora? 

— ¿Sí. 

— ¿Y por qué, Victorica? 

— Porque á las seis mandé un comisario de policía con 
^1 parte del dia al Señor Gobernador. 

— Bien, gracias. ' 

— Estará aquí á las nueve, cuando mas. 

— ¡ Ojalá! ¿Y cree usted, que estén muy cerca ya de 
Santos Lugares? 

— No es probable. Anoche acampó Lavalle en la estan- 
cia de Bravo. Á las diez y media de la mañana de hoy es- 
taban á tres leguas de Merlo; y á estas horas se hallarán, 
cuando mas, á una legua de ese punto ; es decir á dos le- 
guas de nuestro acampamento. 

— ¿ Y esta noche? 

— ¿Cómo? 

¿ Si no marcharán esta noche? repuso Manuela pen- 
diente de las palabras de Victorica. 

— ¡Oh, no 1 contestó este, esta noche no marcharán, ni 
tal vez mañana. Lavalle trae poca gente, señorita, y ten- 
drá que prepararla muy bien. 

— ¿Y á qué número ascienden las fuerzas de Lavalle? 
Bígame usted la verdad, yo se lo ruego, prosiguió Manuela 
Que hablaba casi al oído del jefe de policía. 

— ¿La verdad? 

— Sí, sí, la verdad. 

— Es que no se puede preguntar así no mas por esa 
Señora ; porque hoy es muy difícil encontrarla. Pero según 
los datos que me parecen mas seguros, Lavalle trae tres 
íuil hombres. 

I Tres mil hombres, y me dicen que apenas tiene mil 1 
cxidanió la jóven. 

— ¿ No dije á usted que no se encuentra á la verdad ? 

— i Oh, es terrible 1 


;3f 




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248 


AMALIA. 


— La engañan á usted en muchas cosas. 

— Ya lo sé. En todo, y todos me engañan. 

— ¿Todos? 

— Ménós usted, Victorica. 

— ¿Y para qué engañar ahora? repuso el jeje de policía 
con un brusco movimiento de hombros, que parecia decir : 
« Estamos jugando el lodo, la hora ha llegado, y no 
tenemos á quien engañar, si no es á nosotros mismos. » 

— y tatita, ¿ qué fuerza tiene? La verdad también. 

— ¡ Oh, eso es fácil I El Señor Gobernador tiene en San- 
tos Lugares de siete á ocho mil hombres. 

— ¿ Y aquí ? 

— ¿ Aquí ? 

— ¿Sí, en la ciudad, pues? 

— Todos y ninguno. 

— ¿Cómo? 

— Que según las noticias que nos lleguen del campa- 
mento mañana, ó pasado mañana, hemos de tener un 
mundo de soldados , ó hallaremos que no tenemos nin- 
guno. 

— ¡Ah I sí; sí, ya lo sé, repuso Manuela con viveza, al 
comprender loque le pareció al principio una paradoja de 
Victorica. Ella sabia mejor que nadie el crédito que debia 
dar á las palabras de los seres envilecidos que la rodea- 
ban; que solo eran bravos con el puñal, sobre la víctima 
inerme. 

— ¿Y me dará usted las noticias, prosiguió, en cuanto las 
reciba esta noche, si tatita no me escribe? 

— No lo sé, señorita, porque ahora mismo parto para la 
Boca, y he dado órden para que el comisario vaya en mi 
busca por ese lado. 

— ¡Á la Boca 1 ¿ Y no hace usted mas falta en la ciudad ? 

— Yo creo, señorita, que no hago falta en ninguna parte, 
contestó Victorica con cierta expresión en el rostro, que 
hubiera parecido una sonrisa y que sin duda quiso serlo, 
si lo hubieran permitido aquellos músculos duros y rígidos 
que no se prestaban á otro movimiento que al de la expre- 
sión de las pasiones recias* y profundas. 

— ¿Qué quiere usted decir, señor Don Bernardo? pregun- 
tóle Manuela algoséria; porque el carácter de aquella jó- 
ven ya empezaba, naturalmente, á resentirse un poco déla 


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rr- 




250 


AMALIA. 


larias. ¿ Pero qué sacamos con espiarla? iNi se me dice lo 
((ue se debe vigilar, ni qué haré si encuentro tal ó tal cosa. 

— Ya. 

En seguida, órden, á nombre de Su Excelencia, de an- 
dar tras los pasos de un muchacho alocado. 

— i Es ocurrencial 

-- Un inuchacho que anda de aquí para allí como un sal- 
timbanqui, y que, en realidad, no se le conocen mas rela- 
ciones, que federales. 

— ¿Y quién es, señor Victorica? 

— Una visita de aijuí mismo. 

— ¿ De aquí? ¿ Y órden de perseguirlo? 

— Sí, señorita. 

— ¿ Pero, quién es? 

— Bello. 

— ¡ Bello! exclamó Manuela, que sentía una sincera amis- 
tad por el jóven. 

— Sí; á nombre del Señor Gobernador, prosiguió Victo- 
rica. 

— Oh, lio puede ser. 

— Sin embargo, así me lo ha dicho personalmente Doña 
María Josefa. 

— ¿ Prender á Bello? repuso Manuela, vamos, repito que es 
imposible. Tatita no puede haber dado semejante órden. 
Bello es un excelente jóven; es un buen federal, y su pa- 
dre es uno de los amigos mas antiguos dd niio. 

— No se me ha dicho que lo prenda, sino qne lo vigile. 

— Es quizá uno de los pocos liombres sinceros que nos 
rodean, agregó Manuela. 

— Á mí no me parece malo. Pero debo decir, que tiene 
muchos enemigos, ó enemigos muy poderosos. 

— Señor Victorica, no dé usted paso alguno contra ese 
Señor, si no recibe órden expresa de tatita. 

— Si usted lo dispone así 

-- Así lo dispongo, no siendo dada la órden por Gor- 
valaii. 

— Muy bien. 

— Yo sé algo de esto, poco mas ó ménos. No hagamos 
que tatita sirva de pantalla. 

— Bien, bien, repuso Victorica contentísimo de habei’se 
vengado de Doña María Josefa; y cual si quisiese recoin- 


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PARTE QUINTA. CAPITULO VII. 


251 


pensar ix Manuela del buen rato que acababa de darle, la 
ofreció mandarle al comisario en el acto que llegase con 
las noticias del campamento. 

— Pero pido á usted, agregó, que, buenas ó malas las no- 
ticias que traiga, no pasen de usted, hasta que yo se las re- 
pita como es mi obligación. 

— Se lo prometo á usted. 

— Kntónces, buenas noches, Manuelita* 

^ el jefe de policía volvió á pasar por entre ios grupos 
qne poblaban la sala y el patio, sin que nadie se atreviese 
á detenerlo para pedir noticias, como se hacian todos recí- 
procamente. 

El asiento que dejó, no quedó vacío ni un minuto, pues 
un nuevo personaje de la época vino á dar á la jóven anti- 
cipadas felicitaciones por el próximo triunfo federal. 

Y miéntras Manuela suplicaba á su nuevo interlocutor, 
que saliese á pedir á las negras que no gritasen tanto en el 
palio, y las dijese que su padre las recibiria con mucho 
gusto en el campamento; Doña María Josefa daba la mano. 

, despidiendo á un personaje de gallarda estatura, como de 
ti'einta y ocho ó cuarenta años, de hermosos ojos, moreno, 
de espeso y negro bigote, y vestido con chaqueta de paño 
grana, pantalón negro con franja punzó, chaleco y corbata 
de este último color, y que ostentaba una enorme divisa, y 
un no ménos grande puñal á la cintura. 

— Conque, temprano, le decia la cuñada de Rosas. 

~~ Sí, señora, antes de las siete estoy en casa de usted á 
darle cuimta. 

— ¿Pero si antes hay novedad, me manda avisar en el 
oiomento? ^ 

— Sí, señora. 

— Yo he de estar aquí toda la noche, ó hasta que sepa- 
uios de Juan Manuel. Pero, mire, no le dé cuartel á nin- 
guno. Ya sabe que todos los que se fugan se van ñ La- 
valle. 

— No hay cuidado, contestó aquel con una son risita que 
parecia decir : « No necesito de esa recomendación.». 

■ — Victorica va á correr la costa desde el luerte hasta la 
Poca, prosiguió Doña María Josefa. 

— Ya lo sé, señora; y yo voy á relevar á Guitiño que 
está haciendo la ronda desde la Batería hasta San Isidro, 


; 


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'Mí, 








AMALIA. 


— Eso es. Huy un ratón que ya una vez se escapó de la 
jaula, pero se me lia puesto que lo hemos de hacer caer 
larde ó temprano. Váyase de una vez. Ya sabe que para 
estas cosas yo hago las veces de Juan Manuel. Vaya des- 
pídase de Manuelita, y hasta mañana. 

Y el personaje que iba á relevar á Cuitiño se separó de 
la heimana política del dictador : ese individuo era Martin 
banta Coloma, uno de los principales corifeos de la Mas- 
horca, cuyas manos quedaron, en IS'iO, bañadas en la san- 
gre de sus indefensos compatriotas. 


CAPÍTULO vm. 


La ballenera. 


La noche estaba nebulosa pero suave; el rio tranquilo- 
una brisa fresca, pero suave, picaba ligerísimamente las 
aguas que, en alta marea, cubrían las peñas de las costas v 
se derramaban sm rumor en las pequeñas ensenadas de sus 
orillas. Alienas, de vez en cuando se dejaba ver una que 
otra estiella en el Qrmamento al través de los pardos ce- 
lajes, como aparece una que otra esjieranza en el cristal 
empanado de una alma desgraciada. 

Á las nueve de esa noche una embarcación habla des- 
preudídose del costado de una de las corbetas bloqueado- 
ras. con un jóven oficial francés, el patrón y ocho mari- 
neros. 

En la primera hora la ballenera corrió al largo con su 
proa al oeste cuarta al norte, con su vela englobada U>era 
y graciosa como una creación de la noche posada eñ ef ala 
de la brisa, iniéri tras que el jóven oíicial, envuelto en su 
capa, y tendido sobre el banco de popa, con esa indolencia 
característica del marino, solo bajaba su vista de rato cu 
rato, á ver una pequeña carta abierta á sus piés, v aluni» 
brado por una linterna á cuya luz echaba una mirada de 
\cz en cuando á una losa náutica que sujetaba el peciuefio 
plano, mostrando luego con la mano, y sin hablar una pa- 
labra, la dirección que debia dar á la ballenera el pairea 


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T 


PARTE QUINTA. CAPUL 1.0 VIII. 


253 


Clue dirigía el timón. Y á la luz también de esa linterna 
colocada en el fondo do la liallenera, se distinguían los fu- 
siles de los marineros, colocados de babor á estribor. 

Como al cabo de una hora el oficial vió su reloj, 6 hizo 
en seguida un examen mas detenido de la aguja, del plano, 

Y de la dirección de la ballenera; y mandó luego arriar la 
vela, y seguirá remo en la tlireccion gue indicó, después de 
colocar bajo un banco de popa la linterna. La parte supe- 
rior de los remos estaba envuelta en lona ; y apenas se 
percibía el débil rumor de la pala en el agua. 

Las luces de la ciudad se habían perdido completamente 
á la vista; y apénas, hacia la izfjuierda, se percibía la forma 
de la costa indelinible y negra, y que aparecía mas y mas 
elevada, á medida que la ballenera avanzaba con mas ra- 
pidez al impulso de los remos, que antes á la fuei'za del 

paño. , . , , 

Al cabo, el olicial dijo una ]>alabra al timonero, y la ba- 
llenera viró un tercio mas hácia la costa; y, á otra pala- 
bra del patrón, los marineros empezaron á tocar apénas 
con la punta del remo la superficie del agua, y la embar- 
cación perdió mas de la mitad de su marcha. 

Entónces el jóven oficial se sentó en el piso de popa, tomó 
la linterna, observó con mucha atención la aguja y las in- 
dicaciones del plano, y después de un rato levantó su brazo, 
sin quitar los ojos de la aguja y la carta. 

A esta acción los marineros dieron, por una sola voz, una 
impulsión inversa á los remos, y la ballenera quedó como 
clavada sobre las aguas en medio del silencio y de las som- 
bras. 

Estaban á una cuadra de la costa. 

Entónces el olicial pidió dos sombreros á los marineros. 
Colocó la linterna entro los dos sombreros de bule, uno de 
cada lado, de manera á que la luz se proyectase en linea 
recta, sin esparcir claridad en redor suyo; y tomándola de 
este modo entre sus manos, se paró y la levantó á la altura 
de su cabeza, con la luz e^i dirección á la costa. 

Permaneció de este modo algunos minutos, miéntrasque 
la mirada de todos buscaba en tierra la correspondencia do 
aquel telégrafo misterioso. Pero inútilmente. 

El jóven meneó la cabeza, y colocando la linterna en su 
lugar anterior dió órden de seguir. 

.. 15 




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Cinco minutos después volvió á repetirse la misma ope- 
ración con las mismas precauciones. Pero inútilmente tam- 
bién. 

El oficial, ya con un poco de mal humor, volvió de nuevo 
á examinar la dirección que se liabia dado, y confirmado 
de que estaba en ella, do que estaba en el mismo paraje, al 
mismo rumbo que se marcaba en el plano, dió orden de 
marchar un poco mas á tierra para salir de la sombra que 
formaba la barranca inmediata. 

En efecto, á pocos minutos de marcha, la ballenera pasó 
por frente á un pequeño cabo, y como á dos cuadras de su 
anterior estación, volvió á funcionar el telégrafo entre las 
manos del oficial. 


No habría pasado un minuto que aquella luz flotante des- 
pedia su rayo sigiloso en dirección á la tierra únicamente, 
cuando sobre la barranca inmediata brilló una luz, algo mas 
viva que la que parecia requerirse por la luz marítima, que 
se rodeaba de tantas precauciones. 

Allí está, exclamaron todos los de la ballenera, pero 
con una voz apéiias perceptible de ellos mismos. 

La linterna subió y bajó entóneos, por dos veces, en las 
manos del oficial, y la luz de tierra extinguióse en el acto. 

Eran las once de la noche. 



II. 


Como á las siete de esa misma noche, un carruaje condu- 
ci.lo por Fermin, habia parado á la puerta de la casa de ma- 
dama Dupasquicr; y poco después subía á él aquella noble 
señora, pero subía pálida, macilenta, con la expresión de esas 
enfermedades, de esas tisis del alma que hacen rnavores es- 
tragos, y mas pronto, que las mas crueles dolencias de los 
órganos; y á su lado subía su hija, linda como una promesa 
de amor, y pura y delicada como un jazmin del aire : eran 
dos mujeres del tipo perfecto de 1820, ([ue podemos hacer 
llegar, si se quiere, hasta 1830. Porque la generación, que 
desenvolvióse durante la revolución, tanto en hombres como 
en mujeres, en lo moral como en lo físico, ha tenido un 
Bollo especial que ha desaparecido con la época. Es curiosa 
pero seria muy larga esa demostración. Y solo diremos que 



255 


PAUTK QUINTA. CArÍTUl.O VIII. 

(le aquellas mujeres, que hoy so perpeLúan en los retratos, 
ó en las iradiciones, no quedan sino los retratos y las tra- 
diciones 

Inmediatamente el coche habia tomado hacia la plaza, do- 
blando por bajo el arco de la recoba, atravesando la plaza 
del 25 de Mayo, descendido al Bajo, y tomado á gran trote 
con dirección al norte. 

Al pasar por el bajo de la Recoleta, ya muy de noche, dos 
jinetes hablan salido al encuentro del carruaje, y luego de 
reconocerlo siguieron su marcha á pocos pasos de ól. 

Mas allá de Palermo de San Benito, lugar casi desierto en 
esa época y que muy pronto debia convertirse en la esplén- 
dida y bulliciosa morada del tirano, se vieron cuatro hom- 
bres venir en dirección opuesta. 

En el acto los dos jinetes que lo escoltaban prepararon 
las armas que traian bajo sus ponchos, y se dispusieron á lo 
que pudiera ocurrir. Pero felizmente no era gente de la 
Masborca, v léjos de detener el carruaje, aquellos cuatro 
hombres pasaron haciendo grandes cortesías á los que iban 
dentro y á los que cabalgaban á su lado. Porque nnodelos 
rasgos característicos de la época de Rosas era el afan de 
los hombres por saludarse unos a otros, aun cuando en su 
vida se hubieran visto la cara : originalidad que no puede 
explicarse de otro mcdo, que por el miedo que recíproca- 
mente se tenian lodos. 

De cuando en cuando, y á pesar del aire de la noche, la 
misma madama Dupasquier mandaba á su hija que abriese 
uno de los postigos del coche para ver si veiiian sus ami- 
gos. Y cada vez que la jóven cumplía. esta órden, bien poco 
pesada para ella, como se comprende, unos ojos llenos de 
amor v vigilancia divisaban su preciosa cabeza, y en el rá- 
pido vuelo de un segundo, uno (le los jinetes estaba al lado 
del estribo, v un brevísimo diálogo de las mas tiernas in- 
terrogaciones tenia lugar entre la niña y el j(3ven, entre la 
madre y su hijo, porque el jóven bien se entiende, no era 
otro que Daniel, el prometido esposo de Herencia. 

En una de estas idas y venidas, Daniel al llegar á su 
amigo, acercando mucho su caballo, y poniéndole la mano 
en el hombro, le dijo : • 

— ¿Quieres que le haga una revelación que á cualquiera 
otro le daria rubor el hacerla? 


: 




Irm !' i i: 












• ;í‘> 


¿i ' ! 


;■! ! 


5 ^ 


¿Db AMALIA. 

— ¿Acaso vas á decirme que estás enamorado? i qué 
diablos! Yo también lo estoy y no me avergonzaría de con- 
tarlo. 

— No, no es eso. 

- Veamos, pues. 

— Que tengo miedo. 

— i Miedo! 

— Sí, Eduardo, miedo. Pero es en este momento. En esta 
solitaria travesía. En el paso arriesgado que vamos á dar. 
Yo que juego mi vida á todas horas; que desde niño, puedo 
decirlo, he buscado ia noche, las aventuras peligrosas, los 
pasos arriesgados; que he aprendido á domar el potro por 
el placer de correr un peligro; que he surcado las olas de 
nuestro rio, mas bravas y poderosas que el Océano, en un 
débil bote, sin motivo, sin interes, por solo ia satisfacción 
de verme frente á frente con la naturaleza, en los momentos 
de su salvaje jactancia; yo que tengo fuerte el corazón y 
diestro el brazo, temblaría como una criatura si tuviésemos 
en este momento un accidente cualquiera que nos pusiese 
en peligro. 

— ¡ Pues es un lindo modo de ser vaüejte! ¿Para cuándo 
quieres el valor sino para los peligros? 

— Sí; pero peligros para mí; pero no para Florencia, iio 
para su madre. No es el miedo de perder mi vida. Es miedo 
do hacerla derramar una lágrima, de hicerla sufrir los tor- 
mentus horribles por que pasarla su corazón, si nos rodease 
de repente un conílicto. Es miedo de que quedase sola, con 
su padre ausente, con su madre casi espirando, y sin mi 
apoyo en esta tormenta de crímenes que se cierne sobre 
nuestras cabezas. Es ese miedo por la desgracia del ser 
amado, que solo sienten ciertos corazones, ciertos caractéres 
en la vida. ¿Me comprendes ahora? 

— Sí, y lo peor es que me has inoculado ese miedo 
en que no había pensado, á fe mia : miedo de morir, 
no pjr morir, sino por ios que quedan vivos. ¿No es 
uso ? 

— Sí, Eduardo; cuando uno tiene la conciencia de que 
es amado, cuando uno ama de veras, la vida se reparte, se 
encarna con otra vida, y al morir queda un pedazo de uno 
mismo en la tierra, y esto es lo que se siente. 

— Pero en íin, ya estamos cerca, Daniel, dentro de diez 


Li 


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1‘AHTE QUINTA. CAPITULO VIII. 


251 


^liniitos estnremos allí. ¡ PohrccKa ! Tu Florencia siquiera 
viene con nosotros; pero ella, ella está sola desde ayer. Ali! 

I pensar que pasado mañana, que mañana tal voz puede cesar 
esta horrible vida que llevamos! ¡ Prófugos, parias en nuestro 
propio país, en nuestra misma casa!... Mira, Daniel, creo 
que cuando respire el olor á la pólvora, cuando sienta el 
primer escuadrón de Lavalle, y salgamos los veinte que ya 
somos, con nuestros fusiles, creo, le digo, que voy ¿empezar 
a tirar tiros al aire, por respirar jiólvora, si esa canalla de 
Rosas no quiere que se los tiremos al pecho. ¿Crees que es- 
tén aquí pasado mañana? 

— Sí, repuso Daniel, ese es el órden de las marchas. Puede 
emprenderse el ataque pasado mañana; y es esa la razón 
por que he instado tanto por el viaje que se va ¿ efec- 
tuar esta noche. Me conozco. No valdría, con Florencia en 
Buenos Aires, ni la mitad de lo que valdró solo en aquel 
trance. 

■— I Y esta Amalia, esta Amalia no querer seguirlas! ex- 
clamó Eduardo. 

— Amalia tiene mas valor que Florencia, y otro carácter 
también. No habria poder humano que la separase de tu 
destino. Aquí estás tú, y aquí está ella; es tu sombra. 

— No, es la luz, es la estrella de mi vida, repuso Eduardo 
con un acento de vanidad que parecia decir : « Asi es el 
carácter que quiero en la mujer amada de mi corazón. » 

— Ahí está la casa, dijo Daniel y se adelantó á dar órden 
á Fermín de poner el carruaje en la parte opuesta del edi- 
licio, luego ([Lie bajasen las señoras. 

Un minuto después estaba aquel en la puerta de la casa 
sola. Pero ni una luz, ni una voz, y solo el rumor de los 
árboles cercanos. 

Sin embargo, no bien el carruaje J ’os caballeros pararon 
á la puerta, cuándo esta abrióse, y los ojos de los viajeros, 
habituados á la oscuridad después de dos horas, pudieron 
distinguir las Figuras de Amalia y de Luisa paradas en la 
puerta ; mién tras ([ue por el postigo de una ventana asomaba 
la cabeza de Pedro, el viejo veterano, que custodiaba á la 
bija de su coronel, con la misma vigilancia con que veinte 
años ánles guardaba su puesto y su consigna, en las centi- 
nelas avanzadas de los viejos ejércitos de la patria. 

Madama Dupasquier bajó casi exánime, pues el viaje la 


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n:!' 


258 AMAUA. 

había molestado terriblemente. Pero todo estaba preparado 
por la prolija y delicada Amalia; y después de tomar algu- 
nos confortativos y reposar un rato, laenh-rma volvió á ha- 
llarse mejor. Ademas, la idea de que pronto iba á dejar de 
respirar aquel aire que la asfixiaba, y salvar á su hija, era 
el mejor tónico para su debilidad presente. 

Según las instrucciones de Daniel, solo había luz en el 
aposento de Amalia, cuya única ventana daba al pequeño 
patio déla casa. La sala, que servia de aposen lo á Luisa, 
y el comedor, cuyas ventanas daban hacia el rio, y sus 
puertas hácia el camino, estaban completamente oscu- 
ras. 

Florencia estaba mas pálida que de costumbre; y su co- 
razón latía con esa irregularidad que acompaña á las si- 
tuaciones inmediatamente precursoras de un desenlace que 
se anhela y se teme. Un peligro inminente iba á correrse. 
Pero en el blando espíritu de la mujer no cabe el recuerdo 
de sí misma cuando peligra también la vida de su madre, 
la vida de su amante. 

La jóven sonreía á aquella. Miraba tierna y amorosamente 
á su Daniel; y en el cristal bellísimo de sus ojos, una hu- 
medad celestial se esparramaba. 

Daniel salió; habló un buen rato con Fermín, y volvió 
luego diciendo : 

— Van á dar las diez de la noche. Es necesario que va- 
yamos á las ventanas del comedor, á esperar la señal de la 
ballenera, que no debe tardar. Pero es preciso que Luisa se 
quede aquí y que lleve la luz á la sala en el momento en 
que yo se la pida. ¿Entiendes, Luisa, lo que tienes que 
hacer ? 

— Sí, sí, señor, contestó la vivísima criatura. 

— Vamos, pues, mamá, dijo Daniel tomando la mano de 
madama Dupasquier. Usted también nos ayudará á obser- 
var el rio. 

— Sí, vamos, contestó la aristocrática portefia con una 
sonrisa que mal pegaba con su cadavérico semblante, y hé 
aquí lo que no se me había ocurrido jamas. 

— ¿Qué cosa, mamá? la preguntó con prontitud Flo- 
rencia. 

— Que yo tuviera que hacerme federal por un momento, 
empleando mis ojos en espiar entre las sombras. Y sobre 



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• 1 * » **'»*? 7 *Tp??'*** r 


PAUTE QUINTA. CAPITULO VIH. 


259 


todo, no se me había ocurrido que tuviese alguna vez que 
embarcarme por estos parajes y á estas horas. 

— Pero se desembarcará usted en su coche dentro de 
ocho dias, señora. 

— ¿Ocho? i y qué! ¿costará tanto echar á esta canalla de 
Buenos Aires? 

— No, señora, repuso Eduardo, pero usted no vendrá de 
Montevideo hasta que vayamos todos á buscarla. 

— Y será el mismo dia que no baya Rosas, agregó Daniel, 
que fue compensado por una leve presión de la mano de su 
Florencia, que no se hahia desprendido de la suya, desde 
que salieron del aposento de Amalia, pues que ya estaban 
en el comedor, sin mas luz que la escasísima de la noche 
que entraba por los vidrios quedaban hácia el rio, en cuya 
dirección estaba fija la mirada de todos. 

Á medida que pasaban los minutos por la rueda del 
tiempo, la conversación se cortaba y se anudaba (^n diíi- 
cultad, porque una misma idea absorbía la atención de to- 
dos : era ya la hora, y la ballenera no venia. Madama l)u- 
pasquier no podia permanecer allí. El conllicto de armas 
podía tener lugar al otro dia. Y se necesitaban tres por 
lo ménos para combinarse de nuevo con la estación fran- 
cesa. 

— Tardan, dijo Amalia, que era quien conservaba mas 
sereno su espíritu, porque no había nada que agitase, ni la 
felicidad, ni el peligro, ni la muerte, aquella naturaleza 
dulce, tierna v melancólica. 

— El viento quizá, repuso Daniel buscando un pretexto 
que algo calmase la inquietud general, y en la que tomaba él 
la mayor parte. 

De repente, Amalia, que estaba parada con Eduardo, ex-“ 
clamó : 

- — Allí está, extendiendo su mano en dirección al rio. 

— ¿Es? preguntó Florencia levantándose y dirigiéndose 

á Daniel. , ^ 

El jóven abrió entónces la ventana, calculó la distancia 
de la casa á la orilla del agua, que se dejaba conocer por 
el rumor de la ola, y conociendo que la luz estaba en el 
agua cerró la ventana y gritó : 

— ¿Luisa? 

El corazón de todos latía con violencia. 


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Ü V, 




2G0 


AMALIA. 


Luisa, que liabia estado con su manecita en el candolero 
desde que recibió la órden, llegó con la luz antes que el 
eco de su nombre so extinguiese en el aposento. 

Daniel puso la luz contra el vidrio, y después de haber 
percibido el movimiento convenido en la luz marítima, cerró 
los postigos y dijo : 

— Vamos. 

Hoicncia estaba trémula, y pálida como el marfil. 
Madama Dupasquier, tranquila y serena. 

Al salir fuera de la casa, Daniel las hizo parar un rno- 
XXI o F] t»0 • 

— ¿Qué se espei-a? preguntó Eduardo que daba el brazo 
a Herencia, miéntras madama Dupasquier se apovaba en el 
de Daniel. 

Esto, dijo Daniel señalando un bulto qué se veia su- 
bir por la barranca. 

Daniel dejó el brazo de madama Dupasquier y se adelantó 

— ¿ííay áiguien, Fermin? 

— Nadie, señor. 

— ¿En qué distancia? 

— Gomo á cuatro cuadras de un lado á otro. 

— ¿Se ve de tierra la ballenera? 

— Ahora, señor, porque acaba de atracar á las toscas, el 
río eíítá muy crecido, y se puede subir sin mojarse. 

— Bien, pues. ¿Recuerdas todo? 

— Sí, s. ñor. 

— Mi caballo desde ahora mismo, en la peña blanca, como 
á tres cuartos de legua de aquí. Bastante adentro dej’agua. 
para quedar cubiertos por la peña grande. Allí he de desem- 
Laicar dentro de dos horas. Pero por toda precaución monta 
tt caballo ya y véte á esperarme. 

— Bien, señor. 

La comitiva ya estaba impaciente é intrigada por la de- 
mora de Daniel. Pero este los tranquilizó luego v descen- 
dieron la barranca. “ 

El aire de la noche parecia vigorizar á la enferma, pues 
que caminaba con una notable serenidad, apoyada en el 
brazo de su futuro hijo. 

Adelante de ellos iba Florencia con Eduardo. 

Y abriendo la marcha de la comitiva iba Amalia con la 
pequeña Luisa de la mano. 




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PARTE QUINTA. CAPITULO VIH. 


2G1 


Por dos veces la liabia rogado Eduardo que tomase su 
otro brazo. Pero ella, queriendo dar valor á todos, contes- 
taba que no; que era la señora feudal de afiuellos parajes, y 
debia siempre marchar delante de todos. 

Cubierta su espléndida cabeza con un pequeño pañuelo 
de seda negro cuyas puntas estal)an prendidas bajo la barlia, 
solo se disliiiguia el períil de su hechicero rostro, y sus ojos 
en los que no faltaba una luz, ni entre les densas sombras 
de la noche. 

En pocos minutos llegaron á la orilla del rio donde la 
ballenera estaba atracada y contenida por dos robustos ma- 
rineros que hablan saltado á tierra con ése objeto. 

La embarcación habia dado por casualidad con una pe- 
queña abra del río. 

Al acercarse las señoras, el oficial francés saltó á tierra 
con toda la galantería de su nación, para ayudarlas á em- 
barcarse. 

Habia un no sé qué de solemnidad religiosa en ese mo- 
mento, en medio de las sombras de la noche, y en esas cos- 
tas desiertas y solitarias. 

Madama Dupasquier se despidió con estas solas palabras : 

— Hasta muy pronto, Amalia. 

Un unitario jamas se alrevia á decir, ni aun á creer, que 
Rosas se conservase ocho dias mas. 

Pero Florencia, organización en que pocas veces habia el 
consuelo de las lágrimas, sintió rotas al fin las fuentes de 
su corazón, y bañó con ellas los lioml)ros y el seml)lante de 
su amiga. 

Amalia lloraba dentro su alma mientras que las imáge- 
nes mas tristes y fatídicas cruzaban por su rica y desgra- 
ciada imaginación. 

— Vamos, dijo al fin Daniel, y tomando á su Florencia 
de la mano la separó de Luisa que lloraba también, y alzán- 
dola por su cintura de síllide, la puso de un salto en la ba- 
llenera, donde ya estaba madama Dupasquier al lado del 
oficial. 

Todavía un ¡á Dios! se- cambió Florencia con Amalia y 
Eduardo; y á una voz del oficial la ballenera se desprendió 
de tierra, viró luego liácia el sud, y enfiló la costa, con su 
vela tiriana desplegada, y sin las precauciones con que se 
babia acercado un cuarto de hora áriles. Seguia la costa con 

15 . 


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rí-fr- 


I 


li 


262 AMALIA. 

la intención de tomar mas ai)ajo un coarto mas de viento 
en su bordada al este. 

Amalia, Eduardo y Luisa la siguieron con sus ojos hasta 
que se pei’diú entre las sombras. 

Entóneos posó Amalia su brazo en el hombro del bien 
querido de su alma, y alzó sus lindos y tranquilos ojos ¿i 
contemplar los fragmentos de nubes que volaban entre las 
alas de la brisa, y que dejaban de vez en vez aparecer los 
astros, mióntras que Eduardo la contemplaba embelesado, 
rodeando con su brazo derecho su cintura. 

Ocho minutos habrian pasado apenas, cuando una súbita 
claridad y la detonación de una descarga de mosquetería, 
en la costa, y hacia el lado en que navegaba la ballenera, 
vino á herir de súbito, y como un golpe eléctrico, el corazón 
de Amalia, de Eduardo y de la tierna Luisa. 


CAPITULO IX. 

La ronda federal. 

Todavía Eduardo tenia vuelta su.gallarda cabeza híicia la 
dirección de la descarga, y las manos llevadas instintiva- 
mente á los bolsillos donde tenia sus pistolas, cuando la 
voz de Amalia interrumpió el silencio de aquel lúgubre 
recinto, exclamando : 

— ¡ Sube, sube, por Dios ! oprimiendo el brazo de su ama- 
do y queriendo arrastrarlo con sus débiles manos. 

— Eduardo, comprendiéndolo todo, y el peligro de ({ue 
permaneciese Amalia un minuto mas en aquel lugar, la 
tomó por la cintura con su robusto brazo, diciéndola: 

— Sí, pronto, no hay que perder un momento, niiéntras 
que Luisa, prendida del vestido de su señora, queria darla 
apoyo también para subir ligero. 

Apénas habrian caminado dos minutos cuando una se- 
gunda descarga los paró maquinalmcnte á todos, haciéndoles 
volver la vista á la dirección que traiael sonido, y entónces 
percibieron claro, aunque á larga distancia, una súbita 
claridad en el rio, y el sonido de otra descarga. 



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PARTt: Q'JlAlA. CAPITULO IX. 


2(ki 


— l'uioá niiü! exclamó Aaialia. 

•~No, osa última es de la ballenera, que les contesta, re- 
puso Eduardo, dejando ver sus dientes de alabastro en 
una sonrisa, mezcla de contentamiento y de rabia. 

~~ ¿Pero las habrán herido, líduardo? 

— No, no; es muy difícil; sube, hay otro peligro que 
evitar. 

— ¿Otro? 

7~Sube, sube. 

A pocos pasos estaban ya en la casa cuando se encontra- 
ron con Pedro, que venia atacando otra bala en su terce- 
i’ola, y con su sal)le debajo* del brazo. 

— Ah, ya están aquí, dijo al verlos. 

— Pedro. 

— Señora, yo soy. Pero estas no son horas para que ande 
usted por estos lugares. Es esta la primera vez quizá que 
el buen viejo dirigía una reconvención á la hija de su 
coronel. 

— Pedro, ¿ha oido usted? le preguntó Eduardo. 

— Si, señor, todo lo he oido. Pero estas no son horas de 

que la señora 

— Bien, bien, ya no lo haré mas, Pedro, dijo Amalia que 
comprendía todo el interes que sentía por ella aquel íiel 
Servidor de su familia. 

— Quería prí guntar á usted, Pedro, prosiguió Eduardo, 
entrando ya en la casa, si ha podido distinguir de ¿qué ar- 
mas son los primeros y los segundos tiros? 

— ¡Bah! exclamó el veterano, cerrando la puerta y son* 
riéndose. 

— ¿Veamos, pues? 

— La primera y la segunda descarga han sido de tercerola; 
y la última de fusil. 

— Esa es mi misma idea. 

— A cualíiuiera que tenga oídos se le ocurre lo mismo, re- 
puso Pedro, que parecía estar de malísimo humor con todos 
por el peligro que acababa de correr su señora, y, como 
para evitar mas preguntas, se fué á encender luz en el apo- 
sento en que dormían Eduardo y Daniel cuando se queda- 
ban en la casa sola, y ñ^e se hallaba en el otro extremo de 
las tres habitaciones de Amalia. 

Guando esta entró á la sala, y sequiló de la cabeza el pa- 


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'iii' í 


ii: 


AMAI.IA. 

ñudo de seda que la cubría, Eduardo no pudo mi’nos que 
sorprenderse al mirar la excesiva palidez de su semblante 
ba joven se sentó en una silla, alirntó el codo en una 
mep y posó su frente sobre su blanca y delicada mano 
mientras Eduardo liabia pasado al comedor, á oscuras v 
abriendo kyventana, ponía toda su alma en el oído, porque 
la densidad de las sombras era cada vez mayor v no sí> 
podía distinguir cosa alguna. ^ ^ ® 

Nada se oia. 

m«r,sr '* ““ "'"=«» "" 

Guando volvió á la sala todavía permanecía Amalia en 
la mismaactitud. 

• ~ basta; ya ha pasado todo, v Daniel 

ira riéndose en este momento, la dijo sentándose á"su ludo 
y arreglando unas hebras de los lacios cabellos de su 
amada, que se habían descompuesto con la presión de la 
mano. 

— ¡Pero tanta bala 1 Es imposible que no hayan herido á 

alguno. ■’ " “ 

— Por el contrario; lo que es imposible es que hava lle- 
gado una bala de tercerola, ni á cincuenta varas de la"balle 
ñera, lian visto su sombra en el agua y han tirado al 

tICílSO* 

-¿Pero toda la costa está vigilada? ¿y Daniel? ¡córao 
desembarca Daniel! Dios mió I 
— Bifiará á la madrugada, en que se retiran las patrullas. 

— ¿ YEerinin le ha llevado el caballo? * 

--_Si, señora, respondió Luisa que entraba con una taza 
de té para Amalia. 

En ese momento Eduardo volvió á levantarse v nasar al 
comedor para escuchar de nuevo por la ventana. Una idea 
hacia rato que estaba cruzando por su cabeza, y iiue era lo 
único que lo inquietaba. lo 

Apénas baria tres minutos que estaba recostado contra la 
reja, cuando creyó percibir cierto ruido por el Bajo 
Un inoinento después ese ruido era bien perceptible, v no 
So“s marcha de niuclios cS- 

De repente el rurnor de la inarclia de la cabalgata 
pero pudo distinguirse el eco confuso de algunas voces aí 


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265 


PAUTl*: QUl?^TA. CAPITULO IX. 

pié de la barranca. En seguida volvió á sentirse la marcha 
de los caballos. 

— No hay duda, se dijo Eduardo, esta es la patrulla que 
ha hecho fuego. Se lia parado al pié de la iiarraiica, y pro- 
bablemente han hablado de esta casa. No hay duda; van á 
dar la vuelta para venir por el camino de arriba. ¡Eatali- 
ílad, fatalidad 1 y el jóven se mordió los labios hasta sacarse 
sangre. 

Al entrar á la sala, Amalia que leia tan bien en el sem- 
blante de su amado, comprendió que alguna emoción pro- 
funda lo agitaba, y ella misma le abrió el camino diciéndole, 
en el estilo que usaba con el, y el único que le consentia, 
cuando no estaban en ciertos momentos en que la poesía 
del amor les inspiraba un tratamiento mas dulce y mas 
íntimo : 

— Hable usted, Eduardo: yo siempre tengo en mi alma 
la resignación, esperando á la desgracia. 

— No ; desgracia no, repuso aquel como avergonzado de 
que su amada hubiera apercibido en su semblante alguna 
expresión pasajera de temor. 

— ¿Y qué es, pues? 

— Quizá Quizá nada una tontería mia, dijo el jóven, 

sonriendo, sacudiendo su cabeza y tomando el té que ha- 
bía dejado Amalia en su taza. 

— No, no, algo hay, y yo quiero saberlo. 

— Pues bien; lo que hay es, que acaba de pasar una 
patrulla por bajo la barranca, y que será probablemente la 
misma que ha hecho fuego sobro la ballenera. Hé ahí todo. 

— ¿ Todo? bien; ya verá usted si he comprendido lo que 
usted ha callado. Luisa, llama á Pedro. 

— ¿Y para qué? preguntó Eduardo. 

— Va usted á oirlo. 

El veterano apareció. 

— Pedro, le dijo Amalia, es posible que intenten asaltar- 
los esta noche, querer registrar la casa, ó alguna cosa así, 
cierre usted bien las puertas y prepare sus armas. 

Eduardo quedó atónito de aquel valor y serenidad de su 
amada, admirándola en el santuario de su alma, conociendo 
que no era el valor déla organización, sino el valor del 
amor, elevado al grado de sacriíicio. Porque en aquellos 
momentos una resistencia a mada, una resistencia cual- 


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cjuiraála voz do los agCGtes de Rosas era una sentencia iii- 
lalible de muerte, ó dedesgracias de todo gónero, y Amalia 
se lanzal)a á afrontarlas, tentando salvar al Lien amado de 
su corazón. 

-- Ya está todo hecho, señora ; tengo veinte tiros y mi 
sable, respondió Pedro. 

— Y yo cuatro y el mió, dijo Eduardo parándose siibita- 
mente; pero mas súbito todavía y como si hubiesen cam- 
biado un hombre por otro, volvió á sentarse y dijo : 

— No, aqu no correrá sangre. 

— ¿Cómo? 

— Digo, Amalia, que en último caso no merece mi vida 
el que usted presencie una escena como la que hemos que- 
rido preparar imprudentemente, y que no daria, por último, 
sino la pérdida de lodos. 

Pedro, haga usted lo que se le ha mandado, repuso 
Amalia. 

— ¡ Amalial exclamó Eduardo, tomándole la mano. 

Eduardo, replicó la jóven, yo no tengo nada en mi 

vida que no esté en la vida del ser que amo, y cuando el 
destino de él luese de prisa á la desgracia, yo precipitarla 
el mió para que fuésemos juntos^ 

La joven no habla acabado estas palabras melancólicas, 
expresión de su triste y enamorado corazón, cuando el galope 
de muchos caballos se sintió por el camino de arri^^a. 

Eduardo se levantó sereno, pasó al patio donde se paseaba 
Pedro, y entró á su aposento. Se quitó tran luilamente el 
pequeño poncho que lo cubría aun; sacó sus pistolas de 
dos tiros que tenia en los bolsillos de sus pantalones, exa- 
minó los cebos, y tomando luego su espada dió al patio y 
colocó.’a desnuda en un rincón. 

En ese momento Amalia llegaba también al patio con la 
inocente Luisa pegada á su vestido, que por segunda vez la 
repella: 

— Señora, ¿quiere usted que rece ? 

— Sí, hija mia, anda á la sala y reza. 

La noche habla cubiértose con todo su ropaje de sombras 
y la tormenta se cernia sobre la tierra. 

No bien habia cambiado Amalia algunas palabras con 
Eduardo y Pedro, cuando sintióse el rumor de voces cerca 
de la puerta, y luego los sables y las espuelas de algunos 


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PARTE QUINTA. CAPITULO IX. 


mi 


que’ se desmontaban; y eiiíónces pasaron á la sala, cuya 
puerta daba al pequeño zaguan. 

Al entrar, un espectáculo tierno y sublime los detuvo 
A la puerta :1a vista de Luisa, hincada, con sus manecitas 
juntas en actitud de súplica, rezando delante al cruciíijo de 
Amalia. 

Parecía que se esperaba la última palabra de esa oración 
de la inocencia elevada á Dios, en medio de la noche y los 
peligros, para comenzar la primera escena de aquel drama 
que presagiaba un terrible desenlace ; pues que en el acto 
¿e levantarse la niña, y de entrar los que la observaban. 
Una docena de recios golpes fueron dados en la pu rta déla 
calle. 

— Nuestro plan está ya concebido con Pedro, dijo Eduardo 
dirigiéndose á Amalia, no abriremos, ni responderemos. Si 
se cansan y se van, tanto mejor. Si intentan echar la puerta 
abajo, tendrán que trabajar mucho, pues es gruesa y bien 
sostenida; y si lo logran, cuando los recibimos estarán 
fatigados. 

Los golpes se repitieron en la puerta, y en seguida em- 
pezaron á darlos en las ventanas de la sala y dql comedor. 

— Échenla abajo, dijo una voz ronca y fuerte que hahia 
sobresalido varias veces entre aquellas que acompaiiaban 
con un coro de palabras obscenas los golpes que daban en 
Vano sobre la puerta y las ventanas. 

Pedro se sonrió, recostándose tranquilamente en la puerta 
de la sala. 

— No se puede, dijeron muchas voces á la vez, después 
de haberse hecho grandes esfuerzos, que se conocia por el 
crujimiento de los tablones que descansaban sobre dos 
gruesas trancas. 

— Tiren sobre la cerradura, dijo la misma voz que se 
hacia notable entre todas. 

Pedro se sonrió, dió vuelta la cabeza y miró á Eduardo 
parado con Amalia de la mano en el medio de la sala. 

En aquel momento cuatro tiros de tercerola se dispararon 
en la parte exterior, y la cerradura vino á caerá los piés de 
Pedro, que con una serenidad admirable dióse vuelta, acer- 
cóse á Amalia y la dijo : 

— Estos picaros pueden tirar por las ventanas, y usted no 
está bien aquí. 


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l'íii 




AMALIA . 


— Es cierto, repuso Eduardo, al aposento de Luisa. 

■— No ; yo estaré donde estén ustedes. 

— Niña, si usted no entra, yo la cargo y la encierro, 
replicó Pedro con una voz tan tranquila pero tan resuelta, 
que Amalia, aunque sorprendida, no se atrevió á replicarle 
y entró con Luisa al aposento. Mientras Pedro y Eduardo 
fueron á colocarse entre las dos ventanas, quedando cubier- 
tos por la pared. 

Estas precauciones no fueron inútiles, pues apenas ha- 
blan ocupado aquel lugar, cuando los vidrios saltaron en mil 
pedazos y algunas balas atravesaron la sala. 

Pero afuera también tomaban sus medidas. Gonocian bien 
que había gente en la casa, pues que la puerta estaba cer- 
rada por dentro, y se veia luz por los agujeros que habían 
hecho las balas. Y esta resistencia á abrir los exasperaba 
mas, á ellos que traían sable y tercerola, y (jue por consi- 
guiente eran agentes de la autoridad todoi)oderosa del Res- 
taurador. 

De repente, un golpe tremendo, un empuje casi irresis- 
tible hizo rechinar los goznes y crujir los marcos de la 
puerta que. parecía pronta á saltar toda entera, pues hasta 
las paredes se conmovieron cual si las sacudiese un ter- 
remoto. 

— i Ah, ya sé; y para esto no hay remedio! dijo Pedro 
‘saliendo del lugar en que estaba, amartillando su tercercla 

y dirigiéndose al zaguan; mientras que Eiluardo preparando 
también /us pistolas, iba á su lado con los ojos chispean- 
tes, la boca entreabierta, y aprentando convulsivamente sus 

armas. . , , , , 

Amalia que sintió y vió todo esto, ocurrido en ménos de 
un secundo, iba d precipitarse del aposento, cuando Luisa 
se echó ásus pies y le abrazó las rodillas. 

Un segundo golpe sin vibración, pero pujante, á plomo, 
hizo estremecer "de nuevo toda la casa, y multitud de casco- 
tes saltaron de los marcos de la puerta. 

— No resiste otro, dijo Pedro. 

— ¿Y con qué demonios dan? preguntó Eduardo trémulo 
de rabia y deseando que cayese la puerta de una vez. 

— Con el anca de dos ó tres caballos á un mismo tiempo, 
contestó Pedro, así echamos abajo la puerta de un cuartel 
en el Perú. 


l 


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PARTE QUINTA. CAPITULO IX. 


m 


\ln ese momento, porque loila esta escena era rápida 
como el pensamiento, Luisa, abrazada de Jas rodillas de 
Amalia, sin dejarla salir, ladecia llorando; 

■— Señora, la Virgen me ha hecho recordar una cosa; la 
carta; yo sé donde está, con ella nos salvamos, señora. 

•—¿Qué carta. Luisa? 

— Aquella que... 

— Ah, sí. ¡ Providencia divina 1 es el único medio de sal- 
varlo. Tráela. tráela. 

Y Luisa voló, sacó de unacajita una carta y se la dió. 

Amalia entóncespasó corriendo ala puerta do la sala y 
dijo íi Eduardo y Pedro que estaban en el zaguan espe- 
rando por momentos ver caer la de la calle: 

— No se muevan, por Dios; oigan todo pero no hablen 
ni entren á la sala, y sin esperar respuesta, corrió las ho- 
jas de la puerta, y volando á. una de las ventanas, tiró los 
pasadores y abrió. 

Á este ruido, dejaron la puerta y se precipitaron á la 
ventana diez ó doce de los que estaban desmontados; y por 
instinto, por instinto federal, abocaron sus tercerolas á 
Jas rejas. 

Amalia no retrocedió, no se inmutó siquiera, y con una 
voz entera y digna se dirigió á ellos : 

— ¿Por qué se asalta de este modo la casa de una mujer, 
señores? Aquí no hay hombres, ni riquezas. 

— ¡ Eh, que no somos ladrones! contestó uno que ce 
abrió camino por medio de los demas, hasta llegar á la 
ventana. 

— Pues si es esta una patrulla militar, no debia tratar 
de echar abajo los puertas de esta casa. 

— ¿Y de quién es esta casa? preguntó aquel que se lia- 
bia acercado, parodiando la acentuación con que habia 
marcado Amalia aquellas dos palabras. 

— Lea usted y lo sabrá. Luisa l alcanza la luz. 

El tono de Amalia, su juventud, su belleza, y el misterio 
de esa especie de seguridad y de amenaza que envolvia en 
sus últimas palabras, acompañada del papel que entregaba, 
en aquella época en que todos temian caer, por equivoca- 
ción, ó por cualquier cosa, en el enojo de Rosas, llevó sin 
esfuerzo la perplejidad á toda aquella gente, en cuyas ca- 
bezas no habia entrado la sospecha de que en esa casa, por 


T' 




‘ f 




-270 


AiMAUA. 


nuijor como la que 


laíitos ailos desierta, hubiese una 
veian. 

— Pero, señora, abra usted, le dijo entrecortado el ner- 
sonaje que recibió la carta, y que no era otro en cuerpo v 
alma que Martin Santa-Goloma al frente de su partida. 

— Lea usted primero y después abriré si todavía lo 
quiere, repuso .\malia dando mayor lirmeza y aire de repro- 
che á la entonación de su voz; ai mismo tiempo que Luisa 
Ungiendo valor como su señora, acercaba la luz ú la reía’ 
entre una bomba de cristal. ’ 

Santa-Goloma desdobló la carta sin quitar sus ojos de 
aquella mujer que á Ja luz del fanal le hería la imaginación, 
como algo de encantamiento en aquel lúgubre y solitario 
lugar. Miró luego la firma de la carta, y la sorpresa se pintó 
en su rostro, que no dejaba de ser varonil é interesante. 

Tenga usted la bondad de leer fuerte para que todos 
oigan, dijo Amalia. 

— Señora, yo soy el jefe de esta paríida, v con que yo 
lea es bastante, contestó aquel, y se impuso del contenido 
de esta carta, que el lector debe conocer también y que 
decía I 

« Smom Doña Amalia Sácnz de Olabarruta 

» Mi distinguida compatriota : He sabido con mucho dis- 
gusto que se han atrevido á incomodar á usted en su sole- 
dad, sin motivos, y sin órden de tatita, lo que es un grande 
abuso que él reprendería si lo supiese. La vida que usted 
lleva no puede inspirar sospechas k nadie, sino á los que 
toman el nombre del gobierno para sus Unes particulares * 
usted esta en el número de las personas que mas distinno", 
y le ruego, como una amiga, que me comunique al rao^ 
mentó, si otra vez fuese usted molestada; porque si es sin 
órden do tatita, como no lo dudo, yo se lo avisaré á él en 
el acto, para que no so abuse de su nombre otra vez. 

K Crea usted que será un momento muv feliz para mí 
aquel en que pueda serle útil su obsecuoiíto servidora v 
amiga. ^ 

» Manuela Rosas. 

>• Agosto 23 de 1810 » 


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PAHTE QUINTA. CAPÍTULO IX. «71 

Señora, dijo Santa-Goloma quitándose su sombrero, yo 
no he tenido la intención de hacer á usted ningún mal, ni 
sabia quién vivia aquí. He creído que podrían haber salidc 
esta casa algunos de los que se han embarcado hace 
poco por esta costa, pues acabo de batirme con una balle- 
nera enemiga muy cerca de aquí, y como no hay mas casa 
Que esta 

7- Vino usted á echarme las puertas abajo, ¿no es eso? 
‘0 interrumpió Amalia para acabar de dominar el espíritu 
ue. Santa-Goloma. 

— Señora, como no me abrían, y veia luz pero, dis- 

pénseme usted. Yo ignoraba que aquí viviera una amiga de 
^ofia Manuelita. 

— lista bien, ¿quiere usted entrar ahora y registrar la 
oasa? y Amalia hizo un movimiento como para salir á 
abrir. 

-7 No, señora, no. Solo le pido á usted el favor de per- 
nutirme que vengan mañana á, componer la puerta que 
Quizá Su ha estropeado. 

Mil gracias, señor. Mañana pienso irme á mi casa del 
pueblo, y esto no es nada. 

— Yo mismo, prosiguió Santa-Goloma, voy á pedirle dis- 
culpas á Doña Manuelita. Gréame usted que ha sido sin in- 
lencion. 

~~ Todo lo creo á usted, y no hay necesidad de discul- 
pas; porque por mi boca nadie sabrá lo que ha ocui rido, 
Usted se ha equivocado y eso es todo lo que hay, repuso 
Eulalia endulzando su voz todo cuanto le era posible en su 
situación. 

— Señores, á caballo; esta os una casa federal, gritó San- 
i-u-Goloma á los suyos. Vuelvo á pedir á usted perdón, con- 
tinuó volviéndose á Amalia. Buenos noches, señora. 

— ¿No quiere usted descansar ni un momento? 

— No, señora, mil gracias; usted es la que debe descan- 
sar del mal rato que la he dado. 

Y retirándose Santa-Goloma, todavía no se ponía el so li- 
brero. 

— Buenas noches, dijo Amalia y cerró su ventana. 

Un minuto después estaba desmayada sobre el sofá. 


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AMALIA. 


CAPITULO X. 

Primavera de sangre. 

Ya los pájaros cantaban al asomar el día el hi nno miste- 
rioso do la naturaleza á su creador. 

La golondrina volvia de sus calientes climas, y cruzaba 
rápida y sin destino, como las imágenes del delirio. 

El duraznero ostentaba todo el lujo de sus estrellas color 
de rosas y violentas; y entre los glóbulos dorados de su 
flor se cuajaba el gérmen de su exquisito fruto. 

El nardo se levantaba altivo, como la palmera del de- 
sierto; y á su pié la tímida violeta se escondía entre sus 
pabellones de esmeralda, lastimada de su punzante aroma. 

El jacinto asomaba gracioso á respirar el aire primaveral 
que lo rizaba. Y la espléndida reina de las flores abria su 
globo de púrpura para beber el llanto de la aurora, dejando 
herir su seno por el rayo del matutino sol, á cuyo influjo 
fermentaba el ámbar que encerraba; como la virgen que 
deja penetrar por su pupila la mirada ardiente que va 
hasta el corazón, y roba y bebe el primer soplo de amor, 
que un suspiro de la divinidad puso en su seno. 

Y sobre las hojas punzóes do la rosa, ó sobre la frente 
pálida de la azucena, la mariposa esparcía el polvo de oro 
de sus alas, y remontaba luego á embriagarse de luz y de 
colores : imágen delicada y tierna de la mujer, cuando se 
abre la flor de su inocente vida, y vuela en el jardín délas 
ilusiones, derramando el oro de su imaginación sobre las 
flores fragantes de sus deseos. 

Las olas comenzaban á descansar ya de su agitación en 
el rígido invierno que acababa, y se dormian sobre sí mis- 
mas, como reposan las pasiones sobre el mismo corazón 
que les dió vida. Los vientos de la lampa plegaban su ala 
poderosa; y las templadasbrisas délos irójdcosseescurrian 
á la región del Plata, á conquislar el desierto palacio del 
invierno. 

Toda la naturaleza se regeneraba, se cubría de galas, res- 
pirabacsperanzaSjyreílejaba poesía, comola amante aban- 
donada vuelve á la radiantez de su bellaza rebosando pro- 


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PARTE QUINTA. CAPITULO X. 


2'7Í5 


H10SQS y alegría, cuando el aliento del amante ausente 
viene de improviso á entibiar la frente marcliitada por el 
frió glacial del abandono. 

Al invierno yermador, árido y triste, sucedía la creadoi'a 
y alegre primavera. Y para toda la naturaleza había una 

caricia, una sonrisa, una promesa ménos para el 

hombre. 

La flor, el campo, el agua, las nubes y los astros que ta- 
chonan el manto Celestino de Dios, todos recibían una mi- 
rada vivificadora, al abrirse el reinado de la opulenta pri- 
mavera en las regiones del Plata ménos el hombre. 

Su destino, frió como una cifra, adherido á su vida como 
el mármol al sepulcro, 6 incontrastable como el paso del 
tiempo, lo empujaba de desgracia en desgracia, y sin otra 
esperanza que en Dios, cuya mirada aparecia envuelta 
entre las nubes, sin llegar al alma, y alumbrarla, en la 
terrible noche de su infortunio. 

La primavera comenzaba para la naturaleza. Pero ¡ ay I 
el ámbar de la flor iba á extinguirse entre el olor de la sangre. 

El campo iba á perder su manto de esmeralda con las 
manchas de sangre, que ni el pié de los años borraría. 

El arroyo iba á llevar sangre en su corriente. La luz dcl 
dia á encapotarse entre vapor de sangre. Y los astros que 
tachonan el manto Celestino de Dios, iban á quebrar su te- 
nue rayo sobre charcas de sangre. 

Jugado estaba ya el destino de los pueblos del Plata. Su 
vida amarrada al potro de la tiranía, nuevo Mazeppa, iba á 
desangrarse por largos años, rotas las carnes de la libci- 
tad, en las espinas de un bosque de delitos y de.sgracias. 
Las tradiciones de la revolución, el destino de 1810, las 
promesas risueñas de 1825, los pi'ogresos intelectivos deja 
sociedad, la moral de educación y de raza, el carácter de 
los pueblos, su índole y su imaginación misma, todo iba á 
acabar de subvertirse bajo el mas disolventóde los gobier- 
nos bajo la mas inmoral do las escuelas públicas : bajo el 
gobierno personal y tiránico, bajo el ejemplo desús medios 
bárbaros. Un gobierno tanto mas lunesto, cuanto que debía 
dejar inoculados en la sangre de una generación que se le- 
vantaba á la vida, los malos hábitos de los pueblos que na- 
cen y se educan bajo el imperio de los déspotas, en que 
dignidad humana es escarnecida; la obediencia irrellexiv 


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214 


AMALIA. 


ciega, ana condición de la existencia individual; y las 
ideas y íos intereses sociales, plantas exóticas en el tereno 
de ese gobierno. 

La ausencia de todo espíritu de comunidad y asociación 
había conservado hasta entónces el mal gobierno de Don 
Juan Manuel Rosas, como había servido en gran parte á la 
anarquía que lo produjo. Y la prolongación de aquel go- 
bierno, iba á acabar de ahondar ese iivdl generador, en la 
tierra virgen de una sociedad sin hábitos ni cr»,,'enciab to- 
davía. De%stemodo se preparabim para el futuro, funestos 
Y terribles síntomas de resistencia á la reacción que apare- 
j r biese contra ese órden de cosas, en que ya no habría que 

1 / luchar contra el tirano, sino contra los resabios de la ti- 


1 I i ■ 


. td.: 

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rama. 

llosas liabia Iriuufado sin vencer. Y desde entónces, todas 
las cuestiones lejanas ¡lue rodeaban el horizonte de su go- 
bierno, iban á ceder poco á poco, y por sí solas, en la pen- 
diente de su fortuna, ó mas bien, en el terreno de la fata- 
lidad histórica; porque los cuadros históricos que ofrece al 
estudio la vida de los pueblos, ni quedan, ni se presentan 
incompletos nunca. 

La república argentina, como pueblo nuevo, habla com- 
pletado ya, en quince años, su epopeya de combates y 
glorias; y puesto con su lanza el sello de su fuerza militar 
en la Am“érica,y de su destino en el mundo, como pueblo. 
Con su último cañonazo habla dicho la última palabra de 
sus primeras aspiraciones de 18 lü, y completado con el 
fuego de su pólvora la última luz del gran cuadro de su 

primera vida. , . . 

Le faltaba el segundo periodo de su revolución. Y aquí 
secbocaron entónces los grandes extremos del pensamiento ; 
la innovación ijue creaba, la reacción que destruía. 

Triunfante la última en sus primeros pasos, la lógica de 
la historia no pedia fallar, y era necesario que se comple- 
tase el gran cuadro de esa otra faz de la nueva nación. Y 
el crimen, el vicio, la relajación de todas las nociones del 
cristianismo, la subversión de lodos los principios conser- 
vadores de la sociedad, el atraso, la estagnación y la indo- 
lencia, la inacción y la impotencia del pensamiento, el ol- 
vido de la tradición, y una índole acomodaticia al nuevo 
órden de vida, todo déhia contribuir á llenar el cuadro do 



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PAUTE QUINTA. GAPITUi.O X. .¿iü 

la tiranía de Rosas, que no debía quedar incompleto, como 
no lo queda ninguna de las perspectivas históricas, que 
nacen sin esfuerzo de situaciones dadas y francas en la 
vida de las sociedades. 

Y allá en los futuros tiempos, cuando el pensador argén- 
lino separe la yedra que cubra la tumba de los primeros 
finos de la patria, para encontrar las inscriciones sangrien- 
las de sucesos y generaciones que rodaron en la tormenta de 
6U juventud, y busque frió y tranquilo la ingenua filosofía 
de nuestra historia, no se pasmará, por cierto, de nuestra 
larga y pesada tiranía, expresión franca y candorosa del 
estado social eiKjue nos encontróla revolución, fiero sí ba- 
jará su frente, avergonzado de que la alta figura que baya 
que dibujarse en el gran cuadro de ese episodio lúgubre 
de nuestra vida, sea la figura de Don Juan Manuel llosas. 
Porque lo mas sensible para la historia argentina no será, 
por cierto, el tener ((ue referir la existencia de un tirano, 
sino el que ese tirano fuese Rosas. 

Rosas fué un tirano ignorante y vulgar. Á ningún fin po- 
lítico iban sus pasos. Ninguna alta idea formaba el centro 
de sus acciones. Y tras su vida política no debia quedar 
sino un recuerdo rejiugnante de ella. 

Solo el crimen fué sistemático en ese hombre. Pues ese 
tan ponderado sistema de su americanismo para repeler 
toda ingerencia europea entre nosotros, defendiendo cons- 
tantemente la dignidad de la bandera azul y blanca, fué 
una larga mentira del dictador, inventada para desiiertar 
en favor suyo las susceptibilidades nacionales : á lo niénos 
la historia de sus propios actos así lo proclama. 

Mucho ántes de su jactancioso iiatriotismo americano, y 
en la edad en que el hombre es mas susceptible á la ebulli- 
ción de los sentimientos patrióticos, exagerados con fre- 
cuencia por el calor de la sangre, y los arramiues impe- 
tuosos del carácter personal, Rosas habíase puesto de parte- 
de los extranjeros y aplaudido un acto de piratería ejercido 
contra el pabellón nacional. 

Después de la revolución de 1.® de Diciembre de 1828, un 
hecho escandaloso fué cometido por el comandante Mr. de 
Venancourt, al mando de las fuerzas francesas en estas 
uguas, contra nuestra pequeña escuadra, asaltada en medio 
de la noche ])or las tripulaciones francesas. Don Juan Ma- 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO X. 277 

fes militares, de oíicio, que minliesen en sus comunicacio- 
nes, aumentando el número de sus fuerzas *. 

Pero mas que esto. El cinismo del dictador llegaba á tal 
punto, que él mismo, de ju puño y letra, escribía las iiis- 
tJ'Ucciones para los correos que partían de buenos Aires 
para las provincias y Bolivia; ordenándoles que por todo 
su camino fuesen diciendo que : « S. E. trabajaba dia y no- 
che en sosten de la causa americana : que basta las poten- 
cias extranjeras le tributaban respeto y admiración por 
su valor y por su genio : que todo ed mundo estaba 
pronto á sacriíicarse por él ; que en todos los paquetes re- 
cibía cartas y regalos de los reyes : y que dentro de poco 
se iba á saber todo lo que él valia, etc., (de., » 

Capitaneó una de las épocas de la vida social, que con 
él, ó sin él, tenia por fuerza que desenvolverse en el na- 
ciente pueblo; y no se hizo célebre por haber organizado 
esa época, sino por haberla ultrapasado en sus impulsos 
reaccionarios; y no se hizo espectable, individualmente, 
sino por la ferí^cidad de su alma, y por las infinitas cir- 
cunstancias que los sucesos fueron eslabonando en torno 
suyo , debidos en su mayor parte á causas que no 

den se ha dado desde Quilines hasta el Tuyú, y por todas las 
costas y puertos donde se hallen sus tropas; ellas están prontas 
á ejecutarlo. 

El infrascripto tiene el honor de saludar, etc. 

Juan Manuel Uosas. 

(Esta carta fue conocida recien el 29 de Diciembre de 1819; pre- 
sentada a la cámara de diputados por Mr. Larrochejaquelein.) 

* a El general edecán de S. E. D. Manuel Curvalan, al coman- 
dante en jefe del número 2, coronel D. Antonio Uamírez. 

» S. E. encarga á S. que al comunicar noticias del número 
do que se compone la división, diga siempre el duhlt), y qu • la 
Riitad es de línea, y que esta noticia con especiilidad la liaga 
correr hacia el sur de la campaña, y hacia esta ciudad, y por lil- 
tiino para todas partes, para donde se le porporcione ojjoriunidad 
de escribir sea para donde fuere, aun cuando sea al norte, debe 
ahora V. S. hacer correr que tiene consigo mil hombres incluso 
fluinicnlos de línea, y que viene en alcance suyo la división do 
Banáiicas compuesta de quinientas pla/as de las tres armas de lí- 
oca y nú i ida, ardiendo lodos por volar á acabar con los salvajes 
unitarios sublevados, viles esclavos de los asquerosos franceses. * 

iC 


I.» 


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278 AMALIA.. 

redbieraii creación, ni impulsión de la cabeza de Rosas : 
como sucedió con la contramarcha repentina del éjercito 
libertador, qüe dejaba abierto el camino por donde la tira- 
nía reaccionaria debia marchar hasta su última expresión 
en la república. 

Sóbrelas tablas del tiempo fuó Setiembre de 1840 quien 
jugó el destino de los pueblos del Plata ; y en pérdida la 
libertad, la primavera de la naturaleza no lué sino la pri- 
mavera de sangre de los argentinos. 

Los sucesos que se precipitan, anudándolos con los suce- 
sos anteriores que se conocen ya, nos van á dar á com- 
prender todo lo que tiene de terrible y de lúgubre esa 
verdad. 


CAPÍTULO XI. 

De cuarenta solo diez. 

En la noche siguiente á aquella en que la policía fede- 
ral comenzó á hacer de las suyas en h casa sola, y en que 
Luisa recibió por premio de su oración una inspiración 
que salvó á todos, varios hombres se iiabian ido reuniendo, 
desde las ocho di la noche en un largo almacén de efec- 
tos por mayor, contiguo á una hermosa casa de altos que 
dominaba casi toda la calle déla Universidad . 

. Los que llegaban, llamaban de un modo especial, y la 
puerta del almacén se abria para cerrarse en el acto. 

Apenas allá en el fondo se distinguía la débil claridad de 
una luz, colocada tras una pila de cajones de vino, y en 
redor de la cual iban juntándose los que llegaban. Y á 
pesar de la distancia que mediaba entre la calle y el fondo 
del almacén, en que se hallaban, la conversación, aunque 
animada, sesostenia, sin embargo, en voz baja. Pero esta 
jirecaucion se explicaba por la circunstancia de que la casa 
de altos, á que pertenecía el almacén, y con la cual se co- 

’ En toda esta obra se usa, como os natural, de la nomencla- 
tura que leiiian las calles en ISiü, en que tienen lugar los acon- 
tecimientos que reíicre. 


-L 


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PARTE QUINTA CAPITULO XI. 


279 


mullicaba por una puerta al patio, era habitada en esa 
época por una familia federal. Pero lo que sí sorprendía, 
eraverque habian (juilado déla parte interior de la puerta 
los efectos que había amontonados contra ella y descla- 
vado una gruesa tabla que cruzaba las hojas, y, por úl- 
timo, llamaba la atención mas que todo cuanto se ha des- 
crito, una hilera de fusiles, puesta cerca de la puerta del 
patio, entre unos barriles de vino y la pared. 

Todo este aparato, en aquel lugar, bajo tal misterio , á 
semejantes horas y en aquellos tiempos, era mas que su- 
íiciente para que la muerte se dejara de andar revolviendo 
los cabellos de cuantas cabezas allí había. 

— Las diez, dijo uno, acercando su reloj á la vela de 
sebo que ardia sobre un candelero de metal, puesto en el 
suelo. 

— Mejor, repuso otro, levantándose y dando algunos 
pasos. 

— Sí, cierto, agregó un tercero, si no hubiera nada, ya 
lo sabríamos á estas horas. 

— Yo creo que la entrada no será hasta la madrugada, 
observó otro levántaudose también, pues que todos estaban 
sentados sobre cajones de vino, en redor de la vela. 

— ¿Pero, cómo es que no vienen los demas? 

— Pero es que no sabemos cuántos somos. 

— ¿ Te lo ha dicho Belgrano ? 

— iNo. 

— Tampoco me ha dicho Bello el número de los que de- 
bíamos reunimos. 

— ¿Y qué importa el número ? 

— ¡ Toma, si importa! ¿ Cree usted que con los que es- 
tamos aquí podemos hacer gran cosa? repuso el que allí 
parecía el mayor de todos, no obstante que apenas repre- 
sentaba treinta y cinco años ; teniendo en toda su figura 
un no sé qué de aire militar. 

— Yo sé lo que ha de ser, dijo otro. 

— ¿Qué? preguntaron varios. 

— Que Bello y Belgrano han de haber señalado varios 
puntos de reunión en esta misma manzana, ó en la misma 
cuadra, tal vez; y concertado la seña para el momento en 
que nos hagamos dueños de esta casa, y nos,^subamos á la 
azotea como á casa nuestra, á pesar de los gritos (|ue quie- 


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III 


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I, 1>I, 


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280 AMALIA. 

ran dar sus dueños, si es que los federales lienen fuerzas 
para gritar dentro de algunas horas. 

— Eso parece una explicación, repuso el personaje de 
aire marcial. Porque, continuó, no es que con diez ó doce 
hombres no podamos apagar los fuegos de todas las azoteas 
de esta calle, desde el lugar en que nos vamos á colocar, 
en caso que haya quien quiera hacer fuego sobre Lavalle, 
sino que si tenemos que salir á operar fuera de aquí, por 
cualquier accidente, entónces no bastan los que somos. 

— Yo por ejemplo, haya ó no combate, me voy, con cua- 
tro mas que ya estamos convenidos, en cuanto pase la 
fuerza por esta calle. 

— ¿Ve usted? ya quedamos ménos. ¿Y dónde diablos 
va usted ? 

— Á casa de Rosas. 

— ¿ Quiere usted prender á Manuela ? 

— No, por el contrario, tratarla de defenderla si alguien 
quisiera insultarla. 

— Y yo también. 

— Y yo, dijeron algunos jóvenes. 

— ¿Pero entónces qué quiere usted hacer con la casa de 
Rosas? repuso aquel el mas grave de todos, cree usted que 
los rosinos se irán á esconder allí? 

— No, no creo tal zonzería. 

— ¿Y entónces ? 

— Los papeles. 

^ i Ah 1 

— Los papeles ; eso es lo que yo quiero. 

— Muy buen provecho le hagan á usted, amiguito mió; 
pero me parece que ellos, y la carabina de Ambrosio, han 
de valer lo mismo. 

— Para los militares, puede ser; para los escritores, no, 
contestó el jóven de los papeles algo picado. 

— ¡Puesl y como vamos á deber á los escritores la caída 
de Rosas, justo es que ellos continúen la obra, repuso con 
aire burlón el que lo tenia de militar. 

— Puede ser que no se equivoque usted. 

— 1 Por supuesto, un cañonazo de gacetas baria un estrago 
terrible en el campamento de Rosas! 

— Eso ya es personal, caballero. 

— Pero, señores, por amor de Dios, dijo otro que no 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XI. 


281 


liabia hablado todavía ; ¿es posible que no podamos estar 
jantos cuatro argentinos, sin que nos pongamos en anar- 
quía? ¿Todavía no hemos vencido á Rosas, y ya nos pone- 
aios á disputar sobre s: el elemento militar ha sido mas 
poderoso, para derrocarlo, que la propaganda literaria? 

— Es que 

En golpe en la puerta interrumpió la respuesta, y llamó 
l:i atención de todos, mióntras sefué á abrir porque se ha- 
bía llamado del modo convenido. 

Un instante después, Daniel y 'Eduardo estaban rodeados 
'■íelos diez personajes que allí habia. 

Los dos jóvenes veniau de poncho, y con grandes divisas 
federales en el sombrero. Pero ambos, y mas especialmente 
Daniel, tenían en su rostro una expresión de dolor y de 
despecho, marcada por el pincel de la naturaleza, con toda 
la verdad y la elocuencia de sus obras maestras. Se leia, 
puede decirse, en la cara de aquellos jóvenes todo cuanto 
pasaba en su alma en ese instante. Y tanto, que el presunto 
invasor á los papeles de Rosas no pudo contenerse y les 
dijo : 

— La cara de cada uno de ustedes es un boletin de Ro- 
sas, en que nos da cuenta de la derrota de Lavalle. 

— No, contestó Daniel. No, Lavalle no ha sido derrotado. 
Es mas que esto. 

— ¡ Diablo I El mas no se me habia ocurrido hasta ahora, 
repuso otro. 

— Y sin embargo, así es, replicó Daniel. 

— Pero explicaos, con mil santos, exclamó el defensor de 
los militares. 

— Nada mas fácil, amigo mió, contestó Daniel, y prosi- 
guió : 

Lavalle ha emprendido su retirada á las seis de la tarde 
de hoy, desde Merlo. Y á mi juicio esto importa la derrota 
de nuestra causa por muchos años, cosa que es de mas im- 
portancia sin duda, que la derrota de un ejército. 

Un largo silencio sucedió á aquella declaración. Un frió 
glacial heló la sangre en el corazón de todos. Esa noticia 
ora precisamente ía que ménos se esperaba. 

Eduardo rompió el silencio. 

— Sin embargo, dijo. Bello no ha dicho todo. Es cierno 
que Lavalle ha contramarchado. Pero entiendo, según las 

15 


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282 AMALIA. 

mismas noticias de Daniel, que va á dar un golpe á López 
que le está incomodando su retaguardia, para volver des- 
pués, libre de ese inconveniente, á operar sobre Rosas. 

— Claro está, repuso otro. Ahora ya entiendo. Quiere de- 
cir que todo el susto que nos ba dado Bello, no tiene mas 
runclamento,que la demora del triunfo por algunos dias. 

— Indudable, dijeron todos. 

— Cierto. 

— Pensad como gustéis, señores, replicó Daniel. Para mi 
esto es concluido. La empresa del general Lavalle, para 
tener éxito, debia obrar, mas sobre la moral, que sobre la 
fuerza material de Rosas. El momento se ba perdido. La 
reacción del espíritu vendrá en el num -roso partido fede- 
ral, y repuesto de su primera impresión, será diez veces 
mas fuerte que nosotros. Dentro de dos horas, en este mo- 
mento mismo, el general Lavalle podia tomar á Buenos Ai- 
res. Mañana ya será impotente. López lo sacará de la pro- 
vincia. Y entretanto, Rosas levantará otro ejército sobre su 
retaguardia. 

— ¿Pero cómo se sabe su retirada? preguntó uno. 

— ¿Me creéis, ó no? Si me creéis, evitad preguntas cuya 
respuesta á nada conducirá, contestó Daniel con sequedad, 
bást -os saber que boy G de Setiembre ba emprendido su 
retirada, después de haber llegado hasta Merlo ; y que la re- 
retirada la be recibido hace média hora. 

— Bien, es preciso comunicársela álos otros. 

— ¿ Á cuáles otros? preguntó Eduardo. 

— ¡Pues qué 1 ¿no hay en el barrio alguna otra reunión 
de nuestros amigos? 

Daniel se sonrió de un modo cruel, puede decirse, pues 
que la ironía y el desprecio se dibujaron en su expresivo 
rostro. 

— No, sí.mores, contestó, no hay mas 'reunión que la pre- 
sente. Hace quince dias que tuve la palabra de cuarenta 
hombres para este caso. Después se me ivdiijo á treinta. 
Ayer á veinte. Ahora os cuento y no hallo sino diez. ¿Y 
sabéis lo que es esto? la filosofía de la dictatlura de Rosas. 
Nuestros hábitos de desunión, en la parte mas culta de 
la sociedad ; nuestra falta de asociación en todo y para 
todo; nuestra vida de individualismo; nuestra apatía; 
nuestro abandono; nuestro egoísmo; nuestra ignoranciá so- 


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PAUTE QUINTA. CAPÍTULO XI. 283 

bre lo que importa la fuerza colectiva de los hombros, nos 
conserva á Rosas en el poder, y hará que mañana corte en 
detal la cabeza de todos nosotros, sin que haya cuatro hom- 
bres que se den la mano para protegerse recíprocamente. 
Será siempre mentira la libertad; mentira Injusticia ; men- 
tira la dignidad humana; y el progreso y la civilización, 
mentiras también, allí donde los hombres no liguen su pen- 
samiento y su voluntad para hacerse todos solidarios del 
mal de cada uno, para congratularse todos del bien de cada 
uno, para vivir todos, en íin, en la libertad y en los derechos 
de cada uno. Pero donde no hay veinte hombres que unan su 
vida y su destino el dia en que se juega la libertad y la 
suerte de su patria, la libertad y la suerte de ellos mismos, 
allí debe haber por fuerza un gobierno como el de Rosas, y 

allí está bien y en su lugar ese gobierno Gracias, amigos 

míos, honrosas excepciones de nuestra raquítica genera- 
ción, que tiene desús padres todos los defectos sin ninguna 
de las virtudes. Gracias otra vez. Ahora ya no hay patria 
para mañana, como la esperábamos. Pero es preciso que la 
haya para dentro de un año, de dos, de diez, quién sabe! Es 
preciso que haya patria para nuestros hijos siquiera. Y para 
esto, tenemos desde hoy que comenzar bajo otro pro- 
gramado trabajo incesante, fatigoso, de resultados lentos, 
pero que darán su fruto con el tiempo. El trabajo de la emi- 
gración. El trabajo de la propaganda en todas partes, á toilas 
horas, sin descanso. El trabajo del sable en los movimien- 
tos militantes. El trabajo de la palabra y de lá ¡iluma donde 
haya cuatro hombres que nos escuchen en el exterior, por- 
que alguna de esas palabras ha de venir á la patria en el 
aire, en la luz, en la ola. Mi presencia todavía es necesaria en 
Buenos Aires por algunas semanas; pero la vuestra, no. 
Hasta ahora he tratado de ser el dique de la emigración. 
Ahora la escena ha cambiado, y seré su puente. Al extran- 
jero, pues. Pero siempre rondando las puertas de la patria. 
Siempre golpeando en ellas. Siempre haciendo sentir al 
bárbaro que la libertad aun tiene un eco ; teniéndolo siem- 
pre en lucha para gastarle su fuerza, sus medios, su terror 
mismo. Hé ahí nuestro programa por muchos años. Es un 
combate de sangre, de espíritu, de vida al que vamos á en- 
trar. Aquel que sobreviva de nosotros, cuando la libertad 
sea conquistada, enseñe á nuestros hijos que esa libertad 


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284 


AMALIA. 


durará poco, si la socieda 1 no es un solo hombre para de- 
fenderla, ni tendrán patria, libertad, ni leyes, ni religión, ni 
virtud pública, inióntras el espíritu de asociación no mate 
al cáncer del individualismo, que ha hecho y hace la des- 
gracia de nuestra generación. Abracémonos y despidámo- 
nos hasta el extranjero. 

Las lágrimas corrian por el semblante de todos, poco ^ 
momentos ántes tan llenos de esperanzas y sueños de li- 
bertad y triunfo, y un momento después solo quedaba en 
aquel lugar de tan tristísimo desengaño el encargado de 
cerrar las puertas y guardar las armas. 

Al cerrar este capítulo, en que la uoüc/a ha sido una ver- 
dadera pues que tal reunión tuvo lugar en efecto 
en la noche del 6 de Setiembre de 18i0, con algunos de los 
incidentes que se han referido, queremos apoyar las pala- 
bras del héroe del romance sobre su gran tema de asocia- 
ción^ con lo que existe en Inglaterra en un solo ramo de 
las asociaciones inglesas; en ese imperio cuyo poder y 
grandeza no tiene otra base que la asociación en todo y 
para todo. 

Solo con espíritu y tendencias religiosas y humanitarias, 
existen en Inglaterra las siguientes sociedades : 

Sociedad para preservar la vida de los hombres contra 
toda clase de accidentes, el agua, el fuego, ele. Sociedad 
para garantir del incendio las vidas de las personas sor- 
prendidas por esta calamidad. Sociedad para recogerlos 
náufragos. Sociedad para prevenir los malos tratamientos á 
los animales, brutalidades que hacen feroces á los hom- 
bres, y que hacen á los animales, nuestros auxiliares en la 
vida, un suplicio de los servicios que nos prestan. Socie- 
dad de mejora de la suerte de los labradores. Sociedad para 
propagar la instrucción en las clases industriosas. Sociedad 
para mejorar el estado sanitario del pueblo on la capital. 
Sociedad para insjiirar el gusto del aseo al pueblo, abriéndole 
en los cuarteles populosos y pobres casas de büños gratuitos, 
ó casi gratuitos, con lavaderías, secadores cal ion tes, en donde 
la mujer indiferente, y el hombre sin ropa blanca de re- 
muda, pueden por dos sueldos bañarse en agua tibia, lavar, 
secar su ropa ó la de su familia. Sociedad para facilitar álos 
obreros y á los mercaderes de menudeo los medios de cerrar 
temprano sus talleres ó sus bodegones, y pasar la prima 



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PARTE QUINTA. CAPITULO XI. 


285 


1 h: 


noche entretenidos en lecturas sanas, y entretenimientos 
domésticos útiles á sus costumbres y á su salud. Sociedad 
de templanza para prevenir en el pueblo el abuso de los 
licores embriagantes, y suprimir así la miseria y el embru- 
tecimiento, consecuencia de la borrachera. Los miembros 
Je esta sociedad, para dar el ejemplo al pueblo, se abstie- 
nen ellos mismos de vino y de cerveza, sujetándose á pri 
vaciones que solo el sentimiento religioso puede explicar 
Sociedad para la extinción del vicio, fundada por Wilber- 
force, el emancipador de los negros. Gasta sumas conside- 
fables para la propagación por la prensa de la moral y del 
sentimiento religioso en las clases pobres ó ricas de la Gran 
Bretaña. Sociedad para la tutela moral y religiosa de los 
lujos de los sentenciados y de las mujeres perdidas. Socie- 
dad con un inmenso capital para la educación, manteni- 
miento y colocación de los ilijos ilegítimos. Sociedad para 
recoger las mujeres enfermas ó desechadas de las casas 
sospechosas. Sociedad para la conversión de las prostitutas. 
Sociedad para el asilo de mujeres que, habiendo cometido 
faltas, quieren volver á la mejor vida y á practicas religio- 
sas. Sociedad para ofrecer refugio á mujeres ó niñas ex- 
puestas, por su edad y su escasez, á las tentaciones del vi- 
cio. Sociedad para la supresión de las casas infames. Socie- 
dad para suministrar un hogar y trabajo á las mujeres vir- 
tuosas, y á los sirvientes sin colocación. Sociedad para en- 
señar su religión y un oficio á las mujeres arrepentidas. 
Sociedad para la protección gratuita ‘por las ley es de las 
mujeres perseguidas ó maltratadas por los que tienen au- 
toridad sobre ellas, y que abusan. Sociedad de aprendizaje 
gratuito para los presos jóvenes castigados por delitos cor- 
reccionales. Sociedad para la extinción del crimen por me- 
dio de la instrucción y de la propiedad, propagadas en las 
clases mas habitualmente criminales. Sociedad para la re- 
forma de las prisiones, y la construcción por suscripción de 
prisiones correctivas y casas de trabajo. Cinco ó séis so- 
ciedades para la reforma de las costumbres de las mujeres 
presas. Sociedad para apoderarse, á la espiración de la con- 
dena, de las personas castigadas por una primera falta, á 
linde impedir las reincidencias, y ponerlas en el camino 
de las buenas costumbres y del trabajo. Sociedad para pre- 
venir la mendicidad por liiedio de socorros inmediatos y 


’lli 


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I ' 


2 ^^6 AMALIA. 

continuos á docimilio. Sociedad para visitar regul ármente 
las tamil ias menesterosas de cada parro([uia o de cada 
barrio. Sociedad de informe para ilustrar la caridad jud- 
vada sobre las personas que por medio de cartas solicitan 
limosnas. Sociedad para abrir asilo de noche á los indivi- 
duos que se encuentran desprovistos de alojamiento v de 
fuego durante el invierno. Sociedad para establecer dor- 
mitorios y cocinas económicas, para los obreros que mo- 
íuentáneamente se hallan sin hogar. Sociedad para sumi- 
nistrar á las familias pobres de obreros el pan y el carbón 
á precio mas bajo y sin ganancia para el vendedor al me- 
nudeo, en todos los barrios deLóndres. Sociedad deservicio 
de sopa sustanciosa para los que mueren de hambre. So- 
ciedad para buscar y visitar á todos los extranjeros de 
cualquiera religión que sean, y á cualquier país que per- 
tenezcan para socorrerlos en su abandono. Sociedad para 
leer al pueblo la santa escritura. Para las viudas sin apoyo 
y sin recursos. Para los presos por deudas. Para los mari- 
neros estropeados ó inválidos, etc., como cien sociedades 
mas. 


CAPÍTULO XII. 

La ley de hambre 

Imposible es dar á conocer en los rasgos fugitivos del 
romance la situación pública íle Buenos Aíres, después de 
la retirada del ejército libertado.’. 

lil espíritu no volvia en sí del pasmo que le habia cau 
sado tal noticia; y una lucha febriciente de la esperanza y 
el desengaño lo agitaba terriblemente. Todavía se espe- 
raba, en cada semana, en cada dia que pasaba, la vuelta 
deL general Lavalle sobre Buenos Aires, después de haber 
triunfado sobre López. Y esta esperanza era sostenida por 
los periódicos y las cartas de Montevideo, que llegaban de 
contrabando dos ó tres veces por semana. 

Esos periódicos escritos con una pasión y un entusiasmo, 
Con una perseverancia y una imaginación que solo se ha- 
llan en rarísimas épocas déla vida de un pueblo, caian como 



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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XII. 281 

fierro candente en el espíritu que se enfriaba.’ Y sobre 
|ieclios falsos, sobre detalles inventados, sobre conjeturas 
ii'racionales, se formaba, sin embargo, en muchos una fe 
positiva, una esperanza robusta. 

Pero todo caia vencido por el terrorismo. 

Posas, poseedor del secreto de su triunfo real, ya no pen- 
^ítbasiiio en vengarse de sus enemigos, y en acabar deen- 
P_‘rniur y postrar el espíritu público ú golpes de terror. El 
^^ue liabia sido roto por su mano, y la Mashorca se des- 
bordaba como un rio de sangre. 

La sociedad estaba atónita; y en su pánico, buscaba en 
Las mas pueriles exterioridades un refugio, una salvación 
cualquiera. 

En menos de ocho dias, la ciudad entera de Buenos Aires 
Puedó pintada de coloi'ado. Hombres, mujeres, niños, todo 
ol mundo estaba con el pincel en la mano pintando las 
puertas, las ventanas, las rejas, los frisos exteriores, de dia, 
y muchas veces, hasta en alta noche. Y mientras parte de 
^ua familia se ocupaba de aquello, la otra envolvia, ocul- 
taba, borraba ó rompia cuanto en el interior de la casa te- 
una lista azul ó verde. Era un trabajo del alma y del 
cuerpo, sostenido de sol á sol, y que no daba á nadie, sin 
embargo, la seguridad salvadora que hu-caba. 

La mayor parle de las casas habia quedado sin sirvientes. 

La ciu iad se liabia convertido en una especie de cemen- 
terio de vivos. Y por enciína de las azoteas, ó por salidas 
^e carrera, los vecinos se comunicaban las noticias que sa- 
bían de la Mashorca. 

Este famoso club de asesinos corria las calles dia y no- 
che, aterrando, asesinando y robando, á la vez (jue en 
dantos Lugares, en la cárcel y en los cuarteles de Marino y 
Pe Guitifio, se le hacia coro con la agonía de las víctimas. 

La entrada de la Mashorca á una casa representaba una 
combinación infernal de ruido, de brutalidad, de crimen, 
pue no tiene ejemplo en la historia de los mas bárbaros ti- 
'’anos. 

Entraba en partidas de ocho, diez, doce ó mas forajidos. 

Unos empezaban á romper todos los vidrios, dando gri- 
tos. 

Otros se ocupaban en tirar, á los patios la loza y los 
^‘rislales, dundo gritos también. 




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288 


AMALIA. 


Unos descerrajaban á golpes las cómodas y los estantes. 

Otros corrían de cuarto en cuarto, de patio en patio á 
las indefensas mujeres, dándoles con sus grandes reben- 
ques, postrándolas y cortándoles con sus cuchillos el ca- 
bello'; miéntras otros buscaban como perros furiosos, por 
bajo las camas y cuanto rincón Iiabia, el hombre ó los 
hombres dueños de aquella casa, y si allí se estaban, allí 
se les mataba, ó de allí eran arrastrados á ser asesinados 
en las calles; y todo esto en medio de un ruido y una 
grita infernal, confundida con el llanto de los niños, los 
ayes de la mujer, y la agonía déla víctima. 

En la vecindad el pánico cundía ; i y solo Dios sabe las ora- 
ciones que se elevaban hasta su trono por madies abuza- 
das de sus pequeños bijos, por vírgenes de rodillas pidién- 
dole amparo para su pudor, misericordia para sus padres, 
misericordia para las víctimas 1 

El terror ya no tenia límites. El espíritu estaba postrado, 
enfermo, muerto. La naturaleza se habia divorciado de la 
naturaleza. La humanidad, la sociedad, la familia, todo se 
habia desoldado y roto. 

No habia asilo para nadie. 

Las puertas se cerraban al prójimo, al pariente, al amigo. 
Y la víctima corría las calles; golpeaba las casas, los 
conventos, las legaciones extranjeras, y una mano convul- 
siva y pálida se leponia en el pecho, y una voz trémula le 

decía : . , 

— No, no, por Dios ; vendrán aquí y moriremos todos. No. 
Atras I atrasl y el infeliz salia, corría, imploraba, y ni la 
tierra le abría sus entrañas para guardarlo. 

Los mas leales y antiguos federales, ministros unos, di- 
putados otros, generales, magistrados, todos temblaban. Na- 
die sabia si las cabezas estaban botadas al azar, ó si era un 
martirologio escrito, pasado á las manos de la Mashorca. El 
golpe no era súbito é instantáneo como hs vísperas en Sici- 
lia, como la San Bartolomé en Paris. No; duraba, se repro- 
ducía á sí mismo con una exuberancia de ferocidad es- 
pantosa, y el espíritu se aterraba y postrabase mas, 
pendiente la vida en el martillo de cada hora, en el sol de 
cada dia 

Pero el cuchillo no podía herir á toda la familia. La ma- 
dre, el niño, la virgen, no morían. Centenares de hombres 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XII. 


289 


escapaban á la muerte, y todo esto dejaba incompleta la 
venganza de Rosas, y no podía ser así. Era necesario un 
golpe que diese sobre todas las vidas, sobre todos les des- 
tinos, y que hiriese el presente y el porvenir de todos. 

Y en medio al llanto, al susto y á la muerte, á los refle- 
jos del puñal de la Masborca, leyó 61 pueblo de Buenos Ai- 
res el bárbaro decreto de 16 de Setiembre de 1840, que 
arrojaba -á la miseria, al hambre, á cuantos eran, ó iiueria 
Rosas que fuesen unitarios. 

De un momento á otro, millares de familias pasaron de 
la opulencia á la miseria, quedando á mendigaron albergue, 
y un pedazo de pan, arrojadas de sus casas, y robadas basta 
de sus mueldes y ios objetos mas necesarios á la \ida. 
Pues todos € los bienes muebles é inmuebles, derechos y 
acciones de cualquiera clase, en la ciudad y campaña, • 
pertenecientes, no digamos á los unitarios, á los que no 
eran sostenedores ardientes del tirano, cayeron bajo el im- 
perio de la confiscación *. 

■ Hablando de esto mismo el Sr. D. Valcnlin Alsina, redactor 
del Comercio del Plata, en sus importantísimas efeméridos, dice 

Qué otra cosa son esas confiscaciones que un verdadero sal- 
teamiento, con la diferencia de que Rosas ni soporta las fatigas 
que el salteador soporta, ni se expone á los peligros á que este 

se expone. . , 

„ La Convención nacional de Francia, amenazada por una coali- 
ción de reyes, y después de tentar inútilmente otros arbitrios para 
contener la emigración, decretó la confiscación ; pero la decretó 
con mesura : reglamentó su disposición y la ciñó a los emigrados, 
y especialmente á la nobleza, que corria á engrosar la amenazante 
reunión de Coblentza. Dcd mismo modo, cuando en un país es 
ella aplicada, lo es á solo los culpables, lo es con arreglo a una 
ley preexistente, por los tribunales, y previa la mas amplia au- 
diencia V el mas solemne juicio, en que esa culpabilidad es decla- 
rada Aun asi la confiscación penal en muy pocos países subuste: 
mas la confiscación política, la aplicada iiidi.stinlamei.te á los 
miembros de un partido, por solo pertenecer á tul o e„al coinu- 
nion política, ¡en ninguno! Eso no es confiscación : eso es latroci- 

mío neto, solteamienlo puro. , , i i, 

.. En primipios de Agosto do 1840, invadió c general .avallo 
la provincia de Rúenos Aires; y en principios de Setiembre, ya 
emprendió su retirada, y cntónces alegando esa invasión, dispuso 

17 



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290 


AMALIA. 


!■ 1 








Ese solo decreto estaba destinado á envolver mas des- 
gracia y mas lágrimas, que toda la serie de los delitos de 
llosas. 

Rosas, el dia 16, las confiscaciones; asi como en Octubre si- 
guiente, Jispuso las inolvidables matanzas y degollaciones do aquel 
mes de liosas 

j> Todos los bienes, muebles ó inmuebles, derechos y accio- 
nes de cualquiera clase, en la ciudad y campaña, pertenecientes 
á unitarios, es decir, á sus enemigos, sea cual sea su color polí- 
tico, son destinados por su decreto para premiar á sus soldados y 
reembolsar al tesoro de los gastos hechos con motivo de la inva- 
sión : como si desde ánies de esta esos soldados no estuvieran en 
pié, y esos gastos no hubieran sido los mismos. También son des- 
tinados con una desvergüenza que asombra á indemnizar á los 
buenos federales de los quebrantos ó perjuicios que supone ha- 
berles causado el general Lavalle. ¡ Calumnia indigna ! Lavalle 
respetó completamente las personas y las propiedades; y aun la 
mayor parle de las caballadas de que dispuso y de los animales 
que alimentaron su ejército, le fueron llevados espontáneamente 
por la multitud de patriotas que en la campaña habia. Provoca- 
mos á los impostores resistas á la justificación de aquella impu- 
tación ingrata. ¿Acaso Lavalle forzó anadie á reunírsele? ¿ Acaso 
se ensañó contra algún enemigo armado, y ménos aun contra los 
desarmados? ¿Prenlió, persiguió, ni fusiló á alguno? ¿Ejerció 
algún acto de ferocidad ó de crueldad? ¿ Confiscó tampoco la pro- 
piedad de nadie? ¿Incendió ó destruyó? ¿Hizo exacciones forza- 
das ó impuso contribuciones? ¿ Cuáles fueron, pues, esos supuestos 
perjuicios? 

» Lo cierto es que lodo eso no fué sino pretextos y palabreo 
del decreto, y que Rosas, sin dar tales premios á sus soldados, 
ni tales indemnizaciones á sus buenos federales, hizo entrar en sus 
arcas el producto de las confiscaciones, y le dió á su antojo el des- 
tino que mejor le plugo. Uno de ellos fué el pago á ciudadanos 
franceses de las indemnizaciones que la Francia le obligó á re ,o- 
nocer en el tratado de Mackau, de 29 de Octubre. Con el sudor de 
los enemigos de Rosas, vio la Francia indemnizados á aquellos de 
sus nacionales que le fueron por perjuicios resultivos de ios exce- 
sos y locuras del mismo Rosas. 

» Tanto ménos puede justificarse el expoliatario decreto con la 
invasión de Lavalle, cuanto qué él comprende y se aplicó á todos 
los enemigos de Rosas, y no meramente á los que la ejercieron, pro- 
movieron ó ayudaron dentro ó fuera del país, como en todo caso 
debió ser. Él condenó á la indigencia á los unitarios en masa, po • 
íülo el hecho de serlo, aunque nada hubiesen intentado contra 




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PARTE QUINTA, CAPITULO XII. 


291 


En presencia de la muerte, la sociedad no pudo darse 
cuenta inmediaiameiUe de toda la importancia de aquel es- 
tudiado acto de venganza. 

Y iniéntras así temblaba y se sacudia convulsiva entre el 
puñal, el hambre, la desesperacian y el terror, el ejército 
libertador, persiguiendo á López, se alejaba, y se alejaba 
para siempre; y el pueblo emigrado en la orilla oriental del 
Plata se echaba en los brazos de una nueva esperanza, con 
la llegada á Montevideo del vicealmirante Mackau, 1 
25 de Setiembre, y que bien pronto debía disiparse. 

Al llegar el señor Mackau á Montevideo, maniléstó de- 
seos dé instruirse á fondo de la cuestión y de su estado ; 


Rosas, ni en el país ni fuera do él, es decir, el decreto se dirigia 
á penar una opinión. Así es que él se aplicó no solamente á los 
que invadieron o se unieron á los invasores, no solamente á los emi- 
grados, sino también á innumerables individuos pacíficos, sumisos, 
inofensivos, que no se habían movido de sus casas, contra los 
cuales no se invocaba ningún hecho determinado, sino el general 
— es unitario. Él se aplicó á extranjeros que en nada se habían 
ingerido. ¡ Él se aplicó aun á señoras ! 

» Por otra parle : no se salvaron ni se tuvieron en cuenta los 
derechos de acreedores, socios, ó de cualquier otro tercero. Fué 
una verdadera expoliación general de bienes ejecutada del modo 
mas arbitrario y brutal. ¿ Cual juez ó autoriJad decidía quiénes 
fuesen los enemigos de Rosas ó estuviesen incursos en el decreto ? 
Rosas y solo Rosas. ¿ Cuáles diligencias ó esclaret iniienlos prece- 
dían? Ningunos. ¿Qué se dejaba á los robados para sus necesarios 
alimentos? Absolutamente nada. Aunque los bienes perteneciesen 
á sus mujeres, hijos, etc., todo se les arrebataba; miliarias dese- 
res inculpables é inocentes se vieron de una hora á otra hundi- 
dos en una miseria horrible. | Y cuántos desórdenes, cuánta des- 
moralización de lodo género no han nacido de aquí' ¡Cuántas 
violencias personales no se ejecutaron! Señoras buho á quienes, 
sin hibérpole ni exageración alguna, se las lomó materialmente 
del brazo y se las arrojo á la calle sin mas auxilio que el vestido 
que las cubría. Y felices si ademas no eran golpeadas ni azotadas. 

« Así han acatado el derecho de propiedad esos salteadores que, 
no obstante, tienen la audacia de apellidarse á sí mismos restau- 
radores y defensores de las leyes. Wontesquieu, Daunou, Consiaut, 
Rossi, Thiers, Guizot y tantos otros publicistas venerados, bien 
pudieron excusar sus inmortales lecciones. Los restauradores del 
Plata son los destinados para iluminar al mundo sobre la verda- 
dera doctrina social. » 


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recibió prolijos iriformes, apoyados en documentos verí- 
dicos, del señor Buchet Martigny; oyó ios de multitud de 
personas particulares, que ajiarentaba escuchar con interes 
y atención; recibió en un documento, revestido de multitud 
de firmas, la expresión de los deseos é ideas de la pobla- 
ción francesa de estos países ; pero con el pretexto de una 
prudente reserva, exigida por su posición, jamas manifes- 
tó abiertamente la menor de sus ideas, ni al ministro de 
Estado del gobierno oriental. Las palabras del almirante se 
redujeron siempre á estas, ó parecidas : « Mi posición es 
muy delicada : mis simpatías por la causa orieíital y ar- 
gentina son muy vivas : seria preciso no tener corazón 
para no sentirlas : haré por esa causa cuanto sea compati- 
ble con mis deberes. » Á estas frases solia con frecuencia 
agregarse un medio no común en la diplomacia, la emoción 
y las lágrimas del almirante*. 

Sin embargo de esta sensibilidad, el plenipotenciario fran- 
cés dejaba entrever que, según sus instrucciones, ni á la 
república oriental, ni á las tropas que estaban á las órde- 
nes del general Lavalle, habia reconocido la Francia por 
aliados, sino como auxiliares que la casualidad le habia pro- 
porcionado. 

Pero la emigración decia bien alto, que los orientales y 
argentinos tenian derecho á ser ayudados por la Francia 
hasta terminar su cuestión con Rosas, invocando la justicia, 
el honor y la conveniencia. 

Antes de adoptar la Francia, decian, el medio de las alian- 
zas locales contra Rosas, antes que su gobierno y sus cá- 
maras aprobasen, tan solemnemente como lo han hecho, el 
sistema adoptado por sus agentes, debió ella misma pre- 
ver las consecuencias del compromiso en que entraba. 
Pero, después de formadas las alianzas, después de com- 
prometidos los pueblos del Plata, sobre la fe de la Fran- 
cia, el tiempo de ndroceder habia pasado irrevocablemente; 

* Muchos ejemplos hubo de esto : lágrimas y emoción al recibir 
ía visita del joven hijo del general Lavalle, á nombre de su madre ; 
emoción muy nol.ible al oir á uno de los señores encargados de 
presentarle la petición de los franceses; emoción también, en una 
conferencia con el coronel argentino D. F. Velasco. (Documentos 
de la época.) 


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PARTE QUINTA. G.VP1TUL0 XII. 


293 


alta barrera de bronce quedaba levantada entre la Francia 
y Rosas. 

En esta alianza, como en muchas otras, los poderes que 
la contrajeron iban á un fin común, aunque por diversos 
motivos ¿intereses. Buscaba la Francia un tratamiento justo 
para sus nacionales, é indemnizaciones por daños á ellos 
causados : querían los orientales la destrucción de un po- 
der, que habla atacado sus libertades y derechos, que los 
amenaza rnnstantemente, y que, desde muy atras, hizo 
causa común con los enemigos de su tranquilidad interna: 
los argentinos, por último, buscaban el aniquilamiento, en 
su patria, de un sistema de expoliación y de sangre ; la des- 
trucción perdurable del sistema dictatorial, ó de facultades 
extraordinarias : reacción vergonzosa y mortal contra la re- 
volución americana; querían, por fin, asentar el imperio 
de la civilización y de las leyes sobre el sitial que manchan 
boy la barbarie y la voluntad sangrienta de un solo hom- 
bre. En esto último tenian también Ínteres, aunque indi- 
recto, la Francia y el Estado oriental ; porque le tienen la 
humanidad y la razón. 

Pero el tiempo de las apreciaciones históricas que debie- 
ran medir los procedimientos de la Francia en su política 
con estas regiones del nuevo mundo, no era aquel, por 
cierto. Y si las instrucciones del gabinete francés venían 
calcadas sobre aquello que entendía por su conveniencia en 
el Plata, todas las demostracciones y los llamamientos al 
honor y al deber eran fuerzas impotentes para estorbarlo. 
Aquel tiempo era de hechos únicamente; y los hechos em- 
pezaban á encaminarse favorablemente á Rosas de parte de 
la Francia. 

El almirante debía partir para Buenos Aires en los pri- 
meros dias de Octubre. Y allí se iba á jugar la última espe- 
ranza de la ¿poca contra un nuevo triunfo para Rosas. 

Pero aun cuando la última expresión de esa negociación 
fuese desfavorable al tirano, ella era impotente á su vez 
para estancar la sangre en las venas abiertas de ese pueblo 
infeliz. 

Los negocios franceses ya eran solo esperanzas de los emi- 
grados. Para el pueblo de Buenos Aires no había esperanza 
sino en Dios. 

Las cárceles se llenaban de ciudadanos. 




llM 


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AMAI.IA. 

Lis calles se tefiian de sangre 

El hogar doméstico era invadido. 

Las madres querían volver á sus entrañas á sus hijos. 

Cada mirada del padre sobre ellos era un adiós del alma, 
era una bendición que les echaba, esperando á cada ins- 
tante el ser asesinado en me lio á ellos. 

Y el aire y la luz llevaban hasta Dios la oración íntima 
de lodo un pueblo, que no tenia, sino la muerte sobre su 
cabeza. 


CAPÍTULO XllL 


El traje de l)oda. 

Era el 5 de Octubre. 

La ciudad, pintada toda de colorado, estaba vestida de 
banderas : invención del dictador para cada festejo federal. 
Ese dia era el aniversario de un dolor de muelas que le 
privó, el año de 1820, entrar á la plaza con el cuerpo de 
milicia que mandaba en el ejército del general Rodríguez; 
y que Rosas festejaba, sin embargo, como un gran hecho 
militar, el que su cuerpo se hubiese batido sin él, 

Pero dejemos la ciudad un momento; y desde la barranca 
de Balcarce, antes de descender contemplemos la naturaleza 
un momento también. 

La luz es un océano de oro en el espacio. 

-El íirmamentü está trasparente como la inocencia. 

El aire es suave y acariciador como el aliento de una 
madre. 

Los prados están risueños y matizados con todos los co- 
lores, bajo la luz clarísima que los baña : es el manto de la 
esperanza extendido sobre la tierra, con toda su riqueza, 
con todos sus caprichos, como el cendal de las ilusiones, 
sobre el alma enamorada de la mujer en su primera vida. 

Todo allí es bello, suave y amoroso; es el contraste vivo 
de la naturaleza moral de la ciudad vecina. 

Pero bajemo‘5. 

Hay una cosa mas bella y amorosa todavía. Hay up coa 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XIII. 


295 


m 


raste mas vivo y mas latente; una mistificación de la for- 
tuna ó de la desgracia; ó mas bien, una bellísima ironía de 
cuanto está sucediendo en esos momentos : Amalia. 

Amalia mintiendo felicidad, sin creerla ella misma. 

Amalia bella como nunca. Apasionada como el alma del 
poeta. Tierna como la tórtola en su nido. Derramando una 
ingrima del corazón sobre su propia felicidad, y feliz con 
Su llanto. Misterio de Dios y del destino. Presa disputada 
por la desgracia y por la dicha, por la vida y la muerte. 

Entremos. 

El sallon de la encantada quinta ha recobrado su elegan- 
cia y su brillo. La luz del sol, bañando, amortiguada por 
las celosías y cortinas, el lujo de los tapices y los mue- 
bles; las nubes de ámbar que exhalaban las rosas y viole- 
tas entre canastas de filigrana, jacintos y alelíes entre pe- 
queñas copas de porcelana dorada, y el silencio interrum- 
pido apénas por el murmullo cercano del viento entre los 
árboles, todo hacia el salón de Amalia una mansión, al 
parecer destinada á las citas del amor, de la poesía y la ele- 
gancia. 

Allí no estaba la diosa de aquella gruta. Con su cabello 
destrenzado pero rodeando en desórden su espléndida ca- 
beza, vestida con un baton de merino azul oscuro con guar- 
niciones de terciopelo negro, sujeto á su cintura por un 
cordon de seda, que hacia traición al seno de alabastro, y 
ni pequeño pié, oculto entre unas chinelas colchadas de raso 
negro, la jóven estaba en su tocador, con su pequeña Luisa- 
Y estaba allí entre un mundo de encajes, de riquísimas telas 
y de trajes extendidos, unos sobre los sofás, otros sobre 
las sillas, y otros colgados en los espejos de los roperos. 

Bella siempre, bella de todos modos, su fisonomía estaba 
naas animada que de costumbre. El cabello de sus sienes 
levai^nido, la naturaleza parecía hacer alarde de las per- 
fecciones de aquella cabeza, de quien la imaginación no 
halla modelo sino en las imágenes bíblicas. Sus ojos, que 
parecían siempre alumbrados por una luz celestial, que se 
escurría por la sombra aterciopelada de sus pestañas, como 
el primer rayo del alba por las sombras que aun bordan 
el oriente, participaban también de la animación de su 
rostro. 

Todo era extraño en ella. 


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296 


AMALIA. 


En el momento en que nos acercamos estaba parada de- 
lante ái uno de sus guardaropas, en cuya puerta de es- 
pejo había colgado un magnífico vestido de blondas, con 
lazos de ancha cinta, blanca también, á la cintura y á las 
mangas. 

Lo miraba. Tomaba la lialda con sus dedos de rosa, y 
la alzaba un poco^ como examinando mejor aquella nube, 
aquel vapor de un precio y de un gusto inestimables ; mien- 
tras que la niña seguia todos sus movimientos tocando y 
examinando también, cuanto miraba y tocaba su señora. 

— Este, Luisa. Ese es el mas elegante, dijo al fin Amalia 
mirando por todos lados el precioso vestido. 

— Sí, yo creo que sí, señora. ¿Quiere usted probár- 
selo? 

— Sí, pues. Dáme un viso, y al pedir esto, desató el cor- 
don de seda de su cintura y se quitó el baton, descubriendo 
sus hombros y sus brazos, como tentaciones del amor, como 
prodigios de un artífice que debió enamorarse de su propia 
obra. 

En dos minutos un crujiente viso de raso blanco cuhria 
aquellas formas encantadoras, y era prendido sin dificul- 
tad á su leve cintura por las manos de la graciosa Luisa. 

— El vestido ahora, dijo Amalia pasando ligera como 
una fantasía á pararse en frente de un espejo de siete piés 
de altura, colocado en el suelo; y el vestido pasó luego por 
su cabeza como una blanca nube abrillantada por el sol. 
Y era una verdadera diosa entre una nube, cuando los en- 
cajes cayeron sobre sus brazos y su seno, y el trasparente 
traje se dilató sobre el viso de joyante seda. 

Una vez prendido ásu cintura, Amalia ya no era Amalia, 
era una jóven enamorada de las puerilidades del lujo y del 
buen gusto. Se miraba, se oprimia la cintura con sus ma- 
nos, daba vuelta su preciosa cabeza para mirar su espalda 
en el grande espejo, ó se colocaba entre los dos de sus ro- 
peros. 

Luisa, entretanto, tocaba el vestido, lo englobaba, y sus 
ojos estaban en un movimiento continuo, de la cintura al 
pié de su señora, de la cintura á los hombros, de los hom- 
bros al rostro. 

— I Magnífico, señora, magnífico! exclamó al fin la niñi, 
separándose algunos pasos como para verla de mas léjos 


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Ti 


PAUTE QUINTA. CAPITULO XIII. 


297 


Pero, de repente, Amalia meneó su cabeza, hizo un ges- 
to con sus labios, y dijo : 

— No; no me gusta. 

— Pero, señora 

— No; no me gusta, Luisa. Este es mas bien un vestido 
de baile. Ademas, está corto de talle. 

— No, señora, al contrario, está largo. 

— Y grande de cintura. 

— Le. mudaré los broches en un momento. 

— No; no me gusta. Despréndelo. 

— Pues, señora, no hay otro mas lindo, dijo- Luisa des- 
prendiendo el vestido. 

— No importa, pero habrá otro mas á mi gusto. 

— \'a usted á elegir el peor. 

— No importa; déjame. Esto es un delirio como otro 
cualquiera, y hoy quiero tenerlo poiTa primera vez de mi 
vida, y sin duda, por la última. 

— I Válgame Dios, señora, siempre pensando cosas tristes I 
Verá usted como en Montevideo va á todos los bailes, al 
teati‘0, á todas partes, y hemos de tener todos los dos dias 
que hacer lo mismo que hoy, repuso Luisa, colocando el 
vestido sobre una silla.' 

— No, Luisa, me basta con hoy. Hoy por todos los dias 
^e mi vida. Dame aijuel otro vestido. 

Y Luisa tomó de sobre un sofá un traje de moaré blanco, 
con tres guarniciones de fleco, formado del mismo género, 
con anchos encajes de Inglaterra en el pecho y las mangas; 
tela de los mas ricos tejidos de Francia, y de un valor mayor 
^un que el vestido de blondas. 

Est(‘ traje, mas regio, y mas ajustado al seno y á los hom- 
bros, dibujaba con mas coquetería las formas encantadoras 
íle Amalia, y mereciólos honores de la contemplación por 
íúas largu rato que el primero. 

Pero después, el mismo movimiento de cabeza y el mismo 
Sestito le dieron su pase, con satisfacción de Luisa, que no 
pudo ménos de decir : 

, — Ve usted, señora; si no hay otro como el de encajes. 

— No, Luisa; ninguno de los dos. 

— Mire usted, señora, yo estoy segura que él querría ver 
^ usted con el primero. 

— Me verá alguna vez, pero no hoy. 

47 . 


I 


i 


A 


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AMALIA. 


298 AMALIA. 

— Hoy, hoy. 

— ¿ Y por (jué? 

— Porijue es el mas rico. 

— iBahI 

— Y porque es el que mejor le sienta. 

— Eso es lo ijue no creo; y si lo creyese... 

— ¿Qué, señora? 

— Me lo pondria, 

— Pues ese es. 

— Me lo pondria, porque hoy es la primera vez de mi vida 
que tengo la vanidad de querer estar bien, muy bien, Luisa. 

— ¿Nada mas que muy bien? 

— Y... 

— ¿Y? ■ 

Y muy linda, dijo Amalia poniendo sus manos sobre 

la cabeza de Luisa, cubriéndose de carmín sus mejillas, pa- 
sando relámpagos de sonrisa por sus labios, radiante de fe- 
licidad, y abochornada de su confesión. 

— ¿Y cuándo no lo está usted, señora? dijo la niña to- 
mándola las manos. 

— Nunca. 

— Siempre. 

— Pero hoy quiero estarlo, Luisa, para él, para el solo. 

Es eldia de su destino y del rnio. | El dia de nuestra felici- 
dad y de nuestra separación! ; De nuestra separación. Dios 
mió! exclamó Amalia, cubriéndose los ojos con sus ma- 
nos. .. ^ 

Pero separación de ocho ó quince días, señora. Vamos 

si usted vaá llorar como esta mañana cuando se despertó, 
va usted á estar muy mal para la noche. 

— No, no, Luisa, no es nada, exclamó Amalia abriendo 
sus magníticos ojos y sacudiendo su cabeza, como para des- 
pejarla de las ideas que acababan de cruzar por ella, no es 
nada; dáme otro vestido. 

— ¿Cuál? 

— Aquel. 

— ¿El del sofá? 

— Sí. 

— |Ah! también es muy lindo; pero como el de enca- 
jes, no. 

— ¿Volvemos? 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XIII. 


299 


— Hasta la noche le he de estar á usted diciendo que es 
ti mejor. 

— Eres porfiada, Luisa. 

— Ya se ve que lo soy, pero es cuando yo sé que hago 
hien. Y verá usted; yo se lo he de contar mañana al señor 
Don Eduardo; y... 

— ¿Mañana? 

— I Ah, sí, es verdad • 

— Mañana cuando salga el sol ya estaremos separados. 

— Pero, señora, ¿y no seria mejor que esperase unos 
dias á ver si esto pasa? 

— No, Luisa, ni un minuto mas. Por su viaje he antici- 
pado todo, he preparado todo en mi alma, en mis aprehen- 
siones, y afronto hasta la profanación que se hace hablando 
de feiicSiad, en estos momentos de duelo y sangre para 
tantos. Que parta hoy mismo. Es á esa condición que me 
caso. Yo iré después, cuando sea posible salir de este sepul- 
cro de vivos. 

— 1 Ah, qué dia, aquel que estemos todos juntos en Mon- 
tevideo ! 

— Sí, en Montevideo, dijo Amalia doblando su cintura para 
que Luisa le prendii'se el nuevo traje. 

— Vea usted, prosiguió Luisa, como se ha puesto buena 
la madre de Doña Florencia, en tan pocos dias. 

— |0h, cuán contentas estarán pasado mañana! 

— Pero aquí... vea usted, señora, ni los pajaritos can- 

tan, y Luisa señalaba con su manecita las jaulas doradas 
de los jilgueros de Amalia que habian vuelto á su priniera 
colocación después que se dejó la casa sola y se volvió á 
Barracas. . . , , 

— [Sil ¿has notado, Luisa? | los pájaros no han cantado 

hov! exclamó Amalia volviendo súbitamente sus ojos álas 
jaulas, y como fijándose en una circunstancia que nohabia 
recordado. . . , , . , , • 

— ¡Válgame Dios! ¡para qué le diria á usted tal cosa ! 

■ — Sí, bien... hablemos del traje... hoy no quiero creer 
otra cosa, sino que soy feliz... ¿te parece bien, Luisa? 

— • Espléndido, señora; pero no como el de encajes. 

— ¿ Ves? Este, este es el que elijo. 

— Y tiene usted razón. Después del de encajes no hay otro 
como este, y Luisa se iba hasta el íin del tocador para ver 


iirr 


>! 

JiSMíf f 

lili * ’ ! 


II 


; ' 1 ^ 


■300 


AMALIA. 


de léjos á Amalia que se miraba, ora en el grande espejo, 
ora entre los dos de sus roperos, no mintiendo en su rostro 
la satisfacción que sentia al haber hallado el traje que bus- 
caba, y con el cual se presentará al lector algunas horas 
mas tarde. 

Este, sin duda. Despréndelo, Luisa, pero con cui- 
dado. 

— Está ya, señora. 

— Ahora otra cosa, Luisa, prosiguió Amalia volviendo á 
ponerse su baton de merino. 

— Ahora veremos las alliajas, ¿no, señora? 

— No, Luisa, alhajas, no. 

— ¿Pero un collár, siquiera? 

— No, en este acto no se ponen alhajas, Luisa. 

— Pues, señora; yo si me caso alguna vez, y tengo tan 
lindas cosas como usted.... 

— No te las pondrás. Anda á la sala y tráeme todas las 
rosas. 

Un minuto después volvia Luisa con la canasta de ro- 
sas que vimos al entrar á la sala. 

Las flores eran el encanto, el tesoro de Amalia. Y cuando 
tomó en sus manos la canasta y aspiró una rosa que re- 
cien se abria, sus ojos se entrecerraron, empalideció su 
semblante, y palpitó su seno : era que el aroma de la flor 
estimulaba al aroma poético de su alma, y aquella or- 
ganización sensible y armoniosa languidecía de placer y de 
amor al aspirar la fresca y purísima esencia de la rosa. 

Puso luego el canastillo de filigrana sobre sus faldas y 
A medida que tomaba y aspiraba y examinaba las rosas, 
una mezcla de porvenir y de pasado, de felicidad y de me- 
lancolía, conmovía su corazón, sin duda, pues que su ros- 
tro ántes radiante, habia vuelto súbitamente á su habitual 
expresión de dulcísima tristeza. 

Las flores, eran el campo, el mar, y la luz en la horas cre- 
pusculares, ejercen sobre las almas poéticas y sensibles una 
influencia que se escapa al mecanismo de los sentidos, que 
el alma misma no se la puede definir, pero que la siente y 
se avasalla ante ella. Es la religión verdadera de Dios, 
ejercida en el templo de la naturaleza, por el sacerdocio 
del corazón humano. 

Al fin Amalia pareció contenta de una de las rosas en que 


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PARTE u íNTA. >^At*lTULO XIII 


301 


escogía, y la colocó en una copa de cristal dorado, sobre ci 

mármol de su elegante tocador. ^ , i 

— Ahíestán mis diamantes, Luisa, dyo al colocar la lop. 

Pero en ese instante, fuese por el demasiado diámetro 
del vaso, ó por la demasiada inclinación de la floi, esta 
cayó sobre el mármol, y del mármol rodó al sue o. 

Amalia se inclinó con rapidez para alzarla; pero mas rá- 
pida todavía cruzó una sombra por su imaginación. 

singular! dijo volviendo á colocar la rosa, dos ve- 
ces me ha sucedido esto, y las dos con una rosa blanca . 
el dia en que le di mi corazón, y el dia en que voy a dar e 
mi mano... pero... veamos otra cosa, Luisa, dijo aquella 
mujer que sostenía visiblemente una lucha tenaz 
dia con sus preocupaciones y su espíritu ; V ^e 

un cartón de sus roperos ; se acercó a un sofá, y ^r^ 
él varios juegos de botines y zapatos que bacía t aei exprc 
sámente de Paris, todos de una delicadeza de la pre- 

ciosa obra de la naturaleza á que estaban destinados. Lsco 
gió unos botines delicadísimos que Parecían cortados para 
La niña de doce años; y luego de f f 

objeto*^ destinados á su traje de boda, se acercó a, sus pa 
Sícomo arrepend de haber estado tanto tiempo cerca 
de ellos sin tributarles una caricia. 

Al aerearse v mover sus dedos entre los alambres dora- 
dos uno de lus'jilgueros bizo vibrar una nota en su pode- 
fos;Santrc¿n"un acento extraño, parecido mas bien a 
un gLido que á las modulaciones naturales de esos constas 

^malL'^L'^iinpresionó visiblemente, y en vano agitana 
sus inanos y movia las jaulas, acción ü que sus pa aros 
c!rre™imSdiIn siempre con su canto; en vano. Los jilgue- 
ros saltaban por todos los círculos de alambre peio sin can 

‘'‘l^iUÍrSnen los pajaritos, señora? preguntó Luisa sor- 

' -ÍE^UriS SSKáVi .«eU. .u 

Ivicia Luisa v empañado el cristal purísimo de sus ojos con 
u aíáSa evantada por la imaginación de la fuente miste- 
íiisa de rsensib.lida'd de aquella I 

batida por la suerte, y por ella misma; 'Stes^ pro 

siguió, y repentinamente mas triste que el acento con que 




|!:'íi 


' ]!;h 


i' ! 


:iOá 


AMALIA. 


uculiaba de pronunciar sus ultimas palabras, se acercó ó h 

r las cortinas y alzó sus 

j u HinameDto azul, siguiendo por largo rato una nube 
b unquecina que, como una pluma ¿e las alas del cc" r7 e 
deslizaba graciosa entre la luz del espacio 

estltranmórí/'' '^‘‘Hol exclamó Amalia, todo 

esta tranquilo, ménos mi alma. ¿Qué horas son? 

— tres de la tarde acaban de dar, señora. 

I rallan cinco horas todavía 1 .. Arregla todo eso Luisa 
Y al pronunciar esas palabras, Amalia dejó caer ías cor 
tinas, sacudió su cabeza, como era su costumbre cuando 
^®^echar cieñas ideas, y pasó de su tocador á su ano- 
sentó, cerrando la puerta en pos de sí ^ 

Con el movimiento de su cabeza, su cabello destrenzado 
y apénas sujeto por una pequeña peineta, restoló y fus hí 
bras se ex tendieroncomo un espléndido manto sobr^su ef 
palda. La alcoba estaba apénas alumbrada por la escasa luz 
que venia de la antesala, pues las ventanas al patio estaban 
cerradas Y asi, bajo esa débil claridad, y entií elf fbknte 
perfumado que se respiraba en aquellas solitarSs habita 
Clones, Amaba se acercó a la pequeña mesa colocada junto 
a u lecho, y se arrodilló delante del crucifijo de oro inerSÍ 
lado en ébano, que otra vez hemos visto en ese mismo Intrap 

p| el cabello, descansandosus brazos sombré 

el borde de la mesa, y sus manos oprimiendo la cruz belh 
como una Magdalena, solo el hijo de Dios que a estudiaba 
solo la mirada de Dios derramada en elVre y a Tu ¿eí 
universo pudieron oir las palabras sentidas de aLeli rnlT 
y leer la verdad del sentiiiiento, de iffe y a el! 
aquella purísima conciencia. ^ ‘A e&puanza en 


CAPÍTULO XIV. 

Asilo inglés. 

Tenemos que retroceder con el lector para recoger ciertos 
personajes de esta historia, pocos dias después de aqfeS 
noche de esperanzas y desengaños jiara los diez jóvraes 
reunidos en el almacén de la calle de la Universidad. 


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PAHTl-: QUINTA. CAPÍTUI.O XIV. 


303 


En ( feclo, pocos dias después de aquella noche, un coche 
tirado por dos briosos caballos enfilaba la calle de la Recon- 
quista, con dirección á Barracas, y á poco rato paraba en 
la quinta del señor ministro de S. M. B., caballero Mande- 

ville. . , 

El carruaje no hahia dejado de llamar en su transito la 
atención de los que lo veian ósentian; porque, en esos días 
de republicanismo federal, los coches se babian guardado, 
y la mayor parte de los caballos ofrecida al Restaurador, o 
arreada federalmente. Y al parar el carruaje en la casa del 
ministro inglés, no faltaron curiosos y curiosas que abrie- 
ran los ojos para ver aquella novedad. 

El cochero abrió la portezuela, y dos hombres bajaron. 
Uno de ellos, sin embargo, quedó parado en el estribo 
vuelto el cuerpo bada adentro, y empezó á cambiarse este 
ligero diálogo con otro individuo que no Rabia movido^e 

del asiento delantero en que venia. 

— ¿Recuerda usted bien todo, mi querido maestro? pre- 
guntó el que se Rabia quedado medio atuera y medio aden- 
tro. 

— Sí, Daniel, pero... 

— ¿Pero qué? . . , 

— ; Y no seria mejor saber si está el señor ministro antes 
de que partiera aislado y solo por estas lúgubres calles, á 
estas horas, y encerrado en este vehículo? 

— Nada importa eso, sino está, lo esperaremos: y cuando 
usted vuelva, aquí nos Rallará. 

— ¿Y si el Padre Guardian me preguntase/.... 

— Ya se lo Re dicho á usted cien veces. No debe usted 

contestar directamente á ninguna pregunta. Si quieren, ó 

no, prestarse á loque se le pide, cueste el dinero que 

cueste : eso es todo. . 

— ¿Y por fuerza ha de ser sobrino mío / 

— Ü Rijo. 

— 1 Hijos yo, Daniel 1 
— Ó primo. 

— i Yaya! 

ahijado, ó lo que usted quiera. 

— iDios ponga tiento en mis manos l , 

— Y en su boca, mi querido maestro- Antes de una hora 
tiene usted tiempo de volver. 



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304 


AMALIA. 


— íÁ Dios, Daniel, á Dios! 

momento, mi querido amiízo v el 
joven ceiróla portezuela, é hizo una seña al cochero aue 

FlToí'^í^n momento. ’ ^ 

LI sonoi Mandeville estaba en su casa, y Daniel v su 

El señor Manclevüle no se hizo esperar mucho rato ñor 
que nunca Buenos Aires hospedó un raini tío °urop2¿ mÍ¡ 

• «7 democrático que aquel, con cuantos se aceícabaTI 

su casa con las insignias de la época. ‘'«“'‘man a 

El muiistro llegó con su cara distinguida y fresca á ne- 

cayendo°soí!!?sus'' hi?*' sus puños de batfsta 

íírdif.vn Íríifí I I y cuidadas manos, y con 
e.a ditiul lacilidad de maneras que solo se adiiuiere en el 

Samó sociedad, dió la mano ú Daniel y 

«oñ^p’n'n f'^’icidad I Nunca podrá usted imaginarse 
verlo á ustKn'mi íasa."’' 

que i?Sef!líel!l\', doíláticí!^ imncl SllÍV ni“pla° 

tiem,J 'l«; P‘'’'8‘'ano. 1 Cuántos deseos tenia hace 

laqüc usted mfd'.tsito.'S"''™' ““’í'"” 

b,- 77"“ ,s “r “• 

coio'SS'iiss s"„‘is r£ ”Cf di 

ssi;síSe"í‘Kí 

^ palabra de usted es una amabilidad señor M-m 

ui eo los NáWtós de'l'jS'M 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XIV. 


305 


— No no iuslicia nada mas, señor Belgrano. Los viejos 

“ximos » dar 'SS " 

acciones, y debemos esmerarnos en f ‘ 
verídicos. Y, vamos á ver, ¿Ha visto usted a RUnueliU, senoi 

Bello? 

r vo n. me ¡.neo de 

hablal- con ella y admirarla. 

tas llevan un fin político cerca de Su E^cele"cia y ^ 
ménos que eso; yo voy ñ buscar cerca de e^a e.pmtuosa 
criatura algo que alegre á mi espíritu ta" aburndo 
negocios. En Lóndres, Misía ^^an^elita liana furoK 
- .Y su padre? preguntó Eduardo, sobre quien cayo 
como un palmetazo una mirada de Daniel. 

_ Su padre el señor general Rosas vea ustcu, en 

^ -^Enlóndres no gozarla de salud el Señor Gobernador, 
dijo Danlíl pS salvar al ministro del aprieto en que lo 

aci^ato P°"lóS es detestable, ¿ha estado usted 

viajar algunos años por ella. 

I^NoCi' m'onto como se nos lia venido el señor de 
Mackau, repuso Daniel queriendo darle ya otro gno a a 

insustancial conversación. ^ MTckau? 

- .Cómo! ¿ba llegado ya el ymealmi ante Mackau T 
' _ lo sabia usted, señor MandeviUe? 

— A fe mía. 

— Pues lia llegado. 

— No*;'á Montevideo, anti;ayor á la una. 

r lí cVn* “ >» " 

* -“'jS'SÍ cllrlo. Pero es exteufio que el comodoro no 

glés. 

'viento lia sido malo, señor MandeviUe, observó 


i -i 


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306 


AMALIA. 


lídiianlo, y recien á las cinco de la tarde se lia recibido la 
iiuticia por una ballenera. 

— ¿De silerte que estamos en la crisis? dijo Mandeville 
jugando con sus uñas, como era su costumbre cuando se 
preocupaba de algo. 

— Y no es eso iu nojor. 

¿Hay mas? 

— ¡ Friolera, señor Mandeville! sabe usted que basta ahora 
todos esperábamos ver llegar en actitud hostil al enviado 
francés, ¿no es así? 

— Sí, sí, ¿y bien? 

— Pues nada menos que llega con las mas sanas y pací- 
íicas intenciones. 

— ¡Ah, qué felicidad ! 


mas para la paz europea en estos momentos. Felizmente 
las relaciones hoy existentes entre la Inglaterra y la Fran- 
cia nos garanten, hasta cierto punto, del resultado de la mi- 
sión Mackau. 


— El gobierno británico no trepidaria, observó Mande- 
ville, en ofrecer todos sus buenos oficios en esta cuestión. 

— No quise decir eso, replicó Bello. Quise decir, que si 
la Inglaterra tuviese interes en distraer algo la atención 
de la Francia con su cuestión del Plata, hoy se le ofrecerla 
una brillante oportunidad. Precisamente veníamos hablando 
de eso con el señor Belgrano. 

— Sin embargo si las instrucciones del barón de 

Mackau son de arreglar á todo trance este negocio, condeso 
á usted que no veo cómo la Inglaterra podria estorbar el ar- 
reglo, la hipótesis, puramente caprichosa, de que tuviere 
interes en ello. 

— Aquí, no, pero en Francia podia estorbar la ratiüca- 
cion del tratado, desde que llevará un vicio de nulidad que 
felizmente no lo echarán de ver en Francia, y que echarla 
á perder todo si el gabinete inglés lo hiciese conocer á la 
oposición francesa, y la trabajase en ese sentido. De ese 
temor precisamente veníamos hablando con Bello, dijo 


— Para nosotros. 

— Para todos, señor Bello. 

— Ménos para la cuestión de Oriente. 

— Sí, algo puede haber de eso. 

Un embarazo ménos para la Francia es un embarazo 





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PAPTE quinta, capítulo XIV. 


307 


Eduardo, miéntras que el señor Mantleville volvía sus inte- 
ligentes ojos (le uno á otro de aquellos jóvenes, cuyo pen- 
samiento verdadero quería agarrar, y se le escapaba a cada 

momento. 

— ¿Y en qué estaría ese vicio? preguntó Mandeville con 

ingenuidad. ^ „ 

— Nada ménos que en la firma del Señor Gobernadoi, 

contestó Daniel. 

— ¿.Cómo? 

— One los unitarios que están en Montevideo han prepa- 
rado una demostración al señor Mackau, que hasta cierto 
punto no deja de ser un fuerte argumento. 

— ¿Y es, señor Bello? 

— Que la firma dcl Señor Gobernador es falsa, mi que- 
rido señor Mandeville. Figúrese usted que ellos raciocinan 
de este modo : que aun cuando el señor Mackau traiga ins- 
trucciones para tratar á todo trance, no hay auton a con 
quién tratar en la república argentina; porque el general 
Rosas no tiene poder, ni representación alguna, para ajus- 
tar tratados, á nombre de la nación argentina. ^ 

— Pero, es un poder de hecho, replicó el señor Mande- 
ville, y el plenipotenciario no tiene (yue investigar su lega- 
lidad, sino reconocerle y tratar con él. 

Pero á ese argumento contestan los unitarios, prosi- 
guió Bello, que si el almirante viniese á tratar con el señor 
general Rosas, como simple gobernador de Buenos y 
con relación á esta sola provincia, entóneos podía tratar con 
él, como el almirante Le-Blanc y el señor Martigny se lia- 
bian entendido con el gobierno de Corrientes. Peí o 
Hiendo i\ tratar con un gobierno que represente 
terior la soberanía nacional, se encontraba con que este 

e» eteco, coi,.e.,é Manü.,llle 

— Los unitarios sostienen, prosiguió Daniel, que Pro- 
vincias argentinas nunca han delegado la facultad de en- 
tender en las relaciones exteriores, celebrar tratados, etc., 
en el gobierno de Buenos Aires, una vez para siempre, sino 
especialmente en el gobernador, cada vez que se elige uno 
en los períodos legales. Que el general Rosas, nomlirado 
gobernador por cinco años, el 7 de Marzo de lc3o, se reci- 


i 1 | 


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r 


-r- 


308 


AMALIA. 


.V ^ : V 




hió del mando el 13 de Abril, y su término espiró en igual 
dia de 18i0; y que con él espiró también la delegación 
que tenia de las provincias; que reelecto por igual período, 
solo aceptó por seis meses; pero su reelección no producía 
ipso la continuación de aquel especial mandato; y que 
era indispensable que le fuese renovado. Pero que léjos de 
serlo, le fué retirado explícitamente por los que se le ha- 
bían conferido. 

— He leido algo de eso en los periódicos de Montevideo, 
replicó Mandeville, cada vez mas pensativo. 

— Es decir, habrá leido usted eii los periódicos los do- 
cumentos oficiales. 

— No [irecisamente los documentos; á lo ménos, no lo 
recuerdo bien. 

— Yo tampoco; pero creo que la sala de representantes 
de la provincia de Tucuman sancionó, el 7 de Abril, una 
ley por la que retiraba la autorización que por parte de 
aquella provincia se habia dado al geiuTal Rosas, para man- 
tener y conservar las relaciones con las potencias extran- 
jeras. La legislatura de Salta sancionó una ley igual en 13 
de Abril. El 5 de Mayo, la provincia de la Rioja declaró por 
ley, que ella r -asumia las facultades que tenia conferidas 
al general Rosas, para intervenir en las relaciones con las 
potencias extranjeras. Igual ley dictó la provincia de Gata- 
marca, el 7 de Mayo. En términos igualmente positivos se 
pronunció la provincia de Jujui, el 18 de Abril. Y por lo 
que hace á la provincia de Corrientes, no se necesita otro 
documento que la misma posición que ha asumido. Así, 
pues, los unitarios demuestran, que de las catorce provin- 
cias que forman la república, siete han retirado al general 
llosas la facultad de tratar en su nombre. 

— ¿Y el almirante Mackau estará en posesión de esos he- 
chos? 

— ¿Y cómo dudarlo? Y si sus instrucciones lo conducen 
al extremo de tratar con el señor general Rosas, á pesar de 
su incapacidad legal, fácil es prever que en manos de la 
oposición francesa, ese vicio radical en la negociación, ó el 
tratado recibiría una repulsa, ó el ministro se hallaría en 
una posición muy embarazosa. Y yo estoy cierto que si en 
la política franca del gobierno británico pudii'se caber el 
sacrificio de un amigo leal como la república argentina, 


m 


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PARTIC QUINTA. UAPITUI-O XIV. 


309 


por el interes de einbarazAir la .marcha del gobieino 
ces, poco adelantaríamos, señor Mandeville, con el tratado 
á que probablemente arribará el barón de Mackau. leio yo 
estoy seguro que el gobierno británico no sacrilicara íaí5 
simpatías argentinas, iii por hostilizar al gobierno francc.-, 
ni por corresponder á la reacción que en el estado oriental 
Va á operarse en favor de la Inglaterra. 

— ¿Cómo, cómo, señor Bello? . 

— Quiero decir, que abandonada por la Francia la repú- 
blica oriental, y la numerosa emigración argentina que hay 
allí, desiiues dé los compromisos anteriores, tan-solemnes, 
es muy probable que obrándose en el espíi'itu público una 
reacción muy desventajosa para la inlluencia Irancesa en 
estos países, por un movimiento consiguiente y lógico, las 
simpatías públicas se vuelvan hacia la Inglateiia, diae u . 
tan leal en otra época, en sus trabajos por la independencia 

Ah, sí, cierto. La independencia 
hasta cierto punto, á los buenos oficios de lalno . 

— Así es que, continuó Daniel, perdida la inllutnina 
francesa en estos países, y llegado ^ 

la independencia oriental, la acción 

seria elicaz, sino también un golpe babihs rno ^ 
tar á favor suyo todo el terreno perdido po la riancia,en 
países tan llenos de porvenir como los 
— Señor Bello usted sena un embajadoi peligroso por 
el general Rosas, dijo Mandiiville que no hab^ una 

sola palabra de cuantas pronunciara su inlu locutor. 

-Creo que mi amigo no ha emitido ideas suj-^’ 
nido tal intención, observó Eduardo ® 3 

deville, sonriendo y mostrando sus 
- Y tan no he hablado á mi nombre, que estoy P° c‘^r 
que habré dicho una ^e desatinos a nden^ 0- 

ria lo que dicen en Montevideo, y que suelo leu en los pe 

“ -"señor Bello dijo el astuto inglés, ya no agradezco á 

usted So L visita, porque esta 

un par de horas de sueño, haciendo algunos apuntes para 

m" ”;í h 'I»*'”"''» 

devino v él mismo sirvió de unas botellas colocadas en una 

mesa, y Ls tres, después de tomar un poco de jerez, se j 


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I : 


310 AMALIA. 

sieron á pasear de uno á otro extremo de la sala, con esa 
respetuosa familiaridad de los hombres de buen tono, que 
ni se queda atras, ni va mas adelante de lo que es debido. 

— Yo acepto el vino, pero no los apuntes, le habia con- 
testado Daniel. 

— ¿Me explica usted eso, mi querido señor Bello? 

— Nada mas fácil, señor Mandeville : en esta época no 
pueden hacer apuntes, sino los ministros extranjeros. Nadie 
está libré de un enemigo, de una calumnia, qué sé yo. ¡ Qué 
feliz es usted, señor Mandeville I Vivir en esta casa es como 
estar en Inglaterra. 

— Son inmunidades recíprocas. La legación argentina es 
la república argentina en Londres. 

— ¿ Y sabe usted que me sorprende una cosa, señor Man- 
deville? dijo Daniel parando sus pasos y mirando al minis- 
tro con una íisonomía la mas sorprendida posible. 

— ¿Qué cosa, señor Bello? 

— Que estando en Buenos Aires la Inglaterra, y habiendo 
tantos que caminarian mil leguas por alejarse del país en es- 
tos momentos, iio hayan caminado algunas cuadras y lle- 
gádose á esta casa. 

— Ah, sí, pero 

— Perdonme usted; no quiero saber nada. Si hay algu- 
nos desgraciados, cubiertos por la bandera inglesa en esta 
casa, es un deber y una humanidad de parte de usted, se- 
ñor Mandeville, y yo no cometerla la indiscreción de querer 
saberlo. 

— No hay nadie : doy á usted mi palabra de honor, de 
que no hay nadie refugiado en mi casa. Mi posición es ex- 
cepcional. Mis instrucciones son terminantes para observar 
la mas completa circunspección. Con la mejor voluntad, yo 
no podida faltar á mis insiruccionps. 

— ¿Entonces esta no es mas que una casa como otra 
cualquiera? le preguntó Eduardo con un tono de imperti- 
nencia que Daniel tuvo que barajar volando. 

— Todos comprendemos su posición de usted, señor Man- 
deville. En estos momentos de efervescencia popular, 
nuestro mismo gobierno no podría hacer efectivas las in- 
munidades de esta casa; y usted quiere evitar los conílic- 
tos diplomáticos que necesariamente tendrían lugar, si el 
pueblo olvidase los respetos de la legación. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XV. 


311 


— Exactamente, contestó Mandeville con un contenta- 
niiento sincero, al oir que su mismo interlocutor lo salvaba 
del embarazo en que lo puso la brusca interrogación de 
Eduardo, exactamente; y me be visto en la necesidad, en 
la dura necesidad de negar al asilo de mi casa á varios que 
lo lian solicitado, porque ni [medo responderles de su se- 
guridad, ni me es permitido obrar de modo que pueda 
traer mas conflictos «►este país, por cuyos habitantes tengo 
la mas profunda simpatía, y con el cual mi gobierno 
se esmera en mantener las mas estrechas relaciones de 
amistad. 

— Me parece, Daniel, que he sentido parar el coche á la 
puerta, y que ya es tiempo de dejar al señor Mandeville, 
que querrá salir á sus visitas de costumbre, dijo Eduardo 
que tenia punzóes hasta las orejas. 

— No hay nada comparable, señor Belgrano,al placer 
que tengo en estar con ustedes. 

— Sin embargo, mi amigo tiene razón, y es preciso que 
hagamos el sacriíicio de separarnos del señor Mandeville y 
de su exquisito jerez, dijo Daniel llenando dos copas, pre- 
sentando una al señor Mandeville y saludándolo al tomar 
su vino, con una sonrisa las mas cortesana de este mundo. 

Un minuto después se despedian en la antesala, que- 
dando el señor Mandeville sin saber á qué habian venido 
aquellos jóvenes, qué eran positivamente, ni qué pensaban 
de él al retirarse. 


CAPÍTULO XV. 

M. Slade. 

A pesar que el mal humor que dominaba á Eduardo lo 
habia descompuesto á tal punto, que su despedida del ca 
hallero Mandeville habia sido mas bien una impertinencia 
que un saludo, su oído, sin embargo, no lo habia engañado 
cuando anunció á su amigo la llegada del coche. 

En efecto, allí estaba, y dentro de él nuestro Don Gandido 
Rodríguez, que espiró una gran cantidad de aire de su 


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AMALIA. 

oprimido pecho, al verse de nuevo en compañía de Daniel 
y Eduardo, cuando el coche partió, volviendo á tomar ei 
mismo camino que habia traido, según la instrucción que, 
ai subir, habia dado Daniel á su fiel criado. 

Y no bien el carruaje comenzó á balancearse en el mal* 
dito empedrado de la calle de la Reconquista, cuando Da- 
niel preguntó á Don Cándido : 

— ¿Á cuál de los dos? 

— ¿Cómo, Daniel? 

— ¿.\ Santo Domingo, ó á San Francisco? 

— Antes, es preciso que te imponga de todo, despacio, 

con pormenores, con 

— Todo quiero saberlo; pero debemos empezar por el 
íin, para dar órdenes al cochero. 

— ¿Absolutamente lo quieres? 

— ¡Sí, con mil bombas! 

— Pues bien ¿pero no te enojarás? 

— Acaba usted, ó lo echamos del coche, dijo Eduardo 
con una mirada que aterró á Don Cándido. 

— ¡Qué genios, qué genios 1 Bien, jóvenes fogosos, mi mi- 
sión diplomática no ha tenido éxito. 

— ¿Quiere decir, prosiguió Daniel, que ni en Santo Do- 
mingo, ni en San Francisco lo admiten? 

— En ninguna parte. 

Daniel se inclinó, abrió el vidrio delantero, dijo dos pa- 
labras á Fermin, y los caballos tomaron un trote mas largo, 
siempre por la calle de la Reconquista, en dirección á la 
plaza. 

— Te diré, pues, prosiguió Don Cándido, hice parar el 
carruaje en Santo Domingo, bajé, entré, me persigué, y ca- 
miné por el lóbrego y solitario claustro; me paré, batí las 
manos, y un lego que encendía un farol vino á mi encuen- 
tro. Le interrogué por la salud de todos, y pregunté por el 
reverendo padre que me habias indicado. Me introdujo á su 
celda, y luego de los saludos y cumplimientos de costum- 
bre, no pude ménos de felicitarlo por aquella vida tran- 
quila, feliz y santa que disfrutaba en aquella mansión de 
sosiego y de i^az; porque habéis de saber vosotros, que 
desde mis primeros años tuve alicion, tendencia, vocación 
al claustro; y cuando hoy me imagino que podia estar tran- 
quilo bajo las bóvedas sagradas de un convento, libre de 


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PAUTE QUINTA. CAPITULO XV. 

las agitaciones políticas, y con la puerta cerrada desde la 
Oración, no puedo perdonarme mi descuido, mi negligen- 
cia, mi abandono. Hn íin 

— Sí, el fin;, siempre el fin es lo mejor, mi querida 
maestro. 

— Decia, pues, que en el acto establecí mis primeras pro- 
posiciones. 

— En lo que ya iTizo usted mal. 

— ¿Pues no iba á eso? 

— Sí; pero nunca se comienza por lo que se_ quiere ob- 
tener. 

— Déjale que hable, repuso Eduardo arrellanándose en 
un ángulo del coche, como si se tratase de dormir. 

— Prosiga usted, dijo Daniel. 

— Prosigo. Le dije clara y terminantemente la posición 
de un sobrino mió, que siendo un excelente federal, era 
perseguido por emulaciones individuales, por envidia, por 
celos de algunos malos servidores de la causa, que no res- 
petaban como debian la ínclita fama y lionra del patriarcal 
gobierno de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, y de 
su respetabilísima familia. Hice con elocuencia y entu- 
siasmo la biografía de todos los miembros de las ilustres 
familias del Excelentísimo Señor Gobernador propietario, 
y de Su Excelencia el señor gobernador delegado; con- 
cluvendo, que por honor de estas ilustres ramas del tronco 
federal, la religión y la política estaban interesadas en evi- 
tar que se cometiese una tropelía contra el sobrino de un 
tio como yo, que habia dado clásicas pruebas de valor y 
perseverancia federal; y que por no distraer la atención de 
los señores gobernadores y demas altos y conspicuos per- 
sonajes, ocupados actualmente en la independencia de la 
América, pedia al convento de Santo Domingo asilo, protec- 
ción y albergue para mi inocente sobrino, ofreciendo donar 
para limosnas una suma crecida, en oro ó en papel moneda, 
según lo que dispusieran los RR. PP* Tal íué, en muy li- 
gero extracto, el discurso con que abrí mi conferencia. 
Pero, y contra todas mis previsiones y perspicacia, el. reve- 
rendo padre me dijo : 

— Señor, yo quisiera poder ser útil á usted, pero no po- 
demos mezclarnos en los asuntos políticos, y algo ha de 
haber cuando persiguen á su sobrino de usted. 

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— P.'otesto una, dos y tres veces, le respondí, contra todo 
lo que pueda decirse de mi inocente sobrino. 

— iNo importa, replicó. Nosotros no podemos comprome- 
ternos con el señor Don Juan Manuel; y lo único que pode- 
mos hacer es rogar á Dios por que proteja la inocencia de 
su sobrino de usted, si en verdad es inocente. 

— Amen, dijo Eduardo. 

_ Así contesté yo también, prosiguió Don Cándido, le- 
vantándome y pidiéndole mil perdones por el tiempo que 
le liabia robado á Su Paternidad. Y paso ahora á mi confe- 
rencia en San Francisco. 

— ¡No, no, no, basta de frailes, por amor de Dios; y basta 
de todo, y basta de la vida, porque esto no es vida, sino un 
inliernofexíMumó Eduardo pegándose una recia palmada en 
la frente. 

— Todo esto, mi querido amigo, repuso Daniel, no es 
sino un acto, una escena del drama de la vida, de esta 
vida nuestra y de nuestra época, que es un drama es])ecial 
en este mundo. Pero solo los corazones débiles se dejan 
dominar por la desesperación en ios trances difíciles de la 
suerte. Acuérdate que estas son las últimas palabras de 
Amalia. Ella es mujer, y, vive Dios, que tiene mas sereni- 
dad que tú. 

— Serenidad para morir, es lo de ménos. Pero esto es 
peor que la muerte, porque es la humillación. Desde ayer 
no se hace otra cosa que echárseme de todas partes. Mis 
criados me huyen; mis pocos parientes me desconocen; el 
extranjero, y hasta la casa de Dios, me cierran sus puertas, 
y esto es cien veces, un millón de veces peor que una pu- 
ñalada. 

— Pero tienes una mujer, como ninguna, un hombre, 
como nadie. Todavía el amor y la amistad velan por ti, y 
no todos cuentan con esto en Buenos Aires. Hace tres dias 
que no tienes casa, ni tienes nada. Te lian roto, saqueado 
y coníiscado cuanto tienes, según ellos. Y, sin embargo, he 
conseguido salvarte mas de un millón de pesos. Y con una 
novia linda como un sol, con un amigo como yo, y con una 
buena fortuna, no hay todavía motivos por que quejarse 
tanto de la suerte 
— Pero ando como un men'iigo. 

— Dejemos de hablar tonterías, Eduardo. 



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PAÍ5TE QUINTA. CAPITULO XV. 


31a 


— ¿Dónde vamos, Daniel? observo que nos acercamos al 
liotiro. 

— Justamente, mi querido maestro. 

— ¡ Pero estás en tu juicio ! 

— Sí, señor. 

— ¿No sabes que en el Retiro está el regimiento del ge- 
neral liolon, y parte de la fuerza de Maza? 

•— Ya lo sé. ^ 

— ¿Y entonces? ¿quieres que nos prendan? 

— Gomo usted quiera. 

— Daniíd, lo que yo quiero es que no nos sacrifiquemos 
tan pronto. Quién sabe qué dias felices nos esperan en el 
porvenir. Volvámonos, hijo, volvámonos. Mira que ya nos 
acercamos al cuartel. Volvámonos. 

Daniel volvió á sacar la cabeza por el vidrio delantero, 
dijo unas palabras á Fermin, y el coche dobló á la derecha, 
y en dos minutos estuvo á la puerta de la hermosa casa del 
señor Laprida, donde habitaba el cónsul de los Estados Uni - 
dos, el señor Slade. El gran porton de fierro estaba cerrado 
y en el edificio, como á cien pasos de la verja, apenas se 
percibía una luz en las habitaciones del primer piso. 

Daniel dió dos fuertes golpes con el llamador; esperó un 
rato, pero en vano. , 

— Vámonos, Daniel, decia Don Cándido a cada momento, 
sin bajar del coche, y sin quitar los ojos de los cuarteles, 
que á esas horas, cerca de las diez de la noche, estaban en 
el mas profundo silencio. 

Daniel volvió á llamar mas fuerte aun; y al poco rato se 
vió venir, paso á paso, á un individuo hacia la puerta. Se 
acercó, miró con mucha flema, y luego preguntó en inglés : 

— ¿Qué hay? n • i 

Con el mismo laconismo le contestó Daniel : 

— ¿Mr. Slade? , , , i n i -x 

El criado, entóneos, sacó una llave del bolsillo, y abrió 

la gran puerta, sin decir una palabra. 

Don Cándido bajó inmediatamente, y colocándose entre 
Daniel y Eduardo, siguió con ellos los pasos del sirviente. 

Este los introdujo á una pequeña antesala donde les hizo 
señas de esperar, y pasó á otra habitación. 

Dos minutos después volvió, y empleando el mismo len- 
guaje de las señas, los hizo entrar. 


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316 


AMALIA, 


El salón no tenia mas luz que la que despedían dos 
velas de sebo. 

El señor Slacle estaba acostado en un sofá de cerda, en 
mangas de camisa, sin chaleco, sin corbata, y sin botas; y 
en una silfa, al lado del sofá, había una botella de coñac, 
otra de agua, y un vaso. 

Daniel no conocía, sino de vista, al cónsul de los Estados 
Unidos. Pero conocía muy bien á su nación. 

El señor Slade se sentó con mucha flema, dió las buenas 
noches, hizo seña al criado de poner sillas, y se puso las 
botas y la levita, como si estuviera solo en su aposento. 

— Nuestra visita no será larga, ciudadano Slade, le dijo 
Daniel en inglós. 

— ¿Ustedes son argentinos? preguntó el cónsul, hombre 
como de cincuenta años de edad, alto, de una íisonomía 
abierta y llana, y de un tipo mas bien ordinario que distin- 
guido. 

— • Sí, señor, los tres, contestó Daniel. 

— Bueno. Yo quiero mucho á los argentinos, é hizo se- 
ñas á su criado de servirles coñac. 

— Lo creo bien, señor, y vengo á dar á usted una ocasión 
de manifestarnos sus simpatías. 

— Ya lo só. 

— ¿Sabe usted á lo que venia, señor Slade? 

— Sí. Ustedes vienen á refugiarse á la legación de los 
Estados Unidos, ¿no es eso? 

Daniel se encontró perplejo ante aquella extraña fran- 
queza; pero comprendió que debia marchar en el mismo 
camino que se le abria, y contestó muy tranquilamente, 
después de tomarse medio vaso de agua con coñac : 

— Sí, á eso venimos. 

— Bueno. Ya están ustedes aquí. 

— Pero el señor Slade no sabe aun nuestros nombres, 
repuso Eduardo. 

— ¿Qué me importan vuestros nombres? Aquí está la 
bandera de los Estados Unidos, y aquí se prolege á todos 
los hombres, como quiera que se llamen, contestó el cón- 
sul, volviéndose á acostar muy familiarmente en el sofá, 
sin incomodarse, cuando Daniel se levantó, y tomando y 
apretando fuertemente su mano, le dijo ; 


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PARTE QUINTA, CAPITULO XV. 


317 


— Es ustPcl el tipo mas perfecto de la nación mas libre 
y mas democrática del siglo xix. 

— Y mas fuerte, dijo Slade. 

— Sí, y la mas fuerte, agregó Eduardo, porque no puede 
dejar de serlo con ciudadanos como los que tiene, y el jó- 
ven tuvo (jue irse al balcón que daba al rio, para no hacer 
notable á los demas la expresión de su sensibilidad y su 
dolor comprimidos, que brotó súbitamente de sus ojos. 

— Bien, Mr. Slade, continuó Daniel, no somos los tres 
los que veníamos á pedir asilo, sino únicamente aquel ca- 
ballero que se ha levantado, y que es uno de los^ó venes mas 
distinguidos de nuestro país, y que se ve actualmente per- 
seguido. No sé si yo también tendré que buscar mas tarde 
esta protección, pero, por ahora, solo la buscábamos para 
el señor Belgrano, sobrino de uno de los primeros hombres 
de la guerra de nuestra independencia. 

— Ah, bueno. A(iuí están los Estados Unidos. 

— ¿Y no se atreverian á entrar aquí? preguntó Don 
Cándido. 

— ¿Quién? y al hacer esta interrogación el señor Slade 
frunció" las cejas, miró á Don Cándido, y luego se rió. Yo 
soy muy amigo del general Rosas, continuó. Si él me pre- 
gunta quiénes están aquí, yo se lo diré. Pero si manda sa- 
carlos por fuerza, yo tengo aquello, y señaló una mesa 
donde había un rifle, dos pistolas de tiro, y un gran cuchi- 
llo, y allí tengo la bandera de los Estados Unidos, y levantó 
su mano señalando el techo de la casa. 

— Y á mí para ayudar á usted, dijo Eduardo que volvia 
de la ventana. 

— Bueno, gracias. Con usted son veinte. 

— ¿Tiene usted veinte hombres en su casa? 

— Sí, veinte refugiados. 

— ¿Aquí? 

— Sí, en las otras piezas y en el piso de arriba, y me 
han hablado por mas de cien. 

— ¡Ahí 

~ Que vengan todos. Yo no tengo camas ni con que 
mantener á tanta gente. Pero aquí está la casa y la bandera 
de los Estados Unidos *. 

• En algunas de las publicaciones de la época se encuentra i\ 

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318 AMALIA. 

— Bien, nada, nada nos faltará. Nos basta solo la pro- 
tección de usted, noble, franco y leal descendiente de Was- 
hington , porque yo también aquí me quedo, dijo Don Cán- 
dido alzando su cabeza y dando con el bastón en el suelo, 
y con tal seriedad y tal decisión que Daniel y Eduardo se 
miraron y no pudieron contener una carcajada ; lo que obligó 
á Daniel á dirigirse en inglés al señor Slade, para darle una 
idea de la persona y del carácter do su maestro. Y esta ligera 
relación llevó de tal modo el buen humoral espíritu del 
sencillo Slade, que no pudo menos de echar él mismo un 
poco de coñac, y beber con Don Cándido, diciéndole: 

— Desde hoy está usted hajo la protección de los Estados 
Unidos y si lo matan á usted, he de hacer que arda Buenos 
Aires. 

— Yo no acepto esa hipótesis, señor cónsul ; y preferiria 
que Buenos Aires ardiese primero, no que primero me ma- 
tasen y después ariliese. 

— Vamos, dijo Daniel, todo esto no es sino broma, mi 
querido señor Don Cándido : usted tiene que volverse con- 
migo. 

— No, no iré, ni tienes ya derecho ninguno sobre mi, 
pues estoy en territorio extraño. Aquí pasaré mi vida, cui- 
dando de la importante salud de este hombre benemérito, y 
á (luien amo ya cnlrañablemente. 

— No, señor Don Cándido, vaya usted con Daniel, repuso 
Eduardo, recuerde usted que tiene que hacer mañana. 

— Es inútil, no me voy. Y desde este momento quedan 
cortadas todas nuestras relaciones. 


orpo y calumniosa acusación á este noble ciudadano de los Esta- 
dos Unidos, deque vendía la protección que daba. Esto es falseó 
ingrato. El señor Slade era pobre. Acababa de enviar su familia á 
los Estados Unidos por no poder sostenerla en Buenos Aires; y se 
encontró de repente con ciento y tantos huéspedes en los meses de 
Setiembre y Octubre. Y como absolulanT nte no tenia como man- 
tenerlos en mas de cuarenta dias que allí estuvieron, se hizo sus- 
cripción entre los asilados para dar al mayordomo lo necesario 
para la comida de tanta gente. Y muclios liabia allí que nada 
dieron porque nada tonian que dar. El señor Slade no recogió 
un real de la protección que dispensaba, y en todo el cuerpo 
diplomático y consular nadie hubo que fuese una sombra, siquiera, 
del noble y generoso proceder del cónsul de los Estados Unidos. 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XV. 


319 


Danitl se levantó, y llamando aparte á Don Cándido, tuvo 
con él un diálogo vivísimo, para reducirlo á volver al co- 
che. Pero iodo habría sido inútil si el jóven no hubiese 
inezclado á las amenazas la promesa de dejarlo en com- 
pleta libertad para volver á los Estados Unidos, tan pronto 
como le hiciese conocer algo que necesitaba saber de casa 
del gobernador delegado. 

— Por último, decia Don Cándido al terminar sus condi- 
ciones, será condición expresa que dormiré esta noche en tu 
casa, y mañana, si mañana mismo no me vengo_á esta hos- 
pitalaria y garantida mansión. 

Convenido. 

— Señor cónsul, prosiguió Don Cándido vulviéndose á 
Mr. Slade, no puedo tener desde esta noche el honor, el 
placer, la satisfacción de ver sobre mi cabeza el ínclito pa- 
bellón norte-americano. Pero voy á hacer cuanto de mí 
dependa por estar aquí mañana. 

— Bueno, contestó Slade. Yo no lo he de entregar á usted, 
sino muerto. 

— I Qué demonio defranqueza tiene este hombre! dijo Don 
Cándido mirando á Eduardo. 

— Vamos, amigo mió, dijo Daniel. 

— Vamos, Daniel. 

Mr. Slade se levantó con pereza, se despidió en inglés de 
Daniel, y dándole un abrazo á Don Cándido, le dijo : 

— Si no nos vemos mas, espero que nos conoceremos en 
la otra vida. 

— ¿Sí? pues no me voy, señor cónsul, y Don Cándido 
liizo un movimiento para volverse á sentar. 

— Son bromas, mi querido maestro, repuso Eduardo. 

— Vamos, vamos que es tarde. 

— Sí, pero son bromas ((ue.... 

— Vamos. Hasta mañana, Eduardo. 

Y los dos jóvenes se dijeron elocuentes discursos en el 
largo y estrecho abrazo que se dieron. 

— Paradla, fué la última palabra de Eduardo al oj)rimir 
á su amigo y separarse de d. 

El mismo criado que los habia introducido, los condujo 
hasta la puerta de la calle; y al abrirla le (n-eguntó Don 
Candido : 

¿Y siempre está cerrada está puerta de calle? 




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820 AMALIA. 

— Sí, le contestó el ci'iatlo. 

— ¿ Y no seria mejor tenerla abierta? 

— No. 

— iQuó demonio de laconismo 1 Conózcame usted bien, 
amigo mió, ¿ me conocerá usted para otra vez? 

— Sí. 

— Vamos, señor Don Cándido, dijo Daniel montando a* 
coche. 

— Vamos. Buenas noches, honrado criado del mas ilus- 
tre de los cónsules. 

— Buenas noches, contestó el criado, y cerró el porton. 


CAPÍTULO XVI. 

De cómo Don Cántlido Rodríguez era pariente de Cniliño. 

k las ocho de la mañana de uno de los últimos dias de 
Setiembre, el maestro de primeras letras de Daniel sorbia á 
grandes tragos espumoso é hirviente chocolate en una 
enorme taza de porcelana, miéntras que su discípulo arre- 
glaba, doblaba y sellaba papeles, teniendo ambos en sus ros- 
tros las señales de haberse pasado eii vela toda la noche. 

— Daniel, hijo, ¿ no seria bueno que nos recostásemos 
un rato, un momento, algún tiempo? 

— Ahora no, señor; mas tarde. Todavía necesito de usted 
un momento. 

— Pero que sea el último, Daniel; porque decididamente 
hoy me voy álos Estados Unidos. Sabes que hace cinco dias 
que le he dado mi palabra á ese honrado y benemérito cón- 
sul, de pasar á residir en su territorio. 

— Es porque no sabe usted lo que hay, dijo Daniel se- 
llando un pa([uete. 

— ¿Lo que hay? 

— Ó lo que puede haber en el territorio. 

— No, á mí no me engañas. Todavía anoche, miéntras 
escribias, me he leido cinco tratados de derecho de gentes, 
y dos manuales diplomáticos, en los capítulos que tratando 


las inmunidades de los agentes públicos, y las casas de su 




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^Tl 


PARTE QUINTA. CAPÍTULO XVI. '321 

residencia. Y sabe, Daniel, c]ue hasta los coches son invio- 
lables, de lo que he deducido que podré pasear, seguro, en 
el coche del benemérito cónsul, sin temor, sinzozabra, sin 

peligro, sin... , , , . 

— Vamos á ver, mi querido maestro. Oiga usted bien lo 
que yo leo, y lea usted bien el original que me ha traído, 
y Daniel dió un papel á Don Gíindido y lomo otro. 

— Dste es el mió, dijo Don Cándido. 

— Ó mas bien, el de Don Felipe. 

— I Pues! pero pertenece á mi secretaría priyack. 

— Vamos á ver, dijo Daniel, y leyó como sigue: 

* iTidíviduos que hciu entrado á la cárcel desde el dia 15 
del presente mes de Setiembre. 


Dia 15. 
» 17 . 


Eustaquio Diaz Vélez, remitido por la policía. 
Pedro lionginoti, iíi- 

.) Lúeas González, se ignora por quién. 


(Se entregó á las doce y média de la noche del dia 18 á 
Don Nicolás Marino, por órden verbal, y fué fusilado en su 

cuartel.) . , . i • 

Al acabar estas palabras de la copia del diario que leía, 
Daniel sacudió su cabeza y llevó su mano derecha a los ojos, 
permaneciendo así largo rato. 

— I Ah, Daniel, hasta el mismo Don Felipe ha llorado al 

saber esta sensible pérdida 1 


sigamos. 

• Dia 18. 


Ramón Carmona por la 

José María Ganaveri. 

Ventura Ocampo 

Ezequiel Serna 

Luis Fernando Otero 

José Rico 

Bernardo Testas 

Gregorio Collazo 

Luciano Lizarreaga 

Juan Manuel Gháves 

Santiago Eleisa 


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diga usted.... pero | 

por la 

policía. !|: 

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AMALIA. 












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> Miguel Rodríguez Machado. 

» Antonio Saldarriaga 

Alejo Mendiaca 

23. Pedro Paulino Gaeto 

» Ventura Rutel er 

» Juan Lúeas Tíiebes 

» Francisco Rodríguez. . . 


por la policía 

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remitido por la poli- 


cía y preso por el presidente de la Sociedad 
popular restaui'adora á la disposición del su- 
perior gobierno. 

» » Demetrio Villariru) policía, etc., preso por 

el presidente délos serenos. 

» 24. Segundo Renavente por la policía. 

» 26. Ignacio Fuéiitcs id. id. 

» » SandalioGt)nzález id. id. 

» » Francisco Araoz id. id. 

— Veamos los muertos, dijo Daniel doblando él papel que 
había leido y tomando otro. 

— Detente, espera, mi querido y estimado Daniel*, deje- 
mos á los muertos en paz. 

— No, es la suma la que quiero ver. 

— La suma está aquí, Daniel, son cincuenta y ocho, en 
veintes y dos dias. 

— Eso es; cincuenta y ocho en veinte y dos dias. 

Y Daniel dobló estos papeles como los anteriores, y les 
puso su sello. 

— ^ Mira que se te quedan las marchas del ejercito en 
Santa Fe. 

— Hago esto de ellas, mi querido maestro, y Daniel 
acercó el papel á la vela y lo quemó; y en seguida guardó 
todos los paquetes en un secreto del escritorio. 

Luego tomó la pluma y escribió. 

« Mi querido Eduardo : lie estado ayer con Amalia desde 
» la Oración bástalas once de la noche; y está enfm’ina.La 
» sorpresa de nuestra visita antenoche, y la ansiedad con 
» que quedó al retirarnos, la han hecho mal. Y cuando yo 



PARTK QUINTA. CAPÍTULO XVI 


*Ti*s:no he reflexionado sobre mi condescendencia contigo, 

' te coníieso que rne he criticado á mí mismo. 

» La Mushorca continúa ensangrentándose. La cárcel, los 
' cuarteles, y el campamento son teatros de muerte que se 

> agrandan por momentos; y tengo motivos para cieei 

> que todo esto no son sino preparativos de los crímenes 

♦ en escala mayor que se preparan para Octubre. 

» Todos hablan de esa casa, y se susurra que la ataca • 

> rán. No creo, pero es necesario ponerse en todos los ca- 
» sos. Esta novedad ha llegado hasta oídos de Anialia. Que- 

ria, absolutamente, que tuviese lugar el matrimonio el 
” primero de Octubre, ya que tienes la resolución de no de- 
jar el país hasta conquistar esa felicidad que tanto anlndas. 
»» Pero yo le he hecho ver, que Mr. Douglas no puede estar 
aquí hasta el dia 5, y ha tenido que resignarse a espeiai. 
» Todo está concluido, mi querido amigo. El resultado 
»> de las conferencias con Mackau será la paz. Yo esperare, 
« sin embargo, hasta el último momento, y entonces te lle- 
•> varé á tu Amalia como hemos convenido. 

)) He hecho ya todos mis arreglos, y espero a mi buen 

* padre por momentos. 

» No iré á verte hasta pasado mañana. 

» Esta carta te la conduce nuestro querido maestro, que 
^ va determinado á no moverse de ahí ; déjalo a tu lado. 

» Te abraza 


» Daniel. » 


— Se ba dormido usted, señor Don Cándido, dijo el jó** 
ven cerrando la carta que se acaba de leer. 

— No; pensaba, mi querido Daniel. 

— Ah, pensaba usted. . o - n 

— Pensaba que si la señora madre de nuestro Señor Go- 
bernador propietario no se hubiese casado con su digno 
esposo, es muy probable que no hubiese tenido a su ilus- 
ti’e hijo, y que hoy no estaríamos pagando el amoi conyu- 
gal de aquella mal embarazada seiiora. 

— Amigo mió, juro á usted que no se me había ocurrido 
tal raciocinio, repuso Daniel poniendo su sello en la carta 
y dándosela á su uuieslro. 

— Esta carta no tiene sobre, Daniel. 


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AMALIA. 


S24 

— No imporla. Esa carta es para Eduardo, guárdela us- 
ted bieu. 

— ¿La llevo ahora misino? 

— Cuando usted quiera. Pero va usted á ir en mi coche, 
y todavía no está pronto. 

— |Ah,bien, bien pensadol 

Daniel ibaá tocar un timbre, cuando llamaron á la puerta 
de calle, y al momento se presentó un criado, diciendo con 
una voz muy poco tranquila : 

— El comandante Guitiño. 

Don Cándido se echó para atras en el sillón y cerró los 
ojos. 

— Que entre, dijo Daniel. Serenidad, mi querido maestro, 
prosiguió, esto no es nada. 

— Ya estoy muerto, Daniel, respondió Don Cándido sin 
abrir los ojos. 

— Adelante, mi comandante, dijo Daniel parándose y re- 
cibiendo á Guiliiio, mientras Don Cándido, al sentirlo en 
el escritorio, por una reacción puramerite mecánica, se 
paró, abrió sus labios con una sonrisa convulsiva, y exten- 
dió sus dos manos, para coger lado Cuitiño, que se sentó en 
el ángulo de la mesa en que maestro y discípulo hablan pa- 
sado largas horas. 

— ¿A qué hora recibió mi recado, comandante? 

— Hará dos horas, señor Don Daniel. 

— ¿Y qué, está en termo, que ha tardado tanto? 

— No, señor, estaba en comisión. 

— jAh, ya yo dedal ¡Guando se trata del servicio de la 
causa, ojalá todos fuesen como usted! Y eso mismo le de- 
cía ayer al presidente*, porque si hemos de andar paso á 
paso, como el jefe de policía, es mejor que lo digamos claro, 
y no andemos engañando al Piestaurador. Por mi parte, co- 
mandante, yo ya ni sé lo que es dormir. Toda la noche me 
he pasado con este hombre cerrando Gacetas para mandar 
á todas partes, porque el Restaurador quiere que se sepa en 
todas partes el entusiasmo de los federales. Y hace poco 
el señor, y Daniel señalaba á Don Cándido, quien, poco á 
poco, iba volviendo en sí al saber que Cuitiño habia ve- 
nido por llamado de Daniel, me observaba una cosa en 
que ya ha de haber usted caldo, comandante. 

— ¿Qué cosa, Don Daniel? 



PARTE QUINTA. CAPÍTULO XVI. 


325 


— Que vea si la Gaceta dice una palabra de usted, ni de 
los federales que exponen su vida á todas horas, por soste- 
ner la causa. 

— ¡Conque ni ponen los partes, siquiera! 

— ¿Á quién los dirige, comandante? 

— Ahora los dirijo á la policía, desde que el Restaurador 
está en el campamento. Demasiado que me fijo, señor Don 
Daniel, y este homore tiene mucha razón. 

— Oh, señor comandante, dijo Don Cándido, ¿y quién no 
ha de extrañar el silencio que se guarda con un hombre de 
los antecedentes de usted? 

— Y que no son de ahora. 

— ¡ Por supuesto que no son de ahora! repuso Don 
Cándido. Desde ántes de nacer ya era usted acreedor al 
aprecio del público, porque el señor Cuitiño, padre de usted, 
pertenece á uno de los troncos mas antiguos de nuestras 
respetables familias. Uno de los ilustres tios de usted, mi be- 
nemérito señor comandante, fué casado, según lo he oido á 
mis mayores, con una de las primas de mi señora madre; 
por lo cual, siempre he tenido por usted simpatías de pa- 
nente, á la vez que nos ligan los estrechos y federales la- 
zos de nuestra causa común. 

— ¿Entónces usted es mi pariente? le preguntó Cuitiño. 

— Pariente, y muy cercano, le respondió Don Cándido. 
Una misma sangre corre por nuestras venas, y nos debemos 
cariño, estimación y protección recíproca, por la conserva- 
ciou de nuestra sangre. 

— Vaya, pues, si en algo puedo servirlo... 

— ¿Conque, comandante, dijo Daniel, interrumpiéndolo 
para que Don Cándido no acabara por revelarse mas, con- 
que ni los partes le publican. 

— No, señor. Ahora mismo acabo de pasar el parte sobre 

salvaje unitario Salces, y no lo han de publicar. 

— ¿Salces? 

— Sí, pues; el viejo Sálces. Ahora mismo lo acabamos de 
degollar. 

Don Cándido cerró los ojos. 

— Estaba en la cama, continuó Cuitiño, pero de abí no 
mas lo sacamos, y lo degollamos en la calle. El otro (lia 
pasé el parte, también, cuando degollaíTiOS al tucuniano La- 
Madrid. El juéves pasado, degollamos áZañudo, y siete mas, 

II. 19 


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y tampoco han pilblicado esos partes. Por lo que hace á mi, 
tiene razón mi primo..- ¿cómo se llama? 

— Cándido, contestó Daniel, viendo que el dueño de ese 
nombre no parecía estar dueño de su vida. 

— Pues decía, que tiene razón mi primo Cándido ; y que 
ahora cuando empiece la cosa .en grande, no voy á dar 
cuenta á nadie. 

— |Y qué! ¿recien está por empezar? preguntó Don Cán- 
dido con una voz que parecia salida, no de un pecho, sino 
de un sepulcro. 

— Sí, pues. Ahora va á empezar lo bueno. Ya tenemos la 
órden. 

— ¿Directamente la ha recibido, comandante? 

— Sí, señor Don Daniel. Yo ya no me entiendo, sino con 
el Restaurador. No quiero saber nada con Doña María Jo- 
sefa. 

— ¡Mire que lo ha molido 1 

Ahora se ha agarrado con Gaetan, y Radia y Troncoso; 
y siempre dále con Barrácas ; y siempre con aquel salvaje 
que se escapó, como si ya no estuviera con Lavalle. 

— I Conque hasta á mí me aborrece esa señora I 

No, de usted no me ha hablado nada. Ks á su prima 
á la que no quiere. 

— Yo le he de contar algún dia por qué, comandante. 

— Hoy estaba encerrada con Troncoso , y una negrita de 
por ahí por la quinta. 

— iMiéntras usted, comandante, se ocupa de los verdade- 
ros servicios á la federación, vea délo que se ocupa Doña 
María Josefa 1 

— jPuesI haciendo espiar mujeres. 

— Por supuesto. La negrita ha de ser espía. ¿Qué quiere 
tomar, comandante? 

— Nada, Don Daniel, acabo de almorzar. 

— ¿Y no ha oido nada? 

— ¿De qué? 

— ¿Todavía no ha recibido cierta órden? 

— No sé, pues. 

— Por el Retiro. 

— ¿Por el Retiro? 

— Sí, pues, la casa grande. 

— ¿La del cónsul? 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XVi. 


827 


— Ali, no. Orden, no, pero ya sabemos. 

¡Así! y Daniel juntó todos los dedos de su mano dere- 
y los alzó á la altura de los ojos de Guilifio; miéntras 
Que á Don Cándido se le erizaron los cabellos, y los ojos 
le saltaban de las órbitas, creyendo ver en Daniel al 
uiismo Judas. 

C ~ Ya sé, contestó Guitiño. 


— ¿Y qué hay, pues? 

— Que no conviene todavía. 

~lAh! 

Todavía hay pocos. Pero loque empiece la buena, se 
ba de llenar la casa. Y allá para el 8 ó el 9 ¿me en- 

tiende? 

Sí, Don Daniel, contestó Guitiño radiante de una léroz 
alegría al comprender á Daniel. 

I Puesl juntitos. 

— Don Cándido creia que estaba loco, pues no podía creer 
ío que estaba oyendo. 

— ¡Cabal! contestó Guitiño, eso seria lo mejor. Pero falta 


— Ya sé, comandante. 

— Tuvo no sé qué pelotera con él. 

— Sí, pues. De manera que si yo consigo la órden, ¿ya 


— Y si Santa Goloma la consigue, ¿usted me lo avisa? 

— ¿Cómo no? 


— ¿Pero no hay órden? 


-No. 


Mejor, comandante. 
— ¿Cómo mejor? 


primo es de confianza, y está en todos estos secretos. 


Sí, yo sé lo que le digo, y para eso lo he llamado. Su 


a 


lít órden, Don Daniel. 

— ¡Ah, sí, sin la órden. Dios nos libre! Pero yo ando en eso. 

— Y Santa Goloma. 

— Ya sé. 


e 


— Le tiene muchas ganas al griego. 


sabe? 

— Con toda mi partida, Don Daniel. 


— Porque hay esto. Es necesario que yo vaya, para evitar 
Que, en medio del entusiasmo federal, vayan á tocar los pa- 
peles del consulado. 



328 


AMALIA. 


_ í>oíÍue entónces sí, el Restaurador se enojaria por los 
compromisos que eso traería al país, ¿enliende. 

Z Pero°IuníurSauta Coloraa reciba la órden, yo soy de 
opinión que esperemos íi que hayan mas; allá para el 8 ó 
el 9. 

— Cabal, que es mejor. 

— ¡Qué golpe, comandante! 

Todos lo estamos deseando. 

— ; De manera que todos lo saben? 

_ Todos; pero miéntrasno haya órden, no nos atrevemos 

á nada. , , , 

— Hacen bien, eso es ser federal. 

_ ¿Pero sabe lo que hemos pensado? 

— Vamós^ á poner emboscadas por el rededor de la casa, 
pencado; pero tengan cuidado de una cosa. 

I tio“íayaii á parar ningún coche. Paren no mas á los 

que vayan á pié. 

; Y Dor qué no á los coclies . 

_ Porque pueden ser los del cónsul, y á estos no se pue- 
den tocar. 

Z porquVsmi’ de 61, y todo lo del cónsul está bajo la 
protección del Restaurador. 

Z De manera que tocar al coche, es como tocar al cón- 

FUl. 

— iVe? si siempre es bueno conversar. ¡Vea el disj^usto 
que tendría el Restaurador, si hiciéramos una barbaridad 
que lo comprometiese en nuevas guerras 1 
— Ahora mismo voy á avisárselo á los compañeros. 

— Sí, no pierda tiempo \ estas cosas son muy delica- 
das. 

— Por supuesto. 

— Así es que, nada sin órden. 

— Dios nos libre, señor Don Daniel.. 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XVI. 329 

\ cuanto haya la órden, hacemos por esperar á que 
se junten mas. 

— Eso es. 

-- Entónces, quedamos entendidos, comandante. 

Bueno, Don Daniel. Y yo me voy, no sea que vavan á 
^^i^^jar algún coche. 

Sí, véalos h todos. 

— Conque, Gíindido, si en algo puedo servirte, ya sabes 
Que soy tu primo. 

querido y estimado primo, contestó don 
^^nuKio, mas muerto que vivo, levantándose y tomando la 
mano que le estiraba Guitiño. 

¿Dónde vives? 

Hombre, yo vivo... yo vivo aquí. 

— Bueno, te he de venir á ver. 

Gracias, gracias. 

— A Dios, pues. 

Y Guitiño salió con Daniel, quien al despedirlo en la sala 
^etió la mano al Bolsillo, y le dijo : 

Comandante, esto es para usted, son cinco mil pesos, 
que me he mandado mi padre, con órden de repartirlos entre 
JOS federales pobres, y yo le pido á usted que lo haga 
por mí. ^ 

■— Vengan, Don Daniel. ¿Y cuándo viene el señor Don 
Antonio? 

Lo espero de un momento á otro. 

Mándeme avisar en cuanto llegue. 

-- Así lo haré, comandante; vaya con Dios y sirva á la 
causa. 

Y Daniel volvió á su escritorio, tomó j)apel y se puso á 
escribir, sin reparar en Don Cándido que lo miraba de hilo 
eu hito, con unos ojos en que el enojo hacia cierta mezco- 
íunza con la estupefacción, y trazó estas líneas : 

« Eduardo, sé positivamente que todo lo que corre sobre 

* asaltó á la casa de Slade, no son sino palabras, pues no 
^ hay órden ninguna á este respecto. Pero es necesario que 
^ el cónsul haga avisar á los que han solicitado asilo, que 

por ningún motivo vayan á pié, porque la casa va á estar 

* vigilada; pero que pueden ir en coche, sin inconveniente 
^ alguno; siendo mucho mejor que vayan enelmismo co- 

* che del señor Slade. » Á Dios. » 



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A. M A LIA. 




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330 AMALIA. 

— Ahora, mi querido maestro, en vez de una carta, son 
dos; y Daniel alzó su mano para darle el billete. Pero 
aquel le contestó : 


cion? 


No, ¿ó acaso quieres envolverme en tu negra trai- 

luil ? .... 

— ¡Á Dios mi platal ¿ha perdido usted el juicio, mi respe- 
table primo de Cuitiño? 

— Primo del gran demonio deberó ser ese facineroso. 

— ¿Pero usted se lo lia dicho? 

— I Qué sé vo lo que digo; si yo creo que estoy loco, en 

ese laberinto en que me encuentro, rodeado del crimen, de 
la traición, de la falsía! ¿Quién eres, di? Deline tu posición. 
¿Cómo hablas en mi presencia de atacar la casa donde voy 
á asilarme donde está ese jóven á quien llamas tu amigo, 
donde 

— I Por amor de Dios, señor Don Cándido! i que todo tenga 
que explicárselo á usted! 

— ¿Pero qué explicación cabe en lo que yo mismo he 
oido? 

— Esto, dijo Daniel abriendo el último billete, que no 
habia lacrado, y dándoselo á Don Cándido, cuya cara y 
cuyos ojos asustaban realmente. 

— ¡Ah! exclamó después de leerlo dos veces. 

— Esto, Señor Don Cándido, es trabajar sobre el trabajo 
ajeno, es envolver á los hombres en sus propias redes, es 
hacerlos perder dentro sus propios planes, es hacerse ser- 
vir de sus propios enemigos, es, en lin, la ciencia toda de 
Ilichelieu, aplicada á pequeñísimas cosas, porque no hay 
Rochelas ni Inglaterras entre nosotros, que si las hubiera, 
también la aplicaría. Ahora, vaya usted y repose tranquilo 
en el territorio norte-americano. 

— Ven á mis brazos, jóven admirable, que me has hecho 
pasar el mas cruel momento de mi vida. 

— Venga el abrazo, y váyase usted en mi coche, ilustre 
primo de Cuitiño. 

— No me insultes, Daniel. 

— Bueno, hasta mañana; no, hasta pasado mañana. El 
coche está en la puerta. 

— Á Dios, Daniel. 

Y el pobre Don Cándido volvió á abrazar á su discípulo,, 
que media hora después trataba de dormir, miénlras Don 


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i'l PARTE QUINTA. CAPÍTULO XVII. 331 

Cándido se paseaba, con la cabeza erguida, en el territorio 
<^le los listados Unidos, como él decia, en tanto que Eduardo 
leia las cartas de su amigo. 


CAPÍTULO XVII. 


El roloj del alma. 

El lector tendrá á bien recordar ahora aquel lindísimo 
^ia,5 deOctubre,en que dejamos á Amalia arrodillada, con- 
versando con Dios, después de haberla visto entre sus rkjuí- 
sinios trajes, tratando de elegir el que debia ponerse esa 
eoche, en que iba á dar su mano al bien amado de su cora- 
ron. Y es en la noche de ese dia que volvemos á Barrácas, 
después de tener conocimiento de los sucesos descritos en 
ios capítulos anteriores. 

Pero ánles, nos lijaremos en un coche que pára á la 
puerta de una casa de pobre apariencia en la calle de Cor- 
rientes, y de donde sale, al momento, un sacerdote anciano 
Que sube al carruaje y saluda á dos individuos que parecían 
esperarlo en él. Los caballos partieron en el acto, doblaron 



por la calle de Suipacha, con dirección al sur, y al cortar 
la calle de la Federación, el cochero tuvo que sofrenarlos 
para no atropellar á tres jinetes que venían de la parte del 
campo, sus caballos sin herrar, y con la apariencia de ha- 
ber galopado buenas leguas. Uno de los caballeros pare- 
cía de alguna edad, y ser el jefe ó el patrón de los otros, 
por la distancia respetuosa que guardaban de él, y por el lujo 
gaucho de su caballo. 

Acababan de dar las ocho. 

La calle Larga de Barrácas era un desierto. 

La mirada se sumergía en ella, y no hallaba un ser vi- 
viente, ni una luz, ni un indicio de vida; ni se percibía otro 
i'uido que el de la brisa entre las hojas de los árboles. 
Parecía uno de esos parajes que escogen los espíritus de otro 
mundo, para bajar al nuestro, envueltos en sus chales 
he sombra; y donde corren, se deslizan, se chocan, ríen, 


i 

II 


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■: I 


332 AMALIA. 

lloran, caiilan, tocan en los cristales, y se dilatan y se es- 
curren, y sin forma ni color rozan la frente, revuelven los 
caballos, y con su soplo volcanizan la imaginación y se esca- 
pan : lugares rodeados de soledad y de misterio, en que el 
alma se sobrecoge y reconcentra, y un no sé qué de vago la 
oprime, imjirimiéndose en el aire y en la sombra las mis- 
mas fantasías de la mente; espíritus que se ven; almas 
que corren, se alejan y se acercan ; fantasmas que se levan- 
tan como la espiral del humo, y serarilii^anen el vacío, como 
la bruna, como el aire mismo; luces que súbitas se infla- 
man y se apagan; risas, gemidos que el aire trae, y cuyo 
eco cree conocer el alma, y mas se sobrecoge, y mas la 
oprime algo que no es propiamente el miedo vulgar, sino 
una especie de sueño en la vigilia, con algo que se acerca 
mas á la muerte que á la vida, mas á la oscura eternidad 
con sus arcanos, que al presente con sus pidigros reales: 
ilusión del alma, y no de los sentidos; percepciones déla 
imaginación, en ciertos parajes, en horas especiales, y en 
circunstancias dadas... 

Pero en medio de aquella soledad, habia una animación 
escondida; y entre esas tinieblas, un torrente de luz, oculto 
por los muros de la quinta de Amalia. 

En el salón, los rayos de cincuenta luces se reflejaban en 
los espejos, en ios bruñidos muebles, y en el cristal de los 
jarrones que rebosaban flores, y en cuyas labores, á los 
rayos de la luz y la sombra de las flores, se descubría el 
brillo azul del diamante, la luz enrojecida del rubí, los des- 
mayos del zafiro, la esplendidez de la esmeralda, y las co- 
queterías del ópalo. 

El gabinete y el tocador estaban iluminados del mismo 
modo; y solo el dormitorio de aquella solitaria beldad no 
tienia mas luz que la de una pequeña lámpara de bronce 
velada por un globo de alabastro; porque el amor huye del 
ruido y de la luz. Hijo de los misterios de Dios, vaciados en 
el molde del corazón humano, busca también el secreto y el 
misteiio en la tierra. La tarde en el mar, y el rayo de la 
luna al través de las hojas de los árboles, son los modelos 
de silencio y de luz, que la adivinación del sentimiento, mas 
que el arte, sabe imitar para esconder al amor, cuando es 
esperado por los que arden en su celeste llama; y la alcoba 
de Amalia lo esperaba como el crepúsculo en el mar tran- 


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PARTE QUÍNTA. CAPITULO XVII. 


333 


quilo, como la luna entre el bosque, como el corazón en el 
Uiisterioso seno de la mujer. 

Pero como un contraste de la melancólica claridad del 
aposento, la belleza de Amalia, entre el torrente de luz de 
su tocador, resplandecía como la Vespertina entre el millón 
ue estrellas de la noche. 

Hadiante de hermosura, de juventud y de salud, tipo per- 
fecto del gusto y la elegancia, acababa sus último^ adornos, 
parada en medio de sus magníficos espejos. 

.Había algo en aquella mujer, que remontaba la imagina- 
ción en el ala misteriosa de las edades, y la trasportaba á las 
creaturas de Israel. Y aquí un perfil de María, la hermana de 
l^loises; allí el ojo y la mirada de la tímida Ruth; allá el 
talle y las formas de lagentil Rahab; el cuello y la piel tras- 
parente de Abígail ; las cejas como el arco del amor, y los 
cabellos como el manto de la noche, que daban sombra al 
rostro y á la espalda de Bethsabé; la gentileza y el lujo de 
fa reina de Sabá; y la noble frente de la esposa de Abra- 
Pam.Y en medio áeste conjunto de bellezas, trasparente en 
el rostro la láerima del alma, como Sara, la bellísima esposa 
íle Tobías. 

’.sa la comptemplaba como enajenada. 

Vistia un traje de gro color lila claro, con dos anchos y 
blanquísimos encajes, recogidos por ramos de pequeñas 
rosas blancas, con tal arte trabajadas que rivalizaban con 
fas mas frescas y lozanas do la naturaleza. Su cuello no te- 
uia mas adorno que un hilo de perlas que se perdía entre 
los encajes del seno mal velado, y suspendía un medallón 
con el retrato de su madre. Sus cabellos rodeaban, en una 
Boble trenza, la parte posterior de su cabeza; y de allí, 
basta cerca de las sienes, se abrían en rizos que besaban 
¡os hombros; y unas bandas de encaje de Inglaterra caian 
nácia la espalda, sostenidas por la rosa blanca que ella 
líbsma había elegido esa mañana. Un chal del mismo en- 
caje que las bandas caía como una tenue neblina sobre sus 
hombros, rebelde á su objeto, descubriendo el seno y la 
espalda que quería ocultar. Y la única alhaja que, á ruegos 
Je Luisa, se había decidido á ponerse, era, en su brazo de- 
recho, un brazalete de perlas con un broche de zafiros. 

No era tal ó cual cosa, era el todo; era ella misma la que 
iihsorbia la mirada, la que abstraía el alma y la fascinaba. 

19 




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l i 





834 AMALIA. 

Sus OJOS, sin rivales en el inundo, estaban mas animados 
que de costumbre; y sus labios, como la flor del granado, 
tenian el brillo del rubí, miéntras que el tenue colorido de 
las rosas de Mayo íiabia desterrado la palidez habitual de 
su semblante. ¿Era todo esto el efecto natural de esa liebre 
insensible que agita la sangre en las situaciones deíinitivas 
de la vida humana; ó era solamente la animación que obran 
en la mujer la luz y los espejos de un tocador, el resplandor 
de su belleza misma, y las imágenes caprichosas de la 
mente? quién sabel i La íisiología del corazón de una mujer 
es toda arcanos, donde la mirada de la razón se pierde !... 
Un reloj dió las ocho de la noche: y desde el primer marti- 
llazo se habrian podido contar los siguientes, en los lati- 
dos del corazón de Amalia, al través de los encajes que cu- 
brían su seno : y, súbitamente, el granado de sus labios, y 
la rosa de Mayo de su rostro, tomaron los colores de la perla 
y el jazmín. 

— i Se vuelve usted á poner pálida, señora, y tan luego 
ah:):’ 1 que acaban de dar las ocho! 

— Es por eso precisamente, contestó Amalia, pasándose 
la mano por la frente, y sentándose. 

— ¿ Porque son las ocho? 

— Sí. No sé qué es esto : desde las seis de la tarde, cada 
vez que siento dar horas, sufro horriblemente. 

— Sí, tres veces lo he notado. Eso es, desde la seis, ¿ y 
sabe usted lo que voy á hacer? 

— ¿Qué, Luisa? 

— Voy á hacer parar el reloj, para que cuando den las 
nueve no se vuelva usted á enfermar. 

— No, Luisa, no. Á las nueve ya estarán aquí, y todo es- 
tará concluido. Ya se ha pasado, no es nada, repuso Amalia 
levantándose y volviendo á sus colores anteriores. 

— Es verdad, es verdad, ya vuelve usted á estar tan lin- 
da comoántes; tan linda como nunca la he visto á usted, 
señora. 

— Galla, laño; anda y llama á Pedro. 

Y entretanto, Amalia desprendió de su seno el medallón 
con el retrato de su madre, y lo llenó de bi‘Sos. Y apénas 
acababa de prenderlo de nuevo sobre el simo de su vestido, 
cuando volvió Luisa con Pedro, tan bien afeitado y peinado, 
con una levita abotocada hasta el cuello, y con aire tan 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XVII. 


335 


marcial, que pareció tener veinte años ménos, en aquel dia 
en que iba á casarse la hija de su coronel. 

— Pedro, mi buen amigo, le dijo Amalia, nada va á cam- 
biarse en esta casa. Yo quiero ser siempre para usted lo 
que he sido hasta hoy; quiero que me cuide usted siempre 
eomo á una hija ; y la pri nera prueba de cariño que 
quiero recibir de usted en mi nuevo estado, es la promesa 

que nunca se separará usted de mí. 

— Señora, yo.... yo no puedo hablar, señora, dijo el viejo 
sacudiendo como con rabia su cabeza, ó como si con ese 
movimiento quisiera castigar las lágrimas que le inunda- 
ban los ojos, y le entorpecían la palabra. 

— Bien, me dirá usted un si, solamente. Quiero que me 
acompañe usted á Montevideo la semana que viene, porque 
el que va á ser mi marido debe emigrar esta misma noche, 
y mi Obligación es seguirlo en su destino; ¿vendrá usted, 
Pedro ? 

— Sí, pues, sí, señora, sí, contestó, dándose aires de que 
estaba muy entero y podia decir muchas palabras. 

Amalia se acercó á una mesa, abrió una caja de ébano, 
llena de alhajas , tomó un anillo y se volvió al antiguo ca- 
marada de su padre. 

Este anillo, le dijo, es formado con cabellos míos, de 
cuando era niña. No tiene mas valor que ese, y por eso se 
lo doy á usted para que lo conserve siempre; mi padre lo 
usaba en el ejército. 

— ¡Toma! este es, lo conozco, vaya si lo conozco! dijo 
el soldado inclinando la cabeza y besando el anillo que ha- 
bla estado en las manos de su coronel, como si fuese una 

reliquia santa. . 

Los ojos de Amalia y de Luisa se anublaron de lagrimas 
en ese momento, en presencia de aquella sensibilidad 
sin arte, sin esfuerzo, hija del corazón y los recuerdos. 

— Otra cosa, Pedro, prosiguió Amalia. 

— Diga usted, señora. ^ 

— Quiero que sea usted testigo de mi casamiento. No 
babrá nadie mas que usted y Daniel. 

El soldado, por toda contestación se acercó á Amalia, to- 
móle la mano entre las suyas convulsivas de emoción, é 
imprimió en ella un respetuoso beso. 

— ¿Se han ido ya los dos criados de la quinta? 



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AMALIA. 








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ti 


; 


33G 

— Desde la oración los despaché, como rae lo previno 
usted. 

— ¿Entóneos está usted solo? 

— Solo. 

— Bien. Mañana repartirá usted estos billetes entre los 
criados, sin decirles por qué, y Amalia tomó de sobre la 
mesa un puñado de papeles de*bancc, y se los dió. 

— Señora, dijo Luisa, me parece que siento ruido en el 
camino. 

— ¿Está todo cerrado, Pedro? 

— Sí, señora.'Pero esta puerta de fierro que da á la quin- 
ta, yo no sé cómo es eso van dos veces, ya se lo be 

dicho á usted, que labe encontrado abierta por las maña- 
na, cuando yo mismo la cierro y guardo la llave bajo mi 
almohada. 

— Bien, no hablemos de eso esta noche. 

— Señora, repitió Luisa, siento ruido, y me parece que 
es un coche 

— Sí, yo también. 

— Y ha parado, prosiguió Luisa. 

— Es cierto. Ellos serán. Vaya usted, Pedro, pero no 
abra sin conocer. 

— No hay cuidado, señora. Estoy solo, pero no hay 

cuidado. 

Y el veterano pasó del tocador al cuarto de Luisa, y atra- 
vesó el patio para ver quién llegaba á la casa de la bija 
de su coronel. 




CAPÍTULO XVIII. 
El velo de la novia. 


I. 


Amalia no se había equivocado, porque eran en efecto 
las personas que ella había esperado por tantas horas y con 
tanta angustia. 

Desde su locador sintió abrir la puerta de la sala, y al 


PAÍtTE QUINTA. CAPITULO XVIII. dúi 

niomonto conoció los pasos de Daniel que venia por el ga- 
binete y su dormitorio. 

— lAh, señora, dijo el jóven parándose en la puerta del 
tocador, y mirando á Amalia, yo esperaba tener el placer 
de encontrarme aquí con una linda mujer, y me sorprende 

felicidad de hallarme con una diosa! 

, ¿De véras? fué la respuesta de Amalla, con una son- 
nsa encantadora, acabando de calzarse un guante de ca- 
britilla blanco, que parecia dibujado en su preciosa mano. 

— Sí, muy cierto, repusq Daniel acercándose poco á 

Pocoá su prima, y contemplándola con ojos verdaderamente 
admirados, y tan cierto que creo ser esta la primera vez que 
be mirado á una mujer, como miro á cierta otra, á quien 

—• Á quien yo escribiré tal novedad esta misma no- 
che. 

— Bien, y yo... yo... yo hago esto, y á medida que ha- 
blaba fuése acercando hasta que, tomando de súbito á su 
prima, le imprimió un beso en la frente, y saltando como 
un niño á cuatro pasos de ella, le dijo : ahora hablemos 
con seriedad. 

— Sí, ya es tiempo, atrevido, le contestó Amalia con su 
sonrisa celestial. 

— Eduardo está ahí. 

— Y yo aquí. 

Y yo también ; porque ya no me falta, sino casarme 
por ustedes. 

— No seria conmigo. 

— Y barias bien. Está el cura, y es necesario que no 
esté, ni diez minutos. 

— ¿Y por qué? 

— Porque para estar él, es necesario que esté el coche á 
la puerta. 

— ¿Y bien? 

—•¿Y bien? Una partida puede pasar; el coche le Ha- 
blará la ahmcion ; espiará; y 

— Ah, sí, sí... comprendo todo... vamos, Daniel... pero, 
y Amalia apoyó su mano en una mesa. 

■— ¿Pero qué? 

— No sé... quisiera reirme de mí misma, y tampoco 
puedo... no sé lo que tiene mi corazón... pero... 

— Vamos, Amalia. 


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338 


AMALIA. 


— Vamos, Daniel. 

Y el ióven tomó la mano de su prima, la enlazó de su 
brazo; pasaron por la alcoba y la antesala, y llegaron al 
salón donde estaban de pié, mirando un cuadro, el sacerdote 
y Eduardo. 

Este último vestia todo de negro y guantes blancos. Sobre 
su semblante pálido resaltaban mas sus cabellos negros 
como el ébano, y sus hermosos ojos, roileados de una som- 
bra aterciopelada, que daba á su varonil íisonomía un tinte 
de poesía y pesadumbre, que establecía un contraste de ar- 

tista. 1 , , 

Por bien templada que fuese el alma de aquel hombre, ■ 
era imposible íjue donde hubiese corazón, hubiese indolen- 
cia [)ara los grandes juegos á que se arrojaba su vida en 
esa noche. El matrimonio, que corta la vida del hombre, 
que separa el pasado del porvenir, que lija la suerte, ó la 
desgracia del i'esto de la existencia; la separación del ob- 
jeto amado al libar la primera gota de la felicidad apeteci- 
da; y, por último, la emigración, con la muerte cerniéndose 
sobre la cabeza, á cada paso que se diera en los bordes de 
la patria, para decirla á Dios, eran circunstancias capaces de 
dominar y oprimir al alma mas acostumbrada a los gol- 
pes de fierro del destino, cuando todas ellas debían tener 
lugar en el pequeño círculo de pocas horas. 

Él y su Amalia se dirigieron un millar de palabras en 
su primera mirada. 

Y el sacerdote, que estaba instruido por Daniel de la ne- 
cesidad de terminar brevemente aquella ceremonia, cuyos 
requisitos hablan sido allanados de antemano por el jó- 
ven.se preparó en el momento para el acto mas serio, quizá, 
de su misión en la tierra; el que liga dos vidas y dos al- 
mas; el que santifica en el mundo una inspiración que solo 
viene de Dios, y mezcla el nombre de Dios, y el respeto de 
Dios,á lo mas santo y mas sublime del corazón humano, 
ála hebra imperceptible de luz que liga al ángel caído con la 
esencia de la divinidad que lo hizo : al amor. 

El sacerdote acabó una oración, hizo esa pregunta, en 
cuya respuesta se sella el destino que va mas allá, mas 
allá déla tumba, y que no hay labio humano que la pro- 
nuncie sin sentir el calor del corazón latiendo apresurado. 

\ Y luego, en nombre del Trino indivisible y eterno, Eduardo 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XVIII. 

y Amalia quedaron unidos para la tierra, y para el cielo, 
porque las almas que Dios junta en la tierra^ por la inspi- 
ración purísima de su divino soplo, si aquí se separan un 
momento, allí se juntan en el seno inefable de la inmor- 
talidad! 

Un suspiro desahogó el oprimido pecho, y en la piesion 
de sus manos, en el rayo profundo de sus miradas, y en la 
sonrisa ingenua de sus labios, Amalia y Lduardo nadaron 
en espacios de ventura, atravesaron siglos de felicidad, y 
por primera vez el cristal de sus ojos fué empanado por 
una lágrima de ventura; y sus rostros, un momento antes 
tan pálidos, se sonrosaron de improviso con los relámpa- 
gos de su propia dicha. 

No bien se hubo concluido la ceremonia, y miéntras Ama- 
lia daba un beso á Luisa que lloraba , cuando Daniel se 
acercó á Pedro y le preguntó al oído : 

~ ¿ Su caballo de usted está en el pesebre? 

— Está. 

— Lo necesito por una hora. 

Luego tomando de la mano á Amalia y llevándola á un 
sofá de la antesala, miéntras Eduardo daba las gracias al 
sacerdote, la dijo : 

— El cura sa va, y yo también. 

— ¿Tú? 

— Sí, Madama Belgrano, yo; porque estoy destinado áno 
estar quieto en un solo lugar, por que llegúe á estar quieto en 

Montevideo su marido de usted. 

— Pero ¿qué hay? ¡ Dios miol ¿qué hay? ¿no nos has 
dicho que estarías con nosotros hasta el momento de em- 
barcarse ? , . 

— Sí pero es por eso mismo que tengo que salir un mo- 
mento. Oyeme : sabes que el punto de embarque es en la 
Boca, por lo mismo que nadie puede pensarlo; pero hemos 
quedado con Douglas en vernos de las nueve a las diez en 
una de las casillas de madera que hay en el puerto, por si 
acaso hubiese ocurrido alguna novedad que hiciera nece- 
sario mudar algo del plan; y como el inglés es mas pun- 
tual que un inglés, estoy seguro que antes de un cuarto de 
hora está en la casilla, porque ya van á dar las nueve. Den- 
tro de una hora estaré de vuelta ; y, entretanto, Imi min, que 


1 I 


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F 




340 


AMALIA. 


hace de coclic/o, va á llevar al cura, y volverá á caballo 
con el inio de diestro para mi vuelta. 

— ¿Y para ir á la Boca? pregunto Amalia que estaba pen- 
diente de los labios de Daniel. 

— No, cuando vayamos con Eduardo iremos á pié. 

— ¿ Á pié? 

Sí, por»|ue pasaremos por entre las quintas de Some- 
llera y de Brown, y después iremos por el bañado, tan se- 
guros como si estuviéramos en Londres. 

— Sí, sí, me parece mejor, respondió Amalia, jiero irás 
con Fermin y con Pedro. 

— No, iremos los dos, déjame hacer. Ahora es necesario se- 
pararnos, porque no estoy tranquilo hasta que salga el co- 
che de la puerta de tu casa. 

— ¿ Llevas armas? 

— Sí; ven á despedirte del cura. 

Los dos volvieron al salón, y un momento después Amalia 
y Eduardo acompañaban hasta la puerta del ya man al mi- 
nistro de la Iglesia, que se exponia por su ministerio á to- 
dos los inconvenientes que en esos tiempos tenian esas ho- 
ras y esos lugares solitarios. 

Y á la vez que los caballos del coche partían para la ciu- 
dad, y que Eduardo cerraba la puerta de la calle, salla Da- 
niel por el porton, tarareando una de nuestras canciones de 
guitarra, ó mas bien de esos tristes, cuyo aire es, poco 
mas ó ménos, el mismo para todas las letras; cubierto con 
su poncho, y á galope corto, como el mejor y mas indolente 
gaucho. 


IL 


Al volver al salón, ycuando las luces iluminaron de nuevo 
ia figura de Amalia, Eduardo no pudo ménos de pararse, 
con las dos manos de su esposa y amante entre las suyas, 
contemplándola embriagado de amor y encantamiento. 
Y luego la atrajo contra su seno, y, sin hablarla, sin poder 
hablar, la oprimió largo rato y bebió de su boca las son- 
risas radiantes de felicidad que la inundaban, y de sus ojos 
los rayos del amor que se escapaban. Pero, de repente, un 
estremecimiento súbito, como el que produce el golpe eléc- 


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Eduardo, y, con la cabeza inclinada al pedio, y lentamente, 


paró delante del crucifijo, interrogándole, ú orando con el 
iilniaen los labios. 

Eduardo la había seguido sin volver en sí de su sorpresa, 
ó mas bien, de su profunda perturbación, al notar el esLre- 
nniecimiento y la repentina palidez de su esposa. 

— Pero I Dios mió 1 ¿qué es esto ? ¿ qué tienes, mi Amalia? 
ia preguntó al fin, tomándola de la mano y sentándola en 
ol pequeño sofá del dormitorio. 

— |Nada, nada, Eduardo, nada, ya pasó..... he sufrido 

tanto.,... supersticiones los nervios; qué sé yol pero 

ya pasó. 

— No, no, Amalia; ha habido algo especial ; algo que no 
sé, pero (jue quiero saber, porque sufro mas que tú en este 

momento. ^ , , • , ^ w 

— No sufras, pues : ha sido la campana del reloj ; he alii 

todo. 

— Pero — . , . 

— No me preguntes, no me hagas reflexiones; sé cuanto 
me dirías; pero no lo he podido remediar; y toda la tai de 
he sufrido iguales impresiones al oir las horas. 

— ¿Nada mas? 

— Te lo juro. 

Eduardo respiró como si se aliviase su alma de un enor- 
me peso. , , . 

— Mi Amalia, la dijo, cuando te sentí estremecer, huir 

de mis brazos, y te vi venir á refugiarte en Dios, una idea 
horrible cruzó por mi cabeza, y he sufrido en un minuto 
un siglo de tormento. Pensé ver en todo aquello una sensa- 
ción de disgusto, una protesta de tu alma contra el lazo que 
acababa de ligarnos para siempre. , 

— i Eduardo! ¿y lo has creido? ; también esto, Dios 

miol . , , .1 

Perdón, mi Amalia, encanto angelicado de mi alma, per- 

don mi vida tan combatida, mi amor tan entrañable, 

la misma felicidad de este momento, precursora de la vida 
encantada que me espera átu lado, todo conspiró é intiigó 
mi espíritu perdón, perdón. 

... * 1 f i1 /A \r\ct i>ivr\o /ina 


V atrayéndola hacia su seno, levantando los rizos que 




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vagaban desordenados sobre su frente, apagaba con sus 
])esos las luces de sus ojos y contaba con sus labios los la- 
tidos de sus sienes. 

Ella, entretanto, decía al bien amado de su alma: 

— Es esta la primera vez de mi vida que yo lie amado. 
Es esta mi primera pasión, mi primer himeneo, mi primer 
dia, mi primera dicha. 

— 1 Amalia! 

— Desgracias, el silencio y la horfandad de mi vida, todo 

lo olvido, Eduardo. Hoy comienza mi vida por ti, para ti, 
en ti. Y si algo temía, si algo me retraía, era el miedo, esa 
Vision terrible que me persigue siempre, haciéndome ver 
que en mi destino hay el veneno del infortunio, que mata, 
ó hace la desgracia de cuantos me aman; y si he cerrado 
mis ojos á mi estrella, es porque solo con mi mano puedo 
comprar tu alejamiento de aquí. Sin ello, yo habría sacrifi- 
cado esta felicidad que ahora me abruma, estos siglos de 
ventura que vivo este momento, por no tener el temor si- 
quiera de originarte un minuto de mal mira si te amo! 

— ¡Oh! ¡es mucha, es mucha felicidad para un solo co- 
razón 1 . ... 

¡ Y la luz de la lámpara se amortiguaba; las hojas déla rosa 
blanca se desprendían y caían entre los rizos de la jóveri, 
y el chal de encajes, envuelto al acaso entre los brazos de 
ella y 61, cubrió la frente de los dos..r.. y era el velo de la 
novia y era el cendal del amor y del misterio 1 



CAPITULO XIX. 


Guando el reloj de la quinta daba las diez de la noche, 
Pedro abría el porten para que^entrase Daniel, después de 
haber oido y conocido su canto en la lóbrega y solitaria 
calle Larga. 

Y en ese momento también, una escena bien diferente 
tenia lugar á pocos pasos : era Amalia, que, desde la pri- 
mera vibración del reloj, había estreniecídose con mas vio- 




PARTE QUINTA. CAPÍTULO XIX. 

lencia aun, que en las veces anteriores, y refucjiado su ca- 
beza en el seno de su esposo, abrazándose de él instintiva- 
rncnle, como si el eco del metal fuese la voz fatídica del 
dolor, que la viniese á anunciar una desgracia en esa mitad 

su vida, en esa su vida entera, que se llamaba Eduardo. 

— ¿Qué es esto, amado mió, esposo mió? le preguntó al 
b 1, derramándose de su mirada rayos de luz y de amor, 
sombras de pesadumbre y de inquietud, ¿qué es- esto? 
lEsla primera vez de mi vida que se obra en mi alma tal 
misterio, y á medida que pasan las horas, es mas violenta y 
fuerte la impresión que siento! Qué 1 ¿ni á tu lado puedo 
yo ser feliz? 

— Ángel de mi alma, es tu imaginación y nada mas. 

Qpreso de disgustos, tu espíritu se ha llenado de sombras, 
que se disiparán pronto al rayo de mi amor, á la adora- 
ción á que se consagrará mi vida, velando tu felicidad y tu 
calma. Es el aire, la luz de Buenos Aires, lo que enferma 
el espíritu y el cuerpo. Pero pronto estarás á mi lado, lé- 
jos de aquí. . . 

— Sí, pronto, muy pronto, Eduardo. Yo no puedo vivir 
aquí, y en ninguna parte podré vivir sin ti. 

— Viajaremos juntos. 

— ¿Y por qué no desde esta noche? 

— Es imposible. 

— Dejaré todo. Luisa y Pedro me seguirán después. 

— Es imposible. 

— Llévame, llévame, Eduardo, ¿no soy tu esposa? ¿no 
debo seguirte á todas partes? 

-- Sí, pero no debo exponerle, luz de mis ojos. 

— ¿Exponerme? 

— Cualquier incidente ^ 

— ¿Luego tú le expones? Por qué me engañan ! ¿no me 
han dicho que hay la mayor seguridad posible? 

— Es cierto, no hay peligro, pero quizá tengamos que 
permanecer en el rio, dos, tres, ó cuatro dias. 

— ¿Y qué me importa si los paso contigo? 

— Amalia, no alteremos en nada nuestro plan. Respete- 
mos de casados todas nuestras promesas de solteros. Si no 
vas con Daniel ántes de quince dias, irás sin él; [mrque á 
esa fecha, se habrá concluiilo la paz con la l^rancia, y no 
habrá inconveniente ninguno para tu embariiue. Acuér- 





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34'| AMALIA. 

date, bien mió, que voy á dejarte porque tú me lo mandas, 
y que tú debes quedarte porque yo te lo ruego... Pero... 
siento álguiim en la sala. 

— ¿Será Luisa? 

— No, creo que es Daniel. 

Y el jóven besó la frente de su esposa y pasó al salón, 
donde se halló en efecto con su amigo. 

Amalia, entretanto, llamó á Luisa y dispuso que Pedro 
trajese el té al gabinete, donde pasó á reunirse con su es- 
poso y su primo. 

— Dios nos protege, hija mia, todo está completamente 
listo y arreglado. Solamente que en vez de esperar á la 
madrugada, Douglas tija la hora del embarque para las 
doce de la noche, es decir, dentro de dos horas. 

— ¿Y por qué ose cambio? preguntó Amalia. 

— Es lo que yo mismo no puedo explicarte; porque 
tengo tal con lianza en la previsión y sagacidad de mi fa- 
moso contrabandista, que desde que él ha señalado esa 
hora, nada le pregunté, porque estoy cierto que es la que 
mas ha de convenir al embarque. 

Eduardo tomó la mano de su Amalia y parecía querer 
trasmitirle su alma en su contacto. 

Daniel los miró con ternura y les dijo : 

— El destino no ha querido corresponder á mis mas vi- 
vísimos deseos : yo habia deseado ver vuestra felicidad, á 
la luz de la mia al mismo tiempo. Envueltos en unas mis- 
mas desgracias, yo habia deseado que en una misma hora 
arrebatásemos á la suerte un momento para nuestra común 
felicidad, y si Florencia estuviese á mi lado en este ins- 
tante, yo seria el ser mas venturoso de la tierra... pero en 
fin, he comiuistado ya la mitad de mis aspiraciones. La 
otra... Dios dispondrá. 

Era tan profunda, tan exquisita la sensibilidad de aque- 
llos tres jóvenes, y se armonizaba tanto en cada uno la 
suerte de los otros,* que sus impresiones de felicidad, ó de 
dolor, deansieilad, ó de melancolía, se comunicaban con 
un magnetismo sorprendente; y en ese instante una lá- 
grima fugitiva, pero brotada del fondo del corazón, empañó 
la pupila de todos. Pero Daniel, ese carácter especial para 
la dominación de sí mismo, esa alma de abnegación y gene- 
rosidad, que sacriíicaba todo á la felicidad de los que ama 



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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XIX. 3 i5 

ba, concibió que era una crueldad echar una gota de pesa- 
dumbre en la copa (le felicidad, que apianas llegaba á los la- 
bios de aquellos (los seres tan combatidos de la suerte, y le- 
vantándose, y abrazándolos sucesivamente, les dijo : 

— Vamos, vamos, estemos contentos estos instantes 
que nos deja el destino, y no pensemos sino en los dias 
que Vamos á pasar dentro de poco en Montevideo, ni-bable- 
mos de otra cosa que de ellos. 

Pocos momentos después entró Pedro con la bandeja del 
té y fué á colocarla en una mesa del gabinete de lectura, 
que como se sabe, estaba entre el salón y el aposento, 
adonde pasó Amalia con su esposo y su primo, habiendo 
antes diebole á Pedro que se retirase, pues nunca consen- 
tia que él la sirviese. , , , , ^ ' 

Antes de diez minutos Daniel liabia vuelto la alegría a 

sus amigos. . . , 

Fugaz, animador, espirituoso, voluble y gracioso en los 
giros de la conversación, era imposible resistir al sello que 

él le imprimiera. . , 

Por último, solo le faltaba hacerlos enojar, para darles 
el placer de que se reconciliasen luego. Porque no hay 
nada mas en armonía con las necesidades del corazón ena- 
morado, que esos pasajeros enojos que preparan la reconci- 
liación, y en ella, mas impetuosa, la reacción de los efectos. 
Y así fué, que con una gran seriedad, tomando su segunda 

taza de té, dijo á su amigo : , . , , . 

— Ah, Eduardo, una cosa se me ha olvidado preguntar- 
te : ¿qué bago de lacajita de cartas? 

— |La cajita de ('artas 1 contestó Eduardo, miéntras Ama- 
lia se puso á mirarlo íliaiiiente. 

— iSí,puesI repuso Daniel con la misma gravedad, la ca- 
jila de cartas, doade creo que hay también cabellos de Ama- 
lia, por el color. 

— ¿Te has vuelto loco, Daniel ? 

— No, gracias á Dios. « ^ 

-;Y porque disimula usted, caballero? ¿Qué cosa 
mas natural que tener esos recuerdos y querer conservar- 

Te juro, Amalia mia, que en mi vida he tenido seme- 
jante caja, ni sé de qué cartas me está hablando Daniel. Ü 
está jugando, ó repito que se ha vuelto loco. 


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343 AMALIA. 

— Pero, ¿por qué negarlo? repuso Amalia rosada y fin- 
giendo una sonrisa que abrumaba á Eduardo. 

— ¿Ves, Daniel, lo que sacas con tus bromas? repuso 
Eduardo que empezó á comprender el capriclio de su amigo. 

— De modo que... 

•— De modo que haces mal porque ¿lo ves? 

— ¿Qué? 

— Que Amalia lia retirado muy insensiblemente su silla 
del lado de la mia. 

Daniel entónces soltó una carcajada, se levantó, tomó 
la mano de su prima, y poniéndola entre la de Eduardo, ex- 
clamó : 

— j Están impagables I Mi Florencia tendría mas circuns- 
pección. 

— No, no, es cierto, tú no has mentido, repuso Amalia sin 
retirar su mano, y esperando y deseando que la acabaran de 
convencer. 

Pero una nueva risa de Daniel, y una mirada de Eduardo, 
concluyeron por hacerla conocer la chanza caprichosa del 
primero; y la presión de su mano, y el rayo enamorado de 
su tiernísima mirada, le dijeron á Eduardo que la nube de 
celos se había evaporado. En ese instante ella y él se cam- 
biaban el alma en las miradas, y en el calor de sus manos 
se trasmitían la vida. 

Pero en ese instante también la voz de Luisa vino á caer 
como un rayo en medio de los tres. 

Era un grito agudo, horrible y estridente, al mismo 
tiempo que se vió á la niña venir despavorida por las 
piezas interiores, y al mismo tiempo también, que se oyó 
un tiro en el palio, y una especie de tormenta de gritos y 
de pasos precijjitados. 

Y antes que Luisa hubiese podido decir una palabra, y 
antes que nadie se la preguntase, todos adivinaron lo que 
habia, y junto con la adivinación del instinto, la verdad se 
prcnsentó ante ellos, á través de los vidrios del gabinete, 
en el fondo de las habitaciones por donde habia venido la 
niña; pues una porción de figuras siniestras se precipitaban 
por el cuarto de Luisa al tocador de Amalia. Y todo esto 
desde el g.úto, hasta la vista de aquellos liombres, ocurría 
en un instante tan fugitivo como el de un relámpago. 

Pero con la misma rapidez también, Eduardo arrastró á su 


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PAUTE QUINTA. CAPITULO XIX. 


esposa hasta la sala, y cogió sus pistolas de sobre el marco 
de la chimenea. 

Inmediatamente, porque todo era simultáneo y rápido 
como la luz, Daniel arrastró la mesa y la tumbó con lám- 
para, bandeja y cuanto tenia, junto á la puerta que separaba 
el gabinete de la alcoba. 

— [Sálvanos, Daniel! gritó Amalia precipitándose á 
l^duardo cuando tomaba las pistolas. 

— Sí, mi Amafia, pero solo peleando; ya no es tiempo de 
hablar. 

Y estas últimas palabras perdiéronse á la detonación de 
las pistolas de lüduardo, que hizo fuego á cuatro pasos de 
distancia sobre ocho ó diez forajidos que ya pisaban en la 
alcoba; miéntras Daniel tiraba sillas delante de la puerta, y 
á tiempo que otro tiro disparaba en el patio, y un rugido 
semejante al de un león dominaba los gritos y las detona- 
ciones. 

~ i Dios mió, han muerto á Pedro ! gritaba Amalia pren- 
dida del brazo izquierdo de Eduardo qiie no conseguía des- 
asirse de ella. , , ^ . 

_ Todavía no, dijo el soldado entrando por la puerta de 
la sala, que daba al zaguan, bañado el rostro y el pecho, en 
la sangre que salia ários de un hachazo que liabia recibido 
en la cabeza, v tirando, al mismo tiempo que decia esas pa- 
labras, la espadado Eduardo, que vino ácaer cerca del grupo 
que formaban todos en el gabinete, delante de la barricada 
improvisada por Daniel; y miéntras que con el brazo 
izquierdo se limpiábala sangre íjue le cubria los ojos, con 
la derecha, donde tenia su sable, trataba de cerrarla puerta 



de la sala. 

La pluma, el pensamiento mismo, no puede alcanzar to- 
dos los accidentes de esta escena, en todo su movimiento 

súbito y veloz. , , 

La voz de Eduardo que decía á su eposa asida de su brazo 

y su cintura: . , , 

— Nos pierdes, Amalia, déjame, pasa á la sala, no se oía 
entre el ruido y la grita infernal que venia del patio, del 
tocador, y de aquellos que entraban al aposento, y de los 
cuales uno habia cuido á los pistoletazos de Eduardo. 

El cristal de los espejos del tocador saltaba hecho pedazos 
^ los sablazos que pegaban sobre ellos, sobre los muebles. 


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348 


AMALIA. 


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sobi'G los vidrios dolos veiilaniis, sóbrelos lozos dcl lovotoi io, 
en cuonto hol)io, siendo estos golpes ocompoñados de uno 
griterío salvaje, que hacia mas espantosa aquella escena de 

terror v muerte. . , , 

Á los tiros de Eduardo, los que invadieron la alcoba, 
hablan unos retrocedido algunos pasos, otros parádose súbi- 
tamente, sin avanzar hacia la mesa y las sillas caldas delante 
de la puerta. Pero dos hombres se precipitaron en aquel ins- 
tante en el aposento. . , , 

— ¡Ah. Troncoso y Badial gritó Daniel arrojando otra 
silla, parándose contra el perfil de la puerta, y sacando de 
su pecho aquella arma con que habla salvado á su amigo 
en la noche del 4 de Mayo; única que llevaba, y que era im- 
potente en la desigual lucha que iba á trabarse. 

Y cuando aquellos dos hombres se precipitaban como 
dos demonios, el uno con una pistola en la mano, y el otro 
con un sublc, bduurdoalzó á Ainaliii por la (‘intuí a, la llt- 
vó, la dejó sobre un sola de la sala, y cogió la espada que 
le acababa de tirar 'Pedro. Y á este, que venia de echará 
la puerta de la sala el débil pasador que la cerraba, y que- 
ría hacer un esfuerzo para seguir á Eduardo al gabinete, 
le faltaron las fuerzas á los dos pasos, la piernas se le do- 
blaron, y cayó temblando de furor, delante del sofá en que 
quedó la jóven. Allí se abrazó de sus pies, bañando con su 
sangre generosa á aquella criatura, átjuien todavía quetia 
salvar, oprimiéndola para que no se moviese. 

Entretanto, el rayo no cae mas rápido ni mortífero, que 
el sable de Eduardo sobre la cabeza del bandido mas cer- 
cano á la mesa y las sillas caldas, entre los diez ó doce que, 
á la voz de sus jefes, asaltababan aquel débil obstáculo. 

Y al mismo tiempo Daniel alcanzaba al hombio de 
otro y le dislocaba el brazo de un golpe seco de su casse- 

tete. n I 

— I Cógele el sable 1 le gritó Eduardo ; miéntras (¡ue Pedro, 

liaciendo esfuerzos por levantarse, sin poderlo consepir, 
porque estaba mortalmente herido en el pecho y la cabeza, 
solo tenia fuerzas para oprimir los piés de piaba, y voz 
para estar repitiendo á Luisa, abrazada también de su se- 
ñora : 

— ¡ Las luces, apaguen las luces, por Dios! 

Pero Luisa ni lo oia, y si le oia no quena obedecerle, 


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PARTE QUINTA. CAPITULO XIX. 


349 


porque temblaba de quedarse á oscuras, si posible era sen- 
tir mas terror que el que la dominaba. 

Pero los dos golpes certeros de Eduardo y de Daniel no 
sirvieron sino para atraer sobre sí mayor número de asesi- 
nos, pues á la voz de uno desús jefes vinieron los que es- 
taban robando y rompiendo en el tocador; cuando se lan- 
zaron á las sillas y la mesa, el mismo Eduardo, impaciente 
por aquellos obstáculos que impedian el alcance de su es- 
pada, con sus piés trataba de separar las sillas, y ya poco 
faltaba para que hubiese un camino expedito de la una á 
la otra habitación, cuando Daniel descargó su terrible maza 
sobre la espalda de uno de los que se agachaban á separar 
una silladel lado del aposento, y el bandido vino á ocupar 
el lugar que despojaba Eduardo. 

— ¡Salva á Amalia, Daniel, sálvala; déjame solo, sálvala I 
gritaba Eduardo, temblando de furor, ménospor el combate 
que por el obstáculo que no podía remover con las manos, 
porque con su espada hacia frente á los puñales y sables que 
habiadel otro lado de ellos, miéntras que temia tropezar y 
caerse si intentaba separarlos de los piés. 

Todo esto habria durado como diez minutos, cuando seis 
ú ocho de los bandidos dejaron el aposento y se retiraron 
por el tocador, miéntras que los restantes continuaban, á 
la voz del jefe que quedaba con ellos, tratando de separar los 
muebles caldos, pero con tal temor, queapénas habian se- 
parado dos ó tres sillas que no estaban al alcance de la es- 
pada de Eduardo. 

Ninguno de los dos jóvenes (‘Staba herido, y Eduardo en 
el momento en que su brazo descansaba un segundo, dió 
vuelta á su cabeza para ver á su Amalia, al través de los vi- 
drios del gabinete, contenida por un moribundo y una nina, 
y volviéndose á su amigo, le dijo en francés : 

— Sálvala por la puerta de la sala; sal al camino, gana 
las zanjas de en frente; y en cinco minutos yo habré roto 
todas las lámparas, pasaré por el medio de esta canalla, y 
te alcanzaré. 

— Sí, le contestó Daniel, es el único medio; ya lo sabia, 
pero no quería dejarte solo; ni lo quiere aun. Voy á ver 
de salvarla y vuelvo en dos minutos; pero no pases la bar- 
ricada. 

Y Daniel pasó como un relámpago á la sala, y á tiempo 

20 


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aoO AMAI.IA. 

(lue tiraba una de las lámparas y uno délos candelabros de 
los dos que babia encendidos, un tremendo golpe dado en la 
nuerta de la sala, hizo saltar el pestillo y abrirse las boyas 
de par en par, entrándose en tropel una banda de aquellos 
demonios, de que se rodeó un gobierno nacido del inlierno. 
y maldito para siempre jamas en la historia de las genera- 
dones argentinas. 

Un grito horrible, como si en él se arrancascMi las libras 
del corazón, salió del pecho de la pobre Amalia, y despren- 
diciidose de las manos casi heladas de Pedro, y de los débi- 
les brazos de su tierna Luisa, corrió á escudar con su 
cuerpo el cuerpo de su Lduardo, niiéntras Daniel tomó el 
sable de Pedro ya espirando, y corrió también al gabinete. 

Pero janto con él los asesinos entraron. Y cuando Eduar- 
do oprimía contra su corazón á su Amalia para hacerla con 
su cuerpo una última muralla, todos estaban ya conlundi- 
dos* Daniel recibia una cuchillada en su brazo derecho ; y 
una puñalada por la espalda atravesaba el pecho de Eduardo, 
á quien un esfuerzo sobrenatural debia mantener en pié por 
algunos segundos, porque ya estaba herido mortalmente, i 
en ese momento, en que era sostenido apenas en un ángulo 
del gabinete por los brazos de su Amalia, miéntras (jue su 
diestra se levantaba todavía por los impulsos de la sangre, y 
amedrentaba á sus asesinos ;y cuando Daniel en el otro án- 
gulo con el sable en su mano izquierda, se defendía como 
un héroe; en ese momeíito en que dos bandidos cortaban en 
la sala la cabeza de Pedro, unos golpes terribles se daban 
es la puerta de la calle. Luisa, que habia ganado el zaguan 
despavorida, conoce la voz de Fermin, descorre el cerrojo, 
y abre la puerta. 

Entóncesun hombre anciano, cubierto con un poncho os- 
curo, se precipita gritando con una voz de trueno, pero do- 
lorida, como la voz que es arrancada del corazón por la 
mano de la naturaleza ; 

I Alto, alto, en nombre del Restaurador 1 

Y todos oyeron esta voz, ménos Eduardo cuya alma, en 
ese instante, ‘se volaba á Dios, y su cabeza caia sobre el seno 
de su Amalia, que debió exánime su frente, y quedó tenüi- 
da en un leedlo de sangre junto al cadáver de su esposo, de 
BU Eduardo. 

En ese instante le reloj daba las 11 de la noclie. 


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PARTE QUINTA. CAPÍTULO XIX. 


351 

- Aquí, padre mió, aquí; salve usted á Amalia, dijo Da- 
nipl al oir la voz y conocer á su padre. 

1^ al mismo tiempo el joven, que había recibido Pro- 
funda herida en la cabeza, caía sin voz y sin fuerzas en los 
brazos de su padre, que con una sola palabra había suspen- 
dido el puñal, que esa misina palabra levantara para tañía 
desgracia y tanto crimen 1 






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lí'. I 








ESPECIE DE EPILOGO. 


La crónica que nos revelará mas larde quizá algo inte- 
resante sobre el destino de ciertos personajes que han íigu- 
rado en esta larga narración, por ahora solo cuenta que al 
siguiente dia de aquel sangriento drama los vecinos deBar- 
rácas, que entraron por curiosidad á la quinta asaltada, no 
encontraron sino cuatro cadáveres : el de Pedro, cuya cabeza 
habia sido separada del tronco, y los de tres miembros de 
la Sociedad popular restauradora; y que allí estuvieron 
hasta la oración de ese dia. en aue fueron sacados en un 
carro de la policía, á la vez que eran robados los últimos 
objetos que quedaban en las cómodas, mesas y roperos. 

Se cuenta también, que Don Cándido Rodríguez, después 
de la muerte del señor Slade, acaecida pocas semanas des- 
pués de los sucesos que se acaban de conocer, fue obligado 
por un juez de paz á salir de la casa del consulado, porque 
decididamente se resistia á dejar el territorio de la unión, 
aun después de la muerte del cónsul, y de quedar la casa 
sin consulado. 

Y de Doña Marcelina solo se sabe que un dia vino á pro- 
ponerle su manoá Don Cándido, como un vivo recnerdo de 
los peligros que juntos habian corrido ; lo que Don Cándido 
rechazó horrorizado. 


FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ULTIMO. 


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! 


DE LOS CAPÍTULOS DE ESTE TOMO SEGUNDO. 


CONTINUACION DE LA PaRTE TkUCERA. 


Cap. 12. 


Pág. 

De cómo se leen cosas que no están escritas.. . 

1 

Cap. 13. 

Cómo sacamos en limpio que D. Cándido Rodrí- 



guez se parecia á D. Juan Manuel Rosas. . . . 

11 

Cap. 14. 

Los dos amigos 

17 

Cap. 15. 

Amalia en presencia do la policía 

24 

Cap. 16. 

Todos comprometidos 

33 


Parte Cuarta. 


Cap. 1. 

El 16 de Agosto. . • 

41 

Cap. 2. 

El gobernador delegado 

65 

Cap. 3. 

De cómo era y no era goberna'lor delegado Don 



Felipe 

68 

Cap. 4. 

De cómo Don Felipe Arana explicaba los fenómo- 




76 

Cap. 5. 

Asífué.. . 

85 

Cap. 6. 

Sor Marta del Rosario 

93 

Cap. 7. 

Cómo Don Cándido se decide á emigrar, y cuáles 



fueron las consecuencias de su primera tentativa. 

98 

Cap. 8. 

La guardia de Lujan y Santos Lugares. .... 

105 

Cap. 9. 


116 

Cap. 10. 

Continuación del anterior 

125 

Cap. 11 . 

De cómo empezó para Daniel una aventura do 



Faublas 

131 

Cap. 12 . 

El despertar del cura Cáete. 

138 

Cap. 13. 


148 


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Cap. i4 
Cap. lo. 
Cap. 16. 
Cap. 17. 


Cap. 1. 
Cap. 2. 
Cap. 3. 
Cap. 4. 


Cap. 

Cap. 

Cap 
Cap 
Cap. 

Gap. 10. 
Cap. 11. 
Cap. 12. 
Cap. 13. 
Cap. 14. 
Cap. 15. 
Cap. 16. 

Cap. 17. 
Cap. 18. 
Cap. 19. 


ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS DE ESTE TOMO. 

Pág. 

Aparición 

El jefe do día 

Continiialion del anterior - • 

Patria, amor y amistad 

Parta Quinta. 

Setiembre 189 

Santo Lugares . 194 

Un vaso de sangre ‘-í03 

Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don 

Cándido Rodríguez 216 

Pilados enojado 226 

El contrabandista de hombres. 236 

El jefe de ronda 243 

La ballenera 252 

La ronda federal . . . . -62 

Primavera de sangre. . • 272 

Do cuarenta solo 270 

La ley de hambre. . 286 

El traje de boda 294 

Asilo inglés 802 

M. Slade • * ‘ 

De como Don Cándido Rodríguez era parienio de 

Cuiliño 

El reloj del alma 831 

El velo de la novia 836 

El tálamo nupcial 872. 

Especie de Epílogo 8.»2 



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354 

ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS DE ESTE TOMO. 

P4í- 

Cap. 14 

Aparición 

. 156 

Cap. 15. 


. 167 

Cap. 16. 

Continualion del anterior 


Cap. 17. 

Patria, amor y amistad . . • 

182 


Parta Quinta. 


Cap. 1 . 

Setiembre . 




lililí iiiiliiiiliiiiliiiili III I miiIiiiiIiiiiIiiiiI 


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